sábado, 23 de noviembre de 2013

Puduhepa, la Gran Reina hitita de la Edad del Bronce

(Más Historia de un objeto aquí y también aquí )

Los hititas fueron un pueblo legendario que dominó el centro de Anatolia (la actual Turquía) entre 1900 y  1200 a.C. En el océano de la Historia, este riachuelo de apenas setecientos años de cauce podría haber quedado en anécdota si no fuera porque los hititas se forjaron un mito de pueblo guerrero, a la vez interesado en el arte, conocedor de la escritura indoeuropea (aunque también usaban la cuneiforme) y poseedor de un cuerpo legislativo propio.
La reina hitita Puduhepa ofrece una libación
a la diosa solar Arinna Epatu (relieve).
Tras ser engullido por el Tiempo en el siglo XII a.C y pasar tres mil años enterrado, el meandro seco de la civilización hitita brotó de nuevo en 1834, cuando el arqueólogo Charles Félix Tesier (1802-1871) descubrió las ruinas de Hattusa, la ciudad que fue capital de su imperio. Y el mundo reaprendió el nombre de sus grandes reyes, entre los cuales destacan Telipinu, Mursili, el fabuloso Suppiluliuma y una mujer, Puduhepa (siglo XIII a.C.), quien tras morir su marido, Hattusili III (reinó sólo cinco años, de 1272 a 1267), tuteló al hijo de ambos como reina madre.


Impresión en arcilla del sello con los
nombres de la Gran Reina Puduhepa
(derecha) y su marido Hattuili III.  
Esa es la historia sigilosa que cuentan varios sellos impresos en arcilla, como el de la foto, que bajo un sol alado tiene escrito, en jeroglíficos, los nombres y títulos de la Gran Reina Puduhepa (derecha) y del Gran Rey Hattusili III. De hecho, cuando aún reinaba su marido, Puduhepa estampó su propio sello, junto al del rey y al del faraón Ramsés II, en el Tratado de Paz entre Egipto y los Hititas, tenido por el primer tratado de paz internacional de la historia. Todo un signo de la autoridad de esta mujer.

La influencia de Puduhepa fue tal, que no sólo actuó como lo que hoy llamaríamos reina consorte y regente, sino que gobernó conjuntamente con su hijo, Tudhaliya IV (rey desde 1237 a 1209). Así reza en otro sello que se descubrió en 1936, en el sur de Turquía, en el que aparecen madre e hijo, dedicándole a ella el tratamiento de "Puduhepa, Gran Reina, Reina del Pueblo de Hatti, amada de Hepat”. Otros hechos remarcables en la vida de Puduhepa son, por ejemplo, que ostentó el poder durante más de sesenta años y murió (¡y estamos hablando del siglo XIII a.C!.) a la avanzadísima edad de 90 años, lo que da idea de su fortaleza física y apunta a un carácter indomable que los europeos del siglo XXI vemos, a las claras, en la reina Isabel II de Inglaterra.

 

El rey hitita Tudhaliya IV, hijo
de la reina Puduhepa (relieve).
Si aún hoy asombra su legado, es fácil imaginar la fascinación y el temor que debió ejercer la monarca hitita entre sus súbditos, la mayoría de los cuales la veían como una mujer todopoderosa, más parecida a una diosa que a un ser mortal. Máxime, cuando Puduhepa fue una gobernante sabia, como se deduce de sentencias dictadas por ella en litigios que se produjeron en el reino vasallo de Ugarit.

Tal y como era común en su época, Puduhepa ejerció además como sacerdotisa y, en calidad de ello, escribió elaborados himnos a varias diosas, a las que invocaba para que garantizasen la salud de su hijo el rey.
Maathornefrura, hija de la reina
hitita Puduhepa y esposa de Ramsés II
(Relieve en Tanys, Egipto).
Aunque reinó en la Edad del Bronce, Puduhepa dejó una vasta estela que los arqueólogos han ido desempolvando y ¡quién sabe lo que falta por descubrir! Fue asimismo una gobernante que hiló fino la madeja de las uniones dinásticas, hasta el punto de que una de sus hijas, nacida alrededor de 1245 a.C. y conocida por su nombre egipcio de Maathornefrura, fue entregada en matrimonio a Ramsés II. Se desconoce su original nombre hitita. 
En este documental, narrado por la voz y la dicción impecables de Jeremy Irons, se describen muchas curiosidades sobre la antigua civilización hitita.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Janey Morris, musa de la hermandad de los Prerrafaelitas

Hace dos fines de semana visité Londres en un viaje relámpago. Si París es siempre una buena idea (afortunada frase de Audrey Hepburn [1929-1993] en la película Sabrina), Londres tampoco se queda atrás.
 
