domingo, 31 de octubre de 2010

Tantas veces Jane (con permiso de Bryce)

Dos amables lectores (LOL) y, lo que es más importante, amigos, me han planteado interesantes cuestiones respecto a lo que escribí sobre el retrato de Jane Austen, realizado por su hermana Cassandra, y me han hecho considerar algunas cosas que quizá necesiten algo de luz extra.

Leí a Jane Austen hace muchos años, en castellano of course. Por entonces no había visto la adaptación de Orgullo y prejuicio con Laurence Olivier, así que cuando llegó el rotundo éxito de Sentido y sensibilidad, con Emma Thompson y Hugh Grant, yo me reencontré con sus libros. Luego vendría la pizpireta Paltrow encarnando a la entrometida casamentera Emma y, en el ínterin, procuré ver todas las adaptaciones de la BBC para televisión. Las películas me impulsaron a releer las novelas y, hace unos años, me animaron a visitar el sur de Inglaterra donde Jane Austen vivió, murió y, entre medias, ambientó sus novelas.

Cuando, el pasado julio, volví a Chawton, Bath y Winchester, pude comprobar lo bien que se lo han montado para vivir de Jane Austen (y hacen bien, añado), alimentando una llama que por poco se apaga en 1817. Y es que cuando Jane Austen murió, con sólo 41 años y dos novelas en la imprenta, no sólo se truncó una carrera literaria, sino que su vida, su nombre y su apellido mismos eran desconocidos. Porque Jane Austen había publicado Sentido y sensibilidad de forma anónima, bajo el epígrafe “A novel by a Lady”; y el resto de libros verían la luz con la nota “De la autora de “Sentido y sensibilidad”. ¿Timidez, recato, inseguridad, recomendación familiar, imposición del editor? Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que, tras la muerte de Jane Austen, sería Henry, su hermano preferido, quien se encargaría de corregir y publicar Persuasión y La abadía de Northanger. Y, más importante aún, Henry fue quien escribió la emotiva nota biográfica que descubrió al mundo quién era Jane Austen. A Henry le debemos, en fin, la primera y decisiva pincelada de la mujer que nos regaló a Mr. Darcy.

Quien mejor conocía a Jane Austen era su hermana Cassandra, con quien vivió toda su vida y hasta compartía dormitorio. Fue Cassandra quien acompañó a Jane cuando ésta se mudó a Winchester buscando una cura para la enfermedad que la llevaría a la tumba en sólo unos meses. Cassandra fue quien relató oralmente a sus sobrinos la mayoría de detalles que, años después, dos de ellos, Caroline y James Edward Austen, dejarían por escrito.

Pero también fue Cassandra quien, al morir Jane, destruyó la mayoría de las cartas que las dos habían intercambiado durante años, así como cartas de Jane a otros amigos y familiares; quizá confesiones sobre su amor frustrado, tal vez simples naderías sobre bailes, picnics o aburridas listas de la compra. Quienes defienden esta hipótesis piensan que Cassandra quiso asegurarse de que Jane fuera recordada como una mujer seria, buena cristiana, dedicada a su madre, hermanos y numerosos sobrinos, para quien la escritura era un hobby como tocar el piano. Cassandra habría eliminado, en fin, todo rastro de la mujer frívola o superficial que pudiera haber habido en Jane antes de que la soltería la confinara en el bonito cottage de Chawton, contenta (o resignada) de encargarse del desayuno diario y entretener a sus sobrinos.

Volviendo al retrato de Jane Austen, no sería extraño pensar que quizá Cassandra extremó su celo y, buscando dibujarla con seria respetabilidad, acabó inmortalizándola con un rictus avinagrado. Eso explicaría la tibia acogida que tuvo el retrato en la propia familia, que podría ser también por lo que Cassandra nunca lo terminó. Una pista la proporciona otra sobrina, Anna Lefroy, quien escribió en 1860 que el retrato de Cassandra era “espantosamente infiel”.

Sea como fuere, es ese retrato el único testimonio auténtico del aspecto de Jane Austen, por cuanto lo eligió su sobrino, James Edward Austen, para ilustrar el libro de recuerdos sobre su tía. Hoy el retrato se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres, donde Cassandra nunca habría entrado por mérito propio.

