jueves, 28 de febrero de 2013

Alejandro Magno y Augusto, constructores de imperios

La historia y la literatura llevan siglos rendidos a la fascinación por los constructores de imperios, lo mismo que el cine (en fechas más recientes, como es natural) y los museos, convertidos en residencias eternas de los poderosos que en este mundo han sido. Entre todos los gobernantes, fue Alejandro Magno (356-323 a.C) el primero en extender su dominio por el mundo.

Busto de Alejandro Magno
descubierto en Pella (Grecia).
Hijo de Filipo II de Macedonia, Alejandro reinó desde 336 a.C. hasta su muerte, y aun hoy es considerado un modelo de arrojo e inteligencia. Su muerte, a los 33 años; las hazañas y heroicidades en el campo de batalla, sus controvertidos progenitores, y hasta su caballo Bucéfalo se convirtieron en míticos. Claro, que él estaba predestinado por su madre para alcanzar la gloria, y también por su preceptor, Aristóteles, quien le inculcó la pasión por la historiografía y la poesía griega.

Aquiles venda a Patroclo (fragmento de
cerámica del siglo V a.C.).
Era tal el amor de Alejandro por La Ilíada que, según refieren los autores antiguos, llevaba una copia de la epopeya homérica en sus campañas y tenía a Aquiles como su héroe favorito. Pero, como a menudo sucede con los grandes hombres y mujeres, su legado se desvaneció tras su muerte y el imperio fue repartido entre sus generales. Una reciente y almibarada versión cinematográfica de la historia del general macedonio puede verse en YouTube:



 

Augusto (63 a.C.-14 d.C.), el primer emperador de Roma, recogió el testigo de Alejandro y, como aquél, utilizó su propia imagen para representar el poder imperial. Gobernó desde 27 a.C. hasta su muerte, un mandato que pasaría a la Historia por la Paz Romana o Pax Augusta y que duraría más de dos siglos. Al morir, el Senado lo divinizó y, en su honor, el mes Sextilis pasó a llamarse Agosto.Tanto Alejandro como Augusto están de sobra representados en los museos del mundo y, en particular, en el Bristih Museum, en Londres, sus historias se cuentan a través de los objetos.

Moneda con el busto de Alejandro Magno
emitida por su sucesor Lisímaco.
Para saber más, echad un vistazo a las webs del museo y de la BBC y su Historia del mundo en cien objetos. O leed la edición en castellano del libro. Me gusta mucho esta moneda con la efigie de Alejandro, que fue puesta en circulación por su sucesor Lisímaco, quien gobernó Bulgaria, el corte de Grecia y Turquía (la Tracia). Alejandro porta los cuernos del dios Zeus Amón, que los sacerdotes egipcios consideraban que era su verdadero padre. En el reverso de la pieza hay una imagen de la diosa Atenea.



Cabeza del emperador Augusto, de
27-25 a.C. (British Museum, Londres).
Más impresionante es esta cabeza de Augusto en bronce (27-25 a.C.), que se exhibe en la sala 70 del British Museum y cuyos ojos están hechos de piedra y cristal para darle  más viveza. Originalmente, formaba parte de una estatua en Egipto, que fue decapitada y enterrada en Sudán, bajo los escalones de un templo, como una afrenta al emperador. Ironías del destino, resultó que ese acto vandálico fue el que permitió que la cabeza sobreviviera.

Augusto siempre se hacía representar como un joven para significar su fortaleza y vitalidad, como correspondía al hombre que transformó Roma de república en imperio. En 31 a.C. la leyenda de Augusto se agigantó, al vencer a los ejércitos de Marco Antonio y Cleopatra. Los dos amantes se quitaron la vida apenas un año después de esa derrota.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Recuerdos de Siria y Jordania (III): Wadi Rum y Petra

(Más sobre Siria y Jordania aquí)

Pisé tierra jordana el 4 de agosto de 2007, cuando mi compañero y yo aterrizamos en el aeropuerto de Aqaba, donde nos esperaba un autobús para llevarnos al hotel Mövenpick, construido al borde del mar Rojo, con una playa privada y varios jardines. Un hotel, como todos los de 5 estrellas en Jordania, con guardias de seguridad en las puertas y control de equipajes. Esa fue la primera, y única señal, de que Jordania era un país con problemas de seguridad para los extranjeros, pero en ningún punto del viaje sentimos temor o recelo. Eso sí, los hoteles parecen búnkeres.