Luces de Navidad en Regent's Street (Londres).
La ciudad más cosmopolita de Europa navega bien las aguas revueltas de la crisis económica y, aunque las luces de Navidad son este año más bien austeras y las rebajas se apelotonan en los escaparates más de lo acostumbrado, sigue siendo una ciudad imprescindible.
 


Árbol de Navidad en Covent
Garden (Londres).
Londres sorprende por su amplia oferta cultural y gastronómica, por su gancho para atraer turistas y estudiantes de todo el mundo, por su catálogo de exposiciones y citas musicales, por su río navegable con marea incluida, por sus mercados callejeros…En el de Notting Hill (Portobello Road) siempre se encuentran objetos para regalar a buen precio: yo me traje dos espejitos para el bolso y un reloj de bolsillo antiguo que aún da las horas. Una de las cosas que envidio de la capital del Támesis son las exposiciones temporales de toda índole que organizan los museos y galerías de arte, la mayoría, gratuitas.
 


Janey Morris como
Proserpina (Dante
Gabriel Rosetti).
 
 

Precisamente, hace casi dos semanas vi una muestra en la National Portrait Gallery dedicada a la modelo Janey Morris (1839-1914), musa de los Prerrafaelitas, de cuya muerte se cumplen cien años el próximo enero. Janey, casada con el poeta y diseñador William Morris (1834-1896), fue la modelo fetiche del pintor Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), quien la retrató con su inconfundible, larga y frondosa cabellera negra encarnando a Pandora, a Proserpina y tantas otras figuras clásicas. Fue también amante y confidente del pintor, pese a que nunca abandonó a su marido, al parecer, por no perder a sus hijas.
 
Janey Morris tenía una forma muy peculiar de posar, una gracia singular y una mirada directa, escrutadora, que pocos asociarían con la hija de un mozo de establos y una lavandera. La pequeña exhibición que le dedica la National Portrait Gallery repasa los principales hitos en la vida de Janey, la mujer, madre y esposa, en unas fotografías tomadas por Frederick Hollyer en 1874 y otras surgidas del objetivo de Emery Walker in 1898. Hay asimismo retratos de su marido e instantáneas de sus hijas, Jenny y May, así como de sus amigos Georgiana y Edward Burne-Jones.
 
 
Janey Morris (segunda por la derecha) con
su familia y los Burne-Jones.
El marido de Janey y el pintor prerrafaelita Burne-Jones se habían conocido en su época de estudiantes y al formar sus respectivas familias se convirtieron en amigos íntimos. La imagen de la izquierda pertenece a una secuencia de fotos tomadas en 1874, en el jardín de la casa que los Burne-Jones tenían en el oeste de Londres. Janey es la segunda por la derecha, sentada delante de su marido y entre sus hijas. El resto, vistos desde la izquierda, son Richard Jones (el padre del pintor), Margaret, Edward, Philip y Georgiana Burne-Jones.

Janey en 1898, en su casa de
Klemscott Manor.
 
La musa prerrafaelita por excelencia era una mujer de carácter tímido y reservado, de gran hospitalidad y buen sentido del humor. En su círculo íntimo había desde sufragistas a poetas, arquitectos y artistas.
 
