sábado, 28 de septiembre de 2013

Un elefante entre las gárgolas de Nôtre-Dame de París

(Más sobre París aquí)
 
París tiene las gárgolas más célebres del mundo. Están en las torres de la catedral de Nôtre-Dame, y de su fama tienen tanta culpa los visitantes de los últimos ochocientos cincuenta años como el escritor Víctor Hugo (1802-1885) y su jorobado Quasimodo. He subido cuatro o cinco veces a la Galería de las Quimeras de la catedral: la primera, hace veintitrés años, en mi primera visita a París, y la última, hace dos semanas, en una breve escapada para enseñarle la ciudad a dos sobrinos. Ni la lluvia, que caía sin cesar, ni la hora de cola que tuvimos que esperar para subir a las torres, deslució el espectáculo de estar frente a esos magníficos animales. 
 
Gárgolas mitad aves, dragones y felinos
(Torres de Nôtre-Dame de París).
Según la mitología, una gárgola es un ser imaginario de aspecto grotesco, a menudo amenazante, que infunde temor. El arte gótico las puso de moda, al esculpirlas en piedra para adornar las torres y tejados de las iglesias, sirviendo de paso para cubrir los canalones por los que el agua bajaba de los tejados al suelo.

Gárgola pensativa, símbolo de la Catedral
de Nôtre-Dame de París.
Con el paso de los siglos, París, Nôtre-Dame y su Galería de las Quimeras son la prueba de la curiosa forma en que funciona el engranaje del tiempo. Ya desde la Edad Media, las gárgolas se convirtieron en un material suculento para la imaginación de los artistas picapedreros, que extremaron el ingenio para producir monstruos cada vez más refinados, mitad humanos mitad animales, ya fuera dotados de pezuñas, garras, picos extremos, alas y plumas descabelladas, cuernos o barbas imposibles. Así, estos elementos escultóricos, que debían atemorizar al entrar en los lugares sagrados, han acabado siendo unas criaturas tan amadas y fotografiadas como los propios rosetones o los deambulatorios de las iglesias que los cobijan.
 
Esta gárgola con aspecto de macho
cabrío vigila París desde las alturas
Las quimeras de Nôtre-Dame de París rivalizan en apostura y fama, aunque hay dos que acaparan la mayoría de los objetivos de las cámaras de los turistas, no sólo por lo bellas que son, sino por el lugar prominente que ocupan, asomadas al vacío. Aunque, mientras la quimera pensativa infunde sosiego, la otra, que recuerda a un macho cabrío, transmite la sensación de alerta, con su postura rígida, erguida, en actitud de vigía, claramente a la defensiva.

La gárgola 'monja' acompaña a otra con
aspecto de ave feroz (Nôtre-Dame, París).
Hay muchas otras gárgolas que merecen una observación pausada. A mí me gusta mucho un par de quimeras con forma de ave. Una de ellas lleva una especie de velo que recuerda el de las monjas. Otra se asemeja a un ave feroz y está plantada sobre el filo del tejado, al que se aferra con sus poderosas garras.

 
Al fondo, a la izquierda, un elefante entre gárgolas.
Y me encanta una gárgola que he descubierto en este viaje. Se trata de un elefante esculpido de una manera muy realista, es decir, con escasos rasgos grotescos, y que se mantiene en un segundo plano, rodeado como está de otras quimeras más grandes, que parecen apabullarlo.

