viernes, 31 de diciembre de 2010

¡Feliz año nuevo! Happy new year!

En algunas partes de este vasto mundo ya es 2011, pero en mi rinconcito de planeta aún faltan unas vueltas de reloj para despedir 2010. Ha sido para mí un año bueno y provechoso, me ha traído felicidad, valor, riesgo, amistad, amor. Y, aunque esta noche le digo adiós con la pena de quien ha visto partir a un querido familiar, me pueden las ganas de optimismo, el deseo de alimentar la esperanza, el convencimiento de que un mundo mejor es posible. Yo, por mi parte, voy a seguir poniendo granitos de arena para mejorar también en este 2011 que ya se asoma a la esquina.

¡¡¡¡¡Feliz 2011!!!!!

Happy new year 2011!!!!


miércoles, 15 de diciembre de 2010

Donde van a morir los icebergs

Hay ratos en los que levanto la cabeza, miro a mi alrededor, y aún me sorprende oír una conversación en castellano. Será porque echo de menos Londres, una ciudad en la que encajé estupendamente desde el principio pese a que, por tradición y experiencia, suelo inclinarme del lado de lo latino-afrancesado. De mis seis meses londinenses traigo importado un gusto nuevo por la diversidad; una curiosidad atizada por los idiomas, la historia y la pintura; muchos libros, cientos de fotografías, algunos nombres y unos pocos, no demasiados, planes.

También ha viajado conmigo, de vuelta a Madrid, la costumbre de surfear por la BBC y los periódicos ingleses, donde siempre hallo reportajes curiosos, ingeniosos o, simplemente, divertidos. Precisamente, de la BBC es esta historia sobre la isla de South Georgia, que lleva camino de convertirse en un cementerio de icebergs.

Como en la primera película de Tarzán, pero sin elefantes moribundos, parece que colosales placas de hielo desgajadas de la Antártida son arrastradas hacia el Atlántico, hasta quedar ancladas alrededor de esta isla, de 170 kilómetros de extensión. Al fundirse, estos mega icebergs arrojan miles de millones de toneladas de agua helada, que modifican el ecosistema marino local. El calentamiento global tiene su versión gélida en South Georgia.

Mucho más radical, y un pelín apocalíptica, es la exposición fotográfica Postales desde el futuro, que todavía puede verse en el Museo de Londres. Hay fotos de indudable belleza, como la que presenta Londres convertida en una ciudad navegable, surcada por canales, al estilo de la Venecia que hoy conocemos. Otras imágenes resultan más inquietantes, pero todas tienen una extraña belleza.

Y acabo por hoy con uno de mis British preferidos: el actor Colin Firth (y no porque vaya a meterse de nuevo en el traje almidonado de Mr. Darcy), firme candidato a ganar el Globo de Oro al mejor actor por la que dicen es una magistral interpretación del tartamudo Jorge VI. La película, The King's Speech (ignoro el título en castellano, pero lo lógico sería El discurso del Rey ), tiene siete nominaciones, entre ellas, la de mejor filme en la categoría de drama. Yo se lo daría sin pestañear.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mantegna, de Mantua a Hampton Court

El 1 de diciembre nevaba en Londres. Me levanté tarde, inusualmente perezosa, y decidí saltarme las clases para visitar Hampton Court, el palacio encantado de Enrique VIII. Yo no vi fantasmas, pero salí fascinada de toda la riqueza histórica y artística que guardan las murallas del palacio.

Las pinturas Los triunfos de César, de Mantegna, me dejaron boquiabierta. Primero, porque no sabía que existían, y segundo, por encontrármelas fuera de Italia, ya que son pocas las obras de Mantegna de tal magnitud que se conservan en el extranjero. La culpa de que los cuadros estén en Londres la tiene Carlos I, el rey inglés descabezado, que además de prepotente fue un excepcional coleccionista de arte y compró cuanta bella obra pudo encontrar y sufragar. 

En este enlace están los cuadros que componen la serie Los triunfos de César.  Para apreciar todos los detalles, basta con pinchar en las fotos e ir pasando el cursor por cada rincón del cuadro. La “manita” de Windows nos hará de lupa milagrosa y nos descubrirá hasta el último rincón. Es así como cobran brillo los escudos labrados que portan los sirvientes; los rostros agitados; los trazos vigorosos; los ropajes coloridos; las sandalias de los soldados; la piel de los elefantes; la riqueza de las cabalgaduras; la intrincada forja; las espléndidas joyas…

Cuando, hace años, visité el palacio Gonzaga en Mantua (Italia), poco sabía de Mantegna salvo por su célebre Cristo muerto, que aparece en todos los libros de Historia del Arte y que se exhibe en Milán. Nada de bellísimas Magdalenas de pelo rojizo ni Vírgenes casi niñas viendo morir a su hijo dios. El Cristo muerto de Mantegna está muerto, y su madre es una vieja arrugada con el rostro desencajado.

En el palacio Gonzaga de Mantua está la exquisita Cámara de los Esposos, decorada con los frescos pintados por Mantegna quinientos años atrás. La habitación es pequeña y se visita en grupos reducidos, para preservar la calidad del aire y la temperatura ambiente. Nada más entrar, sentí como si hubiera en ella algo de sobrenatural, como si esas bellísimas pinturas de quinientos años contaran una historia que no sabía descifrar. Como si el alma de los Gonzaga latiera en ellas, cautivada por la paleta de Mantegna. Como si el encuentro entre nobles que ven nuestros ojos, se repitiera por toda la eternidad.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Por Tutatis, ¡qué país!

Llevan los trabajadores de Gatwick y London City dos días moviendo nieve para que los aviones puedan despegar y aterrizar, y van los controladores españoles y se dan de baja alegando mareos y dolores de cabeza, quizá precursores de una gripe inoportuna. Resultado: el espacio aéreo español, que se dice pronto, cerrado a cal y canto porque unos funcionarios privilegiados quieren, y pueden, irse a casa indispuestos, todos a la vez, mientras 250.000 personas que salían a disfrutar de su puente se quedan varados cual sirenas en tierra firme.

Así lo ve la BBC, que no acaba de dar crédito porque es de las pocas cadenas de TV en Inglaterra que pensaba que España ya no era ese país de charanga y pandereta. Quizá empiecen a replanteárselo.

Pero la cosa no acaba ahí, ya que el Gobierno socialista al que acusan de bonachón, bienintencionado y casi, casi, comunista –que es de lo peor que se puede llamar a alguien a estas alturas de siglo-, está a punto de militarizar el control aéreo.

¡Qué país!

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Hampton Court, el palacio encantado

Londres ha amanecido por segundo día sembrado de nieve. Como los periódicos y televisiones no cesan de repetir, la nieve y el hielo tienen bloqueado gran parte del país, incluyendo los aeropuertos de Gatwick y el norte de Escocia. Incluso el sureño Heathrow amaneció hoy cerrado, aunque a estas horas ha reanudado su actividad. Un rápido vistazo a la situación puede verse aquí.

Esta última semana que paso en Londres divido mi tiempo entre las clases, mis paseos y merodeos por librerías y museos, además de otras visitas turísticas que durante meses he ido postergando y que ya no puedo aplazar más. Ayer, por ejemplo, amaneció nevando copiosamente y decidí saltarme las clases para visitar Hampton Court, el palacio real de Enrique VIII.

Cuando me bajé del tren en Hampton (unos 20 kilómetros desde Waterloo) seguía nevando, así que atravesé el puente sin ver nada más que los copos que teñían de blanco mi negro abrigo. Creo que nunca he pasado tanto frío, pero mereció la pena el viaje, la caminata y las 12 libras de la entrada (sin carné de estudiante, 16 libras) por ver casi a solas este bello palacio.

La mayor atracción de Hampton Court es Enrique VIII, el monarca Tudor famoso por su obesidad, sus seis mujeres y la facilidad con que mandaba al cadalso a esposas –Ana Bolena, Catalina Howard-, amigos –Tomás Moro- y consejeros -el cardenal Wolsey y Cromwell-.  Pero este rey excesivo fue también quien puso los cimientos de lo que ahora es el Reino Unido: rompió con el Papa de Roma porque no lo dejaba divorciarse de Catalina de Aragón -su católica mujer durante 20 años- y se erigió en cabeza de la Iglesia. Fue un rey temible y fascinante que hizo de Hampton Court su residencia, la amplió y embelleció con obras de arte, mobiliario y tapices. Y construyó unas gigantescas cocinas que daban de comer a 600 personas cada día. Los apartamentos de Enrique VIII, María II, Guillermo III, la Capilla Real y las salas georgianas, junto con losjardines, dan para más de cuatro horas de visita. Si, además, se quiere explorar la colección de pintura, hay que dedicarle un día entero.

En Hampton Court hay otro tesoro: la serie de pinturas “Los triunfos de César”, de Andrea Mantegna (1431-1506). No pude hacer fotos, está prohibido incluso sin flash, y además había estado hablando más de 10 minutos con el guardia de la sala y no era cosa de ponerme a hacer fotos de incógnito. Las pinturas muestran una procesión triunfal de César, que aparece en la última escena. Hoy estamos acostumbrados a la iconografía, y los colores, figuras y paisajes nos son familiares, pero cuando Mantegna -a mediados del siglo XV- pintó los templos, columnas y capiteles que sirven de escenario a la entrada triunfal de César, el mundo no sabía cómo era la Roma clásica.

