lunes, 25 de septiembre de 2017

Imantados por el color en un museo de Tokio

(Más sobre Japón aquí y un poco más aquí)

Me gusta contemplar las cosas que me gustan. Podría encontrar una forma alambicada de expresarlo pero la realidad sería la misma: me gusta observar lo que me interesa o capta mi atención, sobre todo cuando puedo hacerlo con serenidad. Dejar que la vista vague a sus anchas, que los ojos patinen sobre la superficie escurridiza de un objeto bello, curiosear, en fin, mientras cavilo sobre la nada... y el todo.


Mujer de negro y rojo en el Museo
de Arte Occidental de Tokio (Japón).
Me gusta observar al que observa, en especial en museos o en paisajes urbanos singulares. Secretamente puede que confíe en que la visión de otros humanos cuando contemplan creaciones humanas me descubra algún pasaje secreto o una rendija por la que conseguir deslizarme, también yo, por el tobogán secreto del misterio existencial. Algo parecido a la reacción que se produce en nosotros cuando descubrimos a alguien leyendo un libro que nos apasiona y sentimos que ese libro nos está recomendando a esa persona.

Mujer de rojo y negro frente a un Miró en el
Museo de Arte Occidental de Tokio.
En el Museo de Arte Occidental de Tokio he forjado este verano una alocada teoría que iré probando en futuras contemplaciones: el color influye no solo en el modo en que nos relacionamos con un cuadro, sino que actúa como cordel que nos ata a las obras de arte. No creo casual que las personas que más tiempo y con mayor fruición examinaban ciertos cuadros portaran ellas mismas ropa del color predominante en los óleos que estaban mirando.

Una pareja contempla un lienzo en el Museo
de Arte Occidental de Tokio (Japón).
Parece lógico aventurar que si nos vestimos con una paleta de colores determinada es porque nos gusta y así nos sentimos más representados. Según este razonamiento, no tendría nada de extraño que nuestro cuerpo basculara, por sí mismo sin pedirle parecer a nuestro cerebro, y nos condujera en modo semi sonámbulo hacia aquellos objetos que porten nuestros colores predilectos, dirigiéndonos imantados hacia el color igual que los insectos vuelan al encuentro de la luz.

Pero no solo es el color, hay algo especial incluso en la postura del que contempla, una manera peculiar de pararse frente a la obra de arte que denota el grado de conexión con el cuadro, la comprensión o la extrañeza, el arrobo o la sorpresa.
En el Museo de Arte Occidental de Tokio.

En algunas de las fotografías que ilustran estas líneas se puede comprobar cómo hasta la postura de los pies y piernas de las personas, incluso la forma de colgarse el bolso o el modo de inclinar la cabeza, parecen encontrarse en sintonía con el objeto que ha capturado su atención.

El color marca nuestra percepción de la realidad, como saben bien los diseñadores, modistas, arquitectos o publicitarios. Transmiten ideas y sentimientos, nos inducen frío o calor, incluso comunican dolor, y está demostrado que todos percibimos los colores en clave cultural.

Mujer de negro y beige en el Museo
de Arte Occidental de Tokio (Japón).
No combinamos los colores de manera accidental cuando vestimos ni tampoco los escogemos aleatoriamente si tenemos planeado desvestirnos. Según una nueva rama de la ciencia llamada psicología del color, el rojo puede tener efectos intensos sobre el estado de ánimo, las percepciones y las emociones; hay quien sostiene que vestir de rojo influye hasta en el equilibrio de las hormonas. Sin llegar a tanto, lo cierto es que mi contemplación de los visitantes del Museo de Arte Occidental de Tokio frente a las pinturas me inculcó la idea de que nos sentimos atraídos hacia aquello que contiene lo que somos. Puede que cada uno seamos de un color y el misterio consista en averiguar de qué color somos.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Feminidad, ardor y dolor en 'Cuerpo Adentro', de Ana Silva

(Más amigos poetas: Maite Cabrerizo y José M. Triper)

Tengo en mis manos un libro de poemas en edición bilingüe español-árabe editado con primor por Ediciones del Genal.

Un libro ilustrado con talento e imaginación por Firdaous Barkallil.

'Cuerpo adentro', primer libro
de poemas de Ana Silva Cuesta.
Un libro prologado con amor por la poeta y escritora marroquí Rachida Madani y traducido con pasión por la también poeta y traductora iraquí Bahira Abdulatif Yasin. Ambas son divulgadoras de la cultura árabe e islámica muy comprometidas con la defensa de los derechos de la mujer en los países musulmanes.

