sábado, 17 de septiembre de 2016

'El lector del tren de las 6.27', la literatura que cura

(Más sobre literatura y opresión: Un buey enorme pisa mi lengua)

He llegado a la última página de El lector del tren de las 6.27 y solo al cerrar las tapas he dejado salir el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me siento aliviada por un final que no decepciona, pero también me da pena que la lectura se haya acabado. Es una novela corta, apenas 195 páginas en la edición de bolsillo de Seix Barral. Su autor es el francés Jean-Paul Didierlaurent, de cierta fama en su país por haber ganado varios premios de relatos, pero que se estrenó en la novela con esta historia de gente corriente que abriga mundos interiores extraordinarios.

'El lector del tren de las 6.27',
novela de J-P. Didierlaurent.
He leído este libro en el metro camino del trabajo, pero lo he hecho en silencio, al contrario de las lecturas en voz alta que realiza el protagonista, Guibrando Viñol, mientras se dirige a la espantosa planta de reciclaje de papel donde trabaja. El arranque de la novela es opresivo, ya que el lector del tren de las 6.27 pasa el día supervisando la Cosa: la máquina que tritura los libros tirados al reciclaje.

Gibrando odia su trabajo porque destruye lo que más ama, detesta a su jefe y abomina de su compañero psicópata (destroza libros con fruición), vive al borde de la náusea perpetua, ha perdido el sentido del gusto, alquila un estudio mínimo con la única compañía de un pez rojo. Lleva años mintiendo a su madre y solo tiene dos amigos: un exalcohólico mutilado por la Cosa y un vigilante que siempre habla en verso. Una sombra kafkiana y orweliana domina la primera mitad del libro, que se lee con el temor a una desgracia, un accidente, un suceso sobrenatural, mientras vamos descubriendo los mundos del minúsculo grupo.

La aparición de un pendrive y de dos hermanas que viven en una residencia de ancianos arrojará algo de luz a las vidas de los protagonistas, de forma que el asco va menguando y la esperanza comienza a erosionar esa fortaleza totalitaria que cerca a Gibrando.

J-P. Didierlaurent, francés, autor
de 'El lector del tren de las 6.27'.
En mi opinión, El lector del tren de las 6.27  tiene un protagonista indiscutible y no es Gibrando, sino la literatura. Es la literatura, la escritura, la palabra, el relato. Eso es lo que une a los personajes, lo que los ilusiona y los salva, ya sea de la Cosa (a Gibrando), de la implacable soledad (al vigilante), de la pérdida de las piernas (al exalcohólico Giuseppe), de los lúgubres lavabos públicas que limpia (a Julie, la dueña del pendrive), de la antesala de la muerte que es el abandono (a los ancianos de la residencia).

Me gusta cómo escribe Jean-Paul Didierlaurent, parece que no le costara trabajo, lo que sin duda significa que le cuesta mucho. Quizá a ello ayude la buena traducción de Adolfo García Ortega, sin la cual tal vez no saborearíamos tanto la mezcla de humor negro y dulzura que contiene el libro. Sin esos dos elementos, la atmósfera de humillación y deshumanización sería insoportable. Entiendo que la novela, publicada en 2014 en Francia, tuviera repercusión internacional, pues la historia engancha, Gibrando intriga y el estilo es cuidadoso con el verbo y la adjetivación.

Muchas gracias, Maite, por este descubrimiento tan agradable y provechoso.

sábado, 10 de septiembre de 2016

La muerte y su Danza Macabra en Kermaria-en-Isquit



Pórtico de los apóstoles (Iglesia de
Kermaria-en-Isquit, Francia).
Impresiona entrar en la iglesia de Kermaria-en-Isquit, en las proximidades de Saint-Brieuc (región de Bretaña), la única iglesia de Francia cuyas paredes están decoradas por una Danza Macabra.

Estuve allí en agosto de 2001, en unas vacaciones de casi veinte días por toda Bretaña y Normandía durante los cuales la inestabilidad climatológica fue la única sombra. En esos años, todavía usaba una cámara fotográfica de carrete y, revisando fotos esta tarde, he descubierto que aún me pongo un pantalón que paseé por el Mont Saint Michel recién estrenado hace más de quince años.


Apóstoles en pórtico de Kermaria-en-Isquit.
Estas precisiones temporales son muy adecuadas para hablar del objeto al que va dedicado este post: los frescos de la Danza Macabra de Kermaria-en-Isquit. La iglesia de Kermaria fue construida en el siglo XIII y ampliada en el XV, es pequeña y oscura aunque de techo alto, con un portal de piedra donde se enseñorean las estatuas de los apóstoles.