Murallas de piedra en el desierto de Wadi Rum
(Jordania), donde guerreó Lawrence de Arabia.
Pasamos el día y la tarde en la playa, holgazaneando en las tumbonas y echando la siesta, hasta la cena. Después, sin plano ni más guía que la intuición, dimos un paseo hasta el centro de Aqaba. Nos habían dicho que la ciudad era más bien fea, oscura y con poco que ver, pero queríamos comprobar cómo era este centro veraniego del extremo suroeste de Jordania, una de las pocas localidades costeras del país. Vimos a muchos jordanos en la calle, en mesas de cafés o en las puertas de sus casas, jugando al ajedrez y fumando, conversando en corrillos. Y también grupos de mujeres rodeadas de niños, un poco como en la típica estampa de la España de provincias en los años 50.
Petroglifos en las rocas de una gruta en
el desierto de Wadi Rum (Jordania).
Al día siguiente, dejamos Aqaba y nos pusimos en camino al desierto de Wadi Rum, donde Lawrence de Arabia vivió sus mejores años. Nosotros, más modestos, hicimos un recorrido en todoterreno: un par de horas surcando la arena roja, bajo un calor seco que convertía la brisa en estopa. Wadi Rum es un gran valle de dos kilómetros de ancho que se extiende (de norte a sur) unos 125 kilómetros, junto a la frontera con Arabia Saudí. Posee unas curiosas formaciones geológicas, dos imponentes murallas de piedra que llegan a medir 800 metros de altura. Erosionadas durante 50 millones de años, entre las rocas se hallan algunos petroglifos con escenas de caza y dromedarios. Ni que decir tiene que el todoterreno nos dejó las posaderas doloridas, igual que la espalda y el cuello, pero aun así disfrutamos de las dunas, de los beduinos y sus tiendas, de los enjutos camellos y de las cabras.

Elefante tallado en piedra (altos de Petra, Jordania).
Esa tarde llegamos a Petra. Había visto tantas fotos, había leído tanto sobre la joya del pueblo nabateo, que temía quedar decepcionada. Pero nada de eso. Petra me encantó desde el primer minuto, cuando divisé el valle entre las montañas desde lo alto, desde el mirador que hay en un recodo de la carretera viniendo de Wadi Rum. Unos chavales se habían instalado allí con sus mercaderías, y a uno le compré un precioso elefante tallado en piedra. Nada más llegar al hotel Mövenpick, cenamos, y luego dimos una vuelta por la moderna Petra, tenuemente iluminada, donde hay poco que hacer, aparte de sentarse en las terrazas a cenar, tomar un helado o una copa. Suele haber espectáculos en el recinto arqueológico, así como en los hoteles, y también organizan visitas nocturnas a las ruinas.
Grieta final del Siq y parte del
Tesoro (Petra, Jordania).
Hice a pie mi entrada triunfal en Petra por la mañana, a través del Siq, ese estrecho cañón de mil doscientos metros de longitud, rodeado por soberbios muros de piedra. El mero hecho de caminar a través del Siq es una experiencia única, tanto por los colores de las rocas, como por el brillo de la luz al filtrarse entre las rendijas de piedra.

Incluso el polvo que levantan los caballos al tirar de las calesas de turistas sabe a exótico. Y es que Petra, que lleva en pie desde el siglo VII a.C., es tan extraordinaria como dicen las guías y reportajes de viajes. Puede que incluso más hermosa.

