lunes, 26 de diciembre de 2011

Una Navidad de película

La Navidad es una época de tradiciones gastro-familiares plagada también de rutinas cinematográficas. Y es que hay películas que parecen hechas para ser vistas en estos días de invierno, si es posible, cerca de una buena chimenea (los que tenemos suerte de tener casa en un pueblo de los de antes) y deleitándonos con un tazón de leche con canela, un té con hierbabuena o un café cremoso.

'Orchard House', hogar de 'Mujercitas', Concord.
Una de esas películas es Mujercitas, adaptación de la novela de Louisa May Alcott, la autora estadounidense del siglo XIX que tomó su propia vida y la de sus hermanas para crear una obra cumbre de la literatura universal. El verano pasado, durante mis vacaciones en Estados Unidos, pasé tres días en la ciudad de Concord, a media hora escasa de Boston. En Concord vivió y escribió sus obras Louisa May, en una casa llamada Orchard House que ahora es casa-museo. También allí sigue en pie la escuela que fundó su padre, el pedagogo y ensayista Amos Bronson Alcott. Un emotivo viaje al pasado para quien, como yo, creció queriendo parecerse a Jo March, independiente, rebelde y empeñada en ser escritora antes que esposa y madre. 


Mi versión preferida de Mujercitas es la que dirigió en 1933 George Cukor, con Katharine Hepburn en el papel de Jo March. Es para mí la que mejor refleja la historia de aprendizaje de la vida de las cuatro hermanas. En todas las versiones se corta Jo la coleta para conseguir dinero para Navidad, en todas es deslenguada e incisiva, en todas la critican por rebelde y obstinada, en todas, en fin, es el mejor alter ego que Louisa May Alcott pudo imaginar. 



Otro clásico de Navidad es ¡Qué bello es vivir! Ni aunque arriesgara la vida podría recordar cuántas veces he visto esta película, con la que lloro como una Magdalena, sin importarme quién esté delante o lo muy roja que se me ponga la nariz. Por algo la programan en las televisiones de medio mundo en las fiestas navideñas, debe ser que los buenos sentimientos no pasan de moda, como tampoco la interpretación que hace James Stewart de ese hombre que ha perdido la fe en el ser humano y que contempla cómo hubiera sido la vida de los que le rodean si él no hubiera existido. Igual de entrañable es el ángel que le ayuda para conseguir sus alas.



¿Y qué decir de Cuento de Navidad, la historia aleccionadora de Dickens en su versión cinematográfica de 1938? El actor Reginald Owen interpretó a Scrooge, el avaro descreído que recibe la visita de los tres espíritus de las Navidades pasadas, presentes y futuras. Hay muchas adaptaciones, también en cine animado, y por supuesto, en color. Yo la prefiero en blanco en negro.  




Para curarme de tanta dosis de sobreespíritu navideño, otros dos de mis clásicos de todas las estaciones del año, y también en diciembre: Indiana Jones en busca del arca perdida (nadie corre tan simpáticamente mal ni es tan patoso como Harrison Ford) y Blade Runner (videoclip de arriba). Que las dos estén protagonizadas por Ford es simple coincidencia, porque las películas son completamente diferentes en factura, dirección e intencionalidad.

Y de las películas recientes, confesaré que me encanta ver con mi sobrino cualquiera de las tres entregas de Ice Age y ver los estragos que en el Planeta causa esa ardilla (creo que es una ardilla aunque no pondría la mano en el fuego) corriendo detrás de una bellota. Si no las habéis visto, ánimo, que en julio se estrena la cuarta aventura en 3D.   

Feliz Navidad y... ¡buen cine!

miércoles, 21 de diciembre de 2011

'Nubosidad variable', de Carmen Martín Gaite

Una compañera de trabajo me ha prestado uno de sus libros preferidos, Libertad, de Jonathan Franzen, así que ya tengo lectura para estas Navidades. Su entusiasmo al contarme cuánto le había gustado y la voracidad con la que lo leyó, casi sin poder parar, me recordó que yo aún no he hablado de mis libros del alma, mi fondo de armario editorial.


Carmen Martín Gaite (8/12/1925- 23/07/2000).


Al comenzar este blog, en junio de 2010, explicaba que debería haberse llamado Nubosidad variable, pero que me parecía una traición plagiar el título a una de mis escritoras fetiche, Carmen Martín Gaite, la primera mujer en ganar el premio Nacional de Literatura, por El cuarto de atrás. Vi a Carmen Martín Gaite varios años en la Feria del Libro, ataviada casi siempre con gorras y sombreros coloridos, y me sorprendían sus ojos chispeantes, su rostro de niña arrugada, su alegría infantil y su manera de abanicarse el calor sin desmerecer una sonrisa. Había perdido a su única hija y la literatura la había salvado (eso decía), por lo que nada podía entristecerla ya (eso decía).

Nubosidad variable y La reina de las nieves 
son mis libros favoritos de Carmen Martín Gaite, aunque hoy sólo hablaré del primero. Son novelas que releo de cuanto en cuando, quizá para comprobar si me siguen despertando la misma expectación de la primera vez. La misma emoción que experimento con Jane Austen, Tracy Chevalier, Natalia Ginzburg, Gioconda Belli, Marianne Fredriksson, Carmen Laforet o Magda Szabó, por citar sólo algunas de mis musas en esto de la ficción.

Los dos personajes principales, Sofía Montalvo y Mariana León, son de esas amigas que, por culpa de cómo gestionan su relación con un hombre, entierran años de amor y confianza. Mariana es una psiquiatra de éxito, nunca se casó ni tuvo hijos. Sofía, en cambio, vive frustrada su papel secundario como madre y esposa, y se plantea recibir terapia psicológica. A partir de su encuentro, casual, en una exposición de pintura, las dos intentarán leerse las líneas del alma.