El libro se titula Cuerpo Adentro  y ha sido escrito con primor, amor, pasión, talento e imaginación por la malagueña Ana Silva Cuesta, Doctora en Derecho por la Universidad de Granada, mujer inquieta y versátil, experta en migraciones y género, activista de los derechos de la mujer árabe e islámica.


Ana Silva presenta su
 libro 'Cuerpo adentro'
Cuerpo Adentro es el primer poemario de Ana Silva pero no será el último. Demasiados ardores, rosas con y sin espinas, azoteas alicatadas de deseos, fuentes rebosantes de ansias voraces y preguntas sin respuesta guarda dentro de sí Ana como para que quepan en un solo libro.

Ana Silva nos invita a acompañarla en un itinerario poético clarividente y femenino donde lo real y lo imaginario, la inquietud y la lucidez van de la mano. Cuando aceptamos esa invitación podemos ver algunas de las simas interiores donde ella se ha asomado, vislumbramos el tizón que arde en su interior, el hambre, el fuego, la sed.

 El corazón por dentro
El amor, como una fiera, duerme la siesta. Arriba, en la azotea, el olor a jazmín despierta el ansia de amar (…) Ahora me he preñado de mí: en el vientre se alza una jaima añil (…)


'Estambul adentro', ilustrado por Firdaous Barkallil.
Málaga, Granada, Estambul, Tánger, el mundo árabe, la infancia, la memoria, el cuerpo, el lenguaje, la búsqueda de sí misma excavando cuerpo adentro, ladrando hacia afuera y mirándose en el anverso y en el reverso del otro. Estas son algunas de las estaciones por las que el lector atraviesa, las más de las veces con el corazón en vilo y la garganta llena de voces, mientras pasea, se demora o se apresura a través del cambiante laberinto en el que sin querer-queriendo nos sumerge la poesía de Ana Silva.

Conquisto infinitos
a las cinco de la tarde.
No me lo anunciaste Federico,
nunca me dijiste que el caballito de agua
se elevaría en mi ombligo (…)

Los poemas de mi paisana Ana Silva (crecimos en el mismo pueblo blanco, Villanueva de la Concepción) rehuyen la pomposidad para abrazar una aparente sencillez formal que no obstante está cuajada de imágenes poderosas.

Mujer para la tierra
soy.
En cada menstruación
el beso de la vida
penetra útero adentro
abatiendo
todo desierto.

Para mí los versos de Ana Silva Cuesta tienen mucho de oración interior, de muda conversación con los dioses y los demonios que nos habitan, y también de confesión, ¡quién sabe si en busca de absolución!

Tengo que decirlo sin hablar:
me amo para no caer en mí.
Yo, la invisible,
masco los últimos dátiles de julio,
llorando con la luz,
subo la persiana
y le rezo a mi abuela.

¡Enhorabuena, Ana, por conseguir publicar un libro tan bello por fuera y por dentro, un libro entre cuyas páginas se filtra tu luz y tu talento!

(Dos vídeos de la presentación del libro en Casa Árabe de Madrid) 






miércoles, 13 de septiembre de 2017

Segundo viaje a Japón (I): Osaka y Koyasan

(Mi primer viaje a Japón y la primera vez en Osaka)   

Barrio de Dotonbori (Osaka, Japón).
El 12 de agosto de 2017 a las 16:26 hora española terminaba de cenar a bordo del avión de Air France que me transportaba hacia Japón. Nada más retirar las bandejas, los asistentes de cabina procedieron a cerrar las ventanillas del aparato para inducirnos al habitual duermevela de los vuelos transcontinentales. A las 3:23 de la madrugada española, esto es, las 8:23 de la mañana del día 13 de agosto hora japonesa, mi compañero y yo emergíamos a la superficie en la estación de tren JR Namba en Osaka para coger un taxi rumbo al hotel Mystays Shinsaibashi EastSin dormir y casi veinte horas después de salir de Madrid.

Una pareja se hace una selfie imitando
un típico anuncio en Dotonbori (Osaka).
Como en nuestra anterior visita a Japón (en el año 2013), nos fascinó el barrio de Dotonbori, sus abarrotadas calles comerciales, sus restaurantes, sus locales de ocio, su publicidad de neón, sus edificios tapizados con letreros, su estridente megafonía, el ir y venir de los barcos turísticos por el canal, las linternas de papel gigantes... Nos encantó incluso la riada humana que trasiega Dotonbori dándole una estética y atmósfera únicas, las más parecidas todavía hoy a la ambientación de Blade Runner.

