lunes, 22 de agosto de 2016

Caravaggio, las tinieblas y el síndrome de Ulises

(Más sobre Caravaggio y pintura aquí)

Quedan pocos días para ver la exposición Caravaggio y los pintores del norte , en el museo Thyssen Bornemisza (Madrid), donde pueden admirarse doce cuadros (once de autoría irrefutable y otro algo más dudosa) del pintor tenebrista por excelencia, el más pendenciero y maldito, según reza su leyenda negra.

'Chico mordido por un lagarto' (1596), de
Caravaggio. Fundación Longhi, Florencia.
El arte de Michelangelo Merisi Caravaggio (1571-1610) está hecho de tierra y de sangre, transformaba cualquier tema, ser humano, animal u objeto vulgar o indecoroso, en sujeto de arte. No tuvo taller ni discípulos, jamás enseñó a nadie el oficio de la pintura, pero fue imitado hasta la saciedad. Genio demasiado humano, irascible, impredecible, pintó la muerte tanto o más que la vida. Únicamente nos han llegado cincuenta obras suyas, lienzos plagados de tinieblas donde las figuras juegan su parte efímera en el drama del vivir.

'Los músicos' (1591), de Caravaggio. La obra
 es propiedad del Metropolitan de Nueva York.
Pero Caravaggio también pintó como nadie el rubor de las mejillas, la sensualidad de los hombros, la lozanía de los muslos, la carnalidad de cuellos y escotes. Escogía a sus modelos entre la gente de la calle. Efebos, sátiros, santos y santas, apóstoles, ángeles, truhanes, bebedores, prostitutas... todos pueblan sus cuadros en una suerte de asamblea profana con delirios de divinidad.   

'El sacrificio de Isaac' (1594/96), de Caravaggio.
Galería Uffizi, Florencia.
Caravaggio tuvo una existencia muy corta (no llegó a cumplir los cuarenta años), a caballo entre los siglos XVI y XVII. Fue un artista casi autodidacta, inculto para su época, que en vida fascinó y horrorizó a partes iguales, y al que la Historia tuvo en el olvido durante cientos de años. De su vida se conocen bastante bien los hechos más truculentos: miseria económica, enfermedad, reyertas, un homicidio que lo obligó a exiliarse de Roma, la huida a Nápoles, a Siracusa, a Palermo, su muerte en Porto Ercole a causa de la malaria o la sífilis. 

'David vencedor de Goliat' (1600),
Caravaggio. Museo del Prado.
Sabemos que falleció solo y delirando, aferrado con fuerza al único lienzo que aún no le habían robado. En cambio, se ignoran sus inquietudes intelectuales, sus anhelos personales. Algún crítico le ha comparado con un Ulises errante, pero sin un ápice de heroísmo: mientras el rey de Ítaca iba en busca de gloria y de su hogar, Caravaggio huía de la justicia, de los acreedores y de la fatalidad, en una odisea de playas y mares, a solas, tratando en vano de salvar la vida y sus obras. Ansiaba, ante todo, obtener el perdón del Papa a su homicidio para volver a Roma y -quizá- empezar de nuevo.  
  
'El martirio de santa Úrsula' (1610), de Caravaggio
Banca Comercial Italiana, en Nápoles.
La decena de cuadros que se exhiben en el museo Thyssen Madrid son una buena selección de toda su carrera, desde los inicios en Roma hasta los emotivos trabajos de sus últimos años. La muestra se abre con el famoso Muchacho mordido por un lagarto y se cierra con el último cuadro que pintó, El martirio de santa Úrsula, donde Caravaggio se retrató, en la segunda figura por la derecha. Sólo vemos su rostro, el de un hombre atormentado que participa, aunque sea pasivamente, en el martirio de la santa. La crítica ha querido ver este cuadro como un signo de la expiación de los pecados del pintor. ¡Quién sabe!

sábado, 20 de agosto de 2016

Un rabo de nube y un unicornio azul por mi cumpleaños



'Cuento de otoño' (1998), del director
francés Éric Rohmer (1920-2010).
Un rabo de nube.
Un unicornio azul.
Alfonsina antes de entrar en el mar.
Amanda corriendo por las calles mojadas para encontrarse con Manuel.
Jonás, que cumplió 25 años en el año 2000.
Rick Deckart y el replicante de 'Blade Runner'.
La lluvia tras los cristales de Joan Manuel Serrat.
El corazón partío de Alejandro Sanz.
Azul, Blanco y Rojo de Kieslowski (1941-1996).
Dos en la carretera.
Cualquier cuento de las cuatro estaciones de Éric Rohmer.