Elefante entre gárgolas (Torres de Nôtre-Dame).
Todos esos monstruos de piedra son impresionantes en su inmovilidad y en su labor de vigías de la catedral. Si en pleno siglo XXI continúan dejando con la boca abierta a personas de todos los continentes que apenas han vivido en un mundo sin televisión ni teléfonos móviles, ¿cuál no sería el asombro de los hombres y mujeres de la Edad Media, del Renacimiento, del Siglo de las Luces, de los revolucionarios... al levantar la vista y contemplar las gárgolas sumidas en la oscuridad?

martes, 24 de septiembre de 2013

Viaje a Japón (III): Tokyo, Kamakura, Takayama, Kyoto

(Etapa anterior: Nikko y el Tokyo de Shibuya y Ueno)

El domingo, 28 de julio, fuimos en metro al Foro Internacional de Tokyo, y desde allí caminamos un corto trecho hasta el museo Mitsubishi Ichigokan, donde se exponían algunas de las Treinta y seis vistas del monte Fuji. ¡Al fin! En un edificio estilo occidental, de ladrillo rojo, que una vez albergó la sede en Tokyo del banco Mitsubishi, una muestra temporal acogía grabados y dibujos centrados en el mundo flotante. Vimos la célebre Gran Ola de Kanagawa y la cima roja del volcán sagrado que ilustraba nuestra tarjeta del Japan Rail Pass. Para finalizar la visita, una cerveza en el Café 1894.


'Sky Flower', atracción del
Tokyo Dome (Japón).
De nuevo al metro, rumbo al Tokyo Dome, un gran complejo de ocio y restauración construido en torno a un grandioso estadio con múltiples usos, desde partidos de béisbol (es la sede de los Giants) a eventos deportivos internacionales, exhibiciones y conciertos de música. Alberga un spa de fuentes termales y un parque de atracciones con noria y montaña rusa, además del Sky Flower, donde los usuarios montan en un cajón estrecho que se iza despacio para ser lanzado al suelo, colgado de un paracaídas.

Colas para entrar al concierto del grupo
surcoreano Superjunior (Tokyo Dome, Tokyo).

Ese domingo, el protagonismo absoluto en el Tokyo Dome era para el enjambre de jóvenes que paseaba su amor desmedido por la boy-band de Corea del Sur Superjunior. El merchandising hacía su agosto ese día de julio caluroso y húmedo, una sucesión de abanicos con los rostros de Donghae, Eunhyuk, Siwon, Sungmin y el resto de los once integrantes actuales de la banda, camisetas, discos y CD a la venta. Las entradas estaban agotadas meses atrás, pese a los dos días de concierto y a que el aforo del Tokyo Dome es de 55.000 personas. Muchos decibelios en la gira mundial de los reyes del k-pop (pop coreano). Cuando nos íbamos del recinto pudimos oír los temas Sexy, free and single y Sorry, Sorry. Tras un nuevo recorrido en metro, llegamos a Ginza, donde la cortina de fina lluvia continuaba laminando el aire del barrio más lujoso de Tokyo. Tomamos un frapuccino en el primer piso del café Doutor y, cansados, iniciamos la retirada al hotel.

Gran Buda de Kamakura (Japón).
El lunes, 29 de julio, fuimos en tren a Kamakura, la ciudad que nos había recomendado el joven ejecutivo con el que habíamos conversado el viernes en el tren de vuelta de Nikko a Tokyo. En Kamakura, pequeño y residencial, admiramos el Buda gigante (segundo más grande de Japón) y paseamos hasta la playa: lluvia a ratos, una temperatura muy agradable, algo de neblina, varios grupos de chicos tumbados en la arena, un par de sombrillas en desuso por falta de sol... Las olas se mecían en paz, casi hasta los pies del chiringuito estilo tailandés donde tomamos unas cervezas y algo de picar.
Playa de Kamakura (Japón).
En medio de tanta paz, nos sorprendieron dos carteles a la entrada de la playa: uno avisando de que, tras un terremoto, aunque no se active la señal de tsunami, hay que estar vigilante por si llega la temible gran ola, y otro, alertando de los halcones que vuelan a ras de playa y pueden asustar a los bañistas. Sobre las tres emprendimos a pie el regreso a la estación de tren. Bordeamos zonas residenciales por donde los escolares de uniforme rodaban en bicicleta y señoras de mediana edad paseaban a sus perros.