Estas pinturas pertenecen a la Corona británica porque fueron compradas por Carlos I, tristemente famoso por ser el único rey inglés ejecutado. Fue un monarca autoritario que se negaba a ceder ante el Parlamento y llevó al país a una guerra civil, que perdió junto con la cabeza. También fue un amante del arte que compró y atesoró obras en toda Europa, gracias a lo cual ahora en Hampton Court hay Caravaggios, un George La Tour, las obras de Mantegna y muchas otras repartidas por otros palacios, propiedad de Isabel II.

Hampton Court es un palacio encantado. Concretamente, esta galería, que preside el cuadro "La familia de Enrique VIII". Durante décadas se creyó que el espíritu de Catalina Howard -la esposa que Enrique VIII asesinó acusándola de adulterio- vagaba por todo el palacio. Es cierto que Catalina fue encerrada en una habitación de Hampton Court, de la que escapó para ir a ver a su esposo a pedir clemencia, pero los guardias la atraparon en un pasillo. Es en ese pasillo donde dicen que se han escuchado sus alaridos y han aparecido rastros de lo que parece sangre. En 2001, la reina Isabel II designó a un grupo de científicos para detectar actividad paranormal en el palacio. Los expertos vieron cosas inexplicables y quedaron atónitos al visionar videos donde aparecía una figura de mujer.

Yo no vi ningún fantasma, y eso que estuve sola varios minutos haciéndome fotos delante del cuadro de la familia de Enrique VIII, obra de un pintor desconocido hacia 1545. El cuadro es muy curioso: en el centro posa Enrique VIII, sentado entre su único hijo varón, el príncipe heredero Eduardo; y su hija Isabel, la futura Isabel I, la Reina Virgen. De pie a la izquierda, su otra hija, la princesa María, hija de Catalina de Aragón y futura reina de Inglaterra tras la muerte del joven heredero. Y a la derecha, la ya por entonces difunta Jane Saymour, madre del príncipe heredero. Al fondo aparecen dos figuras, una de las cuales sostiene un mono.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ana María Matute ya es Cervantes

Por un día, me sacudo la pereza de este frío invernal londinense. Y no para hablar de las protestas estudiantiles que acaban en revueltas; ni de los apuros de Irlanda para apretarse el cinturón, cumplir con los prestamistas y no perder el gobierno por el camino; ni siquiera para expresar mi preocupación por los roces constantes entre las dos Coreas. Todas estas noticias, reacciones y sesudos análisis están en la BBC, así que me saltaré la parte donde suelo ponerme redundante.

Hoy Ana María Matute ha ganado el premio Cervantes y hay que celebrarlo. Lo primero, darte la enhorabuena, Javi, porque al fin se ha hecho justicia y el rey Gudú, la princesa Tontina y el príncipe Predilecto están un poco más a salvo del olvido.

Asistí a una conferencia que pronunció en la fundación Juan March de Madrid hace poco más de un año. Ana María Matute habló de escritura y de vida, que para ella vienen a ser la misma cosa. Defendió la inocencia de los niños y la sabiduría de los cuentos de hadas. Se puso al margen de rencillas y envidias, habló de una novela que tenía en mente y que esperaba poder terminar antes de morir. Sería magnífico que este premio, el más importante de las letras en español, sirviera para dar energía a su muñeca y también para que la leyéramos más.

Enhorabuena, Ana María.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Magos en Leicester Square

Harry Potter está a punto de jubilar la varita mágica, pero esta noche en Londres, sobre la alfombra roja de Leicester Square, el mago más famoso del mundo y sus amigos han vuelto a desplegar sus mejores artes. El motivo, presentar la penúltima película de la serie, que es también la penúltima ocasión de poner en marcha la máquina de dinero para actores, productores y la propia autora, J. K. Rowling. No muy lejos de donde ayer protestaban los estudiantes contra las tasas universitarias, cientos de fans han hecho cola bajo la lluvia para ver a Daniel Radcliffe y el resto del reparto.

Muchos de esos jóvenes han crecido con la serie, al ritmo de los actores, ya que las películas de Harry Potter han tenido a los mismos actores durante 10 años. ¡Con razón dicen todos ellos que están deseando dejar atrás la saga del internado Howgart. Ni a Daniel Radcliffe ni a Emma Watson les deben preocupar los recortes económicos del gobierno conservador de Cameron, y puede que a sus bravos admiradores les tengan sin cuidado, pero todos ellos harían bien en leer los periódicos y ver la televisión estas semanas. Porque no hay día que en este país, en esta ciudad, no haya un anuncio de más y mayores recortes, menos gasto, más dificultad para madres, parados, estudiantes y trabajadores extranjeros.

Que yo haya visto, para los actores millonarios no hay ningún recorte anunciado. De momento.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Otoño en Kenwood House

Este fin de semana, Londres ha empezado a despedir el otoño y a dar la más calurosa bienvenida comercial al invierno, simbolizada en el tradicional y tedioso encendido de luces de Navidad. Yo no soy muy amiga de parques ni jardines, salvo que sean los de los palacios y sitios arqueológicos, y tampoco me gusta asomar las orejas si el termómetro baja de los 10 grados, pero el espléndido cielo azul y el robusto sol que ha brillado desde el viernes me han quebrado la rutina.

El sábado me fui a explorar en autobús el suroeste de Londres, lo que significa que subí y bajé de unos 10 autobuses en un recorrido que me llevó a Paddington, al mercado de Notting Hill, a Kew Bridge y, finalmente, a Richmond, donde el Támesis pierde su calidad de civilizado río de ciudad y abraza los espacios abiertos, los árboles de copas ajadas y las barcazas despintadas por la humedad. Ayer no sabía lo lejos que me había llevado mi tarjeta de transportes Oyster, pero hoy sé que Richmond está a más de 15 millas del centro, que deben ser unos 20 kilómetros. Así se explica que tardara casi dos horas en regresar a mi casa, aunque de paso conocí el meollo comercial de Shephers Bush y White House, todo ello desde la ventanilla del segundo piso de mi rojo autobús made in London.

Hoy decidí tomármelo con más calma y coger SÓLO dos autobuses por trayecto. Tan severa restricción de medios de transporte me causó cierto nerviosismo, lo reconozco, pero llegar a Kenwood House me curó toda ansiedad. La mansión del XVIII y sus jardines intencionadamente agrestes en medio del enorme parque de Hampstead Heath son la clase de paisaje que quita el aliento.

Y no sólo por la colección de pintura que alberga en el interior, en sus elegantes salones (Rembrandt, Vermeer, Turner, Reynolds, Gainsborough o el legado Suffolk), sino por la vista panorámica de Londres y la bucólica pradera, donde en verano se celebran multitudinarios conciertos de música con el público sentado en butacas de jardín o sobre el verde césped.

Rufus Wainwright es uno de los artistas habituales de Kenwood. El 3 de julio, él actuó en los jardines, y yo recuerdo que durante días planeé ir, para desistir finalmente cuando hice el cambio a euros de las libras que costaba la entrada. Ahora, viendo clips de ese día, me arrepiento, claro…

Kenwood es también una de las localizaciones de la película 'Notting Hill', concretamente, donde la actriz que interpreta Julia Roberts rueda una película de época (de la época de Henry James) y el librero que encarna Hugh Grant va a verla con la esperanza de ensanchar los márgenes de su antiguo amor. Hoy Hugh Grant no estaba. En su lugar, los árboles y sus caducas hojas, rojizas y anaranjadas, acaparaban todas las miradas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Escenas de Oxford Street

Me entero de que Ana Patricia Botín deja Banesto para venirse a Londres a dirigir la factoría británica del Santander cántabro (y universal) el mismo día que los periódicos desmenuzan el revolcón electoral de los demócratas de Obama, y el metro de Londres se pone de huelga por tercera vez en dos meses, convirtiendo nuestro civilizado martirio diario en un calvario de proporciones bíblicas. ¡Menos mal que Belén Esteban regresó a España con su marido recién absuelto y los Cruz-Bardem han vuelto a esconderse de los molestísimos paparazzi tras enseñar sus patitas en Greenwich!

Yo, por mi parte, tras acabar mis clases me he ido de compras por Oxford Street, donde los adornos navideños rivalizan con los letreros anunciando rebajas. Como toda la calle es una pura tienda, la competencia es feroz y se pueden encontrar buenos precios. Y no me refiero a Primark (el equivalente a los almacenes Arias cruzados con la peor Galerías Preciados), H&M, Zara o M&S, sino a sitios como TopShop, Clarks, Selfridges, House of Fraser, etc. En media hora, en Clarks, resolví los regalos para cinco personas y, además, salí contentísima porque la dependienta sólo notó que yo era española al pasar mi tarjeta de crédito (sí, ella también española, of course).

Y, como en mi rutina diaria se encadenan las coincidencias, al tomar un atajo para evitar la muchedumbre en Oxford Street, fui a dar a la calle Hanway, donde me topé con, nada más y nada menos, que tres bares-restaurantes españoles. No entré en ninguno, pero hice las pertinentes fotos, por si acaso. Supongo que todavía estoy algo traumatizada por el recuerdo indeleble de la paella petrificada en plástico fosilizado que me dieron en el restaurante español del mercado de Spitalfiels. Pero, volviendo a la calle Hanway,  allí está Sevilla Mía, que casi pasa desapercibido porque está pared con pared con una tienda de discos estilo Soho. 