Rascacielos de Osaka (Japón) desde el mirador
Umeda Sky Buiding (julio 2013).
El café con vistas de la Tate Modern en Londres.
El cruce de Shibuya en Tokio.
El Panteón de Roma.
La Acrópolis de Atenas.
Los menhires de Palaggiu en la isla de Córcega.
La sombra de Nôtre Dame sobre el Sena al atardecer.
Walden Pond y cada centímetro de Manhattan.
Chawton tras los pasos de Jane Austen.
Tetris de rascacielos desde el mirador Umeda Sky Building en Osaka.

Todas esas cosas he visto, brillando a pleno sol o iluminadas al anochecer. Momentos que un día se grabaron en mi retina y que mi mente atesora entre los recuerdos perdurables, esos que cada año son más queridos y que, con cada vuelta de calendario, me sirven de inspiración.

¡Feliz cumpleaños a quienes, como yo, vinieron al mundo un día como hoy! El resto de nuestra vida está al girar en la siguiente esquina.

martes, 9 de agosto de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (III): Belgrado, joya por descubrir


El domingo, 17 de julio, dejamos atrás Sarajevo (capital de Bosnia) rumbo a Belgrado (capital de Serbia) por carreteras en buen estado y bien señalizadas (como todas las de este viaje por las antiguas repúblicas yugoslavas), pero de doble sentido, lo que implica una velocidad media de 70-80 kilómetros. Así que los escasos 300 kilómetros se volvieron cuatro horas y media de ruta. Acertamos al cruzar la frontera en Zvornik: dos casetas y tres coches, trámites muy ágiles.

Majestuoso, con solera, hotel Moskva (Belgrado, Serbia).
La lluvia que nos había despedido en Sarajevo nos recibió en Belgrado, aunque pronto escampó. Llegamos directos al magnífico hotel Moskva, en sí mismo un edificio protegido cargado de historia. Lo inauguró en 1908 el rey Petar I Karadjordjevic y es una de las perlas del estilo Secesión. El hotel es precioso por dentro y por fuera, moderno, acogedor, con gusto y clase, el acceso al spa es gratuito y los desayunos, impresionantes.

Cruce de los ríos Sava y Danubio (Belgrado).
Belgrado es una ciudad histórica encajonada entre los ríos Sava y Danubio. Moderna, bulliciosa y llena de librerías, una señal indiscutible de su intensa vida cultural. Tiene todos los ingredientes para convertirse en un destino de moda (los bajos precios y la animación nocturna son otros alicientes), algo reseñable pues hace sólo dieciséis años que reanudó relaciones diplomáticas con Europa y Estados Unidos, rotas por las guerras yugoslavas de la década de 1990. Se ven muy pocos turistas en Belgrado, y es una lástima porque la ciudad es muy interesante y necesita divisas.

Fortaleza Kalemegdan (Belgrado).
La moneda serbia es el dinar, que cambiamos en la primera oficina que vimos. Dimos un largo paseo por la zona comercial, peatonal, que conduce hasta la fortaleza Kalemegdan, un complejo a orillas del Danubio, donde están las tumbas de los héroes nacionales de la antigua Yugoslavia y se divisa el cruce de los dos ríos. Cañones, carros de combate expuestos al aire libre, torreones, vista panorámica, hasta un zoo hay en el recinto de la ciudadela.

Barrio Skandarlija (el Montmartre de Belgrado).
Desde allí paseamos hasta el barrio de Skandarlija, en el casco antiguo, al que llaman el Montmartre de Belgrado por sus calles empinadas de adoquines, casi todas las fachadas con grafitis y trampantojos, lleno de restaurantes típicos donde se cena oyendo las serenatas un tanto repetitivas de músicos folclóricos.

Catedral de San Sava (Belgrado).
A la mañana siguiente desayunamos en la terraza a pie de calle del hotel. Las nubes se retiraban casi por completo y el sol empezaba a calentar a ritmo balcánico. Esa jornada tocaba visita turística, a pie, con la primera parada en la catedral ortodoxa de San Sava (aún en construcción). El exterior del templo está acabado y es apabullante (es la iglesia de culto ortodoxo más grande de Europa), aunque el interior está todavía tristemente desnudo. No sé cuántos años tardaré en volver a Belgrado, pero apuesto a que para entonces la catedral continuará a medio terminar.