Ya nunca sabremos cuánto hay de realidad, o de ficción bienintencionada, en los relatos de sus sobrinos, pero tras visitar dos veces su casa de Chawton, yo tengo una imagen nítida de Jane escribiendo sus pequeñas hojas de papel; ésas que escondía rápida y fácilmente cuando la sorprendían trabajando en su mesa junto a la ventana. Y, si afino el oído, hasta puedo escucharla negándose a engrasar la puerta que comunicaba el salón con el comedor, porque el crujir de goznes la alertaba de visitas indiscretas.

Normalmente, soy yo quien persigue a Jane Asten, pero hoy ha sido ella quien se me ha aparecido durante uno de tantos paseos como doy por el lluvioso pero todavía cálido y (a ratos) soleado Londres. Nuestro encuentro ha sido en una casa donde Jane vivió con su hermano...  ¡Henry! Tenía que ser con él, por supuesto; las coincidencias y yo somos así. Y, aunque la placa azul sobre la fachada no explica qué hizo Jane Austen en Londres entre 1814 y 1815, no es difícil suponer que pasaría temporadas en la ciudad, corrigiendo y ultimando los manuscritos de las dos novelas que tenía en imprenta cuando murió.

Y es muy posible que durante esas estancias en la capital consultara con algún médico los síntomas de su enfermedad. Quizá nunca lo sepamos.

Como tampoco sabemos por qué, dos veces al año, nos alteran el reloj biológico y el otro con ese cambio de hora institucionalizado contra toda lógica. Porque no hay lógica alguna en que, desde mañana, Londres se sumerja en la noche a las 5 de la tarde.

jueves, 28 de octubre de 2010

Retrato de Jane Austen

Hacía siglos que no actualizaba la sección Historia de un Objeto, y quiero recuperar las buenas costumbres con una de mis escritoras preferidas: Jane Austen. Los que se acaban de unir a mi blog quizá no saben de mi amor por la autora de Orgullo y prejuicio, Emma o Sentido y sensibilidad, pero si se quedan lo suficiente, acabarán notando cómo inclino mi balanza hacia el lado de esta mujer. Y, sin más, Historia de un Objeto: Retrato de Jane Austen, por su hermana Cassandra.

Sucede que el único retrato de Jane Austen considerado auténtico es este dibujo que realizó su hermana Cassandra alrededor de 1810, cuando Jane Austen tenía 35 años. El bosquejo, claramente sin terminar, mide poco más que una carta de las que en la época se usaban en los juegos de mesa, y puede verse ahora tras el cristal de una vitrina de madera en la National Portrait Gallery de Londres.

Este retrato se publicó por primera vez en el año 1869, como ilustración dentro del libro Recuerdo de Jane Austen, escrito por su sobrino James Edward Austen-Leigh. A partir de ese retrato, durante la época victoriana se realizarían numerosas reinterpretaciones, y de ahí que en la actualidad coexistan diversas imágenes de la escritora (algunas con una imagen vagamente familiar, pero otras claramente fantasiosas), cuando en realidad sólo una de ellas, el dibujo de Cassandra, ha sido autentificada.

Otro familar de Jane Austen, su sobrina Caroline Austen (a la sazón hermana del enteriormente citado James Austen-Leigh), dejaría por escrito sus impresiones sobre su famosa tía. Leyendo a Caroline podemos hacernos una idea de cómo era Jane Austen físicamente. En el libro titulado Recuerdos de tía Jane, la describle con estas palabras: "En cuanto al aspecto de mi tía, la suya es la primera cara que recuerdo con claridad. Su rostro era más redondeado que alargado, su tez morena poseía una tonalidad brillante sin ser sonrosada, y tenía bonitos ojos color avellana. El cabello castaño oscuro, de rizo natural, le caía en pequeños bucles alrededor del rostro. Siempre llevaba sombrero o cofia”.

Hay poca información y mucha literatura acerca del aspecto físico de Jane Austen, pero los interesados pueden clicar aquí y dejarse transportar por el recuerdo de la autora de Orgullo y prejuicio.

martes, 26 de octubre de 2010

Paul se va, vuelven Robbie y Take That

Hoy llueve en Londres, pero ayer amaneció un precioso día de frío sol que trajo las primeras heladas a Hyde Park, con los árboles aún radiantes de color otoñal. Soporto bastante mal el frío, pero lo prefiero a la humedad de esta lluvia monótona que entorpece el tráfico, ensucia las calles y oscurece el cielo contaminándome de paso el ánimo.

