sábado, 6 de enero de 2018

Artabán, el cuarto rey mago

(Más sobre los magos de Oriente y sobre la Navidad)
Firma invitada: Luis Fermín Moreno


Artabán, el cuarto rey mayo es una leyenda de los primeros siglos cristianos que con el correr de los tiempos arraigó sobre todo en Rusia. En siglo XIX se hizo popular también en Estados Unidos gracias a un relato publicado por el pastor Henry Van Dyke titulado El otro sabio, del que se han hecho varias películas.
Existen dos versiones de la leyenda. En una de ellas, Artabán es detenido al tratar de intervenir en la matanza de los Santos Inocentes, y permanece en la cárcel hasta el día de la Crucifixión de Jesús. En la otra, el mago pasa su vida tras las huellas de Cristo y lo encuentra precisamente en la cruz. El final es, pues, el mismo.

Los tres magos, de la misma raza (mosaico del s. VI).
En los textos bíblicos canónicos sólo hay una referencia a los  magos, en el evangelio de San Mateo ("Vinieron unos magos de Oriente a Jerusalén y preguntaron: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo").

Solo se dice que eran magos, esto es, sabios. No se menciona su número ni sus nombres. En Armenia se aseguraba que eran doce. En la Roma paleocristiana de las catacumbas, dos. En el siglo VI, los magos eran tres de la misma raza, como atestiguan algunos mosaicos de iglesias bizantinas. En la Edad Media se les dio el título de reyes. Y desde el siglo XVI se les representa con distintas razas y edades.
'Viaje de los Magos' (J. Tissot, siglo XIX). Desde
 el siglo XVI los magos son tres de distintas razas.
Se dice que fue Santa Elena en el siglo IV (por entonces aún no santa) quien halló las tumbas de los magos. La madre del emperador Constantino realizaba excavaciones en Jerusalén y alrededores en busca de restos de los primeros cristianos. Encontró la Veracruz de Cristo, el santo Sepulcro y los huesos de quienes decidió que eran los magos.

Los cuerpos hallados por santa Elena eran tres y así se estableció que los magos eran tres. Primero fueron trasladados a Constantinopla, y de allí a Milán, donde permanecieron hasta 1162, cuando Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico, arrasó Milán y decidió llevárselos a Colonia, en cuya catedral reposan desde entonces.

Leyenda de Artabán, el cuarto rey mago
Melchor, Gaspar, Baltasar y Artabán eran cuatro ilustres magos de Oriente a los que les fascinaba observar las estrellas. Los cuatro magos descubrieron una estrella diferente al resto. Tras varios estudios, llegaron a la conclusión de que esa estrella les marcaba un camino que terminaba en Belén, lugar en donde estaba a punto de nacer el niño Jesús. 
Los cuatro magos decidieron partir de inmediato y acordaron reunirse junto al zigurat de Borssipa, en Babilonia, para ir todos juntos. Melchor llevaría oro. Gaspar, incienso, y Baltasar, mirra. Artabán decidió llevar como regalo un saquito lleno de piedras preciosas, entre las que destacaban un diamante de la isla Méroe que neutralizaba los venenos, un trocito de jaspe de Chipre como amuleto de la oratoria y un rubí de las Sirtes para alejar las tinieblas que confunden al espíritu.
Pero, de camino al zigurat, Artabán se encontró a un anciano pobre y enfermo. Conmovido, se detuvo a cuidarlo y le entregó el diamante. Cuando llegó al punto de encuentro, los otros magos habían partido hacia Judea. Él fue detrás, siguiendo la estrella, pero al llegar allí, se encontró con un panorama desolador: no había rastro de sus compañeros, el Niño ya había nacido y sus padres habían huido a Egipto para escapar de la matanza ordenada por Herodes.
Artabán no se desanimó y siguió buscando a aquel Niño. Por donde pasaba, iba encontrando gente necesitada a la que ayudaba sin dudar. Así, poco a poco, la bolsa con las piedras preciosas iba reduciéndose sin remedio. Treinta y tres años después, un viejo y cansado Artabán llegó a Jerusalén con un último rubí en el saco. Oyó que iban a crucificar en el Gólgota a un hombre que decía ser el mesías enviado por Dios para salvar al mundo. Supo que Aquel era el que llevaba tanto tiempo buscando y decidió ir allí a entregarle el rubí.
Pero, una vez más, de camino se topó con una mujer a punto de ser vendida como esclava y utilizó el rubí para comprar su libertad. Triste y desconsolado, sin motivo para seguir, se sentó en el pórtico de una vieja casa. En ese momento, Jesús expiró en la cruz, la tierra tembló y una piedra golpeó la cabeza de Artabán. Moribundo, el cuarto mago imploró perdón por no haber podido cumplir su misión.
En ese momento, vio a un joven de la misma edad que tenía él cuando comenzó su viaje y que le decía:
-Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste.
-Señor, ¿cuándo hice yo todo eso? -preguntó Artabán, desorientado. 
-Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí, así que hoy estarás conmigo en el reino de los cielos.
Y Artabán expiró, emprendiendo la última etapa del destino finalmente alcanzado.