Interior de San Sava, en construcción (Belgrado).
Proseguimos el paseo por la parte de edificios oficiales del Gobierno serbio, de la banca y de las embajadas, hacia la estación de tren, donde esperábamos encontrar prensa extranjera (no fue así). Nos topamos con los antiguos tranvías rojos y atravesamos un par de calles con señoras mayores que vendían ropa interior exponiéndola en los capós de los coches aparcados. Me recordó al mercado callejero improvisado a la salida del metro del hotel Cosmos en el Moscú de 1992. Lástima no haber hecho fotos, pero me dio pudor.

Propaganda llamando a la mujer al ejército (Belgrado).
Nos montamos en el tranvía para regresar al caso antiguo, comercial y, como ya he dicho, peatonal. Tentada por las rebajas, hice varias compras a precios estupendos en tiendas de marcas occidentales y luego fuimos a comer, sin rumbo fijo. Como eran más de las 15 horas temíamos no encontrar nada decente, pero hallamos un café-restaurante, con terraza, repleto de belgradenses.


Terraza-restaurante en el casco antiguo (Belgrado).
Es sorprendente cómo los lugareños se toman su tiempo, al punto de que pueden tardar dos horas con un solo café, sin parar de hablar. La vida transcurre a ritmo lento, parecen no tener prisa, y eso que la mayoría de quienes beben y comen en la terraza son ejecutivos de chaqueta, corbata y camisa clara de manga larga. Tengo que recordarme a mí misma que estos serbios entre los que me siento en julio de 2016 son hijos, parientes, o incluso ellos mismos pudieron estar disparando contra civiles bosnios en el cerco de Sarajevo o en Kosovo. Hace menos de veinte años.

Centro de Belgrado visto desde el barrio de Zemun. 
Esa tarde sacrificamos el spa por visitar el barrio de Zemun, al otro lado del Danubio. El que fuera pueblo pesquero independiente hasta el año 1934, hoy forma parte de Belgrado, su calle principal es un bulevar lleno de restaurantes y su cementerio es curioso, con lápidas repletas de fotos de los fallecidos. La parte más pintoresca es la que rodea la torre Gardos, un laberinto de callejones estrechos, empedrados y mal señalizados, en cuesta casi todos, donde apenas caben dos coches. Yo cometí la "locura" de meterme con el coche por allí de noche y fue un milagro el que saliera sin ninguna abolladura. De hecho, si nuestro coche de alquiler resultó ileso fue gracias a los dos conductores de sendos vehículos con los que me tropecé, que con buena voluntad maniobraron para que pudiera pasar yo. Mi agradecimiento infinito.

sábado, 30 de julio de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (II): Mostar y Sarajevo cautivan

(Primera parte del viaje: cuatro días por Croacia y Montenegro)

Miércoles, 13 de julio. El paisaje, las carreteras, las gentes, la moneda, la arquitectura… todo ha cambiado desde que entramos en Bosnia. Lo hicimos por la frontera de Podštirovnik, casi vacía de coches, en cinco minutos. Sólo el calor es el mismo que en Montenegro. El primer sitio de Bosnia donde paramos es Trebinje, para cambiar moneda (300 euros resultan ser 600 marcos bosnios) y recorrer el centro. Los minaretes de las mezquitas; los cafés en la calle; la abundancia de mujeres con velos y muchas con hijabs; las miradas de la población, que detectan al turista de inmediato; son característicos de un país de mayoría musulmana. Tras ver el puente de Arslanagic, volvimos a la carretera.

Puente de Mostar (2004), volado por Croacia en la
 guerra en 1993 y levantado como el original.
Desde Trebinje a Mostar hay apenas 115 kilómetros, pero se tarda casi dos horas en llegar, pues la vía es de doble sentido y con curvas. Fuimos casi solos todo el tiempo. Una vez en Mostar, encontrar el hotel Villa Milas, a cinco minutos del abigarrado y concurrido centro, y sentarnos a comer en Babylon (terraza colgante sobre el Neretva) nos llevó menos de media hora.

Informal 'playa' bajo el Puente de Mostar (Bosnia).
El Puente de Mostar (Stari Most, databa del siglo XVI) es la gran atracción de la ciudad, y diría que de toda Bosnia. Un símbolo de las guerras yugoslavas, mundialmente famoso cuando los croatas lo volaron, en 1993. El puente que se alza hoy sobre el río es enteramente reconstruido, idéntico al original, Patrimonio de la Humanidad, y fue inaugurado en 2004.