Quizá por eso me ha sentado mal enterarme de que el pulpo Paul ha muerto. El famoso cefalópodo, que puso la nota de color, diversión e incredulidad en la pasada World Cup de Suráfrica al acertar todas sus “predicciones”, incluyendo a España como campeona del mundo, ha dejado de mover sus tentáculos. Paul conquistó la fama desde su acuario, y en su acuario alemán ha muerto, así que se acabó su trabajo como oráculo. Y, si bien su muerte no extraña ya que los pulpos raramente viven más de dos años (él tenía dos y medio), lo cierto es que su desaparición ha dejado al acuario contrito y a miles de fans en una especie de raro semi duelo que resultaría ridículo si no ocupara titulares en muchos periódicos.

Más agradable noticia: el periódico “i” nace mañana en Londres. Habrá que esperar a ver si esta mezcla de tabloide en el diseño, revista de cotilleos en el colorín y sensacionalismo en los titulares deja algo de espacio para la concisión y el análisis del formato agenda con que se presenta. Imágenes y comentarios sobre esta nueva estrella (veremos si fugaz) del universo periodístico, en el más que recomendable blog quintatinta.

El mundo de la música aplaude con las orejas la anunciada gira musical conjunta de Robbie Williams y Take That. Tras reunirse (y se supone que dejar de pelarse), los viejos amigos y rivales saldrán de gira este verano, por primera vez en 16 años. De momento, es seguro que tocarán en Sunderland, Manchester, Cardiff, Dublín, Glasgow, Birmingham, Londres... Pero seguro que las masas de fans los obligan a echarse a las carreteras de media Europa.

Hoy en Londres la actualidad mediática tiene sitio para muchas otras noticias: la condena a muerte de Tariq Aziz, el estupendo ritmo de recuperación de la economía británica, la crecida del número de víctimas por el tsunami de Indonesia... Pero hay días en que simplemente no apetece comentar lo profundo de nuestro mundo complejo y algo loco, afiebrado.

Porque si tuviéramos que entrar en el fondo de las cosas, habría que decir un par de lindezas sobre gente como Nick Clegg (supuesto segundo hombre fuerte del Gobierno de la Gran Bretaña), que está furioso porque al Gobierno que él y su partido apoyan lo acusan de querer limpiar de pobres las grandes ciudades. ¡Qué disparate!, viene a decir el señor Clegg, ¡si ellos recortan y eliminan ayudas sociales no es para echar a la calle a los más pobres, es para animarlos a buscar uno o dos empleos con los que pagar el techo que hasta ahora tenían gratis! Eso sí, llegado el desafortunado caso de que esos pobres no pudieran pagar la casa, entonces sí, tendrían que irse, quizá a otro barrio, tal vez a otra ciudad, ¿por qué no a otro país o continente? Ya lo hicieron décadas atrás, eso de expulsar a la peor calaña, y les dio un resultado estupendo, colonizando Australia y Nueva Zelanda.

domingo, 24 de octubre de 2010

Frío, cielo azul, festival

He pasado casi todo el día en la biblioteca Paul Hamlyn del British Museum, ese espacio confortable y recoleto al que se accede atravesando la tienda, conforme se entra por Great Russel Square. Pocos turistas llegan hasta aquí, aunque cualquiera puede coger un volumen de las estanterías, sentarse en las cómodas sillas y ponerse a leer, además de consultar los fondos del museo en los ordenadores. La clave, como en el resto de museos gubernamentales, es “gratis” para todos.
Ya he dicho que los libros de arte son mi perdición, y como voy al British dos o tres veces a la semana, es raro el día que no pierdo la noción del tiempo ojeando volúmenes en esta biblioteca. Quizá por eso hoy se me ha hecho raro llegar con mi portátil y ponerme a trabajar en mis escritos, mi novela y mis relatos cortos; esos proyectos que traje madurados desde España y que deberían encontrar su cauce definitivo en Londres: un ancho cauce, no un liviano reguero de agua residual.
A las cuatro y media de la tarde y sin apenas batería, mi VAIO se ha puesto a hibernar, con lo que decidí  echarme a la calle, pasear un rato hasta la parada del autobús (como cada fin de semana, mi estación de metro y casi toda la línea Jubilee no funcionan) y despejarme la cabeza de tanta amalgama de letras. Tras horas acurrucada en el calor de la biblioteca, me sorprendió el frío de la calle, aunque era el frío que ha hecho toda la semana, el frío que escarcha Hyde Park cada mañana, el frío que, pese a todo, a mediodía se vive con gozo, porque el cielo sigue azul, no llueve y la niebla aún no se ha pegado al costado del río.
El sonido de unos tambores me llevó hasta Bloomsbury Square, donde hasta mañana se celebra un festival de musica intercultural, con mesas en el parque, casetas de comida y bebida, libros de segunda mano, artesanía y actividades para niños (lo normal en todo pueblo o barrio español en los meses de verano). Y la gente, pese al frío, sentada en las sillas a la intemperie; las narices rojas asomando sobre las bufandas; los guantes, gorros y abrigos como reyes absolutos de esa pasarela urbana y desenfadada que es Londres, capital cosmopolita y cultural.
Porque, como dicen quienes viven aquí desde hace años, estos gélidos días de precioso cielo azul son de una rareza tan extraordinaria en Londres, que no disfrutarlos en la calle sería tan absurdo como no plantar rosas porque nacen con espinas que pueden pinchar.

