jueves, 24 de marzo de 2011

Elizabeth Taylor entorna sus ojos de gata

Elizabeth Taylor murió ayer en el hospital Cedars Sinaí de Los Ángeles. Tenía 79 años y llevaba semanas sobreviviendo a su siempre obstinada y quebradiza salud. Fue una de las Mujercitas en la película de 1949, pero incluso en esa temprana versión de la novela de Louisa-May Alcott, Elizabeth ya despuntaba como una mujer de armas tomar.

Elizabeth Taylor tenía quizá los ojos más bonitos del celuloide, de un azul violáceo imposible de definir; era hermosa hasta el punto de conmover; y su cuerpo voluptuoso la encumbró al podio del deseo durante décadas. Pero Elizabeth fue, sobre todo, una actriz formidable que encarnó con maestría mujeres fuertes, complejas, de vidas oscuras, indomables, a las que, muy a menudo, perseguía la desgracia.


Yo me quedé fascinada con ella en La gata sobre el tejado de cinc, película de 1958 en la que interpretaba a la mujer de un bellísimo Paul Newman que escondía sus frustraciones tras una muleta y litros de alcohol. Volví a ver esa película hace unos días, en el canal TCM de Digital +,  y de nuevo caí rendida ante los encantos de Elizabeth como actriz, mujer y leyenda viva de una época mítica, realmente mítica, del cine.

Muchos la recordarán por sus matrimonios tormentosos –se casó ocho veces-, y es mítica su historia de amor con Richard Burton, con quien compartió borracheras, agresiones, dos matrimonios, sendos divorcios y, por supuesto, películas imprescindibles de la historia del cine como Cleopatra o ¿Quién teme a Virginia Woolf?  Otros tendrán de Elizabeth Taylor la imagen de los últimos años, envejecida y postrada en una silla de ruedas por la osteoporosis, luchando contra la mala salud que la persiguió durante décadas hasta que darle caza ayer.

Habrá incluso gente joven que solo la asocie a la mujer que siempre defendía a Michael Jackson, la misma señora mayor que, en julio de 2009, acudía visiblemente triste al temprano entierro del rey del pop. Pero Elizabeth Taylor fue mucho más, y los premios se lo reconocieron, entre ellos, los logrados por su fundación contra el sida –fue Príncipe de Asturias a la Concordia en 1992-, los dos Oscar o su nombramiento como Dama de Su Majestad la Reina Isabel II. No hay receta contra el olvido, nadie está a salvo de ser engullido por la rueda desdentada del tiempo, pero querría pensar que Elizabeth perdurará, aunque sea en un polvoriento almacén o en un disco duro pirateado.

Perdura hoy, en este vídeo homenaje narrado por el ya desaparecido Paul Newman, su compañero en La gata sobre el tejado de cinc.


lunes, 21 de marzo de 2011

Grafitis y trampantojos: arte callejero

La pulsión del ser humano a cubrir con pinturas el plano vacío de las paredes se pierde en el alba de los tiempos. Ya lo hicieron los prehistóricos pobladores de Altamira y Lascaux, al llenar sus cuevas con cazadores, animales de vivos colores y dibujos geométricos. Las vacas rojas, toros negros, ciervos, caballos, pájaros, hombres con lanzas y hasta unicornios, que aquellos hombres pintaron hace 15.000 años, iluminan una era tan enigmática como fascinante.

Hace unos 10.000 años, en el desierto jordano de Wadi Rum, otros seres humanos dejaron su huella artística en la piedra. Y, con el correr de los milenios, ya fuera en Egipto, Grecia y Roma; en las pirámides precolombinas de Suramérica; en las iglesias y castillos de la Europa medieval; en los palacios renacentistas… los dibujos y pinturas siguieron cubriendo los muros de arte y belleza.

Los trampantojos son una expresión moderna y urbana en la evolución natural de la pintura mural. En el centro de Madrid, en el barrio de La Latina, hay tres edificios cubiertos parcialmente con motivos florales y arquitectónicos, todo un despliegue de imaginación pictórica que asombra a propios y extraños.

