jueves, 31 de julio de 2014

'El castillo de Lesley', cuentos juveniles de Jane Austen

(Más sobre Jane Austen aquí y aún más aquí)

'El castillo de Lesley' (relatos
de juventud de Jane Austen).
En la pasada Feria del Libro de Madrid me regalaron El castillo de Lesley, un libro imprescindible para los amantes de Jane Austen (1775-1817) y para los interesados en rarezas de autores o en la lectura de sus primeros textos. Al resto de lectores esta obra les sabrá a poco, incluso a decepción.

Publicado por la editorial El Funambulista, El castillo de Lesley recopila diez cuentos, escritos cuando la autora inglesa tenía entre los doce y los dieciocho años. Contiene, por lo tanto, relatos fallidos, típicos de una adolescente con muchos pájaros en la cabeza y poco mundo vivido, incluso para una jovencita del lejano siglo XVIII. También hay en El castillo de Lesley algún cuento que claramente es producto de una escritura apresurada, pero, en general, este libro muestra a las claras el germen de la genialidad y la autora singular que fue Jane Austen.

Poema manuscrito de Jane Austen,
dedicado a su hermano Frank.
Terminé de leer esta obra, de apenas 190 páginas, durante los días de vacaciones en Portugal a finales de junio. De hecho, fue en la terraza frente al templo romano de Diana, en Évora, cuando apuré la prosa irónica y juguetona de unos relatos cómicos, pero cuyo humor evidente no impide ver el poso de sarcasmo y el grito de rebeldía de una chica que criticaba (casi con ferocidad) la condición de la mujer de su época.

Fanny Knight, sobrina de Jane Austen
(retrato obra de Cassandra Austen).
Jane Austen ridiculiza el cortejo (en realidad nada galante) a las jovencitas, por parte de señores mayores, algunos de ellos, caballeros. Ironiza sobre las damas de compañía y sobre los padres. Además, introduce sarcásticas observaciones acerca del matrimonio, las conveniencias, los prejuicios y la falta absoluta de amor, empatía y compasión. Todos esos temas y esos rasgos de estilo de la Jane Austen adolescente contienen la semilla de la que brotaría la Jane Austen adulta, la autora de títulos clásicos como Orgullo y prejuicio o Sentido y sensibilidad.

Acuarelas de Cassandra Austen para ilustrar
la 'Historia de Inglaterra' de Jane Austen.
No me cabe la menor duda de que la intención de Austen en esos cuentos primerizos era denunciar las convenciones asfixiantes que no dejaban crecer a las mujeres, poner en evidencia a la sociedad que las confinaba en su papel de hijas casaderas, esposas o tías. Me parece magistral el relato Las tres hermanas, con su diálogo sobre los engaños, vacilaciones y arrepentimientos que se cometen en nombre del falso amor. Y me divertí leyendo el despropósito evidente que es La historia de Inglaterra. Pero en todos los relatos, incluso en los más insustanciales, como puede ser Mr. Harley, hay algo del brillo posterior que adquiriría Jane Austen, hoy reverenciada por la crítica y el público de medio mundo.

'Retrato de Jane Austen' (Cassandra
Austen, National Portrait Gallery, Londres).
Estos relatos primerizos constituyen una forma muy válida de conocer más a esta escritora, de la que se sabe muy poco a ciencia cierta. Incluso su aspecto real es discutido. Los únicos retratos originales, auténticos, de Jane Austen fueron realizados por su hermana, Cassandra Austen (1773-1845), y sólo son dos o tres. El que la muestra de frente, con el rostro descubierto, es el más famoso y se exhibe en la National Portrait Gallery, en Londres. En él Jane no está especialmente favorecida, pero si su hermana Cassandra, amiga y consejera, confidente hasta el fin de sus días, la retrató así, es porque así era.

domingo, 27 de julio de 2014

Candados del amor en los puentes de París

(Más sobre París y también algunas otras historias de París)
 
Con el siglo XXI llegó a París, Londres, Roma y Nueva York la moda de los candados del amor, que las parejas cuelgan (por supuesto, cerrados) en las barandillas y rejas de puentes emblemáticos. Normalmente, los candados están grabados o llevan escrito el nombre de los enamorados y la fecha. Al parecer, se trata de una tradición que surgió en el siglo XIX, en la ciudad húngara de Pécs, donde los soldados que se marchaban solían dejar atado como recuerdo el candado del armario de su habitación. También hay quien dice que la moda fue iniciada por el escritor italiano Federico Moccia, con su libro Tengo ganas de ti.
 
