martes, 10 de enero de 2017

Retratos que apresan el alma

(Más sobre pintoras y sobre retratos)

Me gustan mucho las pinturas de retratos. Me enfrento a ellas como quien intenta resolver un enigma y salgo conmovida de su contemplación, sobre todo cuando se trata de fallecidos hace siglos. Siento que un retrato embalsama a su modelo del mismo modo que el tejido recubre a su momia o la madera pintada maquilla la belleza hierática que yace en el sarcófago.


Retrato de una dama. Detalle (Hans Baldung
 Grien, 1484-1545), en Museo Thyssen Madrid.
El retrato de un muerto apresa el alma del que vivió. ¿Quién fue, qué sentía mientras posaba, por qué se hizo retratar?, son preguntas lógicas ante cualquier retrato. La curiosidad humana no tiene límites, y a mí en seguida me surgen interrogantes: ¿fue feliz?, ¿tuvo posibilidad de elección?, ¿fantaseó con la posteridad?, ¿temía a la muerte o le asustaba más la vida?, ¿habría cambiado su collar, el vestido o el traje; habría usado bastón o descruzado las piernas de haber sabido que equis años o siglos después yo estaría escudriñando su retrato en un museo? Imposible saberlo. 

'Magdalena penitente' (El Greco,
en el Museo de Bellas Artes Budapest).
Los ojos y las manos son mis partes favoritas de cualquier retrato. Sostener la mirada frente al pintor o al espectador, o rehuirla me parecen gestos igual de significativos, y la colocación y el cuidado de las manos lo dicen todo del retratado y del retratador. El Greco es mi pintor de manos favorito, con su peculiar forma de dibujar los dedos largos y huesudos, pálidos casi siempre, que parecen llamas vivas que se expanden y arrastran a los cuerpos hacia la acción. 


'Cristo resucitado'. Detalle (Bramantino).
En cuanto a ojos, los del Cristo resucitado, del pintor y arquitecto italiano Bramantino (1465-1530), son sobrecogedores, en sus pupilas se puede ver a la muerte, sin máscara. Esos ojos se han asomado al Más Allá y lo que han visto es pavoroso. Eso es lo que me transmite este retrato, propiedad del Museo Thyssen de Madrid. Su autor nos legó uno de los Cristos resucitados menos triunfantes de la muerte que se puedan encontrar; un Cristo con heridas en manos y rostro, aunque sin sangre ni señales de violencia en el cuerpo.

'La condesa de Vilches' (Federico
de Madrazo, en Museo del Prado).
La condesa de Vilches (1822-1874), obra de Federico de Madrazo, es el epítome del retrato romántico español y la obra más emblemática de las colecciones del siglo XIX del Museo del Prado. Sus ojos, su nariz, sus labios, su frente, su peinado…todo en ella es perfecto y apacible. Es una de las  pinturas frente a la cual me pregunto si fue feliz. Sabemos que fue una relevante figura de la vida cultural de Madrid en el siglo XIX, organizaba obras de teatro y veladas literarias muy frecuentadas por artistas e intelectuales Probó suerte como escritora  y publicó dos novelas: Ledia y Berta. Era amiga de Federico de Madrazo, y por eso pagó por este retrato 4.000 reales, la mitad de lo que el artista solía cobrar.

'Niño con un cesto de frutas' (Caravaggio).
Los ojos vivos, negros y penetrantes del Niño con un cesto de frutas que pintó Caravaggio retan al espectador con tanta carga sensual como la que muestran sus hombros desnudos o la prodigalidad de las frutas que aprieta contra su pecho. Caravaggio demuestra cuán poco importa si los retratados son conocidos o imposibles de identificar, guapos o feos, altos o bajos, visten costosos ropajes, se cubren con harapos o se exhiben en toda su desnudez. Lo que importa es la emoción.