jueves, 4 de enero de 2018

Cuatro propósitos y un incumplimiento para 2018

(Más sobre ausencias en Año Nuevo y sobre insolaciones)


Saco mi bola de pitonisa para hacer una predicción: cuando el recién estrenado año 2018 se termine de abrochar la cremallera y de por cerrado su periplo estelar habrá sobre mi conciencia un seguro incumplimiento y cuatro – espero - cumplidos buenos propósitos, tan rollizos estos últimos como gordezuelos bebés alimentados con lunas de algodón.

Cuatro propósitos:

-Fantasear con la realidad sin dejar de perseguir las fantasías realizables me parece un propósito ideal para todas las estaciones del año, aunque mi yo leonino codicia los climas abrasadores, la luz cegadora, los vaivenes del verano, la insolación. 

 -Evaluar la impotencia ajena con algo menos de severidad de la que empleo al tomar la medida de mi propia incapacidad.

-Ligar las ausencias con arcilla y agua pura hasta formar una mezcla tan resistente como el molde de fundición, pero a la vez tan ligera que cada día sea más residual la capa de abandono que dejan las ilusiones sin cristalizar.

-Intermediar entre mi escepticismo y mis ganas de creer para así poder plantar en mi rostro, siquiera sea fugazmente, la mejor de mis sonrisas ilusionadas cuando la infelicidad, propia o ajena, me venga a visitar.

Y un incumplimiento:

-Zambullirme de una vez por todas en el mundo frenéticamente adictivo de los amantes del deporte, los mesías de las gimnasias variadas y los sacerdotes de las disciplinas estoicas de comunión cuerpo-mente-alma. Sí, estoy bastante segura de que este año 2018 tampoco comenzaré a hacer deporte.

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domingo, 31 de diciembre de 2017

‘Mujercitas’ en el cine (y III)

Firma invitada:
Luis Fermín Moreno

A priori, una novela de 500 páginas tan rica como Mujercitas posee materia prima para varias películas de dos horas de duración muy diferentes unas de otras. Pero sucede que las versiones fílmicas se parecen más entre sí de lo que se asemejan a la novela original y así, a través de la imagen, se ha acabado construyendo una versión paralela del mundo de las cuatro hermanas March.

'Mujercitas', una de las grandes novelas de EEUU.
La segunda mitad del libro de Louisa May Alcott dedica numerosas páginas a la vida conyugal de Meg y John. Para Alcott, el matrimonio no era precisamente un cuento de hadas y quizá por ello su protagonista Meg, una vez casada, vive en un hogar modesto con dificultades para que reinen el orden y la limpieza. Al principio, el perfeccionismo de la joven esposa impide a la pareja asentarse en una rutina vivible. Después, absorbida por sus mellizos, Meg desatiende a John y el lector aprecia que, sin los consejos de la madre, las cosas acabarían mal. Son peligros reales que Alcott trata sin concesiones sobre el fondo, pero con una buena dosis de humor. Alcott juzga los deberes de Meg tan dignos de interés como la muerte de Beth, el viaje de Amy o las tormentas de Jo.