Una vez de vuelta en Tokyo, escogimos el barrio de Shinjuku, una de cuyas mitades está llena de rascacielos y modernos edificios de oficinas, restaurantes, teatros y locales de entretenimiento, y otra, más populosa, que reúne a jóvenes modernos en busca de diversión entre calles estrechas abarrotadas de locales de masajes, clubes de variedades y espectáculos que ni sabría definir, entre otras cosas porque los letreros estaban en japonés.

Reclamos de neón en un local
del barrio de Shinjuku (Tokyo).
En el barrio de Shinjuku está el mirador más famoso de Tokyo, en el piso 45 del edificio del Gobierno Metropolitano. Había muchos turistas haciendo fotos y grabando vídeos de los rascacielos vecinos, parapetados tras los ventanales de cristal, curioseando entre las tiendas de regalos. Desde este mirador, en los días claros, se ve el monte Fuji, pero ni que decir tiene que tras la lluvia de casi todo el día no había ni rastro de la cumbre sagrada. Una cerveza en un pub inglés y una cena en un sushi giratorio pusieron punto final a la noche en Shinjuku. Estábamos cansados y aún nos faltaba hacer las maletas para continuar nuestro viaje, dejando Tokyo (de momento) atrás.
Nuestro noveno día en Japón, martes 30 de julio, amaneció nublado, pero sin lluvia. Habíamos pasado ya dos noches en la zona de los lagos de Hakone y seis en Tokyo. La de ese martes la teníamos reservada en Takayama, conocida como la base para explorar los Alpes japoneses, pues de allí parten rutas de senderismo, trekking y escalada. Desde Tokyo, tardamos cinco horas en llegar, empezando en el metro de Shiodome hasta Shimbashi, para coger el tren hasta Nagoya, donde cambiamos al expreso de Takayama. En la última parte del trayecto, la vía del tren corre paralela al cauce de un río, entre montes arbolados.

Antiguo barrio de comerciantes y casas
privadas de Takayama (Japón).
Una bofetada de calor nos dio la bienvenida a Takayama. Directos al hotel Washington, echamos una siesta de algo más de una hora que nos revitalizó para pasear, próximo el atardecer, por el barrio histórico de los comerciantes. Estaba casi desierto, así que pudimos recorrer en paz las calles pobladas de casas de madera, con sus características puertas correderas y ventanas de bambú, además de identificar las antiguas destilerías de sake, reconocibles por la gran bola de hojas de cedro que cuelga en la fachada.

Muchos de los locales son hoy… tiendas de regalos, como es lógico. Escogimos algunos detallitos para la familia y cenamos en el restaurante Origin, que tenía muy buena crítica en la guía Lonely Planet. Probamos el atún crudo, un aperitivo a base de rábano con una especie de sardinas, tofu frío y gindara a la brasa, regado con sake caliente y cerveza.
Mercado matinal de frutas y verduras
en Takayama (Japón). 
Del restaurante Origin salí con la segunda picadura (¿de insecto?) del viaje, cuyos efectos de hinchazón, sarpullido y escozor me durarían casi hasta España. ¡Menos mal que la primera, que me llevé de Nikko, sanaba bien y ya me podía poner la sandalia más cómoda! Para bajar un poco la cena, anduvimos por el pueblo en una plácida semioscuridad hasta dar con el baño de pies (gratuito) que se anunciaba en el folleto turístico. Lo encontramos en un hotel y tuvimos los pies en remojo un buen rato, arrullados por el canto mitigado de las trasnochadoras cigarras y el goteo del agua. Sólo había una chica más en el baño, aunque varias familias japonesas paseaban por los jardines ataviados con sus yukata.

Mercado matinal en Takayama (Japón).
Las primeras horas del miércoles, 31 de julio, las pasamos en los mercados de frutas y verduras de Takayama, el más pintoresco de los cuales monta sus puestos junto al río. Probamos un melocotón y una manzana, que tenían mejor aspecto que sabor, y decidimos visitar el Takayama Jinya, un edificio administrativo de la época Edo. Allí nos encontramos con un chico japonés que vestía quimono, chanclas de madera y abanico tradicionales, al que habíamos visto antes en el mercado, y que nos hizo una foto.