Miles de candados cubren varios puentes en París.
Movida por la curiosidad, en mis dos anteriores visitas a París me había acercado al Pont des Arts a fotografiar los candados. De hecho, en septiembre de 2013 fui con dos sobrinos a contemplarlos, y en enero de este año, en un viaje relámpago por motivos de trabajo, regresé sola a observar el avance de la plaga. Pero fue en mi última estancia en París, este mismo mes, cuando comprobé los efectos de esta singular moda. 

Los candados del Pont des Arts (París) son
 ya una atracción turística más de la capital francesa. 
Lo que comenzó como una anécdota pintoresca, se ha convertido, al menos en París, en un hábito que causa furor entre los turistas. Además de hacerse una selfie frente a las atiborradas rejas, muchos depositan sus propios candados, en un gesto que tiene mucho de fetiche. En todo caso, se trata de una moda peligrosa, por el abrumador peso de los candados.
 
El gran peso de los candados es un peligro
para los barcos que navegan por el Sena. 
El pasado mes de junio la alcaldía de París desmontó y retiró 37 rejas del Pont des Arts (frente al Museo del Louvre) y del Pont del’Archevêché (frente a la Catedral de Nôtre-Dame). Cada una pesaba media tonelada. Ahí es nada: quinientos kilos. Ni que decir tiene que cada día aumenta la preocupación, puesto que bajo los puentes de París navegan a diario cientos de barcos atestados de turistas.

Un barco turístico a su paso por Nôtre-Dame.
¿Qué sucedería si una de esas alambradas fuera a caer a las aguas nunca solitarias del río Sena?, peor aún, ¿y si alguna barandilla se derrumbara en el instante preciso en que pasa por debajo uno de los pintorescos bateaux?

 

viernes, 25 de julio de 2014

'La chica de las metáforas', un cuento de amor y afonía

(Leer más: Al compás de la música, historia de La casa de las palmeras)

'La casa de las palmeras', libro
de relatos de Pepa Montero.

La casa de las palmeras es el primer libro de relatos que he escrito, uno de los mejores regalos de cumpleaños que me he hecho en mis entaitantos años de existencia (consciente) sobre el planeta Tierra. Son apenas noventa páginas, que sirven de guarida a once relatos escuetos, once momentos sacados del tiempo, congelados en el espacio; once trozos de vidas ajenas petrificados ante la mirada de una autora novel (modestamente, yo), que quiere ser sensible a las tribulaciones de sus personajes, pero en modo alguno intrusa de su intimidad.
'La chica de las metáforas' (1).



Uno de los relatos en los que puse más cariño se titula La chica de las metáforas. Como bien dice mi amigo, el periodista Miguel Ángel Valero, en él he tratado de explicar "por qué una persona no necesita palabras para expresarse". Otra cosa, desde luego discutible, es que haya logrado yo, como Valero cree, "hacer creíble que alguien se enamore de un busto de mármol en el Museo del Prado”. 



 
'La chica de las metáforas' (2).
 

Desde luego, en mi defensa debo decir que darle credibilidad a todo lo que narro, sugiero y tímidamente desvelo, fue uno de mis grandes empeños conforme escribía las idas y venidas de esta chica sin nombre, de cuyo pasado tan sólo conocemos pinceladas y sobre cuyo futuro poco podemos aventurar.
 
 
 
'La chica de las metáforas' (3).
 
No me siento cómoda hablando de argumentos de libros o películas, y me parece muy difícil condensar en pocas palabras cuáles son los elementos que conforman este relato (o cualquiera de los otros diez que integran el libro, para qué vamos a engañarnos). Pero digamos que, a modo de resumen apresurado, La chica de las metáforas es la historia de una mujer que decide dejar de hablar tras una ruptura amorosa.




