miércoles, 28 de noviembre de 2012

Mujeres que pintan... porque leen

Me la encontré en el British Museum, donde la tienen recluida tras un cristal como la joya preciosa que es: una vasija griega de una mujer leyendo, fabricada en el siglo V antes de Cristo, presumiblemente en Nola, que demuestra que en la Atenas clásica las mujeres sabían leer, pese a que las niñas no eran escolarizadas. Que yo sepa, es una de las más antiguas representaciones de mujeres lectoras en el arte.
 
'Anunciación', de Giotto.
Surcando los siglos, aparecen otras mujeres entregadas al placer de la lectura. En la Edad Media y el Renacimiento, por ejemplo, abundan las pinturas de la Anunciación donde la Virgen tiene un libro en las manos o en el regazo. Por supuesto, que la María real leyera es históricamente improbable, pues su extracción  social en la Palestina de hace 2012 años la condenaría al analfabetismo. Entonces, ¿por qué se la representa leyendo? ¿Para simbolizar su sabiduría? Para mí, es deliciosa esta Anunciación, de Giotto, que puede verse en el museo del Prado (Madrid), con una virgen muy humana.
 
A mediados del siglo XVI, la lectura se generalizó entre las mujeres de clase alta, y en el siglo XVIII hubo una explosión de las mujeres lectoras en los salones de las capitales europeas, particularmente, París. Ya he hablado aquí de Madame de Sévigné y las Cartas a su hija. A finales del siglo XIX, casi toda la población de Gran Bretaña, Alemania y Estados Unidos sabía leer y escribir, pero en España eso no ocurrió hasta los años sesenta del siglo XX. Muchas mujeres sabían leer, pero no escribir.
 


'La lectura' (o 'La sombrilla verde'), de
la pintora Berthe Morisot (1841-1895).
¿Por qué leen tanto las mujeres, casi siempre en soledad, ya sea en la intimidad de sus habitaciones o en el exterior? ¿Hay en ello algún tipo de simbolismo asociado a la turbulencia de la primera edad? A mí me parece que, en el arte, la mujer que lee es un enigma, y no dejo de preguntarme qué estará leyendo, si le gusta o entretiene, o si, por el contrario, está aburrida, pero esa lectura a solas es el único refugio a una vida de la que quiere escapar. No parece el caso de La lectura, el óleo de la primera pintora impresionista, Berthe Morisot, de la que ya hablé en ese blog.
 
'Las hermanas Browning', de William
Rothenstein (1900).
Me gusta particularmente el cuadro Las hermanas Browning (1900), de William Rothenstein, pese a la austeridad a la flamenca que destila. Las modelos fueron la mujer del artista, Alice, y la hermana de ésta, Grace. Sorprende que un interior tan encorsetado sea, a la vez, de una placidez tal, que invite al espectador a introducirse en la escena doméstica para contemplar los escasos detalles decorativos y disfrutar de esa lectura en confortable silencio. A solas, pero a la vez acompañado.
 
Tamara de Lempicka.
Muy distinta es la obra de Tamara de Lempicka (1898-1980), famosa por la belleza de sus retratos femeninos de estilo art decó. Ella misma posó para el lienzo de otros artistas, así como ante la cámara fotográfica, siempre sofisticada y con un aura de distante frialdad.
 
Entre los temas de sus cuadros son frecuentes las mujeres etéreas vestidas con ropajes vaporosos, a menudo flotantes, si bien también pintó muchos desnudos (femeninos y masculinos) y retrató a chicas jóvenes, como su propia hija, Kizette, con la que tuvo siempre una relación muy cercana.
 
Mujer polifacética y decidida, voluntariosa y siempre dispuesta a correr riesgos, Tamara de Lempicka también usó el libro, el acto de la lectura, como motivo para definir a sus modelos.
 
'Kizette en rosa', de Tamara de
Lempicka.
 
El cuadro Kizette en rosa es una de sus obras más conocidas, y en él retrata a su hija con la precisión de una fotógrafa. La modelo mira con fijeza al espectador, sorprendida en un momento único de conocimiento y disfrute. ¿No es eso, al fin y al cabo, lo que aporta la letra escrita?

viernes, 9 de noviembre de 2012

Séraphine Louis: la extraña pintora naïf y su Pigmalión

(Más sobre Séraphine Louis aquí)

Es curioso cómo se retroalimentan las redes sociales. Y no me refiero al horroroso coreano que se ha hecho universal con el no menos horroroso baile del caballo. Hablo de esos post que se escriben como las antiguas hojas sueltas, a ritmo de inspiración tardía, esas frases que desencriptamos porque un día vimos una película, leímos un libro o espiamos una charla. Detalles que vuelan como migajas en un campo en plena siega o en tórrida cosecha.