Mujer griega leyendo (British Museum).
Para retomar el pasado, empiezan a escribirse cartas donde se cuentan todo lo que han callado durante años, sus deseos y frustraciones, sus aciertos y errores. En esta novela no hay un tumbarse en el diván del loquero, sino un ejercicio literario al final del cual ambas esperan ganar la redención. Y, por supuesto, mientras las dos mujeres tiran del ovillo de su pasado, el lector va conociendo los presentes de las amigas y comprendiéndolas casi, casi, al tiempo que ellas se quitan las sucesivas caretas. Con cada nueva página de la novela, Sofía irá retomando la relación con sus dos hijos, ya mayores e independizados. Y Mariana podrá al fin mirarse a sí misma en el espejo y escuchar la voz de la conciencia para reconciliarse con su vocación y con su vida misma.
Es éste un libro escrito sin alardes formales ni estéticos, sin vueltas de tuerca argumentales que desplacen la trama súbitamente. No creo que Martín Gaite tuviera intención alguna de provocar, ni de criticar la educación en la sumisión de la mujer, incluso si esta mujer es inteligentísima, cultivada y con una rica vida interior. La autora tampoco enarbola banderas, como no sea la de conocerse, mimarse y aceptarse a uno mismo, por encima de las opiniones de los demás –sobre todo, de quienes dicen hacerlo por nuestro bien-.

La lectura de Nubosidad variable resulta, ya lo advierto, agridulce si se es mujer. Hay en el libro demasiadas vivencias y un buen cúmulo de errores que las féminas tendemos a repetir en generaciones sucesivas. Imposible no sentirse concernida de algún modo, criticada cuando Mariana y Sofía se critican, avergonzada cuando ellas se reprochan, alarmada por los peligros que ellas bordean. Sus experiencias cuando eran niñas, su convertirse en jovencitas, su salto a la incipiente edad adulta, su tránsito a mujer, su conversión en madre, una, y en profesional solitaria la otra…
Las protagonistas de esta novela hablan de la vida. ¡Ahí es nada!

jueves, 15 de diciembre de 2011

Grafitis, arte y un trampantojo en París

Acabo de regresar de unas minivacaciones en París, a donde me he escapado aprovechando el post-puente de la Constitución. No sé si será por la crisis o por el miedo a que todo empeore aún más, pero lo cierto es que la Ciudad de la Luz, esta Navidad, brillaría poco si no fuera por el tenue resplandor comercial de los Campos Elíseos y el haz de luz giratoria a modo de faro en que hace tiempo han convertido la Torre Eiffel.

Alejandro el Grande.
Todo amante del arte que vaya a París este invierno debe ver varias exposiciones: la que el Louvre dedica a Alejandro el Grande y Macedonia; la que descubre la vida del príncipe medieval Gaston Fébus, en el museo de Cluny; la muestra multitudinaria sobre Fra Angelico, en el Jacquemar-André; y la del Orsay sobre prerrafaelitas. Eso, como mínimo, y para la de Fra Angelico hay que reservar. Eso sí, aviso a periodistas: tienen entrada gratuita con sólo mostrar en taquilla la tarjeta o acreditación, y en el caso del Louvre, enseñarla directamente en las alas Denon, Sully y Richelieu.

Grafiti en la plaza junto al Cloître-Saint-Merri.


Recorrer las calles de París es un placer para los sentidos, y más cuando hace tan buen tiempo como estos días, de un sol espléndido y cálido, bajo cielos azules y no menos de 7 grados centígrados. Incluso de noche y junto al Sena, he podido pasear sin gorro.

Grafiti en la calle Saint-Merri.


Una sorpresa inesperada han sido los grafitis que me he encontrado en varios puntos de la ciudad, ese arte callejero al que me aficioné en Londres y que en mi barrio madrileño de La Latina también prolifera. En París encontré varias fachadas cubiertas por entero de grafitis, como el de la imagen superior, y también pequeños dibujos, reivindicativos unos, irónicos otros, alegóricos o simplemente de perfil estético. Tanto el rostro de niño de la derecha, como el monumental de la imagen superior, están junto a la iglesia de Saint-Merri, al lado del Pompidou.

Trampantojo en St. André-des-Arts.
En la zona de Saint-André-des-Arts, en el corazón del Barrio Latino, no sólo hay turistas deambulando por los puestos callejeros de crêpes, pitas o falafeles, o tiendas de recuerdos horteras. Además de los cafés y brasseries históricos, como Les Deux Magots, donde coger un buen sitio es casi imposible, hay muchos estudiantes y gente del barrio que tratan de hacer su vida al margen de los que vamos de paso. En esta plaza al inicio de la calle, me sorprendió este trampantojo, con ramas de árbol pintadas sobre una fachada que, como se ve, sin las hojas tendría muy poca gracia.

Arte urbano en St. André.
Otro tipo de arte callejero que me parece especialmente simpático es el que, a base de pintadas de espíritu más gamberro, altera levemente la iconografía del mobiliario urbano, o incluso las señales de tráfico -por ejemplo, abundan las reinterpretaciones de las de "prohibición"-, con unas pinceladas tan sutiles que los cambios pueden pasar desapercibidos al ojo apresurado. La idea de pintar una silueta "tomando prestada" la señal de prohibición me parece ingenua y encantadora a la vez. No podemos tomarnos demasiado en serio, parece decirnos este artista anónimo.

Grafiti en la calle des Rosiers, en el Marais.