'La chica de las metáforas' (4).
 
Puede sonar muy radical, incluso ser calificado de conducta extravagante o enfermiza, pero lo cierto es que nadie puede medir el alcance de una decepción. En el caso de  La chica de las metáforas, cuanto más se acentúa su afonía, más se desarrolla su pasión literaria, más se agudiza su ingenio, dando cauce escrito al torrente de palabras atorado en su garganta.
 
 
'La chica de las metáforas' (5).
 
 
La literatura y el arte, la arrebatadora fuerza sanadora de la belleza, las obsesiones que a todos nos forjan el carácter, y los encuentros fortuitos jalonan la nueva vida de esta mujer, cuya historia de ficción me salió al encuentro cuando escribía el relato La casa de las palmeras, que da título al libro.
 
'La chica de las metáforas' (6).
 
 
 
Como ya han advertido mis lectores más atentos (o sagaces), ésta es la chica que discute con su novio en una mesa del café donde Vicente, el protagonista de La casa de las palmeras, trata de leer, con poco resultado, la vida ejemplar de Alejandro Magno. Cuando terminé de escribir este relato, me pareció que también la historia de aquella chica merecía ser contada.
 
 
 
'La chica de las metáforas' (y 7).
 
No tiene nada de extraordinario que de una historia salga otra. Refleja, supongo, el dilema de muchos autores, que llegados a un punto no saben desprenderse, o no pueden dejar atrás ni tampoco arrinconar personajes adyacentes que van creciendo conforme avanza la escritura.
 Fue lo que me sucedió a mí. En verdad me fue imposible contener la avalancha muda de palabras de La chica de las metáforas, que se agigantó hasta independizarse.

domingo, 20 de julio de 2014

‘La muerte de Jacinto’ en Poitiers y el ‘Bautista’ en Bourges: amor y drama en los museos franceses

(Más sobre Prerrafaelitas aquí  y sobre mujeres en la pintura aquí)

Al cabo de 19 años, este mes de julio volví a Poitiers en un viaje vacacional de dos semanas por el centro de Francia. Tenía recuerdos difusos de la ciudad, de hecho, sólo recordaba bien la iglesia de Nôtre-Dame la Grande. Desde luego, no había visitado el Museo de la Santa Cruz, que exhibe piezas desde la Prehistoria al arte contemporáneo y se alza sobre el desaparecido monasterio de la Santa Cruz (siglo VI
Museo de la Santa Cruz (Poitiers).
).


En esta ocasión sí visité el Museo de Bellas Artes de Poitiers, donde pretendía volver a admirar La muerte de Jacinto (1801), de Jean Broc (1771-1850). Pero en la sala J, donde el plano lo situaba, sólo había un hueco y, a su lado, un panel con relieves del cuadro en Braille para que pudieran “verlo” los invidentes. Una vigilante me confesó que, en efecto, el lienzo estaba en el museo, tal como se anunciaba en la fachada del edificio, pero acababa de llegar de un préstamo y aún no lo habían colgado.

'La muerte de Jacinto' (1801), de Jean
Broc (Museo de Poitiers, Francia).
Yo había visto La muerte de Jacinto en Madrid en 2009, en la exposición Las lágrimas de Eros. Pero me decepcionó estar en Poitiers, en el que es el hogar del cuadro desde hace 125 años, y no poder contemplarlo. Para resarcirme, compré una monografía, con muy buenas fotos y datos sobre el mito de Jacinto, sobre otros pintores que lo han reflejado en distintas épocas, y detalles sobre la secta de los Barbudos (o primitivos), que Broc integraba. Eran alumnos del pintor David que radicalizaron su estilo neoclásico, aplicándolo a la vida misma, al punto de retirarse a un monasterio abandonado y dejar de pintar.
El mito de Jacinto (narrado en el siglo I por Ovidio en
sus Metamorfosis) ha inspirado cientos de obras.
El cuadro de Broc muestra al dios griego Apolo sosteniendo el cuerpo de su amante, el príncipe espartano Jacinto, al que el propio Apolo ha herido de muerte, al golpearle por accidente con su disco de oro. Sobre un fondo azul verdoso, desabrido y frío, el lienzo retrata cómo el dios de la luz trata en vano de retener a su amante, a quien no podrá salvar de la muerte, pero sí logrará inmortalizar en forma de flor, el jacinto, nacido precisamente de la sangre del joven. El escudo de Apolo, que reposa a los pies de los amantes teñido con una gota de sangre, y el pañuelo color azafrán, que la brisa agita sobre la espalda del dios, son las únicas notas de color cálido en un cuadro que rezuma dolor. El mito de Jacinto está relatado en las Metamorfosis, del poeta romano Ovidio (siglo I a.C.).