Jordanos de visita turística por el desfiladero
del Siq (Petra, Jordania).
Por muchas fotos que se hayan visto del Tesoro, es imposible no estremecerse al tenerlo delante, justo donde el Siq se acaba, y admirar su fachada, de 40 metros de altura y casi 30 de longitud. El Tesoro es una maravilla de la armonía y la proporción, pero en Petra hay muchísimo más que ver: restos de un anfiteatro greco-romano, unas tumbas reales, decenas de edificios excavados en la roca, senderos terrosos que suben y bajan, ondulándose como una culebra. Y, por todas partes, niños curtidos al sol, que venden recuerdos y bisutería.

Caballitos de hierro que vendían unos niños
en las ruinas de Petra (Jordania).
No pude completar el recorrido antes de comer, sentía que el calor me aplastaba con su peso y, antes de rendirme, estuve a punto de tropezar y caer varias veces. Uno de los ratos que pasé sentada para recobrar fuerzas, unos chavales se me acercaron con unos caballitos de hierro, que vendían por menos de un euro. Les compré dos y les di cinco euros. El agotamiento me impidió subir al Monasterio, no pude contemplar el atardecer desde lo alto, tampoco montar en camello, burro ni calesa. Mi cuerpo se negaba a reiniciarse, incluso después de haber comido, así que desandamos nuestros pasos, muy pero que muy lentamente, hasta la salida, parando para tomar un té y ver los puestos de souvenirs.
Seguía haciendo mucho calor y nada de aire, pero el regreso por el Siq fue más tranquilo que por la mañana, había menos turistas, y en los ratos en que estábamos solos entre las paredes de piedra pude sentir la magia y la majestad de Petra. La ciudad rosa de los nabateos, esculpida en la roca, solitaria y altanera, un tesoro que permaneció oculto para los extranjeros hasta 1812, sin contar a los romanos, que la conquistaron en el siglo II. Pero, claro, ¡lo que no hayan conquistado los romanos! 

domingo, 10 de febrero de 2013

Colin Firth, el mejor Mr. Darcy de ‘Orgullo y Prejuicio’

Hace doscientos años, Jane Austen (1775-1817) vio por fin publicada su novela Orgullo y prejuicio, por el editor londinense Thomas Egerton. La había comenzado en octubre de 1796, bajo el título de Primeras impresiones, según contó su hermana Cassandra (1774-1845), y el manuscrito durmió durante dieciséis años en varios cajones hasta ver la luz, en enero de 1813. Para celebrar el doscientos cumpleaños de la novela, Inglaterra vive una austenmanía, con multitud de actos, conferencias, programas de radio y televisión, incluso subastas de objetos y ediciones de sus obras, tanto en Chawton, como en Bath y Steventon.

Colin Firth en su papel de Mr. Darcy ('Orgullo
y prejuicio', versión de la novela de Jane Austen). 
Hablar de Orgullo y prejuicio es hablar de Elizabeth Bennet y, por supuesto, de Mr. Darcy, el caballero enamorado a su pesar. Esta tarde he estado surfeando por YouTube y revisitando los Mr. Darcy del cine y de la televisión, y gana por goleada Colin Firth (1960). Por muchas cosas, pero sobre todo, por la contención que logra de esas emociones que lo destrozan, aunque trate de enmascararlas tras una fachada de impecable aristócrata mordido por el orgullo. Firth, de paso, cautiva con su porte y sus maneras trasnochadas, que hablan de una noble cuna y de una educación privilegiada en la sociedad preindustrial.


Por supuesto, Jane Austen sembró el camino de Mr. Darcy con semillas comprensivas, y de ahí que nunca veamos a Colin Firth como un fiordo. De hecho, cuando le sostiene la mirada a Elizabeth, su rostro es un crisol de anhelo, dolor y feliz tormento. Una de mis escenas favoritas de esta serie de la BBC es cuando Darcy contempla a Elizabeth mientras ella toca el pianoforte, ambos ajenos a todo lo que no quepa en el cruce de sus miradas. Mi otra escena favorita, ¡cómo no!, es aquella en la que Darcy-Firth camina hacia Pemberley con la camisa mojada tras nadar en el lago de la mansión.