El más grande y completo se alza en la medieval plaza de los Carros, junto a la imponente iglesia de San Andrés y la siempre abigarrada zona de tabernas de la Cava Baja .

A corta distancia de allí, en la asimétrica, recoleta y casi siempre soleada plaza de Puerta Cerrada, hay otros dos curiosos ejemplos de trampantojo, cuya singularidad se aprecia mejor alzando la vista en un día claro de cielo azul.

Puerta Cerrada/Cava Baja.
Cada uno tiene su propio estilo y forma, pero son idénticos en su función: engañar al ojo humano creando la ilusión de una tela pintada, un bodegón al aire libre, un fresco o un mural comercial. Sin olvidar, por supuesto, cubrir y adornar amplias secciones de muros que, sin estos trampantojos, lucirían bastante peor.


Los grafitis tienen una carga extra de protesta y reivindicación, normalmente asociados a artistas jóvenes de tono subversivo. Ciudades como Londres, Nueva York o Berlín están plagadas de este tipo de obras callejeras que, a menudo, como en el caso de este grafiti en Notting Hill (Londres), embellecen feas tapias o fachadas.

Los detractores de los grafitis (que son muchos) argumentan que de arte no tienen nada, que no hacen más que ensuciar calles y edificios, que proclaman el mal gusto y que, para más inri, cuesta más quitarlos de lo que al autor le costó pintarlos. Una compañera de inglés en Londres pensó exactamente eso cuando, juntas, vimos estos intrincados trazos en los baños de chicas de Candem Market. En cambio, yo veo en esa amalgama de figuras, unicornio, niños, fantasmitas y ángel alado, una curiosa expresión de espíritu combativo y radical.

No todos los grafitis son como los de Banski, ni disparan su tremenda andanada de crítica social, ni despliegan ufanos su irreverente y corrosivo sentido del humor. Quizá no todos, o pocos, o casi ningún grafiti, perdure lo bastante como para ser considerado arte o entrar en un museo, pero la Historia está llena de artistas incomprendidos que, de haberla, podrían pasarse la eternidad riéndose del mal juicio de sus críticos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Tsunami en Japón

Anoche estaba yo cómodamente sentada en mi sofá de cuero rojo, viendo en el canal Viajar un reportaje sobre la isla japonesa de Shódoshima, y recordé a mi amiga Mizue y su próxima visita a Barcelona, cuyo itinerario e información básica le proporcioné hace días. Reconozco que Japón nunca me atrajo, hasta que en junio pasado conocí en Londres a esta mujer inteligente y cariñosa, con un amor por Europa desbordante y contagioso.

Mizue fue mi mejor amiga en Londres (allí sigue, trabajando y perfeccionando su inglés), compañera solidaria en la accidentada senda del aprendizaje de ese idioma que dicen no tiene gramática. Empezamos en International House el mismo día, hicimos la prueba de nivel en ordenadores contiguos, y juntas visitamos museos, catedrales, pubs, restaurantes japoneses y un desastroso typical Spanish donde anunciaban una paella que ni en las peores pesadillas de Paellador.

El reportaje de anoche mostraba en Shódoshima muchos rostros sonrientes como el de Mizue, y recordé con nostalgia cómo mi ahora lejana amiga hablaba de su remoto Japón. Me enseñó que sí, en efecto, la imagen que tenemos en Occidente se parece bastante al Japón real, con sus raíces hundidas en la tradición; con su gente civilizada a base de disciplina; con su innato amor por la comida a base de arroz, algas, pescado,  mijo, tallarines de trigo y salsa de soja. Todo eso vi anoche en televisión, hasta una vendedora ambulante que, a sus 98 años, empujaba una carretilla de pescado. El reportero le preguntó si no se cansaba, y ella contestó que sí, que por eso ya solo salía a vender pescado dos días a la semana. Un historiador local llevó al reportero de visita por varios templos, y fue él quien habló de los terremotos y tsunamis, la amenaza natural con la que conviven en Japón como en África con el hambre y las enfermedades.