En el cine, Meg casi deja de existir cuando se convierte en la señora Brooke. A diferencia de la novela, las películas sostienen la ficción de que el matrimonio es el último acto de la vida, antes de la muerte. Las tres adaptaciones terminan con la entrada triunfal de Friedrich Bhaer, el futuro marido de Jo, en la casa de los March, y eluden el último capítulo del libro, en el que Alcott dibuja el balance de las tribulaciones de la familia hasta el sesenta cumpleaños de la madre. Louisa veía absurdo sobrestimar el matrimonio y no le faltaban cosas que decir sobre su funcionamiento. Pero los cineastas no le dieron voz ni palabra en este asunto.

Jo March y el profesor Bhaer ('Mujercitas', 1994).
Las películas ponen el acento en las aventuras prenupciales de los personajes, con lo que algunos anacronismos se hicieron indispensables desde la primera versión. Por ejemplo, en las tres películas, Jo va a la ópera sola con el profesor Bhaer, mientras que en la novela les acompaña, lógicamente, una carabina. Todas las películas dan al flirteo entre Jo y su futuro marido una tonalidad más erótica que la novela. No hay película sin intento de beso y es en la reticencia al beso donde se halla la referencia a las rígidas costumbres victorianas. En este aspecto, hay una diferencia de grado, que no de naturaleza, entre Armstrong y sus predecesores.

La actual Orchard House se conserva casi idéntica a
como era en la época en que Louisa May Alcott vivió
en ella y donde transcurre su novela 'Mujercitas'. 
Un tercer cambio estándar aportado por el cine a Mujercitas concierne a la cronología del acercamiento entre Jo y el profesor. En el libro, Jo va a Nueva York para evitar la declaración de amor de Laurie. Presintiendo que éste no es el marido que necesita, ella intenta evitar la pena a su amigo. Desde su llegada a la casa de la señora Kirke, Jo se interesa por el intelectual alemán que vive allí. Cuando deja Nueva York para pasar el verano con su familia y Laurie le pide matrimonio, ella lo rechaza con pleno conocimiento de causa pues el encuentro con Bhaer le confirmó las aspiraciones confusas que sentía desde antes.

Jo y Laurie (ilustración de 1868).
En cambio, en las adaptaciones fílmicas Jo parte a Nueva York para consolarse de haber roto el corazón de Laurie. Las otras pruebas sufridas por Jo (la decisión de tía March de llevar a Amy a Europa en su lugar, el declive de la salud de Beth) se asocian así en general a su estancia neoyorquina y provocan una conclusión abrupta. Las películas insisten en la vulnerabilidad de la joven provinciana y concentran en su estancia en Nueva York todo el marasmo que la Jo de la novela vive mucho más prosaica y triste en Concord durante los meses previos y posteriores a la muerte de Beth.


De adaptación en adaptación, el profesor Bhaer se convierte en un hombre cada vez más seductor. Mientras que en la primera versión el actor Paul Lukas componía un profesor enternecedor pero ridículo, en la segunda Rossano Brazzi encarna a un relamido.

Sobre estas líneas, Gabriel Byrne encarna al profesor
Bhaer en 'Mujercitas' en 1994, con Winona Ryder.
Foto superior: el Bhaer de 1949, Rossano Brazzi,
es un verdadero relamido.
Por su parte, el Bhaer de los años 90, interpretado por Gabriel Byrne, es guapo, artístico y viril. ¿Por qué esta evolución? La novela Mujercitas se publicó en dos partes, en años consecutivos. Los lectores de la primera parte querían que Jo se casara con Laurie, y aunque Alcott, que se negaba al principio, acabara casando a su heroína, Bhaer siempre fue un intruso a ojos de los fans del libro. Pero como a Hollywood le gustan las parejas chispeantes, la imagen del profesor mejora en cada película. La tercera versión exagera proponiendo al irresistible Byrne, pero al menos es la primera vez que vemos al personaje como lo ve una Jo que se derrite de amor.
 