Mi segundo Mr. Darcy preferido es Matthew MacFadyen, el enamorado de Keira Knightley en la película del año 2005. No es tan apuesto como Colin Firth, ni tan arrogante, pero transmite bien la impotencia y el desánimo de los espíritus transidos de romanticismo. Este Mr. Darcy sería incluso capaz de llorar. ¿Y a qué mujer no se le ablanda el corazón si el enamorado derrama alguna lágrima?





La medalla de bronce es para la interpretación de David Rintoul en la serie de la BBC de 1980. Hasta que no vemos su última declaración (“mis afectos y deseos no han cambiado”), este Mr. Darcy no nos convence de su amor por la heroína. Le sobran centímetros de sombrero y sonrisa irónica, y le falta humanidad. Además, esta versión ha envejecido mal.





Y fuera del podio se queda Laurence Olivier, un gran actor al que difícilmente se le puede disculpar el exceso de pompa y la interpretación acartonada, más propia de un drama en el sur esclavista de Estados Unidos, que de la Inglaterra rural de fin del siglo XVIII. Eso sí, me encanta el Heathcliff que interpreta en Cumbres borrascosas, de  Emilly Brontë, y su Max de Winter en Rebeca.



 

domingo, 3 de febrero de 2013

Elizabeth Gaskell y sus lazos con las hermanas Brontë

(Más sobre las Brontë aquí y también aquí)

Retrato de Elizabeth Gaskell
(National Gallery, London).
La novela Cranford (1853) proporcionó a Elizabeth Gaskell (1810-1865) el título oficioso de cronista de la Inglaterra rural victoriana y lanzó su carrera literaria, en la que también destacan Norte y Sur (1854) y Esposas e hijas (1865). Confieso que no he leído el libro, pero sí vi la serie de la BBC durante mi estancia en Londres en el invierno de 2010. Si la adaptación televisiva es mínimamente fiel, creo que Gaskell se merece el título, ya que recrea con precisión un mundo desaparecido hace casi 200 años, y lo hace de forma humorística y afectuosa. Ese mundo rural se vio sacudido por la revolución industrial, y eso también queda plasmado en Cranford, por ejemplo, a través de las dos hermanas solteronas, de la protagonista (algo ingenua y acomodaticia) y de los arquetípicos parroquianos, que rezuman un decadente aire british.
 
 
Para crear la aldea ficticia de Cranford, la novelista se inspiró en Knutsford, el pueblecito donde pasó su infancia, y donde se familiarizó con la forma de concertar matrimonios, los prejuicios de clase, la penuria económica de muchos hombres y mujeres de la baja nobleza rural, la repugnancia hacia los oficios manuales y el trabajo asalariado de unos seres acostumbrados a vivir de las rentas.



Museo de las hermanas Brontë
(Haworth, Yorkshire, Inglaterra).
 
Elizabeth Gaskell tuvo una vida prolífica, en lo humano y en lo literario. Y, si no lo hubiera logrado por méritos propios, habría ganado igualmente un asiento en la posteridad por su Vida de Charlotte Brontë, la biografía que inició el mito de las 
Brontë. La muerte prematura de Charlotte (autora de la indeleble Jane Eyre, publicada en 1847) rompió años de amistad entre las dos escritoras, un vínculo que a Gaskell le serviría para retratar póstumamente a Charlotte, y no sólo en su faceta de novelista, sino como mujer, hija y hermana. Como la mujer adelantada a su tiempo, inconformista, trabajadora asalariada y autora de éxito gracias a su romanticismo acendrado y a su fértil imaginación. 


Losa funeraria de Emily y
Charlotte Brontë (Haworth, Inglaterra).
 
De paso, la biografía de Elizabeth Gaskell encumbró también a las otras dos célebres Brontë: Emily (autora de Cumbres borrascosas) y Anne (Agness Grey), así como a su controvertido y desgraciado hermano Branwell (1817-1848). Todos ellos, excepto Anne, están enterrados en la iglesia parroquial de Haworth, en la zona oeste del condado de Yorkshire, en Inglaterra. Y muy cerca de allí, los páramos salvajes y solitarios, tan presentes en las novelas de las tres hermanas.