A las 11.33 horas cogimos el expreso a Nagoya, donde enlazamos con el Shinkansen que nos llevó a Kyoto, la segunda gran parada del viaje por Japón. Encontramos rápidamente el hotel Monterey, pese a que ya el primer contacto con el metro nos deparó la sorpresa de que cada trayecto tiene un precio según la distancia, el número de estaciones y hasta la compañía concesionaria, lo que obliga a comprar dos y hasta tres billetes según el recorrido. ¡Y menos mal que con el Japan Rail Pass se llega a casi todas las estaciones claves de las ciudades!

En el barrio de Gion (Kyoto)
aún viven y trabajan geishas.
En cuanto nos adecentamos un poco del viaje, caminamos hasta el Palacio Imperial, que resultó estar más lejos de lo que pensábamos, por lo que no hicimos el recorrido completo de los jardines. Comenzaba a lloviznar, así que cogimos el metro para ir a Gion, el barrio de las esquivas geishas, que esa noche (como todas) dieron plantón a los turistas. Cuando ya nos marchábamos hacia el barrio de Pontocho, avistamos una: dentro de un taxi que estaba parado en un semáforo, la geisha, de servicio, conversaba con dos clientes que se recostaban en el asiento trasero.
Ya en el cercano Pontocho, entramos en L’Atlantis, con una terraza trasera que daba al río, donde tomamos unas cervezas con edamame. La quietud de la noche me sorprendió, en contraste con el bullicio que habíamos dejado en Tokyo. Cono estábamos relativamente cerca del hotel, paseamos para ver algo más de la antigua capital de Japón, y descubrimos el mercado tradicional con sus galerías cubiertas, una suerte de enorme zoco que, aun con los puestos cerrados, se adivinaba lleno de vida.

 

domingo, 8 de septiembre de 2013

Viaje a Japón (II): Nikko y el Tokyo de Shibuya y Ueno

(Primera parte de Viaje a Japón (Miyanoshita, Hakone, Tokyo) aquí)

El viernes, 26 de julio, lo reservamos para ir a Nikko, al noroeste de Tokyo y colindante con la prefectura de Fukushima. Sí, esa Fukushima, la de la central nuclear con fugas de agua radiactiva. Antes de viajar a Japón habíamos decidido obviar el riesgo nuclear, de terremotos, tsunamis, guerra con Corea del Norte… y hasta el peligro del pescado crudo, los tópicos que a todos los europeos nos suenan. Nikko, patrimonio de la Humanidad y uno de los centros budistas más importantes de la época Edo, es imprescindible.

Explanada del santuario Toshogu (Nikko, Japón).
Desde la estación de tren de Nikko se llega a los templos a pie, aunque yo aconsejo el autobús para subir y reservar fuerzas para la visita, que puede durar todo el día o unas horas, según las ganas. Nikko comenzó a existir con el templo que en 782 fundó el monje budista Shoho, del que queda el actual Rinnoji. Como estaba cerrado por obras, nuestra primera parada fue la Pagoda de cinco pisos, a la entrada del complejo, para luego recorrer el grandioso santuario sintoísta de Toshogu, al que se accede por la puerta de Yomeimon, de once metros de altura y profusamente adornada.
Subida a la tumba de Ieyasu (Nikko, Japón).
Una vez en el santuario, faroles de piedra como los que alumbraban las carreteras en siglos pasados conducen a tres almacenes sagrados, al establo sagrado, a las salas de culto, al umbral donde sonríe el famoso gato... hasta desembocar en una empinada senda flanqueada por altísimos cedros centenarios. La escalera final es de traca, pero merece la pena por contemplar, en lo más alto, la tumba de Ieyasu (1543-1616), el primer shogun de la casa Tokugawa, dinastía que gobernó Japón hasta finales del siglo XIX. Hacía un calor húmedo, a ratos lloviznaba, y del santuario me llevé la primera picadura de mosquito y varios amuletos de cascabel y un par de muñequitas.