martes, 19 de octubre de 2010

El mar bajo los adoquines

El fin de semana estuve en París, una de mis ciudades eternas desde la lejana niñez, cuando una joven maestra recién llegada a mi pueblo andaluz se empeñaba en enseñarme Geografía y Francés sobre un plano de Metro. La niña que era yo entonces, en una España con una televisión de sólo dos cadenas, sin vídeo, móvil, ordenador, Internet ni videoconsola, estaba lejos de imaginar que en octubre de 2010 viviría en Londres, viajaría a París para pasar el fin de semana, tardaría sólo dos horas, y lo haría en un tren que atraviesa por debajo el Canal de la Mancha.

Salí de St. Pancras International el viernes a las 15.03 y a las 18.15 (la diferencia horaria sólo me gusta si gano tiempo, no si lo pierdo) me bajaba del Eurostar en la Gare du Nord, pero como el avión de mi compañero (él viajaba desde Madrid) iba con retraso, me acomodé en una mesa de la Brasserie Terminus, disfrutando de una cerveza mientras chispeaba tras los cristales. Tardé más de una hora en dejar de sentirme extraña rodeada de gente que hablaba francés, acostumbrada como estoy a la amalgama de lenguas que se oyen aquí en Londres a todas horas.

Nuestro hotel estaba en el Marais, así que esa noche cenamos en el barrio, en un restaurante que hace años nos encantaba, pero cuya calidad ha caído al mismo ritmo que subía la factura. Lo mejor, el vino Retsina, la tapenade de aceitunas y el cuscús.

He estado en París docenas de veces a lo largo de los años, siempre de vacaciones, mirándola con ojos provisionales, recorriéndola a pie, subiendo y bajando a sus torres y azoteas, ya sea las de Notre Dame, la Sainte Chapelle, el Panteón, la Torre Eiffel, el Sacré Coeur o Montmartre. Y siempre, llueva o granice, me guardo unas horas para ir al Louvre, pasear por el Sena y admirar el perfil encantado de la Conciergerie, callejear por St. André y respirar los aires libertarios del más Latino de sus barrios.

Pese a tener poco tiempo, escogí pasar la mañana del sábado en el Louvre, mientras mi compañero se iba de librerías. Y como el carné de periodista no sólo franquea la entrada gratuita sino que te libra de las colas, pronto surcaba las salas de escultura griega y romana, las pinturas renacentistas y el Louvre medieval. Una parada frente al esclavo moribundo de Miguel Ángel... De mis imprescindibles, sólo me faltó el Naufragio de la Medusa, de Gericault.

Me asomé a la sala de la Gioconda. Allí seguía, protegida por cristales, valla y dos guardias, rodeada de decenas de ojos mirones y algo miopes. La pintura más famosa del mundo, tan pequeña en tamaño, en la diana de todos los flashes. ¡Cuán diferente fue el final de la mujer real bajo la sonrisa pintada, la verdadera Gioconda! Su tumba destruida, reducida a escombros, esparcidos sus restos en un vertedero, ya fuera por la desidia, la ignorancia o el nulo olfato para los negocios de quienes pudieron preservarla.

Eso es, al menos, lo que publicaron la semana pasada los periódicos ingleses sobre el triste final de la modelo de Leonardo da Vinci.