También encontré grafitis en el Marais, esa zona de París en plena ebullición, llena de restaurantes, tiendas y espacios modernos y gay friendly, pero que también acoge el barrio judío de la ciudad y algunas de las mejores mansiones de los siglos XVII y XVIII, o la impresionante plaza de los Vosgos. Precisamente en la calle des Rosiers, en el barrio judío, están los tigres de esta fachada.

Una visita imprescindible en el Marais es el museo Carnavalet, alojado en dos magníficos palacios-mansiones, uno de los cuales perteneció a la marquesa ilustrada Madame de Sevigné. Pero esa es ya otra historia, una historia de mujeres y libros, que me reservo para otro día.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La mesa de Jane Austen: historia de un objeto

El cottage de Chawton, cerca de Winchester, fue el último hogar de Jane Austen, de donde saldría apenas para recibir tratamiento poco antes de morir. La historia, fotos y reseña de mis visitas a Chawton merecen una entrada propia en este blog, pero la de hoy habla de varios objetos que allí se exhiben, comenzando por la mesa que usaba Jane para escribir.

Mesa de Jane Austen (Casa-museo de Chawton).
Poco antes de morir, Jane Austen desveló su ritual de escritura: con una fina pluma de marfil, de menos de dos pulgadas de ancho, sobre el endeble tablero de madera de castaño de una mesa de 12 pulgadas. Esta mesita, sostenida por un sólo pie, era plegable, como la mayoría de las mesas de escritura de la época de la Regencia. Fue aquí donde Jane escribió sus primeras novelas, recluida en el piso superior de la rectoría que su padre tenía en  Hampshire, aunque esas historias tardarían años en publicarse. Cuando la familia Austen se mudó a Bath, en 1800, Jane apenas pudo escribir, pero la mesa viajó con ellos, igual que los seguiría a Chawton, el cottage propiedad de su hermano Edward que sería el último hogar de las mujeres Austen: la propia Jane, su madre, su hermana Cassandra y Martha Lloyd, una amiga de la familia.

Novelas de Jane Austen (Casa-museo de Chawton).
En esta mesa revisó Jane los manuscritos de Sentido y sensibilidad y de Orgulllo y prejuicio justo antes de ser enviados a Londres para su publicación, en 1811 y 1813. En esta mesa nacieron Mansfield Park, Emma y Persuasión. Y fue aquí, rozando los nudillos en la fina madera, donde Jane Austen anotó los comentarios elogiosos de sus vecinos, como la señora Bramston, de Oakley Hall, o la señora Digweed. De todo ello da cuenta Jane en sus cartas a Cassandra.

Tras la muerte de Jane Austen, en julio de 1817, su hermana Cassandra heredó la mesa de escritura y, cuando ésta falleció, en 1845, la mesa plegable fue regalada a un viejo mayordomo, como premio a su labor al servicio de las Austen. Cuando, en el siglo XIX, la Sociedad Jane Austen empezó a recolectar objetos, manuscritos y recuerdos para fundar esta casa-museo, la pequeña mesa fue de los primeros objetos en regresar. Y ahí aguarda al visitante, junto a la ventana y a la puerta del comedor familiar.

Mechón de pelo, pulsera y cruz de Jane Austen (Chawton).
Visitar Chawton es una experiencia reconfortante, por pesado que sea el recorrido en autobús desde Winchester o el riesgo de extraviarse al caminar desde la parada del bus, en mitad de la carretera, hasta el grupo de casitas que forman el pueblo. Merece la pena sólo por ver dónde vivió la escritora, cómo es el edificio, cuán de estrechas las escaleras al segundo piso o lo recoleto del jardincillo trasero. Además, hay multitud de objetos curiosos, como éstos guardados tras el cristal de una vitrina, que pertenecieron a Jane Austen. Por ejemplo, una pulsera azul, de un diseño tan increíblemente moderno, que yo compré una similar en una feria de artesanía en Madrid. Encima de la pulsera, un mechón de pelo de Jane, eso sí, descolorido desde su original castaño otoñal. También dos cruces de topacio, regalo de su hermano Charles a Jane (la cruz de la derecha) y a Cassandra. Se sabe que fueron de ellas porque lo dejó escrito Jane en una de sus cartas a su hermana: "Charles ha comprado cadenas de oro y cruces de topacio para nosotras" (27 de mayo de 1801).
Ventana al jardín trasero de Chawton.


Recorrer las estancias del simpático cottage de Chawton me resultó inspirador, no sólo por juntar fragmentos de la vida real de la mujer que fue Jane Austen, sino por desandar una senda de pistas acerca de cómo se inspiraba la escritora. Y descubrir, por ejemplo, que el regalo de estas cruces de topacio fue el andamiaje sobre el que construiría el capítulo de Mansfield Park donde William Price le compra una cruz de ámbar a Fanny. Lo más parecido a abrir una ventana al pasado.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Las señoras de la prensa


Carmen del Riego, presidenta APM.
Carmen del Riego escribió ayer unas cuantas líneas en la historia del periodismo español, al convertirse en la primera presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) en los 116 años de existencia de esta entidad. Más allá de suspicacias corporativistas, Carmen del Riego es consciente de la tarea que tiene por delante, si quiere trabajar, de verdad, por los periodistas madrileños, a los que, dicho sea de paso, buena falta les hace cualquier tipo de ayuda.

Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, Del Riego comenzó su actividad profesional en la agencia Europa Press, y de ahí saltó a Diario 16, participó en la creación de El Sol y se instaló en La Vanguardia, donde ejerce como corresponsal política. Su tarea, según ella misma ha declarado al saberse ganadora de las elecciones, será defender a la profesión, quién sabe si herida de muerte por la crisis y donde el ruido se oye más que la información.

