domingo, 31 de octubre de 2010

Tantas veces Jane (con permiso de Bryce)

Dos amables lectores (LOL) y, lo que es más importante, amigos, me han planteado interesantes cuestiones respecto a lo que escribí sobre el retrato de Jane Austen, realizado por su hermana Cassandra, y me han hecho considerar algunas cosas que quizá necesiten algo de luz extra.

Leí a Jane Austen hace muchos años, en castellano of course. Por entonces no había visto la adaptación de Orgullo y prejuicio con Laurence Olivier, así que cuando llegó el rotundo éxito de Sentido y sensibilidad, con Emma Thompson y Hugh Grant, yo me reencontré con sus libros. Luego vendría la pizpireta Paltrow encarnando a la entrometida casamentera Emma y, en el ínterin, procuré ver todas las adaptaciones de la BBC para televisión. Las películas me impulsaron a releer las novelas y, hace unos años, me animaron a visitar el sur de Inglaterra donde Jane Austen vivió, murió y, entre medias, ambientó sus novelas.

Cuando, el pasado julio, volví a Chawton, Bath y Winchester, pude comprobar lo bien que se lo han montado para vivir de Jane Austen (y hacen bien, añado), alimentando una llama que por poco se apaga en 1817. Y es que cuando Jane Austen murió, con sólo 41 años y dos novelas en la imprenta, no sólo se truncó una carrera literaria, sino que su vida, su nombre y su apellido mismos eran desconocidos. Porque Jane Austen había publicado Sentido y sensibilidad de forma anónima, bajo el epígrafe “A novel by a Lady”; y el resto de libros verían la luz con la nota “De la autora de “Sentido y sensibilidad”. ¿Timidez, recato, inseguridad, recomendación familiar, imposición del editor? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, tras la muerte de Jane Austen, sería Henry, su hermano preferido, quien se encargaría de corregir y publicar Persuasión y La abadía de Northanger. Y, más importante aún, Henry fue quien escribió la emotiva nota biográfica que descubrió al mundo quién era Jane Austen. A Henry le debemos, en fin, la primera y decisiva pincelada de la mujer que nos regaló a Mr. Darcy.

Quien mejor conocía a Jane Austen era su hermana Cassandra, con quien vivió toda su vida y hasta compartía dormitorio. Fue Cassandra quien acompañó a Jane cuando ésta se mudó a Winchester buscando una cura para la enfermedad que la llevaría a la tumba en sólo unos meses. Cassandra fue quien relató oralmente a sus sobrinos la mayoría de detalles que, años después, dos de ellos, Caroline y James Edward Austen, dejarían por escrito.

Pero también fue Cassandra quien, al morir Jane, destruyó la mayoría de las cartas que las dos habían intercambiado durante años, así como cartas de Jane a otros amigos y familiares; quizá confesiones sobre su amor frustrado, tal vez simples naderías sobre bailes, picnics o aburridas listas de la compra. Quienes defienden esta hipótesis piensan que Cassandra quiso asegurarse de que Jane fuera recordada como una mujer seria, buena cristiana, dedicada a su madre, hermanos y numerosos sobrinos, para quien la escritura era un hobby como tocar el piano. Cassandra habría eliminado, en fin, todo rastro de la mujer frívola o superficial que pudiera haber habido en Jane antes de que la soltería la confinara en el bonito cottage de Chawton, contenta (o resignada) de encargarse del desayuno diario y entretener a sus sobrinos.

Volviendo al retrato de Jane Austen, no sería extraño pensar que quizá Cassandra extremó su celo y, buscando dibujarla con seria respetabilidad, acabó inmortalizándola con un rictus avinagrado. Eso explicaría la tibia acogida que tuvo el retrato en la propia familia, que podría ser también por lo que Cassandra nunca lo terminó. Una pista la proporciona otra sobrina, Anna Lefroy, quien escribió en 1860 que el retrato de Cassandra era “espantosamente infiel”.

Sea como fuere, es ese retrato el único testimonio auténtico del aspecto de Jane Austen, por cuanto lo eligió su sobrino, James Edward Austen, para ilustrar el libro de recuerdos sobre su tía. Hoy el retrato se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres, donde Cassandra nunca habría entrado por mérito propio.

Ya nunca sabremos cuánto hay de realidad, o de ficción bienintencionada, en los relatos de sus sobrinos, pero tras visitar dos veces su casa de Chawton, yo tengo una imagen nítida de Jane escribiendo sus pequeñas hojas de papel; ésas que escondía rápida y fácilmente cuando la sorprendían trabajando en su mesa junto a la ventana. Y, si afino el oído, hasta puedo escucharla negándose a engrasar la puerta que comunicaba el salón con el comedor, porque el crujir de goznes la alertaba de visitas indiscretas.

Normalmente, soy yo quien persigue a Jane Asten, pero hoy ha sido ella quien se me ha aparecido durante uno de tantos paseos como doy por el lluvioso pero todavía cálido y (a ratos) soleado Londres. Nuestro encuentro ha sido en una casa donde Jane vivió con su hermano...  ¡Henry! Tenía que ser con él, por supuesto; las coincidencias y yo somos así. Y, aunque la placa azul sobre la fachada no explica qué hizo Jane Austen en Londres entre 1814 y 1815, no es difícil suponer que pasaría temporadas en la ciudad, corrigiendo y ultimando los manuscritos de las dos novelas que tenía en imprenta cuando murió.

Y es muy posible que durante esas estancias en la capital consultara con algún médico los síntomas de su enfermedad. Quizá nunca lo sepamos.

Como tampoco sabemos por qué, dos veces al año, nos alteran el reloj biológico y el otro con ese cambio de hora institucionalizado contra toda lógica. Porque no hay lógica alguna en que, desde mañana, Londres se sumerja en la noche a las 5 de la tarde.

4 comentarios:

  1. Me encanta esta palabra: pizpireta.

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  2. A mí también me gusta mucho "pizpireta" aunque no sea una palabra muy al uso en el castellano hablado.

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  3. Me puedes indicar el nombre de la calle y algún lugar de los que has nombrado para alojarme?Gracias

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    1. Siento no haber contestado. Se me extravió completamente este comentario. Si aún sigues leyéndome y necesitas algo más, ahora sí, estaré muy pendiente de responder.

      Saludos

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