Bastante cansados, le llegó el turno al santuario Futarasan, el más antiguo de Nikko y compuesto por 23 edificios, donde está la tumba del nieto de Ieyasu. Casi todos los visitantes eran japoneses, varios grupos de escolares, turistas que suponíamos coreanos, chinos, hongkoneses y singapurenses. Ese es el orden de las nacionalidades que visitan Japón.

De Nikko me gustó la majestuosidad de los lugares sagrados, en perfecta combinación con edificios modestos, todos brotando en medio de la tupida vegetación. Hay que empaparse de la omnipresente dorada decoración de los artesonados; la vistosidad de los demonios que custodian las puertas de entrada; los techos relativamente bajos en forma de quilla de barco; los árboles de los deseos, donde se cuelgan tablillas, rollos de papel y amuletos con plegarias.
 
Puente Sagrado (Nikko, Japón).
Con todo, lo que más me impresionó de Nikko fue su serena armonía, como si los edificios no fueran más que residentes de paso, extremadamente apacibles, en un bosque que los acoge a condición de que reciban invitados igualmente serenos y educados. El camino de vuelta al pueblo lo hicimos andando, aunque paramos en una taberna local para tomar una cerveza y un pescado a la brasa que un señor asaba en la calle, al estilo de los espetos malagueños (pero sin barcaza). Algo más repuestos, descendimos hasta el Puente Sagrado. En verdad es magnífico.

El siguiente tren a Tokyo salía en una hora, así que comimos en un restaurante de la plaza de Nikko frente a la oficina de turismo. Fue un acierto: no sólo era barato sino que tenían un menú de Udon (fideos gruesos de harina en un caldo con miso, salsa de soja y quién sabe qué más), que fueron mi primera vez del día. La dificultad, claro, fue comerlos con palillos.
Menú típico de fideos Udon (Nikko, Japón).
Una vez en el tren a Tokyo, un oficinista japonés entabló conversación con nosotros, supongo que al ver que llevábamos prensa en inglés (Japan Times y Japan News se encuentran en casi todos sitios), y fue instructivo porque los japoneses que habíamos encontrado eran amables, pero poco dados a interactuar con el extranjero. Nos recomendó visitar Kamakura, por su Buda gigante y la playa.

La cita de esa noche en Tokyo era con… ¡Shibuya! Había leído mucho sobre el barrio más vibrante de Tokyo, donde los jóvenes modernos acuden en masa a  hacer compras, comer y beber, lleno de vida nocturna, con restaurantes de todo tipo, cafeterías elegantes y reposadas, librerías y tiendas de discos, como Tower Records. En cambio, no sabía del famoso cruce diagonal, justo frente a la estación, que es una de las intersecciones más multitudinarias del mundo. Claro, que me cansé de verlo, porque estuve varias veces en el primer piso del Starbucks, justo en la cristalera que da al cruce.
  
Estación de Shibuya (Tokyo).

Tras deambular un buen rato, asentamos nuestras posaderas en una cervecería-pub repleto de gente, muchos extranjeros, donde tomamos Guinnes y comimos un plato de pulpo y edamame, esas vainas de soja que tanto me gustan, sean frías o calientes. De regreso al hotel, cerca de la una de la madrugada, tuvimos un indicio de lo abarrotado que debe ir el metro de Tokyo en hora punta. Eso sí, salvo los que van pasados de copas, el respeto y el silencio siguen siendo la norma, con la gente colocada en fila en las marcas del suelo.