Elsa González preside la Fape.
Quizá deba tomar buena nota de su colega Elsa González, presidenta de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (Fape), que desde su atalaya ha visto cómo evoluciona una profesión que ha perdido más de 4.300 empleos con la crisis. Una profesión, la de periodista, donde las estadísticas dicen que hay más mujeres que hombres trabajando, pero donde se cuentan con los dedos de la mano las mujeres que dirigen medios de comunicación.

A ver si cunde el ejemplo de estas dos profesionales y las mujeres pierden el miedo o la pereza a colocarse, de una vez, en la posición de salida  de cualquier carrera que se dispute y cuyo resultado les afecte.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Regreso a 'Cumbres Borrascosas' y 'Jane Eyre'


Las hermanas Brontë (National Gallery, Londres).
Tres era tres, y las tres eran buenas: Emily, Charlotte y Anne, las hermanas Brontë, cuyas vidas y obras no dejan de crecer y agigantarse con los años, como demuestran las adaptaciones cinematográficas de sus novelas que se estrenan en este final de año y principios de 2012. La brontëmanía está aquí de nuevo, aunque en Gran Bretaña nunca ha decaído la pasión por estas tres escritoras, cuyo retrato está colgado en la National Portrait Gallery de Londres gracias al cuadro pintado por su hermano Patrick Branwell (1817-1848).

Supongo que, como yo, millones de jóvenes y adultos han sucumbido a la escritura afiebrada y decadente de Emily, al goticismo de Charlotte, a la severa atmósfera preindustrial de las clases medio-bajas que pinta Anne en la Gran Bretaña del siglo XIX. Así que podría decirse que, en tanto adolescente con veleidades literarias, mi encuentro con las Brontë estaba tan predestinado como mi amor por Jane Austen.

La primera vez que leí Cumbres Borrascosas era una jovenzuela enfadada y decepcionada que se había pasado a la clandestinidad de vivir las vidas de los demás porque casi cualquier vida ajena me parecía mejor, a condición de que fuera de ficción.




Quizá por eso me hipnotizó la tormentosa historia de amor imposible entre la bella y caprichosa Catherine y el indomable y desdichado Heathcliff. Además, quiso la casualidad que yo comenzara a leer la novela de Emily Brontë una tarde de tormenta, lo que amplificó el susto que me llevé cuando la rama-mano de la aparecida Cathy araña la ventana de Lockwood en la destartalada mansión de Cumbres Borrascosas. 

Si Emily legó a la posteridad la pareja de amantes más trágicamente condenada de los últimos siglos -Catherine y Heatcliff-, su hermana Charlotte Brontë regaló a esa misma posteridad la institutriz más conmovedoramente frágil y abnegada: Jane Eyre. Y, aunque menos conocida en España, Anne Brontë, la pequeña de las hermanas, logró colocar entre los must literarios del siglo XIX su Agnes Grey y La inquilina de Wildfell Hall; este último libro, publicado en 1848 con el seudónimo de Acton Bell.

La brontëmanía quizá sea un fenómeno reciente en España, pero no en Gran Bretaña, donde, según las épocas, las Brontë han hecho sombra, incluso, a la mismísima Jane Austen. Para mí no hay elección posible, ya que profeso un amor sin fin a la creadora de Mr. Darcy, Elizabeth Bennet,  Elinor Dashwood, Marianne, el coronel Brandon, Emma…





Con todo, el cine que llega nos trae a una nueva Jane Eyre, que prontro podremos comparar con la clásica versión del año 1943, interpretada por Joan Fontaine y Orson Welles.






Pero, sin duda, la que más dará que hablar es la nueva película Cumbres Borrascosas, con un Heathcliff  negro, según los productores, para resaltar el trato injusto que sufre el personaje creado por Emily Brontë, y que en el libro era... gitano. Distinto color, idéntica discriminación.




La vida de las hermanas Brontë no fue particularmente feliz, y tal vez por eso se escapaban por la ventana de la ficción hacia esas historias que tanta fama les dieron. Como su antecesora Jane Austen, vivieron apartadas, en un entorno rural de estrecheces económicas, tuvieron que trabajar, murieron jóvenes, al parecer, las tres de tuberculosis, igual que Patrick Branwell. Y no consta que conocieran el Amor con mayúsculas que tanto mitificaron.

Quizá los mejores años de sus vidas fueron los que pasaron las tres juntas, con su hermano Patrick Branwell, en el pueblo de los páramos de Yorkshire donde su padre era rector. Allí, alrededor de 1820, los cuatro comenzaron a escribir historias de un mundo fantástico: los reinos imaginarios de Angria (Charlotte y Branwell) y Gondal (Emily y Anne). De las crónicas de Angria existen muchos cuadernos, pero de Gondal no se conserva ninguno.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Trampantojos centenarios

Para esconder algo, nada mejor que dejarlo a la vista de todos. Es un truco que me funcionaba cuando era pequeña y que debí leer en una de las historias de Los Cinco, de Enyd Blyton. Por entonces no sabía que el arte de la ocultación tenía raíces profundas y que muchos pintores y arquitectos lo habían usado desde la Antigüedad para hacernos llegar sus mensajes.

Perfil del diablo en un fresco de Giotto.
Hace unas semanas, emergió a la luz el rostro del diablo, que Giotto pintó enmascarado entre las nubes, en un fresco de la basílica de San Francisco, en la ciudad de Asís. Fue la historiadora del arte Chiara Frugoni quien desveló este rostro de perfil, con nariz prominente y rictus diabólico, en un fresco que representa un asunto tan serio como la muerte de San Francisco. Tanto la pintura mural -del siglo XIII- como su autor -uno de los mejores artistas del primitivo Renacimiento- se prestan a pocas bromas. Entonces, ¿por qué pintaría Giotto ese retrato del diablo, escondido entre las nubes de una escena de la muerte de un santo? ¿Tiene algún significado oculto, es una simple travesura que el artista se permitió, o lo hizo por venganza contra un rival? Nunca lo sabremos.