Fujiyama Suke, típica taberna de tempura (Osaka).
De Osaka no me gustó el calor bochornoso y me sorprendió que los taxistas no supieran casi nada de inglés y tardaran lo suyo en encontrar la dirección. En cambio, me agradó volver a subir al mirador del Umeda Sky Building y pasé muy buenos ratos observando a las parejas y grupos de amigos hacerse selfies por todos los rincones de la ciudad. Encontré un par de tabernas estupendas donde comimos sushi y tempura (Fujiyama Tempura Suke) en Dotonbori, y una terraza muy agradable donde cenamos frente a la estación de Umeda.

Cápsula del tiempo (Osaka), se abrirá el año 6970.

Este año sí visitamos el castillo de Osaka (veinte minutos de espera bajo el sol incluida), interesante si se dispone de tiempo pero prescindible. Me intrigó la cápsula ovalada de color estaño que hay antes de entrar al recinto: se trata de una cápsula del tiempo, construida en el año 1970 con motivo de la Exposición Universal y cuya apertura está fijada para el año 6970. ¡Ahí es nada! 

Castillo de Osaka.

Monjes del recinto monástico Danjo Garan (Koyasan).
Después de pasar dos noches en Osaka viajamos al pueblo de Koyasan, un famoso centro de monasterios budistas con un romántico cementerio que es visita obligada al atardecer. Desde Osaka se llega primero en tren, luego en funicular y por último en autobús (el tráfico privado está prohibido a partir de un punto), y el billete conjunto para 2-3 días es barato y se compra en Turismo en las estaciones de tren, en el aeropuerto, etc.

El color rojo y el dorado predominan
en el interior del templo budista.
Koyasan se esconde en el monte Koya entre una exuberante vegetación así que el viaje en tren es bonito paisajísticamente hablando, y el corto trayecto en funicular (diez minutos) lo sería aún más si no estuviera abarrotado de turistas y maletas. Nosotros habíamos contratado en el hotel de Osaka el servicio intercity de envío de equipaje (unos 24 euros por dos piezas), así que nuestras maletas viajaron al siguiente hotel, en Kioto, un día antes que sus dueños. A Koyasan fuimos con lo puesto y una mochila cada uno.

Pinturas interiores en el Danjo Garan,
monasterio budista de Koyasan (Japón).
La sombra de lluvia nos siguió durante la visita al complejo monástico Danjo Garan y el edificio principal del templo Kondo (siglo IX) y también al templo Jongobuji, con pinturas de artistas japoneses y un precioso jardín de rocas. Pero nos libramos del aguacero, ¡quien sabe si gracias a que fuimos honestos y pagamos la entrada a los templos pese a que nadie vigilaba! Los monjes se afanaban en sus quehaceres y pasaban a nuestro lado subidos en los zuecos tradicionales de madera, con su cabeza rapada y ataviados con sus vistosos trajes naranja y azul oscuro casi negro. Tuvimos la suerte de presenciar cómo tocaban la Gran Campana de Daito (monumento nacional) mientras entonaban cánticos ceremoniales.

Salón del hotel Fuckuchi-in (Koyasan).
Nuestro hotel en Koyasan era el Fuckuchi-in Temple Onsen, donde teníamos contratada una noche con cena y desayuno monástico vegano. El hotel es de estilo japonés con tatamis, puertas correderas y mesa en el suelo, con amplios salones profusamente decorados con madera y remates dorados; varias terrazas que se asoman a jardines de arena y roca, árboles altísimos y un estanque de carpas. Hay baño público interior y onsen exterior (mujeres y hombres por separado) y un saloncito para tomar café. Una pega: el wifi solo funciona en zonas comunes pero tienen prensa (en japonés) y una minibiblioteca (libros también en japonés y algún bestseller olvidado por algún turista).

Tumba con Budas, cementerio Okunoin (Koyasan).
Quizá lo que más me gustó de Koyasan fue el cementerio Okunoin, donde reposa Kukai, llamado tras su muerte Kobo-Daishi (774-835), fundador del budismo Shingon. Bajo una fina lluvia que poco a poco cesó fuimos recorriendo el paraje semiagreste, con senderos salpicados de curiosas tumbas. Me llamaron la atención unos túmulos en forma de pirámide sobre los que crecía la vegetación, con piedras antropomorfas a modo de Budas adornados con baberos rojos.