Examinar con lupa las adaptaciones de una obra literaria conduce inevitablemente a revelar mil divergencias que al lector le parecen gratuitas o irritantes, rara vez excelentes. En el caso de Mujercitas, que no perderá nunca su engañosa etiqueta de libro para niñas, el mayor peligro de una adaptación es caer en el sentimentalismo y, en cada intento, hay que temer lo peor. Dos de las tres versiones supieron evitarlo y encontraron soluciones inteligentes para explicar en imágenes la saga de las hermanas March. 

sábado, 30 de diciembre de 2017

‘Mujercitas’ en el cine (II)

Firma invitada:
Luis Fermín Moreno

'Mujercitas' en la versión del año 1994,
dirigida por Gilliam Armstrong.
 La tercera versión cinematográfica de Mujercitas fue rodada para Columbia por la directora australiana Gilliam Armstrong en 1994. Aceptó el proyecto impulsada por la misma motivación pedagógica que tuvo Louisa May Alcott (1832-1888) al escribir la novela. Si la autora se dejó convencer por su editor Niles en parte porque remediar la carencia de buenas historias para niñas le parecía una causa honorable, la cineasta pensaba que su película paliaría la escasez de buenos filmes para adolescentes.

Christian Bale encarna a Laurie en 'Mujercitas' (1994).
En esta versión es Winona Ryder quien da vida a Jo March. Como en el caso de Katharine Hepburn, su interpretación debe buena parte de su exuberancia a las afinidades entre Alcott y la actriz. Educada por unos padres bohemios que vivieron un tiempo en una comuna, Ryder podía simpatizar con la Alcott que conoció la experiencia de Fruitlands. Por primera vez, el problema de la pubertad de Amy se resuelve cambiando la actriz: Kirsten Dunst es la Amy de 10 años y Samantha Mathis, quien corteja y se casa con Laurie. 

Orchard House (Concord), hogar de Louisa May Alcott.
Cuando se estrenó la película, la crítica insistió mucho sobre el desfase entre la meticulosa reconstitución histórica del viejo Concord y la franqueza cruda y moderna de Marmee y algunas de sus hijas. Pero igual que en las versiones anteriores se escapaban ocasionalmente registros demasiado modernos por descuido o por demagogia, se aprecia claramente que la modernización de ésta es fruto de una opción ideológica.

Los diálogos beben de diversas fuentes externas a la novela: los diarios de Louisa May, escritos con un tono mucho más libre -a veces feroz o cínico- que sus novelas, y sin duda una selección de varias autoras feministas posteriores. En consecuencia, la madre, Marmee, interpretada por Susan Sarandon, es una mujer lo bastante serena y firme en sus convicciones para expresar abiertamente opiniones políticas perfectamente anodinas hoy. Y, para acentuar el contraste entre pioneras y eternas esclavas, Meg (Trini Alvarado) hace el papel de mirlo blanco junto a su madre.

Cartel de 'Mujercitas' (1994).
Quitar a Jo y a Marmee la mordaza que Alcott se vio obligada a ponerles, e incluso extrapolar un poquitín, puede justificarse. En 1868, fecha de publicación de la novela, la mayoría de padres no estaba dispuesta a poner a la familia Alcott como modelo para sus hijos, y en parte por eso Louisa May hizo deliberadamente de las March una familia más ordinaria que la suya. Adjudicar a Jo la impertinencia de Louisa es un juego al que juegan desde siempre los seguidores de Alcott. En cuanto a los arreglos de los diálogos de Marmee, son en realidad bastante menos anacrónicos de lo que se escribió en su día. Casi todo lo que figura en los pequeños sermones añadidos a su papel se puede encontrar en la tradición feminista de la Nueva Inglaterra del siglo XIX.