Justo en frente, Nuevo Costa Dorada es más amplio, tiene menú en la calle y exhibe con orgullo una crítica gastronómica que alaba la calidad de sus materias primas y sus tapas, muy de moda en Londres, incluso en sitios que nada tienen que ver con España. El bar de fachada más peculiar tiene nombre inglés, Bradleys, pero se proclama español y se adorna con colores y letreros de las cervezas San Miguel y Cruzcampo. A dos pasos de Oxford Street.

Tras este fugaz contacto con la españolidad, pensé en dar un paseo, pero una pintoresca escena me decidió a coger el autobús de regreso a casa, a la placidez de un barrio donde no necesitara de medios de transporte. En la puerta de TopShop, un actor-modelo, un cámara y un técnico de sonido rodaban un anuncio, supongo que de las rebajas o la próxima campaña de Navidad. Algo parecido a cuando en Madrid las cámaras de TV salen a la calle, normalmente a Preciados, a preguntar a los viandantes. Éramos bastante los que hacíamos fotos del rodaje, con el modelo repitiendo toma tras toma y poniendo cara de fastidio por la atención que estaba recibiendo, a menudo en forma de codazos.

De repente, una chica sale de la nada, se mete entre las docenas de curiosos y aparta de un manotazo a los tres del anuncio. “Una fan-fanática”, pensé yo. Pero no, ¡qué va! Una pobre mujer que al ir a recoger la bicicleta que dejó encadenada a una farola, sólo se encontró el sillín; eso sí, todavía con la cadena puesta.

domingo, 31 de octubre de 2010

Tantas veces Jane (con permiso de Bryce)

Dos amables lectores (LOL) y, lo que es más importante, amigos, me han planteado interesantes cuestiones respecto a lo que escribí sobre el retrato de Jane Austen, realizado por su hermana Cassandra, y me han hecho considerar algunas cosas que quizá necesiten algo de luz extra.

Leí a Jane Austen hace muchos años, en castellano of course. Por entonces no había visto la adaptación de Orgullo y prejuicio con Laurence Olivier, así que cuando llegó el rotundo éxito de Sentido y sensibilidad, con Emma Thompson y Hugh Grant, yo me reencontré con sus libros. Luego vendría la pizpireta Paltrow encarnando a la entrometida casamentera Emma y, en el ínterin, procuré ver todas las adaptaciones de la BBC para televisión. Las películas me impulsaron a releer las novelas y, hace unos años, me animaron a visitar el sur de Inglaterra donde Jane Austen vivió, murió y, entre medias, ambientó sus novelas.

Cuando, el pasado julio, volví a Chawton, Bath y Winchester, pude comprobar lo bien que se lo han montado para vivir de Jane Austen (y hacen bien, añado), alimentando una llama que por poco se apaga en 1817. Y es que cuando Jane Austen murió, con sólo 41 años y dos novelas en la imprenta, no sólo se truncó una carrera literaria, sino que su vida, su nombre y su apellido mismos eran desconocidos. Porque Jane Austen había publicado Sentido y sensibilidad de forma anónima, bajo el epígrafe “A novel by a Lady”; y el resto de libros verían la luz con la nota “De la autora de “Sentido y sensibilidad”. ¿Timidez, recato, inseguridad, recomendación familiar, imposición del editor? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, tras la muerte de Jane Austen, sería Henry, su hermano preferido, quien se encargaría de corregir y publicar Persuasión y La abadía de Northanger. Y, más importante aún, Henry fue quien escribió la emotiva nota biográfica que descubrió al mundo quién era Jane Austen. A Henry le debemos, en fin, la primera y decisiva pincelada de la mujer que nos regaló a Mr. Darcy.

Quien mejor conocía a Jane Austen era su hermana Cassandra, con quien vivió toda su vida y hasta compartía dormitorio. Fue Cassandra quien acompañó a Jane cuando ésta se mudó a Winchester buscando una cura para la enfermedad que la llevaría a la tumba en sólo unos meses. Cassandra fue quien relató oralmente a sus sobrinos la mayoría de detalles que, años después, dos de ellos, Caroline y James Edward Austen, dejarían por escrito.

Pero también fue Cassandra quien, al morir Jane, destruyó la mayoría de las cartas que las dos habían intercambiado durante años, así como cartas de Jane a otros amigos y familiares; quizá confesiones sobre su amor frustrado, tal vez simples naderías sobre bailes, picnics o aburridas listas de la compra. Quienes defienden esta hipótesis piensan que Cassandra quiso asegurarse de que Jane fuera recordada como una mujer seria, buena cristiana, dedicada a su madre, hermanos y numerosos sobrinos, para quien la escritura era un hobby como tocar el piano. Cassandra habría eliminado, en fin, todo rastro de la mujer frívola o superficial que pudiera haber habido en Jane antes de que la soltería la confinara en el bonito cottage de Chawton, contenta (o resignada) de encargarse del desayuno diario y entretener a sus sobrinos.

Volviendo al retrato de Jane Austen, no sería extraño pensar que quizá Cassandra extremó su celo y, buscando dibujarla con seria respetabilidad, acabó inmortalizándola con un rictus avinagrado. Eso explicaría la tibia acogida que tuvo el retrato en la propia familia, que podría ser también por lo que Cassandra nunca lo terminó. Una pista la proporciona otra sobrina, Anna Lefroy, quien escribió en 1860 que el retrato de Cassandra era “espantosamente infiel”.

Sea como fuere, es ese retrato el único testimonio auténtico del aspecto de Jane Austen, por cuanto lo eligió su sobrino, James Edward Austen, para ilustrar el libro de recuerdos sobre su tía. Hoy el retrato se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres, donde Cassandra nunca habría entrado por mérito propio.

Ya nunca sabremos cuánto hay de realidad, o de ficción bienintencionada, en los relatos de sus sobrinos, pero tras visitar dos veces su casa de Chawton, yo tengo una imagen nítida de Jane escribiendo sus pequeñas hojas de papel; ésas que escondía rápida y fácilmente cuando la sorprendían trabajando en su mesa junto a la ventana. Y, si afino el oído, hasta puedo escucharla negándose a engrasar la puerta que comunicaba el salón con el comedor, porque el crujir de goznes la alertaba de visitas indiscretas.

Normalmente, soy yo quien persigue a Jane Asten, pero hoy ha sido ella quien se me ha aparecido durante uno de tantos paseos como doy por el lluvioso pero todavía cálido y (a ratos) soleado Londres. Nuestro encuentro ha sido en una casa donde Jane vivió con su hermano...  ¡Henry! Tenía que ser con él, por supuesto; las coincidencias y yo somos así. Y, aunque la placa azul sobre la fachada no explica qué hizo Jane Austen en Londres entre 1814 y 1815, no es difícil suponer que pasaría temporadas en la ciudad, corrigiendo y ultimando los manuscritos de las dos novelas que tenía en imprenta cuando murió.

Y es muy posible que durante esas estancias en la capital consultara con algún médico los síntomas de su enfermedad. Quizá nunca lo sepamos.

Como tampoco sabemos por qué, dos veces al año, nos alteran el reloj biológico y el otro con ese cambio de hora institucionalizado contra toda lógica. Porque no hay lógica alguna en que, desde mañana, Londres se sumerja en la noche a las 5 de la tarde.

jueves, 28 de octubre de 2010

Retrato de Jane Austen

Hacía siglos que no actualizaba la sección Historia de un Objeto, y quiero recuperar las buenas costumbres con una de mis escritoras preferidas: Jane Austen. Los que se acaban de unir a mi blog quizá no saben de mi amor por la autora de Orgullo y prejuicio, Emma o Sentido y sensibilidad, pero si se quedan lo suficiente, acabarán notando cómo inclino mi balanza hacia el lado de esta mujer. Y, sin más, Historia de un Objeto: Retrato de Jane Austen, por su hermana Cassandra.

Sucede que el único retrato de Jane Austen considerado auténtico es este dibujo que realizó su hermana Cassandra alrededor de 1810, cuando Jane Austen tenía 35 años. El bosquejo, claramente sin terminar, mide poco más que una carta de las que en la época se usaban en los juegos de mesa, y puede verse ahora tras el cristal de una vitrina de madera en la National Portrait Gallery de Londres.

Este retrato se publicó por primera vez en el año 1869, como ilustración dentro del libro Recuerdo de Jane Austen, escrito por su sobrino James Edward Austen-Leigh. A partir de ese retrato, durante la época victoriana se realizarían numerosas reinterpretaciones, y de ahí que en la actualidad coexistan diversas imágenes de la escritora (algunas con una imagen vagamente familiar, pero otras claramente fantasiosas), cuando en realidad sólo una de ellas, el dibujo de Cassandra, ha sido autentificada.