Es impactante esta foto de Janey cuando ya había enviudado. Fue tomada en mayo de 1898, en su mansión de Kelmscott Manor, y en un guiño al espectador la modelo de los prerrafaelitas aparece sentada, imitando la pose que la hizo famosa.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Busto colosal de 3.000 años del rey hitita Suppiluliuma

(Más Historia de un objeto aquí)

Aún no he estado en Turquía ni en Egipto, quizá los dos únicos sellos legendarios que faltan en mi pasaporte. Desconozco por tanto las tierras donde habitaron los faraones Tutankamón o Nefertiti. Tampoco he visitado Anatolia (la actual Turquía), cuna de los hititas, una civilización mítica que dominó esas tierras desde 1900 a.C, y que desapareció setecientos años después, alrededor de 1200 a.C., sin dejar rastro.
Cabeza colosal del rey hitita Suppiluliuma
hallada en Hatay (Turquía).
La Historia había engullido a los hititas hasta que, en el año 1834 de nuestra era, el arqueólogo Charles Félix Tesier (1802-1871) descubrió las ruinas de la antigua capital de su imperio, Hattusa. Emergieron a la luz entonces su lengua (la indoeuropea, aunque también utilizaban la cuneiforme), los restos de su arquitectura grandiosa y los nombres y hazañas de los grandes reyes Telipinu, Mursili, Suppiluliuma, Hattusili, así como la mucho menos conocida esposa de este último, la reina Puduhepa.
Puerta de los Leones de Hattusa (antigua capital
hitita, en la actual Turquía).

En los dos últimos siglos el mundo ha ido descubriendo que, pese a vivir en la lejanísima Edad del Bronce, las ciudades hititas eran monumentales, como prueban las ruinas de Hattusa y su Puerta de los Leones, de cierto parecido a la que daba acceso a Micenas, en el Peloponeso griego. Usaban jeroglíficos y produjeron un notable cuerpo legislativo, lo cual no les impidió ser un pueblo guerrero que transitó por la Historia amenazando y siendo amenazado. En una de sus guerras se anexionaron el reino de Mittani y plantaron cara a Tutankamón.
Plano de la mítica Troya, cantada por Homero.
¡Si serían épicos los hititas, que tuvieron como aliada a la misma Troya (1800-1250 a.C.) cuando se produjo la campaña que narra Homero en La Ilíada! En el reino legendario de los hititas, los soberanos se hacían llamar Mi Sol, como los faraones, y al igual que aquellos adoptaron el símbolo del disco solar.

El monarca hitita por excelencia fue Suppiluliuma (1344-1322 a. C.), gran militar y estratega, que se enfrentó con éxito a los egipcios y organizó los territorios conquistados en dos virreinatos (uno para cada hijo) que funcionaban como frontera oriental del imperio. También guerreó contra los asirios.
La figura de Suppiluliuma fue grandiosa, pero sobrestimó su poder cuando la viuda del faraón Tutankamón, en son de paz, le pidió que le enviara a uno de sus hijos para convertirse en el nuevo gobernante egipcio. El vástago de Suppiluliuma nunca llegó a tierras del Nilo, pues fue asesinado durante su viaje, motivo por el cual los hititas declararon otra guerra. Al final, como a menudo enseña la Historia, los poderosos también tienen pies de barro, y así el gran rey hitita no murió en el campo de batalla, sino a causa de una epidemia de viruela contagiada por los prisioneros de guerra egipcios.
Darren Joblonkay, descubridor del busto
colosal de Suppiluliuma.
La última aparición estelar del mítico Suppiluliuma se produjo en agosto del año pasado, cuando el aprendiz de arqueólogo Darren Joblonkay, de tan sólo 23 años, encontró una colosal cabeza de piedra en las excavaciones de Hatay (Turquía). La escultura, a sus bien conservados 3.000 años de antigüedad, tiene una inscripción jeroglífica en la espalda que la identifica como Suppiluliuma I y presenta al monarca desde la cintura. Mide casi metro y medio de altura, lo que sugiere que la longitud total del cuerpo alcanzaría los 3,5 metros.
Rostro con rasgos de hieratismo en la
estatua del rey hitita Suppiluliuma.
Desde su hieratismo, y con la característica barba común a pueblos como los vecinos asirios, el monarca hitita mira de frente con los ojos bien abiertos, como si acabara de despertar de un sueño de miles de años y no diera crédito a lo que procesan sus pupilas.
Es una estatua impresionante, bellísima, que los turistas de paso por Anatolia podrán admirar pronto en el Museo Arqueológico de Hatay. De momento, los arqueólogos ya la han etiquetado como un perfecto ejemplo de la sofisticación que lograron las culturas de la Edad de Hierro al este del Mediterráneo tras el colapso de los imperios de la Edad de Bronce, a finales del segundo milenio a.C.
¡Casi nada!