Para la comida, escogimos otro clásico: la Brasserie de Saint Severin: ostras y pato para él, salmón para mí, vino tinto de Chinon. Conversación rica y reposada en un ambiente libre de humo y de ruidos que nos dejó cuerpo y alma en un estado propicio para la visita de la iglesia, más un café en la plaza de los Vosgos, seguido de un largo paseo hasta el Pompidou y un par de horas de investigación y lectura en la biblioteca del museo. A veces pienso si no me estaré volviendo un ratón de biblioteca con la excusa de leer cuanto cae en mis manos si está escrito en una lengua extranjera.

A cenar fuimos a la zona de St. André des Arts, hacía frío y era tarde, así que esperamos pacientemente a que nos dieran mesa en La Procope. Demasiada gente y mucho turista, pero el restaurante conserva un raro encanto de sitio añejo sin tener moho de verdad. La única pega: los estresados y gritones camareros y su inclinación a bajar y subir escaleras con bandejas tambaleantes en un precario equilibrio.

El domingo desayunamos frente a las gárgolas de la catedral, en una terraza con calefacción pero por la que corría el aire con entera libertad. Como los parisinos y sus turistas. Dedicamos un rato al interior de Notre Dame de París y nos acercamos de nuevo al Louvre; yo a comprar unos libros y mi compañero a ver unos cuadros . Se hacía tarde y yo tenía antojo de ensalada de chévre chaud en una típica brasserie, que encontramos en una calle paralela a Rivoli. De allí al hotel a por las maletas, un corto trayecto en metro y a la Gare du Nord a montarme en el Eurostar que me devolvió a Londres en dos horas. Desde St. Pancras, aún tardaría hora y media en llegar a mi casa, gracias a la suspensión de la línea Jubilee. ¡Hurra!

El pasado fin de semana, en París había aires de huelga, retrasos y paros constantes en el metro y el RER, carteles llamando a la movilización, una manifestación el domingo, malas caras y quizá menos alegría. Se notaba en el ambiente: la crispación, la protesta, la rabia y hasta la tristeza. Y es que, tantos años después de aquel mayo del 68, aún no hemos sido capaces de encontrar, bajo los adoquines, el mar.

jueves, 14 de octubre de 2010

Hana Makhmalbaf

Mi compañera de clase se llama Hana Makhmalbaf, tiene 22 años y es iraní. Es una chica inteligente, absolutamente precoz, con fuertes convicciones democráticas y un deseo inmenso de libertad, para ella y para su país, Irán.

Hana rodó su primer cortometraje a los ocho años, abrazando desde pequeña la tradición familiar de intelectuales, artistas y disidentes. Ahora viven en el exilio, a caballo entre París y Londres, en espera de que caiga el moderno Hitler que es Amahdinejad.

La última película de Hana se llama Green Days, y retrata los incidentes, manifestaciones y represión policial que siguieron a la última elección presidencial en Irán. Hana estaba allí en junio de 2009, protestando en las calles como millones de iraníes; reclamando su voto robado por Amahdinejad; pidiendo supervisión internacional y un recuento de votos imparcial. Y como estaba allí, filmó con su cámara la riada humana que pedía libertad.

Uno de esos manifestantes de Green Days era Neda Aghasolta, una joven cuya muerte en directo, grabada en móvil y reproducida en YouTube y otros canales internacionales, mostró otra cara de la realidad en Irán. No voy a poner el enlace por la dureza de las imágenes, pero cualquiera puede verlas en YouTube con sólo teclear el nombre de Neda. Mi compañera de clase, Hana, fue más afortunada que muchos, y pudo escapar, pedir asilo y conseguirlo en la opulenta Europa.

La película que muestra esos Green Days se ha visto ya en muchos festivales, entre ellos el de San Sebastián, y la carrera de Hana no ha hecho sino empezar. Estos días, su corto debería estar exhibiéndose en Beirut, pero ha sido vetado para no incomodar al mismísimo Amahdinejad, que visita Líbano en viaje oficial. Nada nuevo bajo el sol, pero fastidia, por decirlo de un modo políticamente correcto.

Hana es también la directora de Buda explotó de vergüenza, donde relata el empeño de una niña afgana por aprender a leer, su choque con el mundo de los adultos y el duro presente de Afganistán. Sin duda, un nombre, Hana Makhmalbaf , para seguir en abierto, nosotros afortunados que no tenemos que pedir permiso para vivir ni opinar.

martes, 12 de octubre de 2010

Tragedias y arte

Hoy en Londres, las televisiones llevan todo el día emitiendo un vídeo inédito sobre el atentado terrorista del 7 de julio de 2005, cuando cuatro bombas fueron detonadas en tres estaciones de metro y en un autobús, matando a 52 personas. Las imágenes fueron tomadas por los servicios de emergencia que acudieron al rescate, y han sido mostradas a los familiares de los fallecidos presentes en la vista que investiga la tragedia.