Otro familar de Jane Austen, su sobrina Caroline Austen (a la sazón hermana del enteriormente citado James Austen-Leigh), dejaría por escrito sus impresiones sobre su famosa tía. Leyendo a Caroline podemos hacernos una idea de cómo era Jane Austen físicamente. En el libro titulado Recuerdos de tía Jane, la describle con estas palabras: "En cuanto al aspecto de mi tía, la suya es la primera cara que recuerdo con claridad. Su rostro era más redondeado que alargado, su tez morena poseía una tonalidad brillante sin ser sonrosada, y tenía bonitos ojos color avellana. El cabello castaño oscuro, de rizo natural, le caía en pequeños bucles alrededor del rostro. Siempre llevaba sombrero o cofia”.

Hay poca información y mucha literatura acerca del aspecto físico de Jane Austen, pero los interesados pueden clicar aquí y dejarse transportar por el recuerdo de la autora de Orgullo y prejuicio.

martes, 26 de octubre de 2010

Paul se va, vuelven Robbie y Take That

Hoy llueve en Londres, pero ayer amaneció un precioso día de frío sol que trajo las primeras heladas a Hyde Park, con los árboles aún radiantes de color otoñal. Soporto bastante mal el frío, pero lo prefiero a la humedad de esta lluvia monótona que entorpece el tráfico, ensucia las calles y oscurece el cielo contaminándome de paso el ánimo.

Quizá por eso me ha sentado mal enterarme de que el pulpo Paul ha muerto. El famoso cefalópodo, que puso la nota de color, diversión e incredulidad en la pasada World Cup de Suráfrica al acertar todas sus “predicciones”, incluyendo a España como campeona del mundo, ha dejado de mover sus tentáculos. Paul conquistó la fama desde su acuario, y en su acuario alemán ha muerto, así que se acabó su trabajo como oráculo. Y, si bien su muerte no extraña ya que los pulpos raramente viven más de dos años (él tenía dos y medio), lo cierto es que su desaparición ha dejado al acuario contrito y a miles de fans en una especie de raro semi duelo que resultaría ridículo si no ocupara titulares en muchos periódicos.

Más agradable noticia: el periódico “i” nace mañana en Londres. Habrá que esperar a ver si esta mezcla de tabloide en el diseño, revista de cotilleos en el colorín y sensacionalismo en los titulares deja algo de espacio para la concisión y el análisis del formato agenda con que se presenta. Imágenes y comentarios sobre esta nueva estrella (veremos si fugaz) del universo periodístico, en el más que recomendable blog quintatinta.

El mundo de la música aplaude con las orejas la anunciada gira musical conjunta de Robbie Williams y Take That. Tras reunirse (y se supone que dejar de pelarse), los viejos amigos y rivales saldrán de gira este verano, por primera vez en 16 años. De momento, es seguro que tocarán en Sunderland, Manchester, Cardiff, Dublín, Glasgow, Birmingham, Londres... Pero seguro que las masas de fans los obligan a echarse a las carreteras de media Europa.

Hoy en Londres la actualidad mediática tiene sitio para muchas otras noticias: la condena a muerte de Tariq Aziz, el estupendo ritmo de recuperación de la economía británica, la crecida del número de víctimas por el tsunami de Indonesia... Pero hay días en que simplemente no apetece comentar lo profundo de nuestro mundo complejo y algo loco, afiebrado.

Porque si tuviéramos que entrar en el fondo de las cosas, habría que decir un par de lindezas sobre gente como Nick Clegg (supuesto segundo hombre fuerte del Gobierno de la Gran Bretaña), que está furioso porque al Gobierno que él y su partido apoyan lo acusan de querer limpiar de pobres las grandes ciudades. ¡Qué disparate!, viene a decir el señor Clegg, ¡si ellos recortan y eliminan ayudas sociales no es para echar a la calle a los más pobres, es para animarlos a buscar uno o dos empleos con los que pagar el techo que hasta ahora tenían gratis! Eso sí, llegado el desafortunado caso de que esos pobres no pudieran pagar la casa, entonces sí, tendrían que irse, quizá a otro barrio, tal vez a otra ciudad, ¿por qué no a otro país o continente? Ya lo hicieron décadas atrás, eso de expulsar a la peor calaña, y les dio un resultado estupendo, colonizando Australia y Nueva Zelanda.

domingo, 24 de octubre de 2010

Frío, cielo azul, festival

He pasado casi todo el día en la biblioteca Paul Hamlyn del British Museum, ese espacio confortable y recoleto al que se accede atravesando la tienda, conforme se entra por Great Russel Square. Pocos turistas llegan hasta aquí, aunque cualquiera puede coger un volumen de las estanterías, sentarse en las cómodas sillas y ponerse a leer, además de consultar los fondos del museo en los ordenadores. La clave, como en el resto de museos gubernamentales, es “gratis” para todos.
Ya he dicho que los libros de arte son mi perdición, y como voy al British dos o tres veces a la semana, es raro el día que no pierdo la noción del tiempo ojeando volúmenes en esta biblioteca. Quizá por eso hoy se me ha hecho raro llegar con mi portátil y ponerme a trabajar en mis escritos, mi novela y mis relatos cortos; esos proyectos que traje madurados desde España y que deberían encontrar su cauce definitivo en Londres: un ancho cauce, no un liviano reguero de agua residual.
A las cuatro y media de la tarde y sin apenas batería, mi VAIO se ha puesto a hibernar, con lo que decidí  echarme a la calle, pasear un rato hasta la parada del autobús (como cada fin de semana, mi estación de metro y casi toda la línea Jubilee no funcionan) y despejarme la cabeza de tanta amalgama de letras. Tras horas acurrucada en el calor de la biblioteca, me sorprendió el frío de la calle, aunque era el frío que ha hecho toda la semana, el frío que escarcha Hyde Park cada mañana, el frío que, pese a todo, a mediodía se vive con gozo, porque el cielo sigue azul, no llueve y la niebla aún no se ha pegado al costado del río.
El sonido de unos tambores me llevó hasta Bloomsbury Square, donde hasta mañana se celebra un festival de musica intercultural, con mesas en el parque, casetas de comida y bebida, libros de segunda mano, artesanía y actividades para niños (lo normal en todo pueblo o barrio español en los meses de verano). Y la gente, pese al frío, sentada en las sillas a la intemperie; las narices rojas asomando sobre las bufandas; los guantes, gorros y abrigos como reyes absolutos de esa pasarela urbana y desenfadada que es Londres, capital cosmopolita y cultural.
Porque, como dicen quienes viven aquí desde hace años, estos gélidos días de precioso cielo azul son de una rareza tan extraordinaria en Londres, que no disfrutarlos en la calle sería tan absurdo como no plantar rosas porque nacen con espinas que pueden pinchar.

martes, 19 de octubre de 2010

El mar bajo los adoquines

El fin de semana estuve en París, una de mis ciudades eternas desde la lejana niñez, cuando una joven maestra recién llegada a mi pueblo andaluz se empeñaba en enseñarme Geografía y Francés sobre un plano de Metro. La niña que era yo entonces, en una España con una televisión de sólo dos cadenas, sin vídeo, móvil, ordenador, Internet ni videoconsola, estaba lejos de imaginar que en octubre de 2010 viviría en Londres, viajaría a París para pasar el fin de semana, tardaría sólo dos horas, y lo haría en un tren que atraviesa por debajo el Canal de la Mancha.

Salí de St. Pancras International el viernes a las 15.03 y a las 18.15 (la diferencia horaria sólo me gusta si gano tiempo, no si lo pierdo) me bajaba del Eurostar en la Gare du Nord, pero como el avión de mi compañero (él viajaba desde Madrid) iba con retraso, me acomodé en una mesa de la Brasserie Terminus, disfrutando de una cerveza mientras chispeaba tras los cristales. Tardé más de una hora en dejar de sentirme extraña rodeada de gente que hablaba francés, acostumbrada como estoy a la amalgama de lenguas que se oyen aquí en Londres a todas horas.

Nuestro hotel estaba en el Marais, así que esa noche cenamos en el barrio, en un restaurante que hace años nos encantaba, pero cuya calidad ha caído al mismo ritmo que subía la factura. Lo mejor, el vino Retsina, la tapenade de aceitunas y el cuscús.

He estado en París docenas de veces a lo largo de los años, siempre de vacaciones, mirándola con ojos provisionales, recorriéndola a pie, subiendo y bajando a sus torres y azoteas, ya sea las de Notre Dame, la Sainte Chapelle, el Panteón, la Torre Eiffel, el Sacré Coeur o Montmartre. Y siempre, llueva o granice, me guardo unas horas para ir al Louvre, pasear por el Sena y admirar el perfil encantado de la Conciergerie, callejear por St. André y respirar los aires libertarios del más Latino de sus barrios.

Pese a tener poco tiempo, escogí pasar la mañana del sábado en el Louvre, mientras mi compañero se iba de librerías. Y como el carné de periodista no sólo franquea la entrada gratuita sino que te libra de las colas, pronto surcaba las salas de escultura griega y romana, las pinturas renacentistas y el Louvre medieval. Una parada frente al esclavo moribundo de Miguel Ángel... De mis imprescindibles, sólo me faltó el Naufragio de la Medusa, de Gericault.

Me asomé a la sala de la Gioconda. Allí seguía, protegida por cristales, valla y dos guardias, rodeada de decenas de ojos mirones y algo miopes. La pintura más famosa del mundo, tan pequeña en tamaño, en la diana de todos los flashes. ¡Cuán diferente fue el final de la mujer real bajo la sonrisa pintada, la verdadera Gioconda! Su tumba destruida, reducida a escombros, esparcidos sus restos en un vertedero, ya fuera por la desidia, la ignorancia o el nulo olfato para los negocios de quienes pudieron preservarla.