La gran ola (Katsushika Hokuai).
Tokyo era el protagonista de ese fin de samana, y el sábado 27 era el día de Ueno, por el Museo Nacional, donde esperaba ver las Vistas del monte Fuji, de Katsushika Hokusai (1760-1849) y la cerámica Jomon (14.500-300 a.C.). Si bien suponía que todos los grabados no estarían en el museo, la realidad es que no había ni uno. No sólo no pude ver el monte Fuji cuando estuve en los lagos de Hakone, sino que no podía ver los grabados. Pregunté en información y resultó que, casualmente, había varios en una exposición temporal en el museo Mitsubishi. Con el ánimo por los suelos (¿de verdad me iría de Japón sin ver el monte Fuji en ninguna de sus posibilidades?), hice el resto de la visita, y fuimos en busca del cementerio junto al museo, con templo sintoísta incluido. Hermoso.
 
Jóvenes en una tarde de verano, sábado
en Ueno (Tokyo, Japón).
Una vez recargadas las pilas de espíritu zen, cruzamos el parque de Ueno sin perder detalle de la cultura urbana, esto es, la gente, cómo viste, pasea, charla y se divierte, algunos de ellos, jugando en un campo de béisbol, bajo un sol de justicia y un calor húmedo realmente desagradable. Muchos hombres y mujeres, jóvenes y mayores, iban armados de abanicos y sombrillas, pero otros muchos paseaban aparentemente ajenos al clima, ellas montadas en tacones y luciendo minifaldas y pelo alisado, ellos con un look casual con predominio del denim y las camisetas.
 
Jóvenes en Ueno (Verano, Tokyo, Japón).
Entre la visita al museo y el parque, eran más de las 15 horas y estábamos sin comer, así que escogimos un restaurante de sushi giratorio que hallamos deambulando por el mercado de Ameyoko, entre locales de pachinko, hoteles cápsula y del amor, todo un mix de tradición y modernidad.
 
Chicas con quimonos en Ueno (Tokyo).

Después de tomar un café en Tully's, donde comprobé que es cierto que los japoneses en general no temen ser robados (nuestra vecina de mesa dejó móvil y bolso abierto para salir a la calle a buscar a una amiga), cogimos el metro y, de camino, empezamos a ver grupos de chicas (y chicos) vistiendo quimonos.
 
Akihabara, con sus incontables tiendas de electrónica y actual corazón del manga y el anime, fue la siguiente parada. Comprar no compramos, pero sí nos deleitamos con un tour por el Anime Center y por las calles plagadas de neones, donde jóvenes de apariencia nerd entraban y salían con bolsas de cómics. Estaba a punto de atardecer, así que decidimos coger de nuevo el metro para desplazarnos al barrio de las Lolitas góticas, pero esa noche había un concierto de música de la estrella del pop japonés Ayumi Amasaki.

Concierto de Ayumi Amasaki (Julio, Tokyo, Japón).
Era el cierre de su gira, en el estadio junto a la sede de la cadena NHK y supongo que el bullicio las había espantado. Ahí vimos el poder del merchandising, pues a la entrada del concierto se vendía desde camisetas a abanicos, toallas y discos de la estrella, la mayoría de los productos agotados y, por supuesto, las entradas al concierto vendidas meses atrás. Algo que comprobaríamos al día siguiente, en el Tokyo Dome, donde tocaba por segundo día la boyband surcoreana Superjunior.

De momento, esa noche de sábado, nos fuimos andando, de nuevo, hasta el barrio de Shibuya, donde nos refugiamos de la lluvia en el Starbucks y nos tomamos un delicioso frapuccino de mocca mientras observábamos el trajinar de los taxis, autobuses y gentes cruzándose en perfecto orden y concierto por el cruce más multitudinario del mundo. ¡Tokyo es único!

 

domingo, 1 de septiembre de 2013

Viaje a Japón (I): Miyanoshita, Hakone, Tokyo

(El viaje a Nikko y Tokyo sigue aquí)

Domingo, 21 de julio. Con puntualidad suiza, mi compañero y yo volamos desde Madrid a Zúrich para coger el avión que nos llevó hasta Tokyo-Narita, donde desembarcamos pasadas las 12.30 del lunes, 22 de julio. Sí, llegar a Japón nos costó más de un día (los vuelos duraron tres y doce horas, respectivamente) por problemas técnicos del segundo avión y las siete horas de diferencia. De los vuelos, me quedo con la experiencia frente a las costas de Estonia, donde según el reloj debió anochecer, pero… a la hora del crepúsculo el horizonte fue esclareciéndose hasta volverse nítido y brillante. La luna seguía allí, colgada en el absurdo desconcierto de un día sin noche. Sólo la azafata bajando las ventanillas nos recordó que lo sensato era tratar de dormir.

