viernes, 28 de enero de 2011

Carranque, villa romana del siglo IV

Descubrí los mosaicos de Carranque en un reportaje de la revista Por qué, que edita la Escuela de Adultos San Federico. Sobre el papel, prometía ser una agradable sorpresa: una villa romana del siglo IV y una casa con 900 metros cuadrados de mosaicos, en la provincia de Toledo, a sólo 34 kilómetros de Madrid. Una vez allí, la sorpresa se transformó en maravilla.

Al yacimiento arqueológico de Carranque se llega por una estrecha carretera que cruza el pueblo y va a morir en un puente sobre el Guadarrama. La villa romana, que los arqueólogos ligan hoy con el emperador Teodosio I el Grande, estuvo sepultada hasta el año 1983, cuando la casualidad quiso que el arado de un campesino desenterrara un mosaico. Tras esa pequeña tesela, otros edificios fueron sacudiéndose el polvo y la humedad de siglos.

Poco se sabe del Palatium (imagen superior), con sus dos solitarias columnas de mármol traídas de Turquía y los restos de una iglesia visigoda. Pero, ya se tratara de un edificio de representación o de lujosas dependencias anejas a la Casa de Materno, lo cierto es que el Palatium fue usado como cementerio durante siglos. Se han encontrado decenas de sarcófagos de piedra con restos de los siglos VI y posteriores.


La Casa de Materno es la joya del yacimiento. De sus 1.200 metros cuadrados, 900 metros están cubiertos con bellísimos mosaicos. Al parecer, la casa estaba dotada de un sistema de calefacción (hipocausto), que hacía circular el aire caliente bajo los suelos. Esta estructura era luego recubierta con mosaicos, y de ahí la calidad de elementos decorativos. Nada más entrar, el mosaico de Medusa, tradicional protectora de los hogares romanos, daba la bienvenida a los visitantes. Elaborado con ricas teselas de entre cinco y diez milímetros, el mosaico tiene una inclinación natural para la evacuación del agua, ya que al lado existía un patio ajardinado donde confluían los pasillos para llegar al resto de las habitaciones.

En la siguiente habitación, una escena mitológica con Adonis combatiendo contra un jabalí. En la parte inferior del mosaico aparecen dos perros con sus nombres escritos, una perdiz y una liebre (la fauna típica de la zona en la Hispania romana del siglo IV).

El suelo del comedor principal conserva otro magnífico mosaico: la devolución de la esclava Briseida a Aquiles. Alrededor del cuadro principal, un trenzado exterior en forma de laberinto parece hecho en tres dimensiones, sobre todo si se contempla desde arriba.

Con todo, es el mosaico del dios Océano el que concentra la mayoría de miradas. En él aparece el dios con unas graciosas antenas, larga barba y pinzas de cangrejo. En la sala contigua, una curiosa pieza octogonal intriga a los arqueólogos: primero se pensó que podía ser la habitación de los niños, pero ningún documento menciona que Materno tuviera hijos.

El tercer edificio del yacimiento es el Mausoleo, cuya función real se desconoce. Primero se pensó en un depósito de agua, pero la falta de impermeabilización disuadió a los especialistas. La teoría actual es que fue construido como mausoleo para Materno, quien, tras morir en Oriente, fue traído en andas a España para ser enterrado. Ese último viaje de Materno a Hispania duró un año. Sus restos no se han encontrado (¿aún?)

sábado, 22 de enero de 2011

Jardines impresionistas

Me gusta caminar por el centro de Madrid, transitar por sus plazas recoletas, casi todas de caprichosas formas triángulo-cuadrangular, sumergirme en esos tranquilos refugios entre calles comerciales de insufrible tráfico, tanto rodado como peatonal. Una de esas plazas es la de San Martín -el más bello edificio es el convento de las Descalzas-, donde se alza la Fundación Caja Madrid. Hasta el día 13, aquí puede verse la muestra Jardines impresionistas, en colaboración con el museo Thyssen-Bornemisza.

Nada más traspasar la puerta de Fundación Caja Madrid, un manto de brillantes colores asalta e invade los sentidos del visitante, y no sólo el de la vista. Porque los lienzos de Pissarro, Monet, Caillebotte, Bonnard, Klimt y otra decena de nombres entran por los ojos, pero, a poco que nos lo propongamos, nos sentiremos capaces de oler las flores; oír el viento entre los árboles; tocar las rosas y geranios; recostarnos contra los muros blancos, y hasta dormir una plácida siesta al sol declinante de la tarde.

Es a lo que invita el cuadro Siesta en el jardín, de Pierre Bonnard, uno de mis favoritos de la sala 1. Hay algo de mágico en esa placidez de la niña dormida; en la mesa recogida tras comer con su mantel blanco de franjas rojas; en el gato, las colinas y la iglesia que se adivina al fondo. También me sorprendieron los aparentemente sencillos, pero increíblemente bellos, La casa entre las rosas, de Monet, y La casa del guardabosques, de Klimt.