Frescos de la Danza Macabra (Kermaria-en-Isquit).
Pero todo el mundo va a Kermaria para admirar los frescos de la Danza Macabra (siglo XV), una escena sobrecogedora, sin interrupciones, que a modo de friso recorre las paredes de la nave. Las pinturas murales son las originales, realizadas entre 1488 y 1501, y en ellas se muestra a 47 personajes, alternando cadáveres descarnados y gentes de todos los  estamentos sociales, desde un arzobispo a un rey, un príncipe, un obispo, un burgués, un caballero, un monje cartujo.


Mujer en la Danza Macabra (Kermaria-en-Isquit).
Hay una sola excepción en este ritmo inmutable de personajes: una mujer baila dando una de sus manos a un médico y la otra a un banquero. Como si la muerte a ella no la atrapara. Justo al lado, un mendigo pide limosna mientras los amantes se alejan entre dos muertos. Todos cogidos de la mano en un baile sobrecogedor que a todos iguala: el de la ineludible muerte.

El arzobispo y la muerte (Kermaria-en-Isquit).
En su origen, debajo de cada personaje había un poema escrito, de los que solo seis son legibles en la actualidad. No comprendo el significado preciso de cada verso (están escritos, claro está, en francés antiguo), pero sí el mensaje, y a ello ayuda que los seis pomas, de ocho versos cada uno, acaban con una frase que deja poco margen a la interpretación.



Por ejemplo, el Cardenal concluye: “Toute joyce finie en tristesse” (Toda alegría acaba en tristeza), un Muerto advierte: “Le plus riche n'a qu'un linceul” (El más rico sólo tiene una mortaja), el Rey lamenta: “A la fin faut devenir cendre” (Al final todo se convierte en ceniza), otro Muerto se encara con un Patriarca: “Folle espérance déchoit  l'homme” (La loca esperanza derrota al hombre).
   

La procesión mortuoria de Kermaria es una gran sátira social que retrata a la muerte como elemento unificador de la humanidad, con independencia de cualquier tipo de escala económica, estamento o grupo social. La Danza Macabra es un género literario y artístico que se hizo muy popular al final de la Baja Edad Media, aunque se extendió hasta los siglos XVIII y parte del XIX, normalmente coincidiendo con periodos de graves hambrunas o enfermedades.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (IV): Zagreb, Zadar y Split

(Etapa anterior del viaje: Belgrado, joya por descubrir)

Martes, 19 de julio. Nos vamos de Serbia: han sido dos días intensos en los que hemos recorrido Belgrado y hemos descubierto que es una ciudad para regresar.

Zona peatonal de terrazas en la ciudad
alta de Zagreb (Croacia).
Nuestra siguiente parada en el viaje es Zagreb, la capital croata, a la que se llega cómodamente por autopista de peaje. El único pero es el paso de la frontera, donde tardamos más de media hora y aún tuvimos suerte, ya que la fila de camiones en dirección Croacia y de coches en dirección Serbia era enorme. Me tengo que recordar que esto es lo que pasa en Europa cuando hay fronteras. Llegamos al hotel en Zagreb sobre las tres de la tarde y dimos un paseo, primero en busca de una oficina de cambio para convertir los marcos serbios en kunas croatas (no logramos canjearlos hasta Dubrovnic) y luego para visitar el Museo Mimara. Pequeño, semivacío pero con algunos cuadros muy bellos, de Caravaggio, flamencos, venecianos e impresionistas.

Ascensión a la Ciudad Alta de Zagreb.
Tras la pinacoteca, emprendimos la visita al barrio alto, que es la parte más antigua, pasando por la estatua del venerado Nicola Tesla, el inventor de la corriente alterna. En Zagreb ya habíamos estado hacía diecinueve años, y sin embargo apenas reconocía las calles, salvo la zona peatonal de terrazas, en particular, la calle Ivana Tkalcica, que desemboca en la catedral.

Catedral de Zagreb (Croacia), siglos XI-XIX.
La catedral católica empezó a construirse a finales del siglo XI y fue modificada por última vez en 1880, tras ser muy dañada por un terremoto. Sus dos esbeltas torres se ven desde cualquier punto de la ciudad. Es muy curioso el antiguo reloj de la catedral, que ahora 'luce' colgado sobre uno de los muros que la rodean, y que hasta 1880 estaba en la fachada. Las herrumbrosas agujas marcan las 7:03, la hora a la que el terremoto las detuvo.

Funicular azul y tejados rojizos (Zagreb, Croacia).
Callejeamos hasta encontrar la medieval Puerta de Piedra, la atravesamos y nos detuvimos en la iglesia de San Marcos, del siglo XIII, con un curioso tejado con dos escudos: el de los reinos de Croacia, Dalmacia y Eslavonia, por un lado, y el de Zagreb, por otro. Luego nos acercamos hasta el mirador para contemplar la panorámica de tejados rojizos y desde allí observar el trajinar del funicular. Caía la tarde cuando descendimos hasta la zona de terrazas, y acabamos la noche dándonos un homenaje en un restaurante de cocina croata cobijado en un patio frente a la catedral.