'El árbol de la vida', cuadro de
Séraphine Louis.
Me ha pasado con entradas de este blog como las de Séraphine Louis (1884-1934), La insolación, de Carmen Laforet, las versiones en inglés de la momia de Cleopatra o los mármoles del Partenón. También con lo que conté sobre Beatrice Stella Campbell (1865-1940), de quien supe, por casualidad, en uno de mis semanales merodeos por la National Gallery de Londres, que le dedicaba una exposición temporal.
Casi todas ellas, entradas que pensé que nadie leería, o muy pocos de mis exiguos lectores. Pero ha resultado que no, que cada semana, en estos tres años de blog, esos textos figuran entre los más vistos. ¿Por qué?, me pregunto. ¿Qué hace que alguien bucee en un blog en castellano para dar con una página sobre una actriz tan poco conocida, incluso en Inglaterra, como Beatrice Stella?

Foto que muestra a Séraphine Louis
pintando su obra 'El cerezo'
Y mi estupor es mayor al comprobar el interés que sigue suscitando lo que escribí sobre la pintora naïf francesa Séraphine Louisuna mujer casi analfabeta, artista vocacional, que murió pobre y loca. Alguien que pintaba árboles de carne y hueso, con ojos, inmensos ojos que se abrían en la espesura, vigilantes, comunicando un desasosiego instantáneo. Una mujer que empezó a pintar porque su Ángel de la Guarda se lo ordenó, y que fue descubierta por el marchante alemán Wilhelm Uhde (1874-1947), quien la empleaba como sirvienta en Senlis.
'Tigre sorprendido en una tormenta', de
Henri Rousseau.
Los cuadros de Séraphine son coloridos, de una rara exuberancia (como sucede con los de Henri Rousseau (1844-1910), a quien también alentó Uhde), pero en seguida se detecta en ellos a criaturas agazapadas entre el follaje, y el espectador cae en la cuenta de la corporeidad de unas hojas como hígados y unos ojos almendrados como vesículas. Es entonces cuando los lienzos de Séraphine contagian una desazón que no entronca con la mística, sino más bien con el horror de lo vacuo.


Wilhem Uhde, marchante de arte
y descubridor de Séraphine Louis.
El Pigmalión de Séraphine, Wilhem Uhde, fue quien la ayudó con dinero y la alentó a refinar su estilo (sin conseguirlo). Él fue testigo del avance de la demencia (en forma de visiones y alucinaciones), que llevaría a Séraphine al asilo donde moriría diez años más tarde, de un terrible cáncer de mama nunca tratado. Uhde dejó escrito cómo los primeros cuadros de Séraphine irradiaban, repletos de frutas y hojas. Y también consignó cómo esas obras fueron dando paso a unas  pinturas donde brotaban tentáculos de las granadas y limones, con plantas amenazadoras.
La primera exposición consagrada a Séraphine Louis tuvo lugar en 1945, en París, a instancias de Uhde, que exhibió decenas de sus obras. Ya para entonces, de los 200 cuadros que ella pintó, sólo quedaban 70, que hoy están repartidos entre los museos de Arte de Senlis y Maillot y Pompidou, en París.
Séraphine nunca vio ni supo, acaso ni imaginó, el éxito que alcanzaría. Y seguro que pensaría que era obra de su Ángel de la Guarda si supiera que, casi 80 años después de muerta, gente de medio mundo, que jamás se ha visto, escribe sobre su vida extraña y su obra enigmática.

jueves, 1 de noviembre de 2012

De difuntos, Rufus Wainwright y García Lorca

¡Feliz día de los difuntos! Disfrutad de la resaca post Halloween o como se quiera llamar a esta festividad de la muerte triunfante, que es al fin y al cabo la última de las victorias en la batalla de las efímeras humanas vanidades.

El artista canadiense Rufus Wainwright.
Pocos tan vanidosos como el cantante canadiense Rufus Wainwright para poner música a la banda sonora de un día consagrado a la muerte. Y, ¡lo que es la vida!, pocas canciones dan en la diana con tanto acierto como el Hallelujah que escribió Leonard Cohen, pero que ha hecho universalmente famoso Rufus.

Dicen las malas lenguas que a Leonard Cohen nunca le gustó mucho la versión de Rufus, demasiado afectada… vino a decir. Quizá por eso, el destino le jugó una magistral jugada al premio Príncipe de Asturias 2011 y, hoy en día, Rufus Wainwright no sólo es quien mejor canta el Hallelujah que compuso Cohen, sino también el padre de su nieta Viva, pues cuando Rufus y su novio decidieron tener un hijo con una madre de adopción, ¿a quién se lo pidieron? ¡A Lorca Cohen, la hija de Leonard Cohen!
Federico García Lorca, poeta
 asesinado en la Guerra Civil española.
¿No es la vida una retorcida caja de sorpresas? Claro, que cuando Leonard Cohen le puso a su hija el nombre de Lorca, por el masacrado poeta granadino Federico García Lorca, bien podía haber intuido que la genealogía puede no ser una ciencia exacta, pero los árboles genealógicos sí que hunden sus raíces en lo profundo.

Tan profundo como fue enterrado y se deben de haber podrido ya los huesos de García Lorca, un cuerpo nunca encontrado, unido a los cientos de miles de españoles represaliados, masacrados, echados al olvido injusto por mor de una guerra terrible cuya épica dictaron los vencedores y cuyas heridas en ambos bandos, más de setenta años después de cerrar en falso, aún supuran.

Descansen en paz, si es que la paz es posible.