La planta superior está reservada para artistas alemanes, escandinavos, británicos y estadounidenses de primeros del siglo XX, todos influidos por la pintura al aire libre impresionista. Childe Hassam, con Recogiendo flores en un jardín francés, y Johann Viktor Krämer y su Taormina bajo el sol, me gustan especialmente.

En la siguiente sala, varios cuadros de Sorolla atraen inevitablemente la atención, sobre todo La alberca del Alcázar de Sevilla (bajo estas líneas), que luce exactamente como me gustaría que fuera el patio de la casa de mis padres en el pueblo, con esa hilera de macetas asomadas al borde blanco del agua.




Las incipientes vanguardias en que mutaría el postimpresionismo ocupan la última sala de exposición. Aquí Cézanne está presente con dos cuadros, también Braque, Malévich y Ernst. Mi favorito viene de la mano de Munch: Gansos en un manzanal.

Hasta el día 13 hay tiempo de ver la exposición, es gratuita y las colas que se forman en la plaza suelen ser para visitar el interior del convento, no para recrearse con la belleza de estos jardines impresionistas. Una visita virtual es posible, pero sería una lástima perderse la emoción de la experiencia en directo. Hay cuadros que quitan el aliento.

jueves, 20 de enero de 2011

Los ojos de Noah

Desde el alba de los tiempos, el hombre ha sentido la imperiosa necesidad de representar el mundo, ya fuera golpeando piedra contra piedra, amasando barro con los dedos o troceando ramitas de madera. El deseo de trascender y el ansia de belleza son tan inherentes al ser humano como el hambre o la sed.

Yo la conocí en el Brittish Museum de Londres, pero Noah procede de un lugar llamado Ain Ghazal, en las afueras al noreste de Amán (Jordania). Tiene unos 9200 años, pero el paso del tiempo no le ha arrebatado un ápice de su belleza. Noah es, por supuesto, una estatua neolítica modelada en yeso calizo al final del octavo milenio A.C.; una época en la que aún no se habían inventado ni los cuencos de barro (5500 A.C.)

Sabemos poco de los artesanos que crearon a Noah y a sus veintitantas hermanas, todas ellas enterradas durante milenios en una fosa excavada en el suelo de una casa abandonada, en la actual Jordania. Pero sabemos que Noah es la más antigua representación de la figura humana a larga escala que ha llegado hasta nuestros días. La más vieja muestra de una escultura de un ser humano: cabeza y rostro con rasgos naturalistas, cuerpo con brazos y piernas, manos y pies, hasta pechos.


Con todo, lo más sorprendente de Noah es su rostro, particularmente sus ojos, modelados con un yeso más puro y blanco que el del resto del cuerpo. Las pupilas están hechas de un material parecido al betún, y alrededor del globo ocular lleva añadido un raro pigmento mineral verde. Son los suyos unos ojos que parecen mirar, y ver, aun después de miles de años. Aunque lo único que ahora contemplen sea el ir y venir de millones de personas que, cada año, recorren el British Museum tras las huellas de la Humanidad. Una Humanidad de la que Noah (y sus hermanas) es quizá la más antigua mensajera.

martes, 18 de enero de 2011

Goodbye London, hola Madrid

Echo de menos el frío y el río, la nieve y los atascos en Oxford Street; la mezcla de gentes y la Babel de idiomas; salir a la superficie en Holborn y recoger mi copia gratuita del diario Metro; regresar al Lodge en el segundo piso del autobús 189 leyendo el Evening Standard. Añoro mi escuela de la calle Stukeley, ese laberinto peatonal justo al volver la esquina en Drury Lane, tan cerca de Covent Garden, el Soho, el barrio chino y las fuentes y leones de Trafalgar Square.

Si tuviera que escoger una sola cosa, me quedaría con las gozosas horas que pasé deambulando entre cuadros y esculturas en los museos y galerías de arte. En ellos encontré inspiración y gusto por el saber, practiqué mi inglés, me regocijé en la belleza de las cosas bellas y puse a prueba mi educación de niña de colegio público y universidad no de pago. Y, si en vez de una sola cosa, pudiera escoger dos, añadiría las perezosas horas que pasé entre estantes de librerías; las felices horas sentada con una pila de libros en el Waterstone de Piccadilly, en el café de Foyles en Charing Cross o en la biblioteca del British Museum.

Pero ahora estoy de vuelta en Madrid -la ciudad que me cobija desde hace 26 años-, lista para reanudar lo que dejé esbozado hace meses, la mente llena de planes y dispuesta a exprimir mi mitad creativa. Solo espero que las ideas me florezcan con la intensidad de las terrazas de mi barrio estos últimos días: radiantes y cálidos como anticipo de primavera.