martes, 12 de octubre de 2010

Tragedias y arte

Hoy en Londres, las televisiones llevan todo el día emitiendo un vídeo inédito sobre el atentado terrorista del 7 de julio de 2005, cuando cuatro bombas fueron detonadas en tres estaciones de metro y en un autobús, matando a 52 personas. Las imágenes fueron tomadas por los servicios de emergencia que acudieron al rescate, y han sido mostradas a los familiares de los fallecidos presentes en la vista que investiga la tragedia.

No pongo en duda el derecho de los medios de comunicación a informar, pero quizá no sería mala idea poner coto a quienes pretenden –y consiguen- entretener metiendo el dedo directo en la herida, chapoteando en los aspectos más sangrientos y retozando en el lodo resultante.

Y eso me ha hecho pensar en los atribulados familiares de otras figuras trágicas: los mineros chilenos atrapados bajo capas de tierra y metros de túneles, respirando un aire escaso y pobre, en una semioscuridad aterradora tras semanas de confinamiento. Una tragedia que el mundo entero vive en directo. Una tragedia que conmueve, asombra y asusta. Una tragedia que mantiene a sus familiares suspendidos en un limbo claustrofóbico de esperanza y fatalidad.

Una tragedia que desbordará los muros de la normalidad en cuanto los 33 mineros –vivos o muertos- salgan a la superficie. Desde ese momento, serán muchos los que la exploten lanzándose al circo mediático, quienes la cuenten a golpe de talón en las tertulias, quienes la conviertan en docudrama, en película de celuloide o en serie de televisión.

Tenemos muy reciente el caso-escándalo de Ingrid Betancourt.


¡Menos mal que siempre nos quedará el arte para respirar! Como la nueva instalación en la sala de turbinas de la Tate Modern: un suelo alfombrado con 100 millones de semillas de girasol, hechas en realidad con porcelana china. Una obra de arte sensorial sobre la que los visitantes pueden pasear o acostarse, como hacen madre e hija en esta foto.

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