No pongo en duda el derecho de los medios de comunicación a informar, pero quizá no sería mala idea poner coto a quienes pretenden –y consiguen- entretener metiendo el dedo directo en la herida, chapoteando en los aspectos más sangrientos y retozando en el lodo resultante.

Y eso me ha hecho pensar en los atribulados familiares de otras figuras trágicas: los mineros chilenos atrapados bajo capas de tierra y metros de túneles, respirando un aire escaso y pobre, en una semioscuridad aterradora tras semanas de confinamiento. Una tragedia que el mundo entero vive en directo. Una tragedia que conmueve, asombra y asusta. Una tragedia que mantiene a sus familiares suspendidos en un limbo claustrofóbico de esperanza y fatalidad.

Una tragedia que desbordará los muros de la normalidad en cuanto los 33 mineros –vivos o muertos- salgan a la superficie. Desde ese momento, serán muchos los que la exploten lanzándose al circo mediático, quienes la cuenten a golpe de talón en las tertulias, quienes la conviertan en docudrama, en película de celuloide o en serie de televisión.

Tenemos muy reciente el caso-escándalo de Ingrid Betancourt.


¡Menos mal que siempre nos quedará el arte para respirar! Como la nueva instalación en la sala de turbinas de la Tate Modern: un suelo alfombrado con 100 millones de semillas de girasol, hechas en realidad con porcelana china. Una obra de arte sensorial sobre la que los visitantes pueden pasear o acostarse, como hacen madre e hija en esta foto.

viernes, 8 de octubre de 2010

Trabajar, ganar, gastar

En Londres hay gente para todo, y la mayoría de las veces sobran (mos) la mitad, especialmente en las tempranas horas de viaje en metro o autobús. Las tiendas abren siete días de cada siete, ya sea para venderte sushi o colocarte una chaqueta de pura lana merino, una alfombra o el último grito en e-books.

Hay muchas ofertas de trabajo: para camareros, limpiadores, dependientes y, con suerte, en hoteles. Eso sí, rara es la empresa que paga más de 7 libras a la hora, con lo que estudiantes, extranjeros y minorías -quizá letradas pero con un inglés macarrónico- se rifan los empleos temporales, tan fugaces, que en Recursos Humanos no dan abasto a programar cursos de formación para nuevos miembros del staff. Y es que los aspirantes a chef en un café pizzería local, vuelan en cuanto uno de los 200.000 “encadenados” Café Nero, Pizza Express, Starbucks, Eat, Wanagama… les ofrecen 7,01 libras la hora, y dobles turnos SÓLO dos o tres veces a la semana. ¿Es esto la cacareada flexibilidad laboral?

Parafraseando el título de la horrorosa película de Julia Robets y Javier Bardem, diría que la consigna sagrada en esta ciudad es “Trabaja, Gana dinero, Gástatelo”. Lo que me lleva a pensar que tampoco aquí, en el imperio de Her Majesty, han aprendido la lección de la última crisis financiera mundial. Tesco y Sainsbury’s se pelean cada día por ver quién baja más los precios de la comida; en Oxford Street te venden un bote de perfume por 20 libras y te regalan otro; el 40% de las tiendas en Oxford, Regents y Picadilly Street, están de rebajas permanentes; Waterstones y Foyles deben ganar más con sus cafeterías que con los libros que venden.

Consumo, consumo y más consumo. ¡Como si gastando y acumulando cosas fuéramos a conseguir ser más felices, altos o guapos! Como si la crisis fuera el molesto zumbido de una avispa inconveniente, o un fugaz sarpullido que pasará en unos días, dejándonos la piel tan suave y delicada como el culito de un bebé.