Jinete entre las nubes.





Lo que sí conocemos es que, con este descubrimiento, Giotto le arrebata el puesto a otro artista italiano, Andrea Mantegna, que hasta ahora pasaba por ser el primer pintor que usó las nubes para esconder un retrato, que poco o nada tenía que ver con la escena principal que el cuadro representaba.




San Sebastián (Mantegna)

Mantegna, sobre el que ya he escrito en este blog, utilizó esta curiosa técnica en el siglo XV, en su obra San Sebastián de Viena (año 1460), en la que el ojo atento del espectador puede ver un misterioso caballero, que cabalga con disimulo entre las nubes blancas del fondo del cuadro.


Tampoco sabemos los motivos que animaron al célebre artista mantuano para pintar esa suerte de distracción de la dramática escena que tiene lugar en primer plano del cuadro: la figura doliente de San Sebastián, atado a la columna y mostrando las flechas que la iglesia católica le atribuye como símbolo de su martirio.

'Ángel Sonriente' (Catedral Reims).

Lo cierto es que ya los constructores de las catedrales románicas y góticas habían usado las columnas, los capiteles, los arquitrabes, las bóvedas, el coro, las vidrieras, etc, para exhibir un curioso universo de motivos florales, trazos geométricos, figuras antropomórficas, gárgolas grotescas y hombres y mujeres ordinarios y santos.

Un rostro bien conocido es el del Ángel Sonriente, que monta guardia en uno de los tres portales de la catedral francesa de Reims (siglo XIII). Mucho se ha especulado sobre su enigmática sonrisa y su falta de formalidad en un edificio tan imponente, pero ahí sigue, siglos después, sin revelar el mensaje que su cincelador nos transmitió.


Astronauta (Catedral Salamanca).
Sí sabemos, en cambio, por qué hay un astronauta en la catedral Nueva de Salamanca. Y  no porque los escultores del Renacimiento intuyeran que el hombre pisaría un día la Luna, sino porque durante su restauración, en 1992, se decidió que las catedrales, en tanto testigos de la Historia de la Humanidad, bien podrían lucir figuras que reflejaran las diferentes épocas de su construcción y restauración. Se eligió el astronauta como símbolo del siglo XX.

martes, 22 de noviembre de 2011

Resistiré...según Wyoming


Porque el sentido del humor es siempre edificante y muy, pero que muy, gratificante.





Resistiré, según Loles León y Antonio Banderas en Átame, de Pedro Almodóvar.




Y, por supuesto, la original Resistiré, según el Dúo Dinámico.

lunes, 21 de noviembre de 2011

La crisis enciende Europa





¿Protestas en Grecia en plena efervescencia de la crisis económica, que siempre golpea a los que peor están?

No, son manifestaciones y altercados en Italia. Sólo la causa es la misma: los recortes de sueldos, de derechos sociales y de servicios públicos, con el añadido de una mayor austeridad que, también en el país  transalpino, sufren con más rigor los que peor están.

Las próximas imágenes, ¿en España? ¿En vez de la plaza Vittorio Emmanuelle de Roma (a unos pasos del Foro y sus ruinas majestuosas), tendrán como telón de fondo Cibeles, Sol o cualquier otro sitio de la geografía española? Por aquello de "... las barbas de tu vecino a remojar" y demás entecomillados de sabiduría popular.




Yo, por si acaso, en el Día 1 de esta España pintada de azul por la marea de un PP en estado de Gracia y de un Mariano Rajoy en estado de Euforia, me he visto el capítulo 6 de la serie The Walking Dead (Los muertos andantes o Los zombies, en castellano paladín) titulado Secretos. Otra forma de empezar el día.



Y es que soy de las que cree que la realidad supera siempre a la ficción.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Gárgolas y cementerios de París

Hay un París de tejados de pizarra y calles estrechas por donde pasan a la carrera millones de turistas cada año. Hay un París de amplios bulevares convertidos en escaparates del lujo y otro París surcado de barcos que navegan el Sena. Hay un París desde las alturas y también hecho de túneles; un París que ama los mercados de flores y que cada tarde toma pastis tras el cristal de una brasserie.

Gárgolas de Notre-Dame.
Un París, en cierto modo, hecho a prueba de turistas, que se puede empezar a recorrer desde las torres de la catedral de Notre-Dame, ésas por donde se deslizaba Quasimodo, el encantador jorobado enamorado de la zíngara Esmeralda.Merece la pena subir los 387 escalones del flanco norte sólo por ver de cerca las monstruosas gárgolas de piedra y, despacio, recorrer el pasillo que serpentea hasta la gran campana de la torre sur (la de Quasimodo) para disfrutar la mejor panorámica de la ciudad

Entrada a las catacumbas.
El mundo subterráneo de catacumbas y alcantarillas no es apto para claustrofóbicos. En el número 1 de la Place Denfert-Rochereau se forma todos los días una escuálida hilera de personas que esperan para entrar a las catacumbas. Un cartel advierte al visitante que deberá bajar casi 300 escalones, a 20 metros de profundidad, para llegar al oscuro y húmedo osario donde se amontonan cráneos y tibias de más de seis millones de parisinos.