Cementerio delante de una mezquita (Mostar).
Por la noche empleamos casi dos horas en la visita exterior por las mezquitas, más allá del puente, recorriendo la zona de los cafés menos turísticos, la más musulmana. Vimos así otra parte de Mostar, animada con población local, con una rara mezcla de chicas en shorts y mujeres tapadas hasta las cejas. Nos gustaron los cementerios musulmanes delante de las mezquitas, a modo de jardines en plena calle, sencillos, austeros. 


Fieles en el santuario de Medugorje (Bosnia).
La mañana del día 14 amanecimos con lluvia y tormenta. Ese día fuimos a visitar el santuario de Medugorje, donde primero pasamos unos quince minutos metidos en el coche, a la espera de que escampara. La iglesia y la explanada de los peregrinos estaba casi vacía por la tormenta. El Vaticano aún no ha certificado las supuestas apariciones de la Virgen.  


Cataratas y piscina natural de Kravice (Bosnia).
Nuestra siguiente parada fueron las cataratas de Kravice. Desde la entrada del parque, hay un trenecito que recorre cuatro kilómetros hasta el lago-piscina, dando un rodeo por el bosque, pero es más pintoresco bajar a pie, por unas escaleras y una ronda peatonal, y hacer fotos. El agua estaba muy fría, había bonitas libélulas pululando y también mosquitos de considerable tamaño. Tras tomar un refresco en una de las dos terrazas al pie de la piscina natural, subimos por donde habíamos bajado para volver al coche.

Cúpulas de antiguos baños turcos (Pocitelj, Bosnia).
Una vez en la carretera, intentamos comer algo rápido en Pocitelj, un minúsculo y empinado pueblo medieval de apenas tres calles, todo construido en piedra, con una mezquita del siglo XVI, unas curiosas cúpulas del baño turco del XVII, y más puestos de souvenirs abiertos que restaurantes. Decidimos, por tanto, regresar a Mostar y allí comimos, pese a que eran más de las cuatro de la tarde, en una pizzería. Por la noche, bajamos al pie del Neretva y vagabundeamos por la parte de Mostar que nos faltaba.

Fuente Sebilj, corazón del barrio turco (Sarajevo).
El día 15 partimos rumbo a Sarajevo: llovía y tardamos dos horas en hacer 125 kilómetros, la carretera es buena, pero en cuanto tropiezas con algún vehículo lento, la velocidad cae a 70 por hora. Llegamos con lluvia y sufrimos media hora de atasco hasta el hotel Villa Melody. Sarajevo nos encantó: es más turística, elegante y moderna de lo que parece, y bastante más barata que Madrid. Pese a la lluvia, caminamos al barrio turco y la fuente Sebilj, construida en 1753, el punto más emblemático del casco antiguo. Medio empapados, dimos con el restaurante Konyali, que ofrece platos bosnios y turcos (sin alcohol). Éramos los únicos turistas, pero un camarero con buen inglés nos aconsejó pizza al estilo turco (fina y muy alargada) y un plato con cordero típico.

Comida turca en Konyali (Sarajevo, Bosnia).
Con la lluvia aún en los talones, paseamos por el bazar. Todo el barrio Bascarsija es un decorado de fachadas de preciosa factura otomana, cafés, platerías y hasta un caravasar. A Sarajevo se la llama la Jerusalén de Europa y es una ciudad multicultural. Esto se constata en la coexistencia de religiones. Hay cuatro mezquitas principales (Gazi Husrev Bey, de 1531; Ferhadija, la del Emperador y la Ali Pasha), una catedral ortodoxa (segunda religión de Bosnia), una catedral católica y una sinagoga. Recorriendo la calle Ferhadija (peatonal del siglo XVI) se llega al monumento a la Llama Eterna, donde se abre la ciudad nueva y abundan los edificios de la época austrohúngara.

Puente Latino: aquí mataron al archiduque  Francisco
 Fernando en 1914 y se inició la I Guerra Mundial.
El sábado, 16 de julio, apenas llovía y dedicamos la mañana al turismo intensivo. El ayuntamiento (antigua Biblioteca, destruida en la guerra); la iglesia de San Antonio de Padua; el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914 asesinaron al archiduque Francisco Fernando (heredero al trono austro-húngaro) y su esposa, lo que hizo estallar la I Guerra Mundial; y la catedral católica fueran las cuatro primeras visitas.

