miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ana María Matute ya es Cervantes

Por un día, me sacudo la pereza de este frío invernal londinense. Y no para hablar de las protestas estudiantiles que acaban en revueltas; ni de los apuros de Irlanda para apretarse el cinturón, cumplir con los prestamistas y no perder el gobierno por el camino; ni siquiera para expresar mi preocupación por los roces constantes entre las dos Coreas. Todas estas noticias, reacciones y sesudos análisis están en la BBC, así que me saltaré la parte donde suelo ponerme redundante.

Hoy Ana María Matute ha ganado el premio Cervantes y hay que celebrarlo. Lo primero, darte la enhorabuena, Javi, porque al fin se ha hecho justicia y el rey Gudú, la princesa Tontina y el príncipe Predilecto están un poco más a salvo del olvido.

Asistí a una conferencia que pronunció en la fundación Juan March de Madrid hace poco más de un año. Ana María Matute habló de escritura y de vida, que para ella vienen a ser la misma cosa. Defendió la inocencia de los niños y la sabiduría de los cuentos de hadas. Se puso al margen de rencillas y envidias, habló de una novela que tenía en mente y que esperaba poder terminar antes de morir. Sería magnífico que este premio, el más importante de las letras en español, sirviera para dar energía a su muñeca y también para que la leyéramos más.

Enhorabuena, Ana María.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Magos en Leicester Square

Harry Potter está a punto de jubilar la varita mágica, pero esta noche en Londres, sobre la alfombra roja de Leicester Square, el mago más famoso del mundo y sus amigos han vuelto a desplegar sus mejores artes. El motivo, presentar la penúltima película de la serie, que es también la penúltima ocasión de poner en marcha la máquina de dinero para actores, productores y la propia autora, J. K. Rowling. No muy lejos de donde ayer protestaban los estudiantes contra las tasas universitarias, cientos de fans han hecho cola bajo la lluvia para ver a Daniel Radcliffe y el resto del reparto.

Muchos de esos jóvenes han crecido con la serie, al ritmo de los actores, ya que las películas de Harry Potter han tenido a los mismos actores durante 10 años. ¡Con razón dicen todos ellos que están deseando dejar atrás la saga del internado Howgart. Ni a Daniel Radcliffe ni a Emma Watson les deben preocupar los recortes económicos del gobierno conservador de Cameron, y puede que a sus bravos admiradores les tengan sin cuidado, pero todos ellos harían bien en leer los periódicos y ver la televisión estas semanas. Porque no hay día que en este país, en esta ciudad, no haya un anuncio de más y mayores recortes, menos gasto, más dificultad para madres, parados, estudiantes y trabajadores extranjeros.

Que yo haya visto, para los actores millonarios no hay ningún recorte anunciado. De momento.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Otoño en Kenwood House

Este fin de semana, Londres ha empezado a despedir el otoño y a dar la más calurosa bienvenida comercial al invierno, simbolizada en el tradicional y tedioso encendido de luces de Navidad. Yo no soy muy amiga de parques ni jardines, salvo que sean los de los palacios y sitios arqueológicos, y tampoco me gusta asomar las orejas si el termómetro baja de los 10 grados, pero el espléndido cielo azul y el robusto sol que ha brillado desde el viernes me han quebrado la rutina.

El sábado me fui a explorar en autobús el suroeste de Londres, lo que significa que subí y bajé de unos 10 autobuses en un recorrido que me llevó a Paddington, al mercado de Notting Hill, a Kew Bridge y, finalmente, a Richmond, donde el Támesis pierde su calidad de civilizado río de ciudad y abraza los espacios abiertos, los árboles de copas ajadas y las barcazas despintadas por la humedad. Ayer no sabía lo lejos que me había llevado mi tarjeta de transportes Oyster, pero hoy sé que Richmond está a más de 15 millas del centro, que deben ser unos 20 kilómetros. Así se explica que tardara casi dos horas en regresar a mi casa, aunque de paso conocí el meollo comercial de Shephers Bush y White House, todo ello desde la ventanilla del segundo piso de mi rojo autobús made in London.

Hoy decidí tomármelo con más calma y coger SÓLO dos autobuses por trayecto. Tan severa restricción de medios de transporte me causó cierto nerviosismo, lo reconozco, pero llegar a Kenwood House me curó toda ansiedad. La mansión del XVIII y sus jardines intencionadamente agrestes en medio del enorme parque de Hampstead Heath son la clase de paisaje que quita el aliento.