Calaveras en las catacumbas.
La historia se remonta a finales del siglo XVIII, cuando se exhumaron los restos de los principales cementerios del centro de París para acabar con la insalubridad que se adueñaba de las calles y diezmaba a la población. Antes de la Revolución, el futuro Carlos X organizaba fiestas en las catacumbas, y durante la II Guerra Mundial la Resistencia francesa estableció aquí sus cuarteles. Hoy en día, las catacumbas son fuente de ingresos y una tímida atracción turística. Igual que las cloacas (Égouts), sin duda uno de los grandes logros de ese barón Haussmann al que tanto debe París. Puestos en fila, los 2.100 kilómetros de cloacas unirían París y Estambul, aunque el recorrido abierto al visitante se limita a una pequeña área en torno a la entrada al Quai d'Orsay.

Tumba de Allan Kardec en Père Lachaise.
Un paseo por el París más desconocido no sería completo sin los cementerios, en particular los de Père Lachaise y Montparnasse. Molière, Oscar Wilde, Marcel Proust, Sarah Bernhardt, Jim Morrison o Edith Piaf reposan sobre la colina boscosa del Père Lachaise. Paseos nostálgicos y otoñales con curiosidades a descubrir: la estatua de tamaño natural de Victor Noir (periodista del XIX asesinado por Pierre Bonaparte) a la que atribuyen poderes de fecundidad, y el dolmen de la tumba de Allan Kardec, fundador de un culto espiritista en el siglo XIX.
Tumba de Simone de Beauvoir y Sartre.
El de Montparnasse es el cementerio de los habitantes de la margen izquierda del Sena, un barrio célebre por albergar la Sorbona, el Panteón, los Jardines de Luxemburgo, los bulevares de Saint Michel y Saint Germaine.
El camposanto de Montparnasse es más pequeño, pero quizá con mayor encanto. El cenotafio de Charles Baudelaire y las tumbas de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir destacan entre los castaños. Aquí está enterrado el argentino Julio Cortázar, amante de París, inmortalizado en Rayuela.

Dejando atrás el solitario cementerio y cruzando el río sin perder de vista las torres de la catedral, se llega al mercado de flores de la orilla derecha, entre Notre-Dame y el Palacio de Justicia, que los domingos se convierte también en mercado de pájaros.

Y para reponer fuerzas, nada mejor que dejarse caer por una de las cercanas brasseries y sucumbir a la tentación de sentarse a ver la vida pasar.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Shakespeare en Stratford-upon-Avon


Hoy en Madrid llovizna, empieza a hacer frío, y el cielo encapotado y de color ceniza me han recordado mis días en Londres, cuando hace un año era una despreocupada estudiante de inglés que pasaba horas caminando, viendo exposiciones, curioseando librerías y haciendo excursiones.

Casa natal de Shakespeare.
Una de ellas, a Stratford-upon-Avon, donde nació y murió el William Shakespeare comúnmente tenido por "real". Controversia aparte, el dramaturgo inglés es el leit motiv de toda la zona, ya que, esparcidos en un par de kilómetros, pueden visitarse -a pie o en autobús turístico-  algunos de los lugares donde habitó y trabajó el genial Bardo universal, así como propiedades ligadas a sus padres y a su hija.



El edificio mejor conservado, y sede de la Fundación que tutela su legado, es la casa natal de Shakespeare, cuyos dormitorios, cocina, comedor, escritorio y jardín se pueden visitar por libre, pagando, eso sí, una entrada bastante cara. Yo había estado en Stratford hacía años, y conocía la casa, pero en esta segunda visita estaba sola y pude entretenerme a mi antojo admirando cada detalle de las habitaciones.

Dormitorio de la casa donde nació Shakespeare.
Esta casa lleva en pie cuatro siglos y está restaurada pero conserva un halo de misterio y recogimiento, con sus techos bajos, su escalera estrecha, sus suelos que crujen y sus peldaños que ceden bajo los pies. Es un edificio de adobe y madera recia, empleada en las vigas descubiertas, las ventanas y los muebles de época, casi ninguno poseído con certeza por Shakespeare. Y, aunque estaba prohibido tomar fotos en el interior, no pude contenerme e hice un par, de mala calidad y sin ningún ánimo de lucro. Eso sí, con el móvil y sin flash.


New Place, donde murió, en 1616.
También ligadas al célebre dramaturgo inglés están Hall's Croft -la casa donde vivió su hija- y New Place, la residencia que Shakespeare compró en 1597, cuando regresó de Londres para instalarse en Stratford. Aquí trancurrirían sus últimos días y aquí falleció, en el año 1616. El edificio original, de época Tudor, fue destruido en 1759 y sus cimientos sirven de base a un jardín. En la actualidad, los arqueólogos están desenterrando lo que queda de cuando Shakespeare lo habitó.

Holy Trinity Church.
William Shakespeare murió el 23 de abril de 1616, el mismo día de su cumpleaños, y fue enterrado dos días después en la iglesia donde recibió el bautismo: Holy Trinity Church. El edificio, que data de 1210 y está construido sobre un antiguo monasterio sajón, merece una visita por sí mismo, por su belleza elegante, su torre y su crucero de estilo gótico inglés primitivo, sus elaboradas vidrieras y su camposanto.

Lápida funeraria de Shakespeare. 
Pero es la tumba de Shakespeare, que yace en el suelo muy cerca del altar mayor, lo que hace que miles de personas atraviesen cada año la cancela del presbiterio de Holy Trinity. Al lado de Shakespeare están enterrados su mujer, Anne Hathaway, y otros miembros de su familia, incluso política, como es el caso de Thomas Nash, el primer marido de su nieta Elizabeth. Y, como todo en su vida y obra, también la muerte del dramaturgo inglés da pábulo a la leyenda, con el epitafio que preside su lápida:

"Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Dios bendiga a quien respete estas piedras
y maldito sea el que remueva mis huesos"

Dicen que fue el propio Shakespeare quien escribió esta maldición y mandó colocarla ahí, temiendo que, con el paso de los años, sus huesos fueran removidos o esparcidos. Por si acaso, la tumba del Bardo permanece intacta, preservada cuidadosamente, como sucedió durante las obras de restauración del año 2008.