Rascacielos al anochecer, desde el piso
45 del Gobierno Metropolitano de Tokyo.
El aeropuerto de Narita es enorme, moderno, pulcro, eficiente, superorganizado… como casi todo en Japón, así que fue fácil encontrar la oficina de la compañía de trenes JR, para activar el Japan Rail Pass (como el europeo Interrail). La chica que nos atendió, en un inglés, no diré malo, diré raro (como el que habla la mayoría de quienes lo hablan, menos de los que pensábamos), nos reservó los asientos en los dos trenes que debíamos coger para llegar a Miyanoshita.

Gracias a que mi compañero es más fiable que cualquier GPS, hicimos de forma rápida e indolora el trayecto hasta Shinagawa, donde cambiamos a otro tren hasta Odawara y, desde allí, al convoy de MiyanoshitaHabíamos reservado dos noches en el hotel Fujiyadistinguido y señorial, a cuyo alrededor se ha construido el pueblo. Desde los botones a los jardineros, los conserjes, los camareros del bar Victoria, las limpiadoras o las encargadas de la piscina y del spa público, todo está pensado para experimentar la hospitalidad a la japonesa. Tiene hasta museo, donde exponen fotos de los aristócratas que se han alojado en este hotel, empezando por la actual familia imperial.

Mi viaje a Japón duró 21 días, cada uno de los cuales trajo consigo más de una primera vez. En Miyanoshita, por ejemplo, vi el primer café donde los clientes bebían sentados a una mesa, con los pies metidos en el agua, algo habitual en muchas zonas del Japón más rural. También aquí descubrimos que el spa o baño público es exactamente eso: cualquiera puede entrar, sea o no cliente del hotel, a condición de que el baño se haga desnudo, hombres y mujeres por separado. El establecimiento proporciona toallas, jabón, champú, zapatillas… hasta maquinillas de afeitar y mascarilla capilar.

Típica postal turística del monte Fuji
desde los lagos de Hakone (Japón).
La elección de Miyanoshita se debió a que es un punto clave de la región de los lagos de Hakone, a su vez, un enclave estratégico para el avistamiento del escurridizo monte Fuji, el imponente cráter sagrado que sólo se deja ver los días despejados.

Tapado por las nubes, donde el monte de la derecha
abraza el mar, está el monte Fuji (Hakone).
Por desgracia, el martes, 23 de julio, amaneció nublado, lo que nos quitó (casi) toda esperanza de ver el monte, pero, aun así, fuimos en autobús hasta Hakone a coger el barco que surca el lago. Dudábamos si subir o no en teleférico, por si el Fuji era visible desde las alturas, pero las nubes cada vez más negras nos hicieron tomar el barco de vuelta a Hakone. Una vez en tierra, recorrimos a pie unos 500 metros del paseo bajo los cedros centenarios hasta llegar al templo Gongen y su torii en la orilla del lago. De las primeras veces vividas el día 23, entresaco ese primer torii del primer templo sintoísta, así como la primera comida en una taberna japonesa. Con tanto viaje en pos del Fuji, eran ya las 15 horas y aún no habíamos comido. La tormenta empezaba a tronar y nos metimos en el primer local abierto. Ni que decir tiene que éramos los únicos clientes, la camarera no hablaba inglés y la carta era la típica para guiris, con los platos dibujados y fotos en color. Escogimos dos bentos y sake frío. Fue nuestra primera vez con los fideos soba, de trigo sarraceno, y la primera batalla en serio con los palillos, que ya serían nuestro gozo y tormento todo el viaje.