Yo, por si acaso, me he comprado un billete de autobús a Stratford-upon-Avon, el pueblo de Shakespeare, donde mañana planeo despedirme del verano en este país. Los detalles del viaje, fotos de su casa, tumba y pintorescas calles, con suerte, el domingo. Eso, si logro despertarme a las 6.30, coger el autobús, el metro y llegar a Baker Street a las 8. ¡Quién me ha visto y quién me ve! Madrugando ¡un sábado!

miércoles, 6 de octubre de 2010

Dinosaurios y piedra lunar

El 27 de junio visité el Museo de Historia Natural de Londres: quería ver los esqueletos de los dinosaurios, esos fascinantes animales extinguidos en el albor de los tiempos pero que siguen cristalizando algunos de nuestros frágiles sueños de niñez. Ahora que el cine y los videojuegos han domesticado a tan feroces animales, impresiona aún más verlos en un museo, ya sean sus esqueletos suspendidos del techo, sus huellas grabadas en la piedra, sus cráneos, mandíbulas, garras y hasta nidos de huevos fosilizados.

En esa visita de junio no pude ver la principal atracción del museo, el Tiranosaurus Rex, al que estaban sometiendo a una revisión y puesta a punto. Así que hoy, tras acabar las clases, me he montado en un autobús a South Kensington y me he plantado frente al imponente Rex. Por supuesto, es un robot que se agita y hace ruido (animatronic, creo que se llama ese tipo de robots) pero, aun así, cuando Rex te mira fijamente a los ojos, te olvidas de que se mueve a base de procesadores, dejas de pensar en el puñado de chips que trabajan para que alce su feroz cabeza, enseñe los dientes y mueva la cola.

Había muchos niños en el museo, algunos en grupos escolares, pero también muchos adultos solos, tal vez jubilados por la edad, o quién sabe si desempleados aprovechando que los museos son todavía gratuitos en esta ciudad. En todo caso, éste es un museo para aprender, o para recordar las lecciones de nuestra juventud.

Yo me he quedado más de una hora en la Zona Roja, Visiones de la Tierra, a la que se entra a través de una gigantesca esfera metálica que simula ser nuestro planeta. Una escalera mecánica introduce al visitante en la esfera, una especie de organismo vivo, mitad nave espacial, mitad núcleo, principio y final, donde se explica el pasado, presente y apocalíptico futuro del planeta Tierra, las galaxias y universos. Una encapsulada piedra lunar, un fragmento recogido por los astronautas de la misión Apollo 16, en 1972, impresiona por su tímida y confinada soledad.

lunes, 4 de octubre de 2010

Diez canciones para llorar

Antes de pasar a la música, dejad que me desahogue y diga que para llorar, patalear y tirarse de los pelos, nada mejor que la huelga de metro de hoy en Londres. De modo sucinto, ésta ha sido mi aventura: 10 minutos en autobús, más 20 minutos andando hasta la estación de tren, más 15 minutos en tren hasta St Pancras, más 30 minutos andando a la academia. Total: 90 minutos y un señor dolor de pies después, llegué media hora tarde. Tras las clases, un corto paseo hasta Oxford Circus para coger el bus que me trajo a casa en "sólo" 50 minutos. Lucky girl!

Y ahora sí, ¡a la música!

¡Cómo nos gusta a los humanos hacer encuestas, elaborar listados, tasar, pesar, moldear, definir y poner cada mercancía en su estante una vez le hemos colgado la etiqueta! La última clasificación que ha caído en mis manos, arrancada de un periódico, recopila las 10 canciones más tristes, y no precisamente porque sean malas. Según una encuesta de PRS (Performing Right Society, la versión inglesa de la española SGAE), éstos son los temas que hacen llorar hasta a los “bad boys”:

1. Everybody Hurts – REM
2. Tears in Heaven – Eric Clapton
3. Hallelujah – Leonard Cohen
4. Nothing Compares 2 U – Sinead O’Connor
5. With or Without You – U2
6. Drugs Don’t Work – The Verve
7. Candle In The Wind – Elton John
8. Streets of Philadelphia – Bruce Springsteen
9. Unchained Melody – Todd Duncan
10. Angels – Robbie Williams

Pensaba poner todos los enlaces a estas canciones, olvidándome de que todo está en YouTube, a la distancia de un click, así que sólo dejaré el de "Drugs don't work", de The Verve, que jamás había escuchado.

"Everybody hurts", de REM, parece incontestable en su podio.

Y, aunque "Angels" sólo ha consiguido una décima plaza en esta lacrimosa encuesta, yo siento debilidad por Robbie Williams y sus ángeles, que no son sino coartadas en vías de salvación.

domingo, 3 de octubre de 2010

Zapatero, Gómez, Maquiavelo

Zapatero y Gómez tienen mucho más en común que las diferencias que los periódicos se empeñan hoy en resaltar. Por ejemplo, sus apellidos anodinos, ni bien ni mal sonantes, simplemente… anónimos apellidos de gentes que, de no ser por el ruido político, jamás habrían sonado en nuestros oídos.