'Leandro y Hero', de Jean-Joseph Taillasson
(Museo de Bellas Artes de Burdeos).
Después de Poitiers, viajé hasta Burdeos, donde otro museo me deparó agradables sorpresas. El Museo de Bellas Artes de Burdeos es un oasis de belleza y de paz. La entrada gratuita y los abundantes carteles en francés, inglés y castellano contribuyen a que la visita sea muy provechosa. Aquí descubrí a una pintora renacentista, Lavinia Fontana, de la que hablaré en otra ocasión, y me enamoré de varias obras, de las que destaco dos: Leandro y Hero (1798), de Jean-Joseph Taillasson (1745-1809) y Ofelia, de Jules-Élie Delaunay  (1828-1891).

En la sala de Leandro y Hero me gustaron todos los cuadros, pero me conmovió la interpretación que Taillasson hace de esta tragedia griega. Separados por una estrecha franja de agua, Leandro encontrará la muerte al ahogarse tratando de llegar a la orilla donde lo esperaba Hero, quien, rota de dolor, se suicidará arrojándose de una torre. La historia de Hero y Leandro, como todo asunto mitológico, ha sido recreada profusamente a lo largo de los siglos. De este lienzo me gusta el trato naturalista, descarnado, que el pintor confiere a la escena, sin que por ello resulte fría.
'Ofelia', de  Jules-Élie Delaunay
(Museo de Bellas Artes de Burdeos).
La Ofelia que Jules-Élie Delaunay pintó en 1882 aún no había muerto ahogada (como la de John Everett Millais), sino que es una bellísima muchacha que mira directamente al espectador con sus preciosos ojos azules, su tez pálida y sus labios de un delicado tono rosáceo. No obstante, algo turbador sugiere la existencia de otra realidad tras la apariencia apacible de la joven. La clave está en el gesto serio, en la guirnalda de flores que adorna su cabeza y en el ramo que sostiene en sus manos, todos ellos símbolos que usa el artista para avisarnos del trágico final que espera a la novia de Hamlet, según Shakespeare.

Otro museo francés repleto de joyas ocultas es el Museo del Berry-Hotel Cujasen Bourges. El edificio en sí mismo es digno de admirarse, construido a principios del siglo XVI aunque sólo en 1892 se convirtió en museo. Alberga una magnífica colección arqueológica, más de doscientas estelas funerarias galo-romanas, esculturas góticas, varios pleurants (figuras plañideras que adornaban la tumba del duque Jean de Berry) y una modesta pero interesante colección de pintura.
'Tríptico de San Juan Bautista', de Jean Boucher
(Museo del Berry, en Bourges). 
A mí me fascinó el Tríptico de San Juan Bautista (1630), muy curioso, ya que en la tabla de la izquierda aparece el autorretrato del pintor, Jean Boucher (1575-1632), arrodillado, mientras en la de la derecha está la madre del artista. ¡Para que luego digan en España de la madre de la Pantoja! La tragedia entreverada con el amor entre Salomé y el Bautista aparece pintada en el reverso de este tríptico, recién restaurado.

'Muerte del Bautista'
(reverso del tríptico
de Jean Boucher,
en Bourges).
Aunque se halla en muy mal estado de conservación, pueden distinguirse la escena de la danza de Salomé (panel izquierdo cuando el tríptico está cerrado) y al propio Juan el Bautista antes de ser degollado, en el panel derecho.