miércoles, 8 de diciembre de 2010

Mantegna, de Mantua a Hampton Court

El 1 de diciembre nevaba en Londres. Me levanté tarde, inusualmente perezosa, y decidí saltarme las clases para visitar Hampton Court, el palacio encantado de Enrique VIII. Yo no vi fantasmas, pero salí fascinada de toda la riqueza histórica y artística que guardan las murallas del palacio.

Las pinturas Los triunfos de César, de Mantegna, me dejaron boquiabierta. Primero, porque no sabía que existían, y segundo, por encontrármelas fuera de Italia, ya que son pocas las obras de Mantegna de tal magnitud que se conservan en el extranjero. La culpa de que los cuadros estén en Londres la tiene Carlos I, el rey inglés descabezado, que además de prepotente fue un excepcional coleccionista de arte y compró cuanta bella obra pudo encontrar y sufragar. 

En este enlace están los cuadros que componen la serie Los triunfos de César.  Para apreciar todos los detalles, basta con pinchar en las fotos e ir pasando el cursor por cada rincón del cuadro. La “manita” de Windows nos hará de lupa milagrosa y nos descubrirá hasta el último rincón. Es así como cobran brillo los escudos labrados que portan los sirvientes; los rostros agitados; los trazos vigorosos; los ropajes coloridos; las sandalias de los soldados; la piel de los elefantes; la riqueza de las cabalgaduras; la intrincada forja; las espléndidas joyas…

Cuando, hace años, visité el palacio Gonzaga en Mantua (Italia), poco sabía de Mantegna salvo por su célebre Cristo muerto, que aparece en todos los libros de Historia del Arte y que se exhibe en Milán. Nada de bellísimas Magdalenas de pelo rojizo ni Vírgenes casi niñas viendo morir a su hijo dios. El Cristo muerto de Mantegna está muerto, y su madre es una vieja arrugada con el rostro desencajado.

En el palacio Gonzaga de Mantua está la exquisita Cámara de los Esposos, decorada con los frescos pintados por Mantegna quinientos años atrás. La habitación es pequeña y se visita en grupos reducidos, para preservar la calidad del aire y la temperatura ambiente. Nada más entrar, sentí como si hubiera en ella algo de sobrenatural, como si esas bellísimas pinturas de quinientos años contaran una historia que no sabía descifrar. Como si el alma de los Gonzaga latiera en ellas, cautivada por la paleta de Mantegna. Como si el encuentro entre nobles que ven nuestros ojos, se repitiera por toda la eternidad.

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