Esta mañana, las circunstancias nos han llevado a mi portátil y a mí al Starbucks de la calle Alcalá. La suerte me ha acompañado en forma de un cómodo sillón junto al ventanal frente al espléndido edificio de Banesto, así que, mientras bebía mi latte con leche desnatada y canela, he usado el wifi gratuito para surfear la prensa. Y ahí estaban: el terremoto de macabro récord en Japón, los derrumbes, las muertes, el incendio en un reactor nuclear, el tsunami que amenaza a todo el Pacífico. Yo, plácidamente sentada, viendo casi en directo cómo en otro punto del Planeta el agua se tragaba vidas y anegaba mucho de lo construido por los molestos humanos.

Alguna vez me han llamado bruja, aunque no creo que tenga que ver con mis poderes adivinatorios, ni con los presentimientos, que a veces me atraviesan como los fantasmas de pacotilla al protagonista de una película mala. Aun así, si fuera supersticiosa, hoy saldría a buscar gatos negros con los que tropezarme, escaleras bajo las que pasar, saleros para rociarme el hombro y una administración de lotería donde arrasar con los 13.

Como no lo soy, me conformo con desear que este tsunami y los que vengan (si vienen) nos cojan preparados.

Todo mi amor para ti, Mizue, y para ti, Hiro, y para toda la gente buena de vuestro país.

martes, 8 de marzo de 2011

Beatrice Stella, mujer y actriz

Beatrice Stella Campbell (1865-1940) fue una de las mejores actrices británicas de la época victoriana. Debutó en el teatro en 1888, acuciada por la falta de dinero, con un marido arruinado que partió allende los mares en busca de fortuna, dejándola sola con dos hijos pequeños a los que mantener. ¿Habría sido más feliz de haberse casado con un hombre más juicioso y en mejor posición? Alguna vez se lo preguntó, y en varias cartas habló de su llegada a la escena como una época descorazonadora, pero a la vez ilusionante, porque le daba algo que nunca tuvo: libertad.

El éxito como actriz le llegó en 1893, con la obra La segunda señora Tanqueray, en el teatro St. James de Londres. Su interpretación comprensiva y desprejuiciada de la exprostituta Paula Tanqueray indignó más de una conciencia y provocó muchos comentarios negativos, todos ellos sepultados en seguida por un alud de críticas entusiastas.

En los años venideros, Beatrice Stella encarnaría a Julieta, Magdalena y Ofelia, entre otras mujeres de carácter indeleble, ganándose una plaza en los círculos victorianos, donde confraternizó con artistas, intelectuales y miembros de la aristocracia. Recién estrenado el siglo XX, la actriz embarcó hacia América en la primera de sus muchas giras teatrales fuera de Inglaterra.

De nuevo en Londres, en el año 1914, Beatrice se metería en la piel de la inculta y mal hablada florista de Covent Garden, la inmortal Eliza Doolittle de Pigmalión. Una obra y un papel escritos expresamente para ella por George Bernard Shaw, quien dirigiría los tormentosos ensayos, que a menudo acababan con uno de los dos abandonando el teatro.

Beatrice Stella fue una mujer de carácter y de modernas convicciones, no dudó en interpretar papeles poco convencionales y controvertidos, como los de las señoras Tanqueray (una mujer con pasado) y Ebbsmith (una mujer con opiniones radicales sobre el matrimonio). Tenía una mirada profunda, ojos oscuros heredados de su madre italiana y una voz grave y expresiva.

Desde hace años, Beatrice Stella tiene un sitio propio en la colección de fotografías de la National Portrait de Londres, donde yo la conocí. Eso (estar en la Portrait, no que yo la conociera) la salvará seguramente de ser desmenuzada  por esa ominosa piedra de moler que es el tiempo. En el museo londinense la presentan como Beatrice Stella Campbell (nacida Tanner; “Mrs. Patrick Campbell”). De hecho, el Campbell con el que se hizo famosa entonces y es recordada hoy, es el apellido de su primer marido, quien, gracias a ella, surfea también las olas de la posteridad. Nada que objetar a una mujer del siglo XIX, que bastante hizo con aflojarse el victoriano corsé.