Y no sólo por la colección de pintura que alberga en el interior, en sus elegantes salones (Rembrandt, Vermeer, Turner, Reynolds, Gainsborough o el legado Suffolk), sino por la vista panorámica de Londres y la bucólica pradera, donde en verano se celebran multitudinarios conciertos de música con el público sentado en butacas de jardín o sobre el verde césped.

Rufus Wainwright es uno de los artistas habituales de Kenwood. El 3 de julio, él actuó en los jardines, y yo recuerdo que durante días planeé ir, para desistir finalmente cuando hice el cambio a euros de las libras que costaba la entrada. Ahora, viendo clips de ese día, me arrepiento, claro…

Kenwood es también una de las localizaciones de la película 'Notting Hill', concretamente, donde la actriz que interpreta Julia Roberts rueda una película de época (de la época de Henry James) y el librero que encarna Hugh Grant va a verla con la esperanza de ensanchar los márgenes de su antiguo amor. Hoy Hugh Grant no estaba. En su lugar, los árboles y sus caducas hojas, rojizas y anaranjadas, acaparaban todas las miradas.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Escenas de Oxford Street

Me entero de que Ana Patricia Botín deja Banesto para venirse a Londres a dirigir la factoría británica del Santander cántabro (y universal) el mismo día que los periódicos desmenuzan el revolcón electoral de los demócratas de Obama, y el metro de Londres se pone de huelga por tercera vez en dos meses, convirtiendo nuestro civilizado martirio diario en un calvario de proporciones bíblicas. ¡Menos mal que Belén Esteban regresó a España con su marido recién absuelto y los Cruz-Bardem han vuelto a esconderse de los molestísimos paparazzi tras enseñar sus patitas en Greenwich!

Yo, por mi parte, tras acabar mis clases me he ido de compras por Oxford Street, donde los adornos navideños rivalizan con los letreros anunciando rebajas. Como toda la calle es una pura tienda, la competencia es feroz y se pueden encontrar buenos precios. Y no me refiero a Primark (el equivalente a los almacenes Arias cruzados con la peor Galerías Preciados), H&M, Zara o M&S, sino a sitios como TopShop, Clarks, Selfridges, House of Fraser, etc. En media hora, en Clarks, resolví los regalos para cinco personas y, además, salí contentísima porque la dependienta sólo notó que yo era española al pasar mi tarjeta de crédito (sí, ella también española, of course).

Y, como en mi rutina diaria se encadenan las coincidencias, al tomar un atajo para evitar la muchedumbre en Oxford Street, fui a dar a la calle Hanway, donde me topé con, nada más y nada menos, que tres bares-restaurantes españoles. No entré en ninguno, pero hice las pertinentes fotos, por si acaso. Supongo que todavía estoy algo traumatizada por el recuerdo indeleble de la paella petrificada en plástico fosilizado que me dieron en el restaurante español del mercado de Spitalfiels. Pero, volviendo a la calle Hanway,  allí está Sevilla Mía, que casi pasa desapercibido porque está pared con pared con una tienda de discos estilo Soho. 

Justo en frente, Nuevo Costa Dorada es más amplio, tiene menú en la calle y exhibe con orgullo una crítica gastronómica que alaba la calidad de sus materias primas y sus tapas, muy de moda en Londres, incluso en sitios que nada tienen que ver con España. El bar de fachada más peculiar tiene nombre inglés, Bradleys, pero se proclama español y se adorna con colores y letreros de las cervezas San Miguel y Cruzcampo. A dos pasos de Oxford Street.

Tras este fugaz contacto con la españolidad, pensé en dar un paseo, pero una pintoresca escena me decidió a coger el autobús de regreso a casa, a la placidez de un barrio donde no necesitara de medios de transporte. En la puerta de TopShop, un actor-modelo, un cámara y un técnico de sonido rodaban un anuncio, supongo que de las rebajas o la próxima campaña de Navidad. Algo parecido a cuando en Madrid las cámaras de TV salen a la calle, normalmente a Preciados, a preguntar a los viandantes. Éramos bastante los que hacíamos fotos del rodaje, con el modelo repitiendo toma tras toma y poniendo cara de fastidio por la atención que estaba recibiendo, a menudo en forma de codazos.

De repente, una chica sale de la nada, se mete entre las docenas de curiosos y aparta de un manotazo a los tres del anuncio. “Una fan-fanática”, pensé yo. Pero no, ¡qué va! Una pobre mujer que al ir a recoger la bicicleta que dejó encadenada a una farola, sólo se encontró el sillín; eso sí, todavía con la cadena puesta.