Eso es, al menos, lo que publicaron la semana pasada los periódicos ingleses sobre el triste final de la modelo de Leonardo da Vinci.

Para la comida, escogimos otro clásico: la Brasserie de Saint Severin: ostras y pato para él, salmón para mí, vino tinto de Chinon. Conversación rica y reposada en un ambiente libre de humo y de ruidos que nos dejó cuerpo y alma en un estado propicio para la visita de la iglesia, más un café en la plaza de los Vosgos, seguido de un largo paseo hasta el Pompidou y un par de horas de investigación y lectura en la biblioteca del museo. A veces pienso si no me estaré volviendo un ratón de biblioteca con la excusa de leer cuanto cae en mis manos si está escrito en una lengua extranjera.

A cenar fuimos a la zona de St. André des Arts, hacía frío y era tarde, así que esperamos pacientemente a que nos dieran mesa en La Procope. Demasiada gente y mucho turista, pero el restaurante conserva un raro encanto de sitio añejo sin tener moho de verdad. La única pega: los estresados y gritones camareros y su inclinación a bajar y subir escaleras con bandejas tambaleantes en un precario equilibrio.

El domingo desayunamos frente a las gárgolas de la catedral, en una terraza con calefacción pero por la que corría el aire con entera libertad. Como los parisinos y sus turistas. Dedicamos un rato al interior de Notre Dame de París y nos acercamos de nuevo al Louvre; yo a comprar unos libros y mi compañero a ver unos cuadros . Se hacía tarde y yo tenía antojo de ensalada de chévre chaud en una típica brasserie, que encontramos en una calle paralela a Rivoli. De allí al hotel a por las maletas, un corto trayecto en metro y a la Gare du Nord a montarme en el Eurostar que me devolvió a Londres en dos horas. Desde St. Pancras, aún tardaría hora y media en llegar a mi casa, gracias a la suspensión de la línea Jubilee. ¡Hurra!

El pasado fin de semana, en París había aires de huelga, retrasos y paros constantes en el metro y el RER, carteles llamando a la movilización, una manifestación el domingo, malas caras y quizá menos alegría. Se notaba en el ambiente: la crispación, la protesta, la rabia y hasta la tristeza. Y es que, tantos años después de aquel mayo del 68, aún no hemos sido capaces de encontrar, bajo los adoquines, el mar.

jueves, 14 de octubre de 2010

Hana Makhmalbaf

Mi compañera de clase se llama Hana Makhmalbaf, tiene 22 años y es iraní. Es una chica inteligente, absolutamente precoz, con fuertes convicciones democráticas y un deseo inmenso de libertad, para ella y para su país, Irán.

Hana rodó su primer cortometraje a los ocho años, abrazando desde pequeña la tradición familiar de intelectuales, artistas y disidentes. Ahora viven en el exilio, a caballo entre París y Londres, en espera de que caiga el moderno Hitler que es Amahdinejad.

La última película de Hana se llama Green Days, y retrata los incidentes, manifestaciones y represión policial que siguieron a la última elección presidencial en Irán. Hana estaba allí en junio de 2009, protestando en las calles como millones de iraníes; reclamando su voto robado por Amahdinejad; pidiendo supervisión internacional y un recuento de votos imparcial. Y como estaba allí, filmó con su cámara la riada humana que pedía libertad.

Uno de esos manifestantes de Green Days era Neda Aghasolta, una joven cuya muerte en directo, grabada en móvil y reproducida en YouTube y otros canales internacionales, mostró otra cara de la realidad en Irán. No voy a poner el enlace por la dureza de las imágenes, pero cualquiera puede verlas en YouTube con sólo teclear el nombre de Neda. Mi compañera de clase, Hana, fue más afortunada que muchos, y pudo escapar, pedir asilo y conseguirlo en la opulenta Europa.

La película que muestra esos Green Days se ha visto ya en muchos festivales, entre ellos el de San Sebastián, y la carrera de Hana no ha hecho sino empezar. Estos días, su corto debería estar exhibiéndose en Beirut, pero ha sido vetado para no incomodar al mismísimo Amahdinejad, que visita Líbano en viaje oficial. Nada nuevo bajo el sol, pero fastidia, por decirlo de un modo políticamente correcto.

Hana es también la directora de Buda explotó de vergüenza, donde relata el empeño de una niña afgana por aprender a leer, su choque con el mundo de los adultos y el duro presente de Afganistán. Sin duda, un nombre, Hana Makhmalbaf , para seguir en abierto, nosotros afortunados que no tenemos que pedir permiso para vivir ni opinar.

martes, 12 de octubre de 2010

Tragedias y arte

Hoy en Londres, las televisiones llevan todo el día emitiendo un vídeo inédito sobre el atentado terrorista del 7 de julio de 2005, cuando cuatro bombas fueron detonadas en tres estaciones de metro y en un autobús, matando a 52 personas. Las imágenes fueron tomadas por los servicios de emergencia que acudieron al rescate, y han sido mostradas a los familiares de los fallecidos presentes en la vista que investiga la tragedia.

No pongo en duda el derecho de los medios de comunicación a informar, pero quizá no sería mala idea poner coto a quienes pretenden –y consiguen- entretener metiendo el dedo directo en la herida, chapoteando en los aspectos más sangrientos y retozando en el lodo resultante.

Y eso me ha hecho pensar en los atribulados familiares de otras figuras trágicas: los mineros chilenos atrapados bajo capas de tierra y metros de túneles, respirando un aire escaso y pobre, en una semioscuridad aterradora tras semanas de confinamiento. Una tragedia que el mundo entero vive en directo. Una tragedia que conmueve, asombra y asusta. Una tragedia que mantiene a sus familiares suspendidos en un limbo claustrofóbico de esperanza y fatalidad.

Una tragedia que desbordará los muros de la normalidad en cuanto los 33 mineros –vivos o muertos- salgan a la superficie. Desde ese momento, serán muchos los que la exploten lanzándose al circo mediático, quienes la cuenten a golpe de talón en las tertulias, quienes la conviertan en docudrama, en película de celuloide o en serie de televisión.

Tenemos muy reciente el caso-escándalo de Ingrid Betancourt.


¡Menos mal que siempre nos quedará el arte para respirar! Como la nueva instalación en la sala de turbinas de la Tate Modern: un suelo alfombrado con 100 millones de semillas de girasol, hechas en realidad con porcelana china. Una obra de arte sensorial sobre la que los visitantes pueden pasear o acostarse, como hacen madre e hija en esta foto.

viernes, 8 de octubre de 2010

Trabajar, ganar, gastar

En Londres hay gente para todo, y la mayoría de las veces sobran (mos) la mitad, especialmente en las tempranas horas de viaje en metro o autobús. Las tiendas abren siete días de cada siete, ya sea para venderte sushi o colocarte una chaqueta de pura lana merino, una alfombra o el último grito en e-books.

Hay muchas ofertas de trabajo: para camareros, limpiadores, dependientes y, con suerte, en hoteles. Eso sí, rara es la empresa que paga más de 7 libras a la hora, con lo que estudiantes, extranjeros y minorías -quizá letradas pero con un inglés macarrónico- se rifan los empleos temporales, tan fugaces, que en Recursos Humanos no dan abasto a programar cursos de formación para nuevos miembros del staff. Y es que los aspirantes a chef en un café pizzería local, vuelan en cuanto uno de los 200.000 “encadenados” Café Nero, Pizza Express, Starbucks, Eat, Wanagama… les ofrecen 7,01 libras la hora, y dobles turnos SÓLO dos o tres veces a la semana. ¿Es esto la cacareada flexibilidad laboral?

Parafraseando el título de la horrorosa película de Julia Robets y Javier Bardem, diría que la consigna sagrada en esta ciudad es “Trabaja, Gana dinero, Gástatelo”. Lo que me lleva a pensar que tampoco aquí, en el imperio de Her Majesty, han aprendido la lección de la última crisis financiera mundial. Tesco y Sainsbury’s se pelean cada día por ver quién baja más los precios de la comida; en Oxford Street te venden un bote de perfume por 20 libras y te regalan otro; el 40% de las tiendas en Oxford, Regents y Picadilly Street, están de rebajas permanentes; Waterstones y Foyles deben ganar más con sus cafeterías que con los libros que venden.

Consumo, consumo y más consumo. ¡Como si gastando y acumulando cosas fuéramos a conseguir ser más felices, altos o guapos! Como si la crisis fuera el molesto zumbido de una avispa inconveniente, o un fugaz sarpullido que pasará en unos días, dejándonos la piel tan suave y delicada como el culito de un bebé.

Yo, por si acaso, me he comprado un billete de autobús a Stratford-upon-Avon, el pueblo de Shakespeare, donde mañana planeo despedirme del verano en este país. Los detalles del viaje, fotos de su casa, tumba y pintorescas calles, con suerte, el domingo. Eso, si logro despertarme a las 6.30, coger el autobús, el metro y llegar a Baker Street a las 8. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Madrugando ¡un sábado!

miércoles, 6 de octubre de 2010

Dinosaurios y piedra lunar

El 27 de junio visité el Museo de Historia Natural de Londres: quería ver los esqueletos de los dinosaurios, esos fascinantes animales extinguidos en el albor de los tiempos pero que siguen cristalizando algunos de nuestros frágiles sueños de niñez. Ahora que el cine y los videojuegos han domesticado a tan feroces animales, impresiona aún más verlos en un museo, ya sean sus esqueletos suspendidos del techo, sus huellas grabadas en la piedra, sus cráneos, mandíbulas, garras y hasta nidos de huevos fosilizados.