Interior del templo sintoísta de Hakone Gongen
(Lagos de Hakone, Japón).
Nada más comer, en cuanto pusimos los pies en la calle, empezó a caer un fino aguacero que pronto se hizo tormenta, con lluvia torrencial y aparato eléctrico incluido. Por supuesto, no teníamos paraguas, así que nos cobijamos en el porche trasero de un hotel, donde pasamos casi una hora sentados, mojándonos los pies según soplara el viento y contemplando cómo los rayos zigzagueaban entre montes, iluminaban el lago y a ratos coloreaban el agua. Recordé que estábamos en una isla del Pacífico. Mi primera tormenta en ese océano.

La última noche en Miyanoshita disfrutamos a conciencia de la piscina del hotel, del jacuzzi, la sauna y el spa público. Curiosidades: las mujeres japonesas usan bañador en vez de biquini; niños y mayores juegan con colchonetas y flotadores en la piscina; los pocos turistas occidentales eran franceses e italianos, ningún español; el pub del pueblo cerraba a las 22.30, fuimos a ver el ambiente, que tuvimos que poner nosotros, porque no había nadie más. Eso sí, elegimos una tapa al azar, en una pizarra escrita en japonés, resultó ser gindara (bacalao negro). Un descubrimiento.
 
Lluvia en Ginza (Tokyo).
El miércoles, 24 de julio, dejamos Miyanoshita para ir a Tokyo, la ciudad sobre la que tenía más expectativas. No fue lo esperado… sino mucho mejor: empezando por el hotel Villa Fontaine, siguiendo por el paseo a pie hasta el lujoso barrio de Ginza, con lluvia incluida en la terraza del café Doutor y el primer sushi en un japonés en la estación de Tokyo. Por la noche, ruta por el barrio de Roppongi, famoso por sus locales de ocio (entre ellos, Heartland, donde los extranjeros suelen ir a ligar con japonesas) y por su elegante complejo comercial. El diseño del conjunto es refinado, con materiales como el papel washi, el bambú y la madera. Hay un museo, un observatorio, cafés y librerías diseminados en varios niveles, zonas con bancos y fuentes, esculturas al aire libre... Y todo, envuelto en el parpadear incesante de los neones.

Metro elevado entre rascacielos (estación de
Shiodome, Tokyo).
A la mañana siguiente, jueves, 25, disfrutamos en el hotel del primer desayuno bufé japonés: sopa de miso, ensalada, huevos, tofu, pescado y una extensa lista de alimentos que iban cambiando según el día, pero en lo esencial era… muy abundante y rico. No faltaban los cruasanes, yogures, cereales, zumos, etc, para los más tradicionales.
Antiguo puesto de guardia (Jardines del Palacio
Imperial de Tokyo, Japón).
Visitamos los jardines del Palacio Imperial temprano (el interior está vedado porque allí vive la familia real) y, aun así, nos acompañó el incesante canto de las cigarras, a ratos en duelo con el graznido de lo que parecían cuervos. Para mí, sin duda, el sonido de Japón.


Tradicionales rickshaw (ahora taxis turísticos,
barrio de Asakusa, Tokyo).
Escogimos el barrio de Asakusa para comer y pasar la tarde. Allí curioseamos por sus tiendas de artesanía, algunas de las cuales recuerdan a las de la época Edo; nos descalzamos para entrar en el templo de Sensoji; admiramos las linternas colgantes de Kaminari-ji y nos entretuvimos con el ir y venir de los primeros rickshaw o taxis a dos ruedas, de los que tiran jóvenes briosos.

Cuando el cansancio nos venció, decidimos regresar al hotel en un barco que surca la bahía de Tokyo, desde el cual se contempla el célebre puente Rainbow, una estructura imponente que transporta coches, peatones y trenes hasta la isla artificial de Odaiba, muy fácil de localizar por la noria gigante.

(Continuará...)