Memorial a los niños muertos durante el asedio de
cuatro años de Serbia a Sarajevo (Bosnia).
Tras una breve pausa para reponer fuerzas, curioseamos por el moderno centro comercial BBI antes de darnos de bruces con las señales de la guerra. Justo frente al BBI se alza un discreto memorial a los niños muertos en el asedio, en forma de fuente de color verde; fue inaugurado en 2010 y contiene en unos cilindros de metal los nombres de 521 víctimas, mientras se verifican otras 500. En esa zona son muy numerosas las rosas de Sarajevo, unas curiosas manchas rojas diseminadas por el cemento, con las que la ciudad recuerda los sitios donde cayeron bombas y proyectiles. En Sarajevo murieron más de 11.000 personas durante el cerco de los serbios de casi cuatro años.

La Avaz Twist Tower (Sarajevo) tiene
un mirador panorámico en el piso 35. 
Pasito a pasito, llegamos hasta la Avaz Twist Tower, que domina el distrito financiero con su original diseño, además de ofrecer las mejores vistas panorámicas. Subir a la cafetería, en el piso 35, es gratuito, y el mirador cuesta un simbólico marco. En la cafetería comimos un sándwich y disfrutamos de Sarajevo desde las alturas, con el único pero del humo del tabaco, pues en Bosnia, como en Montenegro y Serbia, se fuma en todos sitios.

Esa noche nos dimos un homenaje gastronómico en Pod Lipom, un restaurante histórico del Barrio Turco, algo así como el equivalente al madrileño Casa Lucio. El comensal internacional de más renombre es Bill Clinton, y así lo recuerda el orgulloso dueño, que sonríe junto al expresidente estadounidense en una foto que cuelga de la pared.

martes, 26 de julio de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (I): Croacia y Montenegro

(Más Mediterráneo: Costa Amalfitana, las islas de Sicilia y Chipre)

Visité Croacia hace diecinueve años, apenas dos años después del fin de la guerra que la convirtió en Estado independiente. Las heridas del conflicto eran evidentes en calles y edificios destruidos y hasta en letreros de ¡Peligro, minas! en Plitvice. Incluso así era un país deslumbrante.

Tejados rojos, muralla y mar, estampa
típica de Dubrovnic (Croacia).
Este mes de julio he vuelto a Croacia como punto de partida y final de etapa, en un tour de quince días por lo que fue Yugoslavia. Aterrizamos en Dubrovnic, ciudad Patrimonio de la Humanidad, el sábado, día 9, a la una de la tarde. Nos reciben el calor y la cola para cambiar dinero, pues Croacia ingresó en la Unión Europea pero no en el euro. No es un país barato, pero salvo Dubrovnic y Split, los precios son más bajos que en Madrid. La moneda croata es la kuna, y para convertirla hay que dividirla entre siete. Por ejemplo, el autobús al centro cuesta 40 kunas; unos 5,7 euros.

En la ciudad amurallada de Dubrovnic
se rueda la serie 'Juego de Tronos'.
El bus llega en media hora hasta Pile Gate, justo en la puerta de la muralla, donde hay información turística, taxis, tiendas y decenas de guías que, en todos los idiomas, venden excursiones, paseos a pie, en kayak, salidas en barco hacia calas solitarias... Cogimos un taxi (100 kunas) al hostel Villa Paola di Rosa, que fue un convento. Nos recibe una monja que chapurrea español y nos sorprende la amplia habitación, con balcón al patio central, sin tele pero con wifi súper rápido. Un hotel recomendable, a quince minutos del centro peatonal, eso sí, hay que bajar muchos escalones, por callejuelas encaladas de blanco, llenas de flores.

Playa de piedra en un saliente rocoso en la
muralla de Dubrovnic (Croacia).
Atravesar el foso y franquear la muralla de Dubrovnic es una experiencia indescriptible. Por muchos turistas, guías y vendedores de fruslerías que hayas de evitar, el recinto medieval, íntegramente cercado por el muro de piedra salvo la parte que da al mar, es de una belleza inusual. Calles de mármol, edificios renacentistas y barrocos, el Adriático a sus pies, el convento franciscano, la sinagoga, el Palacio del Rector, la torre del reloj, San Blas, la columna de Roland, la fuente de Onofrio... Todo en la majestuosa Dubrovnic parece un decorado, pero es a la inversa: en esta ciudad fortificada de tejados rojos se graba Juego de Tronos.

Eran casi las cuatro de la tarde y estábamos hambrientos, así que comimos lo que pudimos en una terraza en la calle principal, sólo apta para guiris o quienes vayan a deshoras. Luego paseamos, tomamos café en el puerto y, al caer la tarde, hicimos el tour por las murallas. Para cenar, probamos en D'Vino unos vinos de la tierra. Yo me decidí por un trío de blancos de Dalmacia, mi compañero de fatigas prefirió un tinto local, más unas dolmades y una tabla de quesos. Todo exquisito, por 227 kunas.