En esa visita de junio no pude ver la principal atracción del museo, el Tiranosaurus Rex, al que estaban sometiendo a una revisión y puesta a punto. Así que hoy, tras acabar las clases, me he montado en un autobús a South Kensington y me he plantado frente al imponente Rex. Por supuesto, es un robot que se agita y hace ruido (animatronic, creo que se llama ese tipo de robots) pero, aun así, cuando Rex te mira fijamente a los ojos, te olvidas de que se mueve a base de procesadores, dejas de pensar en el puñado de chips que trabajan para que alce su feroz cabeza, enseñe los dientes y mueva la cola.

Había muchos niños en el museo, algunos en grupos escolares, pero también muchos adultos solos, tal vez jubilados por la edad, o quién sabe si desempleados aprovechando que los museos son todavía gratuitos en esta ciudad. En todo caso, éste es un museo para aprender, o para recordar las lecciones de nuestra juventud.

Yo me he quedado más de una hora en la Zona Roja, Visiones de la Tierra, a la que se entra a través de una gigantesca esfera metálica que simula ser nuestro planeta. Una escalera mecánica introduce al visitante en la esfera, una especie de organismo vivo, mitad nave espacial, mitad núcleo, principio y final, donde se explica el pasado, presente y apocalíptico futuro del planeta Tierra, las galaxias y universos. Una encapsulada piedra lunar, un fragmento recogido por los astronautas de la misión Apollo 16, en 1972, impresiona por su tímida y confinada soledad.

lunes, 4 de octubre de 2010

Diez canciones para llorar

Antes de pasar a la música, dejad que me desahogue y diga que para llorar, patalear y tirarse de los pelos, nada mejor que la huelga de metro de hoy en Londres. De modo sucinto, ésta ha sido mi aventura: 10 minutos en autobús, más 20 minutos andando hasta la estación de tren, más 15 minutos en tren hasta St Pancras, más 30 minutos andando a la academia. Total: 90 minutos y un señor dolor de pies después, llegué media hora tarde. Tras las clases, un corto paseo hasta Oxford Circus para coger el bus que me trajo a casa en "sólo" 50 minutos. Lucky girl!

Y ahora sí, ¡a la música!

¡Cómo nos gusta a los humanos hacer encuestas, elaborar listados, tasar, pesar, moldear, definir y poner cada mercancía en su estante una vez le hemos colgado la etiqueta! La última clasificación que ha caído en mis manos, arrancada de un periódico, recopila las 10 canciones más tristes, y no precisamente porque sean malas. Según una encuesta de PRS (Performing Right Society, la versión inglesa de la española SGAE), éstos son los temas que hacen llorar hasta a los “bad boys”:

1. Everybody Hurts – REM
2. Tears in Heaven – Eric Clapton
3. Hallelujah – Leonard Cohen
4. Nothing Compares 2 U – Sinead O’Connor
5. With or Without You – U2
6. Drugs Don’t Work – The Verve
7. Candle In The Wind – Elton John
8. Streets of Philadelphia – Bruce Springsteen
9. Unchained Melody – Todd Duncan
10. Angels – Robbie Williams

Pensaba poner todos los enlaces a estas canciones, olvidándome de que todo está en YouTube, a la distancia de un click, así que sólo dejaré el de "Drugs don't work", de The Verve, que jamás había escuchado.

"Everybody hurts", de REM, parece incontestable en su podio.

Y, aunque "Angels" sólo ha consiguido una décima plaza en esta lacrimosa encuesta, yo siento debilidad por Robbie Williams y sus ángeles, que no son sino coartadas en vías de salvación.

domingo, 3 de octubre de 2010

Zapatero, Gómez, Maquiavelo

Zapatero y Gómez tienen mucho más en común que las diferencias que los periódicos se empeñan hoy en resaltar. Por ejemplo, sus apellidos anodinos, ni bien ni mal sonantes, simplemente… anónimos apellidos de gentes que, de no ser por el ruido político, jamás habrían sonado en nuestros oídos.

Zapatero ha ganado contra pronóstico todo lo que ha ganado. Gómez parece nadar contra la corriente en esas mismas aguas.

Zapatero apenas da ya las brazadas justas para no hundirse mientras le llega el relevo. El PSOE necesita un sustituto para ganar las próximas elecciones, dentro de ocho años, quizá cuatro, porque parece seguro que la alternancia popular está al caer.

A Gómez, de nombre Tomás, lo conocen hoy en toda España porque ha derrotado a Zapatero en Madrid; con permiso de Trinidad Jiménez, que era quien realmente se enfrentaba a Gómez, de nombre, Tomás. Esas elecciones primarias, que deberían importar sólo a los afiliados del PSOE en Madrid, nos las han vendido desde el principio casi como una cuestión de Estado, gracias a lo cual, Gómez, de nombre Tomás, es hoy alguien en la política nacional.

Zapatero ya ha demostrado lo muy capaz que es de sacar los pies del tiesto. Sintiéndolo mucho, Gómez ya los sacó de su Parla del alma, para ponerse a la cabeza de los socialistas madrileños, y hay quien dice que con el apoyo del mismísimo Zapatero.

Zapatero dijo, dice y dirá, que él nada se jugaba en las primarias de Madrid. Quizá la respuesta correcta a esa pregunta la dará Tomás Gómez cuando se enfrente a la imbatible cancerbera popular en la Comunidad de Madrid.

Por lo pronto, la aureola de triunfo, la corona de laurel, adorna esta noche la cabeza de Gómez, de nombre Tomás, a quien Zapatero ha hecho la mejor gratuita campaña de publicidad que jamás pudo soñar.

sábado, 2 de octubre de 2010

La palabra de moda

Agudeza visual: ¿qué tienen en común estas cuatro noticias recortadas de distintos periódicos londinenses en diferentes días? Una pista: hay que mirar los títulos. Otra pista: hablan de asuntos muy familiares para los trabajadores –y los parados- españoles.

Tac, tac, tac… ¡Se acabó el tiempo! La palabra clave es “strike”, o lo que es lo mismo: huelga. ¿Y por qué se va a la huelga en Londres, Inglaterra, donde se supone que atan a los perros con salchichas cocidas al vapor que despide la bien engrasada maquinaria de la todopoderosa City?

Vayamos por partes. Primero, los trabajadores del Metro de Londres han convocado huelga para el lunes. ¿La razón? Se oponen al recorte de 800 empleos, es decir, hay 800 personas que ahora trabajan y que irán al paro. Y, claro, no es algo que les haga gracia. Más o menos, la misma gracia que el lunes nos hará a nosotros, sufridos usuarios, coger varios autobuses (que irán repletos hasta el techo), sufrir atascos y tardar hora y media en llegar al centro. ¡Si funcionando normalmente ya es tremendo! Monday morning, más miserable si cabe.

Segunda huelga: la BBC podría apagar sus emisiones en directo el 5 y 6 de octubre, coincidiendo con la clausura de la Conferencia de Birmingham, donde el primer ministro, Cameron, será la rutilante estrella. Y aún hay más: la huelga podría extenderse al 19 y 20, cuando el ministro de Finanzas, George Osborne, desvelará los recortes del Gobierno.

De momento, no consta que la policía vaya a ponerse en huelga, pero, por si acaso, ya se trabaja para concederles el derecho a manifestarse y dejar de proteger a los ciudadanos. Que debe ser algo así como que un médico se niegue a salvar a un paciente porque llega tarde a cenar. Es lo que tienen algunas profesiones: son muy sacrificadas. Tampoco está previsto que vayan a la huelga 1.200 trabajadores de Orange y T-Mobile. Donde se irán será a sus casas, después de que el gigante de la telefonía móvil los despida.

Pero no todo son malas noticias. A partir del lunes, una reluciente caravana ambulante aparcará en Covent Garden. En sus fogones, dos reputados chefs prepararán platos de alta cocina a precios de oficinista y hasta dependientes de Primark. La iniciativa forma parte del London Restaurant Festival, que se celebrará del 4 al 18 de este mes.
 
Enjoy your meal!

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Huelga en España, lluvia en Londres

La actualidad en España marcha hoy a ritmo de huelga, aunque los periódicos (españoles) no aciertan a ponerse de acuerdo en si se trata de una huelga general o de un paro muy parcial. Mientras, aquí en Londres, la BBC destaca las protestas en Bruselas contra unas medidas de austeridad que son todas como primas hermanas y que están llegando a Europa como ese lobo feroz que tantas veces se anunció pero en el que nunca se creyó. El vídeo que ilustra la noticia, como no podía ser menos, es de los choques entre la policía y algunos exaltados en Barcelona. Se ve que son pocos, pero como arman ruido y han debido quemar un par de coches, la mala imagen de España ya está servida, justo al mismo nivel de la de los griegos hace unos meses y los franceses de segunda generación en las banlieu de París.