Iglesia San Donato (Zadar) en el Foro Romano.
Al día siguiente, miércoles 20, nos marchamos de Zagreb rumbo a Split, también por autovía de peaje. Pero antes nos detuvimos unas horas en Zadar, una preciosa ciudad asomada al Adriático, repleta de ruinas de la época romana. Reconocí el paisaje nada más ver la iglesia redonda de San Donato (siglo IX), única de Europa en su estilo.

Interior de San Donato, con columnas
sustentadas en ruinas romanas.
El interior de este templo es completamente circular y en sus cimientos se usaron mármoles, restos de columnas, frisos y hasta capiteles del Foro Romano que rodea al templo. Hace años que rebajaron el nivel del suelo de San Donato, para dejar visibles los restos romanos sobre los que se sustenta, que habían permanecido ocultos durante diecisiete siglos. Una pareja de franceses y otra alemana eran los únicos visitantes, supongo que, como nosotros, sorprendidos por la curiosa amalgama de piezas arquitectónicas de épocas tan diversas. Una escalera conduce al primer piso, desde donde se aprecian bien las reducidas dimensiones de la iglesia y su nave circular.

Descanso en las cercanías del Órgano
del Mar, en Zadar (Croacia).
El Órgano del Mar es quizá la atracción turística de Zadar más curiosa. Es uno de los tres órganos de tubo que existen en el mundo, que son tocados por el batir de las aguas del mar. El funcionamiento es sencillo: al entrar y salir el aire por unos orificios, el aire vibra y produce sonidos. Estuvimos varios minutos al borde del mar en ese paseo escalonado, y nos hubiéramos sentado a escuchar durante más tiempo el reconfortante sonido, pero hacía mucho calor, era ya la hora de la comida, y optamos por tomar un refresco en una terraza bajo los árboles que había enfrente del mar.

Bustos esculpidos (catedral de Sibenik).
Después de comer en Zadar (una pizza apresurada en una terraza de una calle comercial peatonal) y reposar los pies, cogimos el coche hasta la ciudad de Sibenik para ver la catedral, con su bella fachada esculpida donde lucen los  más de 80 bustos de personajes de la época (patronos, comerciantes o prohombres que dieron dinero para levantar a catedral) y unas delicadas esculturas de Adán y Eva desnudos, junto a sendos leones. Estos Adán y Eva disputan a los de la catedral de Trogir el título de "primeros desnudos" del arte croata.

Peristilo del Palacio de Diocleciano (Split, Croacia).
Oscurecía cuando entramos en Split y era noche cerrada cuando por fin llegamos a nuestra habitación del hotel Jupiter, situado dentro del Palacio de Diocleciano. El lujo de alojarnos entre las ruinas romanas nos supuso: a mí, más de media hora larga con el coche parado en doble fila a la entrada del párking público del Palacio (completo) y la reprimenda de un guardia; a mi compañero de fatigas, esa media hora larga buscando el hotel por los intrincados callejones repletos de cruceristas, y volver con un chico del hotel que, amablemente, acarreó nuestras maletas hasta el establecimiento mientras, nosotros dos, llevábamos el coche hasta el párking de la estación de tren, a unos setecientos metros.

Sarcófagos y columnas romanas,
Peristilo Palacio de Diocleciano (Split).
Con todo, la caminata de ida y la de vuelta, el sofoco, todo mereció la pena por dormir durante tres noches en el corazón de esa ciudad viva que es el increíble Palacio de Diocleciano, de 1.700 años de antigüedad. Al lado del Templo de Júpiter, a unos pasos del Peristilo, desayunando junto al muro del Baptisterio, el tiempo parecería detenido si no fuera por los cientos de turistas que pululan sin descanso por las estrechas callejuelas de Split. El precio de viajar en el tiempo.

(El viaje continuará en Split, Trogir y regreso a Dubrovnic)

lunes, 22 de agosto de 2016

Caravaggio, las tinieblas y el síndrome de Ulises

(Más sobre Caravaggio y pintura aquí)

Quedan pocos días para ver la exposición Caravaggio y los pintores del norte , en el museo Thyssen Bornemisza (Madrid), donde pueden admirarse doce cuadros (once de autoría irrefutable y otro algo más dudosa) del pintor tenebrista por excelencia, el más pendenciero y maldito, según reza su leyenda negra.