Zapatero ha ganado contra pronóstico todo lo que ha ganado. Gómez parece nadar contra la corriente en esas mismas aguas.

Zapatero apenas da ya las brazadas justas para no hundirse mientras le llega el relevo. El PSOE necesita un sustituto para ganar las próximas elecciones, dentro de ocho años, quizá cuatro, porque parece seguro que la alternancia popular está al caer.

A Gómez, de nombre Tomás, lo conocen hoy en toda España porque ha derrotado a Zapatero en Madrid; con permiso de Trinidad Jiménez, que era quien realmente se enfrentaba a Gómez, de nombre, Tomás. Esas elecciones primarias, que deberían importar sólo a los afiliados del PSOE en Madrid, nos las han vendido desde el principio casi como una cuestión de Estado, gracias a lo cual, Gómez, de nombre Tomás, es hoy alguien en la política nacional.

Zapatero ya ha demostrado lo muy capaz que es de sacar los pies del tiesto. Sintiéndolo mucho, Gómez ya los sacó de su Parla del alma, para ponerse a la cabeza de los socialistas madrileños, y hay quien dice que con el apoyo del mismísimo Zapatero.

Zapatero dijo, dice y dirá, que él nada se jugaba en las primarias de Madrid. Quizá la respuesta correcta a esa pregunta la dará Tomás Gómez cuando se enfrente a la imbatible cancerbera popular en la Comunidad de Madrid.

Por lo pronto, la aureola de triunfo, la corona de laurel, adorna esta noche la cabeza de Gómez, de nombre Tomás, a quien Zapatero ha hecho la mejor gratuita campaña de publicidad que jamás pudo soñar.

sábado, 2 de octubre de 2010

La palabra de moda

Agudeza visual: ¿qué tienen en común estas cuatro noticias recortadas de distintos periódicos londinenses en diferentes días? Una pista: hay que mirar los títulos. Otra pista: hablan de asuntos muy familiares para los trabajadores –y los parados- españoles.

Tac, tac, tac… ¡Se acabó el tiempo! La palabra clave es “strike”, o lo que es lo mismo: huelga. ¿Y por qué se va a la huelga en Londres, Inglaterra, donde se supone que atan a los perros con salchichas cocidas al vapor que despide la bien engrasada maquinaria de la todopoderosa City?

Vayamos por partes. Primero, los trabajadores del Metro de Londres han convocado huelga para el lunes. ¿La razón? Se oponen al recorte de 800 empleos, es decir, hay 800 personas que ahora trabajan y que irán al paro. Y, claro, no es algo que les haga gracia. Más o menos, la misma gracia que el lunes nos hará a nosotros, sufridos usuarios, coger varios autobuses (que irán repletos hasta el techo), sufrir atascos y tardar hora y media en llegar al centro. ¡Si funcionando normalmente ya es tremendo! Monday morning, más miserable si cabe.

Segunda huelga: la BBC podría apagar sus emisiones en directo el 5 y 6 de octubre, coincidiendo con la clausura de la Conferencia de Birmingham, donde el primer ministro, Cameron, será la rutilante estrella. Y aún hay más: la huelga podría extenderse al 19 y 20, cuando el ministro de Finanzas, George Osborne, desvelará los recortes del Gobierno.

De momento, no consta que la policía vaya a ponerse en huelga, pero, por si acaso, ya se trabaja para concederles el derecho a manifestarse y dejar de proteger a los ciudadanos. Que debe ser algo así como que un médico se niegue a salvar a un paciente porque llega tarde a cenar. Es lo que tienen algunas profesiones: son muy sacrificadas. Tampoco está previsto que vayan a la huelga 1.200 trabajadores de Orange y T-Mobile. Donde se irán será a sus casas, después de que el gigante de la telefonía móvil los despida.

Pero no todo son malas noticias. A partir del lunes, una reluciente caravana ambulante aparcará en Covent Garden. En sus fogones, dos reputados chefs prepararán platos de alta cocina a precios de oficinista y hasta dependientes de Primark. La iniciativa forma parte del London Restaurant Festival, que se celebrará del 4 al 18 de este mes.
 
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