Winona Ryder, la Jo March de 1994.
Las libertades de la cineasta que más disgustan a los especialistas en Alcott son de otro orden. Hacia el final de la película, Jo recibe las pruebas de su primer libro y la página de guarda informa al espectador de que Mujercitas ha sido publicada en Nueva York por James T. Fields. Por un lado, el célebre editor casi acaba prematuramente con la carrera de Alcott cuando declaró un día de 1853 que la escritora no tenía futuro literario. Por otro lado, como todos los grandes editores de la época, Fields estaba radicado en Boston y no en Nueva York.

Podemos suponer que el traslado del lugar de publicación pretende señalar la amplitud del triunfo de Jo/Louisa: ser publicado en Nueva York es el equivalente moderno a ser publicado en Boston en 1868. Pero si se trataba simplemente de que el público entendiera esto, lo lógico habría sido adjudicar a Jo un editor prestigioso actual, ya que para el espectador de hoy Fields es tan desconocido como el auténtico editor de Alcott, Roberts Brothers.

(Continuará....)



jueves, 28 de diciembre de 2017

'Mujercitas' en el cine (I)

(Ver también 'Navidad de Mujercitas'

Firma invitada:
Luis Fermín Moreno
@fathermarch


Louisa May Alcott, autora de
la novela 'Mujercitas'.
La BBC ha estrenado esta Navidad la última versión para la pantalla de Mujercitas, una de las grandes novelas de la literatura estadounidense. El cine y la televisión han adaptado en más de una veintena de ocasiones el libro de Louisa May Alcott (1832-1888), desde que Harley Knowles dirigiera la primera película –muda, por supuesto- en 1919. Pero las más conocidas, que aún se siguen emitiendo, son tres: las de George Cukor (1933), Mervyn LeRoy  (1949) y Gilliam Armstrong (1994).

'Mujercitas' (1933), dirigida por George Cukor
y con Katharine Hepburn como Jo March.
 
Primera versión hablada, con Hepburn como Jo March. Fue David O. Selznick quien impulsó la primera producción hablada de Mujercitas en la RKO. Dos guionistas profesionales redujeron el complejo texto a un condensado “filmable”. El primer gran obstáculo era que en 120 minutos no se podía desarrollar más de un papel principal, y en la historia hay cuatro. Así pues, esta película, como las que siguieron, otorga a Jo el papel protagonista y reduce al resto a personajes esquemáticos, de forma que en el cine Mujercitas se convierte en Jo y sus hermanas

Katharine Hepburn, la mejor Jo March.
Selznick tuvo el genio de contratar a George Cukor como director y a Katharine Hepburn como Jo MarchDotada de un carácter difícil y un físico inhabitual, la Hepburn no era todavía una gran estrella, pero fue -y es- la más parecida a la “joven potrilla” que describe Louisa May Alcott. Ambas tenían muchos puntos en común: criadas en Nueva Inglaterra, en entornos feministas, con familias distinguidas y comprometidas. Hepburn era una de las raras actrices capaces, a sus 25 años, de representar convincentemente las distintas etapas de madurez de Jo. Con este director, esta actriz y su piedad sin edulcorar, la película conmocionó a la América de la Gran Depresión.