En el Reino Unido de la Gran Bretaña, las medidas para apretarse el cinturón están al caer, y los signos son evidentes. El lunes, el Banco de Inglaterra instaba a romper la hucha de los ahorros y empezar a gastar para salvar el país. Y hoy, la BBC nos cuenta cómo hacerlo: comprar coches fabricados en Reino Unido (nada de darle la pasta a los coreanos o alemanes dueños de las firmas automovilísticas más vendidas); salir de vacaciones, pero sin salir del país (idem que con los coches); llenar los depósitos de gasolina y usar el coche sin miedo al agujero de ozono o al boquete en los bolsillos; fumar y beber a placer, porque ya se sabe que nada llena tanto las arcas del Estado como los impuestos sobre alcohol y tabaco. Que tomen nota en Europa… perdón, en el resto de Europa.

La otra celebrity estos días en Londres es Ed Miliband, el flamante nuevo líder de los Laboristas (otrora, socialistas). Superada la batalla fratricida para controlar su partido, Ed Miliband apunta ahora a sus contrincantes, los conservadores de Cameron. Si sorprendentes están siendo sus cambios de opinión en materia económica (una vez ganadas las primarias, ¿no tiene derecho el hombre a reclamar medidas más severas de las que prometió si resultaba elegido?), más sorprendente es que hoy anuncie que se va a casar. ¿Y con quién? Pues con la madre de sus dos hijos (uno de camino), con la que, por una cosa u otra, no había tenido tiempo de casarse hasta ahora. ¿Giro a la derecha, concesión a la conservadora sociedad británica? ¿O falta de tiempo, como él dice? ¿Sería tan inconveniente que el posible primer ministro no estuviera casado con su Primera Dama?

Mi actualidad la marca mi búsqueda online de sitios donde empezar a mandad currículos, aunque sólo sea para ir a las entrevistas de trabajo y practicar mi inglés. Ni qué decir tiene que estoy más perdida que el pulpo Paul en un acuario de Coca-Cola. Las únicas ofertas de empleo que se ven por la calle y en periódicos son para camareros en sitios de comida y bebida fast-food; vendedores a comisión; dependientes tras mostradores de ropa de grandes cadenas textiles; y niñeras, para lo que suelen pedir conocimientos de otro idioma, como el francés y, en ocasiones, español.

Nada a mi alcance, me temo, ya que mi formación universitaria me sobrecualifica para algunos de esos puestos, y la edad me elimina directamente de la carrera por otros. Tampoco pertenezco a una minoría étnica, y las empresas españolas con presencia aquí también se han perforado algunos agujeros en el cinturón. Así que he decidido empezar mandando mi CV a sitios donde no hay vacantes, pero donde me gustaría trabajar. Ni a mí misma me parece una medida inteligente, pero ya iré acotando la búsqueda.
Mientras, sigue lloviendo en Londres, y acabo de descubrir que la vista desde mi ventana es más bonita bajo la lluvia. Y me acuerdo con notalgia de aquellas tardes de mi adolescencia cuando me inspiraba contemplar la lluvia tras los cristales. Como en la canción de Serrat.

martes, 28 de septiembre de 2010

Multiculturalidad rima con Actualidad

Londres me recibió ayer con frío, viento y un atasco fenomenal ya en Heathrow que sólo fue tolerable gracias al dicharachero chófer iraní que me enviaron desde mi nuevo “hogar” en la zona norte. Como he decidido que en mi segunda estancia londinense voy a hablar hasta con los cubos de basura, yo misma inicié la conversación diciéndole mi nombre. Y, mira por dónde, resultó que el taxista sabía lo que mi (no tan bonito) nombre significaba en su lengua, lo que le sirvió para adoctrinarme un rato sobre la importancia de respetar la herencia familiar, las costumbres de nuestros mayores… ¿He dicho ya que era iraní?

Cuando veía que la conversación derivaba hacia el libertinaje y los derechos de las mujeres, traté de regatear contándole los espléndidos 28 grados que dejé en Madrid, y de paso le dije que era una fanática de los museos. También de eso sabía el señor... y de lo mal que funcionan los transportes en Londres, del paro que crece, de la suciedad de algunos barrios... ¡Tenía la sensación de seguir en Madrid!

Tras tomar posesión de mi habitación (en una residencia que regenta una antigua azafata alemana), salí a comprar el abono mensual de transportes (en una estación sin servicio de trenes los fines de semana y donde las dos taquilleras eran negras) y a inspeccionar la zona (de mayoría irlandesa). Nada excitante hasta llevar 12 minutos andando, pero mejor de lo que me temía, así que, para celebrarlo, entré en un bar a tomar media pinta de Guinness. Los camareros eran italianos y los clientes, estudiantes de variada nacionalidad.

Esta mañana, en mi primer desayuno en este Lodge, conocí a una italiana y a un iraní que hacen sendos máster; y más tarde, ya en la academia en el centro de Londres, a mis dos compañeros de clase: una monja de Sri Lanka con la que ya coincidí en julio, y un chico brasileño. El profesor, Andrea, es de origen italiano, aunque lleva 15 años viviendo y enseñando en Londres. Ningún español en mi grupo.

Tras una breve visita al British Museum, donde tomé esta curiosa foto de una familia judía perfectamente ataviada, cogí de nuevo el metro para volver a casa porque… ¡aquí se cena a las 18 horas! En esta "stylist boutique", el alojamiento incluye desayuno y cuatro cenas, de lunes a jueves, todos los huéspedes sentados a una misma mesa, con candelabros, posavasos y bajoplatos. Eso sí, las habitaciones tienen doscientos metros de alfombra, las cañerías funcionan al modo inglés y cada vez que abres la ventana te entra un bichejo enorme tipo mosquito, inofensivo pero feísimo, que habita en el jardín (sobre el que da mi ventana). He logrado mantener el tono optimista, previa compra de insecticida y mis propios útiles de limpieza.

Ya sabía que las cenas en este país son copiosas, pero imaginaba que siendo nosotros unos humildes estudiantes, éstas serían más “magras”. Pero no: primer plato (sopa de vegetales), segundo (quiche de queso y puerros con pasta y lechuga), postre (pudding), zumos de manzana y naranja y agua. Para el resto de comensales, carne de primero y de segundo. Yo soy la mejor parada, por aquello de no comer carne y tener mi propio menú. Y todo ello, servido por un chico japonés que trabaja aquí a tiempo parcial, para pagarse los estudios. ¿He dicho que la cocinera es polaca? Pues lo es.

El único inglés llegó acabada la cena, a eso de las 18.45. Es un señor de 75 años, de nombre Michael, que viene lunes y martes a darnos (gratis) clases de pronunciación. Hoy nos ha tocado a las nuevas, que somos dos chicas surcoreanas y yo. La francesa, tres italianos y el iraní se han saltado la clase, con la excusa de que son veteranos. El señor nos ha hecho recitar un extracto de “My fair Lady” y luego nos ha invitado a un refresco de bienvenida en el pub de al lado. La anécdota que casi pone broche final a nuestra tarde-noche fue que a una de las surcoreanas, que aparenta tener 15 años, le pidieron el pasaporte para entrar al pub. Y mi sorpresa, ver que lo llevaba encima, porque está harta de que le cierren el paso.

De la actualidad periodística, destaco este bonito abrazo fraternal del derrotado David (Miliband), que sigue robándole protagonismo al triunfador Ed, flamante nueva cara del Laborismo británico. Y los medios, antes de que el nuevo líder eche a andar y pueda precipitarse en sus fracasos o éxitos, ya están preguntándose si no habrá ganado el hermano equivocado.

Por su parte, el Banco de Inglaterra parece haber dado con la receta para vencer a esta tozuda crisis económica y financiera: fundirse los ahorros. No es tiempo de guardar bajo el colchón, sino de gastarse lo atesorado. ¿No nos decían justo lo contrario hace unos pocos años? Que los compre quien los entienda.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Taberna del Museo (Británico)

Dentro de una semana estaré de nuevo en Londres, seguramente saliendo de mis primeras horas de clase en la escuela de inglés, junto a decenas de estudiantes llegados de Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí, Emiratos, Italia, Brasil… Una amalgama de lenguas y culturas tratando de aprender el único idioma que en los últimos decenios hemos consagrado como universal. Como todos ellos, de 9 a 12 y cada mañana de lunes a viernes, seré una aplicada estudiante de inglés en una ciudad que temo gris y nublada, lluviosa, muy distinta de la soleada y cálida Londres que viví de mayo a julio.

Pero... al mal tiempo, buena cara.

No recuerdo quién dijo aquello de “Siempre nos quedarán los bares” (yo añadiría “y los museos y las librerías”), pero hoy que en mi pequeño pueblo de Málaga también llueve, el cielo no es tan distinto del londinense y yo estoy harta de hacer listas mentales con ropa, papeles y cosas que no pueden faltarme en la maleta, me quedo con los bares. Uno que conocen bien las hordas de turistas españoles que entran y salen del British Museum; un pub con historia que servía un más que aceptable “kidney pie” (pastel de riñones) hasta que, hace años, la enfermedad de las vacas locas amedrentó a media Europa.