Y ya fuera del circuito Shakespeare, una parada en el restaurante, pub y taberna The Garrick Inn, que a la impresionante fachada añade sus 600 años de antigüedad. Los parroquianos de The Garrick han sufrido la peste y todo tipo de calamidades, graves incendios y trifulcas religiosas, de las que todavía son testigos ciertos visitantes del "otro lado". Pero, claro, ¿qué edificio de 600 años que se precie no tiene unos pocos fantasmas?

domingo, 30 de octubre de 2011

El Hermitage en Madrid, Da Vinci en Londres

La exposición del otoño en Madrid se llama El Hermitage en el Prado y es fruto de una afortunada simbiosis temporal entre las pinacotecas rusa y española, gracias a la cual, desde el 8 de noviembre, podremos ver en el museo del Prado una selección de más de 120 obras maestras del Hermitage, en un recorrido artístico desde el siglo V a.C. hasta el siglo XX.

El Hermitage, a orillas del Neva (San Petersburgo).
Pinturas, dibujos y esculturas dejarán momentáneamente su hogar en el palacio a orillas del río Neva (San Petersburgo), un edificio enorme y precioso, que bien vale una visita por sí mismo ya que fue residencia de los zares rusos Pedro I, Catalina II y Nicolás I, como atestigua la riqueza de sus salas, de profusa decoración, sus mármoles, arañas, escalinatas y muebles. Yo estuve allí en el año 1992, en un viaje que me llevó a Moscú, Samarcanda, Bujara, Tashken (Uzbekistán) y Kiev. Si tuviera que volver, elegiría Samarcanda y San Petersburgo, pero a esta última, en un día de sol.

Palacio de invierno.
Cuando la exposición El Hermitage en el Prado abra sus puertas en Madrid, lo primero que encontrarán los visitantes será una selección de retratos de los zares que engrandecieron el palacio de San Petersburgo y alimentaron sus colecciones de arte con el paso de los años, hasta su transformación en museo nacional.
También viajarán hasta España cuadros con espléndidas vistas interiores del Hermitage, del palacio de invierno, de sus jardines y alrededores, además de una selección de muebles y trajes de corte.

'San Sebastián'.

Y, entre las grandes obras maestras que podrán verse en el Prado, figuran el conmovedor San Sebastián, de Tiziano; el enigmático y sensual Tañedor de Laúd, de Caravaggio; la realista escena del Almuerzo, de Velázquez; junto con piezas de Rembrandt como Retrato de un estudioso y Caída de Haman.
Por su parte, los amantes del dibujo y el trazo perfeccionista de lo diminuto también tendrán su espacio en esta muestra madrileña, en la que se exhibirán delicados y precisos dibujos de Durero, de Rubens, de Watteau y de Ingres.


'El Tañedor de Laúd', de Caravaggio.


Tal y como viene sucediendo en los últimos años, la exposición El Hermitage en el Prado reúne una buena dosis de pintura impresionista y postimpresionista, con nombres tan queridos por el público como Monet, Cézanne, Renoir, Gauguin y Matisse -éste último, presente en Madrid con dos obras, Juego de bolas y Conversación-.
Picasso, Kandinsky y el misterioso Cuadrado negro de Malevich completan la nómina de artistas cuyas obras maestras podrán verse en el museo del Prado a partir del 8 de noviembre.

'Madonna Litta', de Leonardo da Vinci.
Y una obra maestra del Hermitage que no viene a Madrid, porque ha viajado a Londres para participar en la más completa exhibición de pintura de Leonardo da Vinci en los últimos tiempos, es la Madonna Litta. Quienes quieran darse un atracón del genio renacentista tendrán que ir a la National Gallery de Londres, desde el 9 de noviembre al 5 de febrero. Yo, a poco que me dé la vida, iré.

miércoles, 26 de octubre de 2011

De volcanes, palacios minoicos y atlántidas perdidas

Erupción volcánica en la isla de El Hierro. Terremoto en Turquía. Inundaciones en Tailandia que tienen al país con el agua por las rodillas desde julio pasado. El lunes, el volcán siciliano Etna, el más grande y alto de los que siguen en activo, bostezó de nuevo y comenzó a lanzar al cielo chorros de lava ardiente y anaranjada. Y ayer, un seísmo de pequeña magnitud sacudió Almería. Mientras, en algún lugar del Planeta está a punto de nacer el habitante 7.000 millones. Hay guerras que terminan, otras encallan y algunas se vislumbran en un horizonte no tan lejano. En Europa nos peleamos con una crisis disparatada, en África apenas logran sobrevivir, y en gran parte de Asia la economía despega sin que el 90% salga de su pobreza de solemnidad. Así pasan los meses y los años. Y parece mentira que el tiempo no haga al ser humano más sabio, sino más avaro del bien ajeno y egoísta del propio; más inconsciente y aislado en su mundo hiperconectado. Sólo los desastres naturales permanecen constantes porque, seguramente, son la válvula de presión de la Naturaleza para restablecer el equilibrio.


Copia del fresco 'Príncipe de los lirios' en Knossos.
Lo tuve muy presente el mes pasado, durante mis 10 días de vacaciones en Creta revisitando esos paisajes que descubrí en 1993. Las ruinas de las ciudades minoicas sobrecogen con su increíble modernidad de más de 4.000 años de antigüedad. En Knossos, donde la leyenda sitúa el palacio del rey Minos, el laberinto de Minotauro, Teseo, Ariadna, Ícaro y sus alas de cera, la mitología griega se desborda preñada de héroes, dioses y humanos.