Fortaleza Lovrijenac, vista desde el café-restaurante
Dubravca, en Dubrovnic (Croacia).
Empezamos el domingo, 10 de julio, con un copioso desayuno-brunch en Dubravka, en su terraza panorámica cara al mar. Cesta de panes, mermeladas, zumo, café, te, tortilla con tomatitos y mozzarela, huevos con queso gratinado. Un placer de dioses por 148 kunas. Esa mañana visitamos el monasterio franciscano, la sinagoga, la catedral y el Palacio del Rector. Tras varias horas de tournée, fuimos a Troubador (jazz en vivo) y comimos en la taberna (konoba) Ribar, en un callejón entre la muralla y el puerto, a la sombra de los muros y con el frescor de un gran ventilador. Muy buen precio (260 kunas por rissotto de gambas, calamares a la plancha, vino, café y postre) y excelente wifi.

De cerca, la torre Micena (Dubrovnic) apabulla.
Esa noche nos animamos a efectuar un pequeño recorrido exterior de la muralla, admiramos de cerca el torreón Micena y cenamos en el puerto, en Lokanda Peskarija, en espera de los fuegos artificiales con los que se celebraba el inicio del festival de verano Libertas.

El lunes, 11 de julio, empezó nuestra ruta en coche por la ex Yugoslavia. Recogimos en el aeropuerto un Hyundai blanco, y con él enfilamos hacia Montenegro. Tardamos unos veinticinco minutos por una carretera buena, pero como casi todas, de doble sentido. En la frontera croata piden pasaporte y datos del vehículo; en la montenegrina sólo el pasaporte.

Kotor, ciudad amurallada Patrimonio
de la Humanidad (Montenegro).
Cruzar ambas fronteras nos llevó unos veinte minutos y entramos en Montenegro, una república que ni siquiera pertenece a la UE pero cuya moneda es... ¡el euro! La primera parada fue Risan, para ver unos mosaicos romanos. La entrada cuesta 4 euros y no son gran cosa, el más curioso es el del dios Hipnos. En una terraza arbolada, frente a la bahía, tomamos unas cervezas arrullados por las cigarras. Un tercio de Jelen y una caña de barril por 2,80 euros (lo más barato hasta entonces). De allí me llevé dos picaduras de algún insecto.

Comida frente a la catedral de Kotor (Montenegro).
Llegamos a nuestro destino, Kotor, a las dos de la tarde. Nos costó hallar los apartamentos Bjelica porque no tienen letrero, pero se nos pasó el apuro al ver el bonito apartamento y la enorme terraza frente a la bahía. Si en Croacia hacía calor, en Montenegro aún más. Aun así, caminamos diez minutos hasta el centro, amurallado y Patrimonio de la Humanidad, y comimos en una terraza.

Catedral de Kotor (Montenegro),siglo XII.
Con el estómago lleno, visitamos la catedral, del siglo XII (es más bonita por fuera que por dentro), y recorrimos las callejuelas y placitas, siguiendo con la vista alzada cómo la serpenteante muralla medieval se encaramaba por el monte. Kotor es tan turística o más que Dubrovnic y está llena de cruceristas, que pululan por doquier. 

El martes, día 12, salimos a explorar Montenegro: primero en coche hasta Petrovac, a unos 40 kilómetros por la carretera de la costa, bastante saturada de coches.

Bonita y plácida playa de Petrovac (Montenegro).
En Petrovac hicimos lo que se hace en las playas, es decir, tomar refrescos frente al mar, leer (en mi caso, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de mi japonés favorito, Haruki Murakami), comer bajo un enrejado de parra (queso en aceite, pescado, pulpo a la brasa, vino, por 39 euros), y sestear, instalados en un murete bajo un árbol, a diez metros del agua.

Ciudadela de Budva (Montenegro).
Por la tarde, de regreso a Kotor, nos detuvimos en Budva, otra ciudadela amurallada junto al mar, surcada por calles y casas de piedra, igualmente turística y calurosa. Estuvimos allí menos de dos horas, pues temíamos encontrar caravana para llenar a nuestro apartamento.

También esa noche paseamos hasta el centro de Kotor para despedirnos de la ciudad (y, por fortuna, de sus cruceristas), con unas cervezas y una improvisada y tardía cena a base de pizza y patatas fritas.