Un monje budista reza en el pabellón de las lámparas,
en el cementerio Okunoin (Koyasan).
Es sobrecogedor el Toro-do o pabellón de las lámparas, que aloja miles de linternas luminosas, algunas de las cuales dice la leyenda que llevan encendidas sin cesar más de novecientos años. Cuando ya me marchaba, un monje se arrodilló y comenzó a entonar su cántico ritual. Aunque está prohibido hacer fotos y grabar el interior del pabellón, no pude resistirme.

domingo, 20 de agosto de 2017

Mi cumpleaños en el monte Fuji


Monte Fuji según el grabado de Katsushika Hokusai.
(Mi cumpleaños en 2016)

Nacer un 20 de agosto brinda muchas más posibilidades de que tu cumpleaños te pille viajando fuera del país que, por ejemplo, si llegas a este mundo un día 13 de enero. En mi caso, la primera fiesta de cumpleaños que viví lejos de España fue en 1992, en un hotel en San Petersburgo y éramos tres las personas agasajadas. La fiesta, sorpresa, fue preparada por la guía del viaje organizado que ese verano nos condujo por Ucrania, Rusia y Uzbekistán. Cenamos caviar, bebimos cerveza, brindamos con vodka y comimos tarta; lo mismo que solíamos comer y cenar esos días de deshielo y perestroika.
Mikonos 2007.
Mi segundo cumpleaños fuera de España fue muy agradable y tuvo lugar en Mikonos en 2007, en el restaurante Caprice Sea Satin Market, ideal para cenar a la puesta del sol. Mi compañero de fatigas y yo acabábamos de regresar de un viaje de 20 días por Siria y Jordania y habíamos reservado una semana extra para Mikonos y Atenas. Ese año teníamos mucho que celebrar y no dudamos en tirar la casa por la ventana. En el restaurante de Mikonos el maître nos acompañó a escoger la pieza de pescado que más nos gustó y, tras pesarla, nos la asaron en una parrilla alimentada con leña. Cenamos arrullados por las olas contemplando las luces titilantes de Little Venice.
No creo que pueda olvidar mi cumpleaños del año siguiente, pues el 20 de agosto de 2008 se estrellaba al tratar de despegar en Madrid un avión de Spanair en el que murieron 154 personas. Yo me enteré del horrible suceso en un hotel cercano al aeropuerto de Orly, en París, donde nos alojamos esa noche porque al día siguiente muy temprano volábamos a la isla de Córcega. Recuerdo que encendí la televisión y durante un buen rato no fui capaz de procesar las imágenes ni las crónicas de los reporteros. Las redes sociales todavía no retransmitían la muerte en directo. Todo un alivio. Aún aturdidos, cogimos el coche de alquiler y condujimos hasta Mouffetard, en el barrio Latino, y cenamos en el restaurante L'Epoque.

La 5a estación del monte Fuji (20-08-2017).
Hoy estoy celebrando mi cumpleaños en Japón, en el pueblo de Yamanashi, que está a la orilla del lago de Kawaguchiko, frente al monte Fuji. La montaña sagrada que hoy he contemplado no es roja ni la he divisado tras la gran ola de Kanagawa, como la dibujó Katsushika Hokusai en el siglo XIX, pero sigue siendo imponente y muy difícil de avistar pues pasa cubierta de nubes la inmensa mayoría de días del año. El monte Fuji es un cono volcánico, el pico más alto de Japón, el símbolo nacional del país, un monte orgulloso que desde 2013 es Patrimonio de la Humanidad.

Para mí el monte Fuji era una asignatura pendiente desde que en el verano de 2010 mi amiga Mizue me regalara en Londres una carpeta con el famoso grabado de la gran ola. Mizue me inculcó las ganas de viajar a su país y animada por ella y por nuestras charlas londinenses me decidí a recorrer Japón en julio de 2013. Pero hace cuatro años no tuve suerte y las nubes y la niebla en los lagos de Hakone me hurtaron la visión del Fuji. Esta vez, en mi segundo viaje por Japón, he querido asegurarme de que aunque las nubes tapen el Fuji, al menos mis pies pisen su tierra y mis manos toquen su ladera. Así lo he hecho en la 5a estación, a 2305 metros de altitud, y la suerte me ha sonreído.

jueves, 10 de agosto de 2017

Labios como paños




Me gusta cuando callas
y también cuando estallas,
cuando plantas tu palma árida
sobre mi frente concupiscente

Me gusta cuando relatas los años
y también cuando olvidas mi nombre,
cuando ayer y mañana
se vuelven palabras líquidas,
mi vientre alumbra
cuajo de mariposas
y tú sorbes desnortado
tu ampolla de eternidad

Me gusta cuando estallas
también cuando callas,
chapotear en los charcos de tu mente
y alborotar tu melena impostora
de perfil y de frente.
Me gusta todo de ti.
Menos el brillo de tu cuerpo de estaño
y tus labios como paños