'Mujercitas (1949), dirigida por LeRoy
con June Allyson como Jo March.
Mervyn LeRoy dirige otra adaptación en 1949. Tras el final de la II Guerra Mundial y la llegada del color al cine, la enternecedora versión de Cukor parecía desfasada. Quince años después de la primera, Selznick se embarca en una nueva película, con June Allyson como Jo. El remake de 1949 fue realizado para Metro Goldwyn Mayer por Mervyn LeRoy, hombre para todo cuyo mayor mérito era haber producido El mago de Oz. Esta versión de Mujercitas resultó mucho más almibarada. Para empezar, la disparidad de edades de las actrices afecta a la credibilidad. Margaret O’Brien (Beth, 13 años en la novela), con 12 años, era la única niña frente a un trío de jóvenes adultas demasiado sexys o camino de la madurez: Elizabeth Taylor con 17 años (Amy, 10 años en la ficción); June Allyson con 32 años (doblaba los 15 de Jo); y Janet Leight, con sus 20 años, interpretaba a una Meg de 16.

June Allyson (Jo) y Peter Lawford (Laurie) en la
almibarada versión de 'Mujercitas' de 1949.
El guión se toma muchas desafortunadas libertades. En la película, Laurie (15 años) se escapa y es herido en la guerra antes de que comience la acción. Como el actor (Peter Lawford, 26 años) no muestra ninguna secuela, la guerra civil parece un divertido pasatiempo para niñatos. Cuando se publicó la novela (1868), apenas tres años después del final de la guerra, aún no se habían cerrado las cicatrices, por lo que Alcott se muestra muy discreta. Se podría disculpar que, como referencia para los espectadores, los cineastas hubieran visto necesario sugerir el contexto de la guerra con detalles distintos de los del libro. De hecho, la crítica Margaret Mackey plantea la hipótesis de que los cineastas necesitan imágenes de la guerra para encuadrar no solo el contexto histórico, sino también la evolución moral que en la novela vehicula El progreso del peregrino, obra del autor del siglo XVII Paul Bunyan. Pero, si tal era el objetivo de la fuga de Laurie, el efecto logrado es diametralmente opuesto.

Por el contrario, en las otras dos películas las imágenes de la guerra tienen la sobriedad requerida. La de Cukor comienza con una escena en la que Marmee –la madre- ayuda a un anciano a llegar al lecho de su hijo. Sin derramar una lágrima, este padre menciona que otros dos hijos han muerto y uno está prisionero. Esta escena muestra así el heroísmo cotidiano como un valor de Nueva Inglaterra.

Cartel de la película ''Mujercitas' (1949).
La película de LeRoy tampoco toma en serio la aspiración de crecimiento ético de los personajes. Amy es el ejemplo más revelador. Cuando las cuatro hermanas ceden su desayuno navideño a sus vecinos alemanes en la miseria, Amy se las arregla para llevar los pastelitos con el fin de morder todo lo que puede durante el camino. Y, ante los niños demasiado débiles y agradecidos para protestar, se inventa un juego que le permite comer una cucharada de cada tres. Alcott hubiera encontrado obsceno tal comportamiento.

Amy es igualmente egoísta cuando vuelve del extranjero. Uno de sus raros comentarios sobre el viaje es que en Europa la suciedad es realmente pintoresca. Y cuando se disculpa con Jo por haberla dejado afrontar sola la muerte de Beth, da la impresión de regocijarse por haber tenido vía libre para atrapar a Laurie.

De hecho, la versión de LeRoy tiende a aligerar las escenas dramáticas o las alterna con interludios cómicos, de forma que la película acaba por parecer mucho más una adaptación de Dickens que la novela de Alcott. Como no hay demasiados personajes bufonescos a mano, LeRoy tira del único que puede estar al límite de la caricatura: la tía March, que aparece desde el principio repartiendo aguinaldos y teniendo un conato de discusión con Jo a propósito del padre.

Amos Bronson Alcott, padre de Louisa May.
En la vida real, la familia Alcott, a causa del angelismo congénito del padre, Amos Bronson Alcott (1799-1888), tuvo que pedir ayuda con frecuencia a parientes adinerados, y los ecos de esa humillación recorren la novela. No obstante, la escena inventada por LeRoy pretende explotar el talento de Lucile Watson, que campa por la pantalla como una Rottenmeyer impecable. 

(Continuará...)