Nadie sabe qué mató a la civilización minoica, capaz de levantar magníficos palacios decorados con pinturas murales, como este fresco de los Delfines (entre 1800 y 1400 antes de Cristo). Pero una leyenda convertida en hipótesis sostiene que fue la erupción del volcán de la vecina isla de Santorini, entre 1628 y 1627 antes de Cristo. La tremenda explosión de caldera de ese volcán sumergió (¿para siempre?) buena parte de Santorini y causó un maremoto tan gigantesco que asoló el Mediterráneo y se llevó con él ciudades y palacios cretenses, como la primera fase de Knossos. No sabemos si este fresco es anterior a la ola gigante y se salvó, o si fue pintado para lucir en una sala del palacio posterior, reconstruido tras el maremoto. Pero ahí sigue, casi 4.000 años después.


Santorini, asomada a la caldera del volcán.
Los desastres naturales van de la mano de los mitos, y ahí están Noé y su arca para atestiguarlo. Es el caso de esta explosión prehistórica de Thera-Santorini, algunas de cuyas leyendas dicen que aqui nació también el mito del continente sumergido de la Atlántida. El oceanógrafo Jacques Cousteau así lo creía, y aunque la buscó allí, muríó sin encontrarla. Eso no quiere decir que no siga allí, ni tampoco que otros tengan éxito donde él fracasó.

viernes, 21 de octubre de 2011

ETA anuncia que no matará más

De tan callada, parecía que estaba dormida. Pero, hasta bien entrada la tarde del 20 de octubre de 2011, no se ha cumplido lo que hacía días se venía profetizando: ETA renuncia a la lucha armada, vencida por un pueblo con ganas de vivir en paz y libertad. Aunque muchos apenas se permiten creerlo, y otros se van a la cama sin querer dormirse por miedo a despertar de un sueño tantas veces soñado, el titular de la jornada bien podría ser el que se lee en la portada de El País: "El fin del terror".

Una noticia que recogen todos los medios internacionales, entre ellos la BBC, y a la que roba protagonismo la otra gran noticia del día a escala global: la captura, muerte y asesinato del dictador libio Gaddafi a manos de los rebeldes y con la previsible aquiescencia de la Otan. Ahí están las imágenes, las fotos, profusamente difundidas, como aviso a navegantes (léase, otros tiranos fuera de control) y que yo me niego a poner porque no creo en el ojo por ojo ni en poner la otra mejilla, pero me da pavor la dimensión planetaria de ese ajusticiamiento sin tribunal ni condena.


¡Quién pudiera migrar de la barbarie y la sinrazón, como las grullas de esta fotografía sobre el cielo de Berlín!

jueves, 13 de octubre de 2011

Deirdre McCloskey y su visión humanista de la economía

La economía, bien, gracias. O quizá sería más exacto decir "los economistas, bien, gracias" a congresos internacionales como el que la semana pasada se celebró en Salamanca, con asistencia de dos premios Nobel y decenas de profesores de universidades estadounidenses y españolas. Durante cuatro días, Salamanca se convirtió en un sanedrín del saber económico, y allá que me fui cual reportero dicharachero de Barrio Sésamo.

De los muchos expertos en hablar, entre ellos el Nobel Eric Stark Maskin, al que entrevisté en mi inglés necesitado de un curso de perfeccionamiento in situ allende las fronteras del mapa español, me cautivó Deirdre McCloskey, profesora de la Universidad de Illinois, escritora, gran divulgadora y candidata al premio Nobel de este año, que finalmente no se llevó.

Deirdre es famosa por su enfoque humanista de la economía, para la cual ha acuñado el término Humanomics, y sostiene, entre otras cosas, que fueron un exceso de optimismo y unos cálculos erróneos los que llevaron a esta crisis en la que España, Europa y Estados Unidos zozobramos. Tambien es famosa Deirdre porque antes de mujer fue hombre, por lo que dice entender mejor que nadie los roles del padre y de la madre. "Mis hijos son testigos de que primero he sido un padre exigente, rígido, y luego una madre comprensiva. Si  hubieran sido las madres las que hubieran movido los hilos de la economía, se habrían tomado decisiones menos arrogantes y ahora no estaríamos metidos en esta crisis", dijo sin que se le moviera un pelo del tupé.

Pero ser comprensiva no implica ser blanda, como demostró cuando dio algunas de sus duras recetas para salir de la crisis, entre ellas, eliminar las rigideces del mercado de trabajo, abaratar el despido y eliminar el salario mínimo. Para ella, sobreproteger al más débil es contraproducente, y se opone a ello tanto como a la caridad del señorito. "Dar donativos a los negritos de África alivia nuestras conciencias, pero si de verdad queremos ayudarles a salir adelante hemos de darles las herramientas para que se valgan por sí mismos, y no llevarles comida o ropa", afirmó

Durante su lección magistral en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, Deirdre McCloskey logró un lleno absoluto, la mayoría gente joven, seguramente estudiantes. Lejos de los micrófonos de los periodistas, esta experta nos convenció de que en tres años saldremos de la crisis, habló de la innovación como motor de un cambio de paradigma que incluye un mayor humanismo, alertó de una posible burbuja de la economía china y nos recordó, al fin, que las crisis son cíclicas y que, por tanto, a este ciclo de depresión le seguirá otro de expansión.

Una visión optimista, no sé si demasiado optimista, o tan optimista como la de aquéllos que hace tres años nos metieron en esta dichosa crisis. Pero, desde luego, optimismo -y del contagioso- es el que rezuma Deirdre McCloskey, que antes se llamaba Donald y que ahora proclama sin ambages el sentido común y la decencia, también, común.