'Chico mordido por un lagarto' (1596), de
Caravaggio. Fundación Longhi, Florencia.
El arte de Michelangelo Merisi Caravaggio (1571-1610) está hecho de tierra y de sangre, transformaba cualquier tema, ser humano, animal u objeto vulgar o indecoroso, en sujeto de arte. No tuvo taller ni discípulos, jamás enseñó a nadie el oficio de la pintura, pero fue imitado hasta la saciedad. Genio demasiado humano, irascible, impredecible, pintó la muerte tanto o más que la vida. Únicamente nos han llegado cincuenta obras suyas, lienzos plagados de tinieblas donde las figuras juegan su parte efímera en el drama del vivir.

'Los músicos' (1591), de Caravaggio. La obra
 es propiedad del Metropolitan de Nueva York.
Pero Caravaggio también pintó como nadie el rubor de las mejillas, la sensualidad de los hombros, la lozanía de los muslos, la carnalidad de cuellos y escotes. Escogía a sus modelos entre la gente de la calle. Efebos, sátiros, santos y santas, apóstoles, ángeles, truhanes, bebedores, prostitutas... todos pueblan sus cuadros en una suerte de asamblea profana con delirios de divinidad.   

'El sacrificio de Isaac' (1594/96), de Caravaggio.
Galería Uffizi, Florencia.
Caravaggio tuvo una existencia muy corta (no llegó a cumplir los cuarenta años), a caballo entre los siglos XVI y XVII. Fue un artista casi autodidacta, inculto para su época, que en vida fascinó y horrorizó a partes iguales, y al que la Historia tuvo en el olvido durante cientos de años. De su vida se conocen bastante bien los hechos más truculentos: miseria económica, enfermedad, reyertas, un homicidio que lo obligó a exiliarse de Roma, la huida a Nápoles, a Siracusa, a Palermo, su muerte en Porto Ercole a causa de la malaria o la sífilis. 

'David vencedor de Goliat' (1600),
Caravaggio. Museo del Prado.
Sabemos que falleció solo y delirando, aferrado con fuerza al único lienzo que aún no le habían robado. En cambio, se ignoran sus inquietudes intelectuales, sus anhelos personales. Algún crítico le ha comparado con un Ulises errante, pero sin un ápice de heroísmo: mientras el rey de Ítaca iba en busca de gloria y de su hogar, Caravaggio huía de la justicia, de los acreedores y de la fatalidad, en una odisea de playas y mares, a solas, tratando en vano de salvar la vida y sus obras. Ansiaba, ante todo, obtener el perdón del Papa a su homicidio para volver a Roma y -quizá- empezar de nuevo.  
  
'El martirio de santa Úrsula' (1610), de Caravaggio
Banca Comercial Italiana, en Nápoles.
La decena de cuadros que se exhiben en el museo Thyssen Madrid son una buena selección de toda su carrera, desde los inicios en Roma hasta los emotivos trabajos de sus últimos años. La muestra se abre con el famoso Muchacho mordido por un lagarto y se cierra con el último cuadro que pintó, El martirio de santa Úrsula, donde Caravaggio se retrató, en la segunda figura por la derecha. Sólo vemos su rostro, el de un hombre atormentado que participa, aunque sea pasivamente, en el martirio de la santa. La crítica ha querido ver este cuadro como un signo de la expiación de los pecados del pintor. ¡Quién sabe!

sábado, 20 de agosto de 2016

Un rabo de nube y un unicornio azul por mi cumpleaños



'Cuento de otoño' (1998), del director
francés Éric Rohmer (1920-2010).
Un rabo de nube.
Un unicornio azul.
Alfonsina antes de entrar en el mar.
Amanda corriendo por las calles mojadas para encontrarse con Manuel.
Jonás, que cumplió 25 años en el año 2000.
Rick Deckart y el replicante de 'Blade Runner'.
La lluvia tras los cristales de Joan Manuel Serrat.
El corazón partío de Alejandro Sanz.
Azul, Blanco y Rojo de Kieslowski (1941-1996).
Dos en la carretera.
Cualquier cuento de las cuatro estaciones de Éric Rohmer.


Rascacielos de Osaka (Japón) desde el mirador
Umeda Sky Buiding (julio 2013).
El café con vistas de la Tate Modern en Londres.
El cruce de Shibuya en Tokio.
El Panteón de Roma.
La Acrópolis de Atenas.
Los menhires de Palaggiu en la isla de Córcega.
La sombra de Nôtre Dame sobre el Sena al atardecer.
Walden Pond y cada centímetro de Manhattan.
Chawton tras los pasos de Jane Austen.
Tetris de rascacielos desde el mirador Umeda Sky Building en Osaka.

Todas esas cosas he visto, brillando a pleno sol o iluminadas al anochecer. Momentos que un día se grabaron en mi retina y que mi mente atesora entre los recuerdos perdurables, esos que cada año son más queridos y que, con cada vuelta de calendario, me sirven de inspiración.

¡Feliz cumpleaños a quienes, como yo, vinieron al mundo un día como hoy! El resto de nuestra vida está al girar en la siguiente esquina.