The Museum Tavern, o lo que es lo mismo, la Taberna del Museo (Británico, por supuesto). La mención más antigua a este pub-cantina tradicional se remonta al año 1723, aunque por entonces se llamaba “Dog and duck” (“Perro y pato”), debido a la abundante caza que se practicaba en los estanques y pantanos de los alrededores. Cuando, en 1759, abrió sus puertas el British Museum, justo enfrente, el pub adoptó su nombre actual, rentabilizando su privilegiada ubicación. En 1855, también aprovechando la remodelación de la calle, el pub se amplió hasta su tamaño actual. La barra y el artesonado de madera labrada de techo y paredes se añadieron en 1889, y todavía hoy se conservan en buen estado, igual que varios de los espejos originales y ventanas emplomadas.

Tampoco ha cambiado su vocación de cantina, y hoy sigue ofreciendo comida y bebida a los ingenuos turistas que se empeñan en recorrer el museo en dos horas y, por supuesto, acaban muertos de cansancio. A mediodía, los oficinistas son la clientela mayoritaria, mucho hombre de traje gris y mediana edad y mujeres de falta recta. La comida es algo cara, pero las pintas de Guinness y su gran variedad de ales (cervezas de mayor graduación alcohólica que las lager y de sabor más complejo) hacen del Museum Tavern una parada imprescindible en los alrededores de Holborn-Bloomsbury.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La moda en el siglo V a.c

Tengo muy abandonada la sección "Historia de un objeto", que espero retomar con más vigor cuando regrese a Londres, a finales de mes. Mientras tanto, y para ir entrenándome en sacudirme la pereza estival, organizo archivos y almaceno fotos, recuperando de paso objetos como éste:

Bote de perfume con amazona en traje pantalón (Grecia, 470 a.C)
Hay quien dice que las modas son tan efímeras que cuando las modelos se descalzan, recién bajadas de la pasarela, las ropas que visten ya han caducado. Y está comprobado que las modas son cíclicas y hasta que todo está ya inventado. O así lo parece, sobre todo cuando examinamos con atención los objetos que encontramos en calles, plazas, museos y palacios.

Es el caso de este bote de perfume, fabricado en Atenas alrededor del año 470 a.C., y que muestra a una amazona. Las míticas amazonas eran un grupo de mujeres guerreras, que los griegos de hace 25 siglos creían que vivían al norte del mar Negro. A diferencia de las mujeres griegas, las amazonas eran representadas vistiendo pantalón masculino, blusa de manga larga y una pieza de armadura que les cubría el cuerpo desde el cuello hasta la cintura. La figura de esta amazona (dibujada en negro sobre fondo blanco de alabastro) lleva también un escudo con una tela estampada y un carcaj de flechas.

Este objeto puede contemplarse en el British Museum (Londres), en una vitrina de la sala dedicada a la cerámica griega. ¡Quién sabe si algún diseñador no le habrá echado el ojo a alguna pieza!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Escápate a... "La Estacada"

Inauguro sección, que ya aviso no será diaria y puede que ni siquiera semanal, con la idea de recoger, comentar y recomendar esos hoteles, restaurantes, ciudades o parajes en los que he estado y a los que no me importaría regresar. Sin orden pero con bastante concierto, más agenda que cajón desastre, escapadas de fin de semana a sitios (más o menos) cercanos.


Escápate a... "La Estacada"

Hotel, restaurante, bodega y spa (lo que las guías de viaje llaman complejo enoturístico), La Estacada se levanta en medio de 300 hectáreas de viñedo cerca de Tarancón (Cuenca), a sólo 45 minutos de Madrid. Es un sitio ideal para pasar un fin de semana relajado, el clásico lugar donde es fácil aparcar el estrés junto al coche y dedicarse al dulce placer de hacer… nada. Eso sí, con wifi gratuito en todo el hotel, para quienes llevan el business tan adherido como una segunda piel.

El relativo aislamiento del hotel puede ser un hándicap para atraer clientela, y quizá por eso han diseñado un paquete fin de semana (viernes y sábado) muy goloso: alojamiento y desayuno; gimnasio; circuito spa de 90 minutos; visita a la bodega; degustación de vino; consumo de minibar y pista de pádel, a precio de bolsillo joven.

La piscina de verano climatizada, el párking gratuito, la prensa diaria y la tienda abierta hasta altas horas, invitan a no coger el coche si no es para volver a casa. No obstante, los amantes de las piedras y las ruinas, entre las que me cuento, tienen cerca el monasterio de Uclés, declarado Monumento Nacional en 1931. Su mezcla de estilos plateresco, herreriano y barroco, su patio con aljibe, la iglesia, la sacristía mayor y las fachadas exteriores son paradas obligatorias. Y un poco más lejos, tanto en la carretera como en los siglos, está el yacimiento arqueológico de Segóbriga, o más bien las ruinas de este importante asentamiento romano en el que las excavaciones siguen abiertas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (VI)

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Viene de Francia de ida y vuelta (V)
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Habíamos reservado nuestro último día en Francia para pasarlo con una pareja amiga en su casa de veraneo en el pueblecito de Err, a escasos kilómetros de la frontera y de Puigcerdá. Teníamos cita para comer a la una y media, por lo que dejamos Perpignan de buena mañana, con la idea de visitar antes la abadía benedictina de Saint Michel de Cuxa.

La carretera se nos dio bien, y a las diez y media franqueábamos la puerta de entrada a la Cripta de la Virgen, un oscuro y húmedo edificio circular donde lo primero que apabulla es la rotundidad de un pilar central de siete metros de circunferencia, sobre el que gira la bóveda. Hice varias fotos, pero al estar prohibido el flash y no siendo yo una fotógrafa consumada, ninguna tiene la calidad necesaria. Delante de la cripta, el subterráneo paseo de los peregrinos nos condujo al precioso claustro de mármol rosa.

De nada vale lamentarse, y la historia del arte está jalonada de destrucciones, robos y desmantelaciones varias (los frisos del Partenón ateniense, las momias, efigies y obeliscos egipcios...), pero entristece pensar que lo mejor de este claustro románico del siglo XII fue vendido, arrancado columna a columna, transportado y reensamblado en Nueva York para lucir en el Museo de los Claustros, donde también se exhibe parte del claustro de St Guilhem le Desert. Como quiera que sea, las columnas y capiteles que aún quedan en Saint Michel de Cuxa son de tal belleza que dedicamos un buen rato a descifrar sus figuras vegetales y zoomorfas. Vimos bastantes leones esculpidos, otros animales inciertos y figuras de aspecto orientalizante, una de las cuales ha sido identificada como Gilgamesh, un personaje de la mitología babilónica.

Al entrar en la iglesia, de piedra desnuda y sobria, nos topamos con una pareja de italianos con los que, ¡casualidades de la vida!, ya nos habíamos tropezado dos días antes, cuando los cuatro (por separado) visitábamos el castillo de Carcassonne. También ahora los cuatro (por separado) salimos a contemplar la torre del siglo XI, que se recorta contra el verdor de los montes circundantes en un silencio sólo roto por las pisadas de cada nuevo visitante.

Desandando el camino, atravesamos la cripta de nuevo para salir por la tienda, donde compramos un llavero y vino de la zona que aún no hemos degustado.

La carretera hasta Err es estrecha, llena de curvas y en afilada pendiente, lo que sumado a los numerosos camiones largos, larguísimos, nos obligó a una velocidad media de 50-60 kilómetros/hora. Salí ganando yo, porque al conducir en casi caravana pude admirar un soberbio paisaje que, por momentos, recordaba a Despeñaperros (Jaén), sobre todo cuando vimos el Tren Amarillo, que cruza turistas por los Pirineos en un viaje de vértigo.

Llegamos a Err diez minutos antes de lo previsto. El Puigmal seguía alzándose majestuoso sobre el pueblo; el riachuelo corría y resonaba contra los cantos de piedra; la casa de nuestros amigos era tan bonita como la recordaba; y ellos, más acogedores que nunca.

Nos llevaron a comer al pueblo de Urús, en la provincia de Girona. La frontera en esta zona es una línea política de lo más arbitraria, pues hace franceses a unos municipios y catalanes a otros, aunque los separen unos pocos kilómetros. Todo en la carta de Fonda Cobadana sonaba apetecible, y la decisión final recayó en un crujiente de manitas de cerdo, muslo de pato, ensalada, pescado y rissotto de ceps, más postre compartido y vino. ¡Delicioso! La invitación puso la guinda al pastel, pero la próxima vez, nos toca.

Regresamos a Err para pasar la sobremesa poniéndonos al día. Mis planes de volver a Londres a finales de mes; sus recientes vacaciones en Escocia; la vuelta al trabajo de ellos dos; sus paseos por el monte buscando setas; la visita de un vecino amabilísimo al que conocimos en un viaje anterior... Sin darnos cuenta, se hacía de noche y aún no habíamos ido a nuestro hotel en Llívia, por lo que decidimos acercarnos a tomar posesión de nuestra habitación antes de regresar (sí, otra vez) a Err invitados a cenar. Tortilla, ensalada y setas (cocinadas por el vecino de nuestros amigos), todo un festín.

La noche era fresca, estábamos tan bien en la terraza, tan a gusto en tan agradable compañía, que sólo el sentido común y el largo viaje del día siguiente para volver a Madrid, nos dieron fuerzas para despedirnos de nuestros amigos e irnos a dormir.

Gracias a los dos por vuestra simpatía, cariño y amistad.