En el Día Internacional de la Mujer de 2011, no quería hablar de las que no pueden hacerlo; prefería acordarme de las millones de mujeres modernas, sobradamente emancipadas y en posesión de sus derechos, que deberían dar ejemplo y, en cambio, siguen perdiendo su apellido para tomar el de su marido. A unas les falta la voz, a otras, el apellido.

Si habéis llegado hasta aquí, regocijaos con la voz de Beatrice Stella, nacida Tanner:

sábado, 5 de marzo de 2011

Tarde de libros con Montaigne y Jane Austen

Cuando era una adolescente peleada con el mundo y las espinillas, me gustaban las tardes de lluvia, que solía pasar mirando caer el agua tras los cristales. Envuelta en una inexplicable melancolía, regodeándome en la súbita incomprensión de cuanto tan solo unos años antes tenía por inmutable, no me cansaba de darle al play de mi viejo radiocasete.

 
Serrat y su Balada de otoño me inspiraron más de un poema terrible y un par de relatos tirando a existenciales, que me harían enrojecer si no los hubiera destruido, con buen criterio, hace mucho tiempo.

Esta lluviosa tarde en Madrid la he pasado entre libros, a ratos escuchando viejas canciones de Serrat y a ratos saboreando el silencio, al que tan adicta me vuelvo conforme crezco. Uno de los libros vino conmigo de Londres y el otro ha llegado por obra y gracia de Amazon; los dos regalo de la misma y muy querida persona.

How to live, de Sarah Bakewell, aborda esa pregunta-trampa, que crece y nos explota en el cerebro como burbujas de una infinita pompa de jabón, en cuanto ponemos un pie en la pubertad: “¿cómo vivir?”. Lo novedoso es que la autora se ha ido a buscar la respuesta en el renacentista Michel de Montaigne, inventor del ensayo como género literario e inaudito pensador que a los 38 años se retiró al campo a leer los libros de su biblioteca. De la lectura pasó a la escritura, primero tomando notas de citas de otros, y luego redactando sus experiencias, en primera persona y con total subjetividad.

Hoy pueden parecer obviedades del tamaño de catedrales, pero a mitad del siglo XVI, Montaigne aconsejaba acciones tan inusuales como éstas: “No te preocupes de la muerte”, “Preserva una habitación propia”, “Despierta del adormecimiento de la costumbre”, “Protege tu humanidad”, “Haz bien tu trabajo, pero no demasiado bien”, “Sé común e imperfecto”, “Haz algo que nadie haya hecho antes”. Lo que Montaigne aprendió en su retiro, las enseñanzas que nos legó en sus Ensayos, fue algo tan radicalmente moderno como el gusto de vivir y la curiosidad por lo diferente, que es lo que justifica y redime al ser humano.

Ignoro si Jane Austen leyó a Montaigne o supo siquiera de su existencia, pero en algo lo siguió a pies juntillas: la búsqueda de su propia habitación, su personal espacio para escribir, la humilde mesa de madera sobre la que se inclinó durante años fabricando las vidas imperfectas de sus heroínas de novela. En A portrait of Jane Austen, su autor, lord David Cecil, reconstruye el mundo de Jane Austen, atendiendo tanto a su vida familiar como a sus creencias, costumbres y convenciones, y se vale para ello de cartas, pasajes de sus novelas y recuerdos de quienes la conocieron. La Jane Austen que emerge de este libro es una mujer fuerte, dotada de un inusual encanto; una voz disonante en la rígida época de la Regencia; una escritora irónica e ingeniosa que creó personajes de ficción tan indelebles que la herrumbre del tiempo no ha erosionado.

El libro de David Cecil está profusamente ilustrado con retratos de la familia, grabados de las casas y pueblos donde vivieron, mapas, espacios interiores de Bath e iglesias, los benefactores de entonces y los descendientes Austen que preservaron el legado de Jane. En muchos de esos sitios he estado, así que leer esta tarde sobre ellos me ha liberado de la pereza del torpe aguacero, transportándome a escenarios como Chawton, Bath, Londres o Southampton, tras los pasos de una mujer que (igual que hiciera Montaigne siglos antes) “despertó del adormecimiento de la costumbre”, preservando su humanidad.

No parece mal legado.