'La Gioconda' (Leonardo da Vinci).
Los ojos sin cejas de La Gioconda resultan tan enigmáticos como su sonrisa o la identidad de la retratada, comúnmente aceptada como Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo. Lo cierto es que es el cuadro más famoso del mundo, la joya del Museo del Louvre de París, la última gran obra de Leonardo da Vinci y una de las pocas que tenía consigo cuando murió en su mansión cerca de Amboise. Cuando miro sus ojos, veo a un hombre, no a una mujer. Pero eso no le resta un ápice de magnetismo ni de belleza casi, casi sobrenatural.

martes, 3 de enero de 2017

María, Epifanio, Manolo: nos hacéis falta

(Más sobre despedidas y alguna que otra añoranza)

Empezar el año 2017 con un post dedicado a la muerte puede parecer poco afortunado, como si el voltear de las hojas del calendario tuviera que hacerse manteniendo la jarana carnavalesca que caracteriza a las Navidades en esta época nuestra de hiperconexión y comilonas celebratorias. Pero no lo es. Sucede que también en fiestas se muere la gente, y por consiguiente su recuerdo siempre irá asociado a estas fechas.

Con mi abuela María
a finales de los 70
.
El 31 de diciembre de 1997 falleció mi abuela María Mancilla Mérida (1914-1997), la única que conocí siendo yo niña, joven y adulta; la única de mis abuelos de la que tuve tiempo de aprender y a la que tanto me empiezo a parecer. No por su pequeña figura, siempre vestida de negro, marrón o gris; ni por su pelo primero grisáceo y en seguida combinación de blanco y gris; tampoco por su prematuro y voluntario apartamiento del fragor cotidiano. Pero sí en muchas cosas que me guardo para ella y para mí, y de las que un día desearía fervientemente que pudiéramos conversar juntas las dos. Hablar de mis sueños y de sus dolamas, con aquella complicidad que teníamos en su casita del callejón del Ventorrillo durante las tardes en que me iba allí a estudiar, más por estar con ella que por aprender la lección.

Epifanio Moreno en la finca
familiar 'Locuras' (21-03-2009).
 
El 29 de diciembre de 2010 falleció  Epifanio Moreno Perea (1930-2010), maestro de escuela que desde 1950 y durante 44 años ejerció la docencia en numerosos pueblos de la provincia de Ciudad Real. Fue también concejal, tesorero de ayuntamiento, fiscal y juez suplente. Tuvo la historia de su pueblo (Torrenueva), la fotografía, el dibujo y la escritura como aficiones, y a su familia y a sus alumnos como sus devociones. Fue un hombre de bien y de paz, cuya obra más cuajada son sus hijos, a quienes educó escuchando con paciencia, sugiriendo, sin hacer reproches, mostrando su honestidad, dándoles libertad para equivocarse. Profundamente espiritual, enseñó a los suyos a vivir la vida con pasión y a comprometerse con ella. A actuar, en suma, como actúa un hombre de fe.

Manuel de Unciti (1931-2014).
El 3 de enero de 2014 falleció Manuel de Unciti y Ayerdi (1931-2014), periodista, escritor, cura y misionero que trabajó en el histórico diario Ya y capitaneó varias revistas religiosas desde los años sesenta. Un hombre bueno, fiel y comprometido hasta el final. Manolo, como le llamábamos, fue maestro de periodistas y dirigió durante casi medio siglo en Madrid la residencia de estudiantes Azorín, hoy cuna de la Asociación Manuel de Unciti, que ya trabaja para asentar y extender el legado de su vida y de su obra. Hace tiempo que desaparecieron el vetusto chalet y el agreste jardín sede de la residencia Azorín, pero las semillas de sus residentes abonan vidas por donde quiera que van. Manolo, enemigo del adocenamiento y la caja de grillos que es la televisión, sembró en todos ellos el espíritu crítico y el pensamiento libre.

María, Epifanio, Manolo. Los tres al desaparecer nos han dejado un hueco físico que no se puede rellenar y una orfandad anímica y espiritual imposible siquiera de sondear.


sábado, 31 de diciembre de 2016

Doscientos aniversario de la muerte de Jane Austen

(Más sobre Jane Austen aquí y también aquí

Fachada de la casa-museo de Jane Austen
en Chawton (Inglaterra).
En cuanto la Navidad de 2016 de sus últimos coletazos y el nuevo año 2017 empiece a desgajarse en un cómputo de días, semanas y meses, comenzarán los festejos para conmemorar el 200 aniversario de la muerte de Jane Austen (16 diciembre 1775-18 julio 1817). La escritora británica, epítome de la novela romántica y galante, la mejor cronista de las costumbres de la nobleza inglesa del XVIII, madre afortunada de Mr. Darcy (el caballero más deseado por las damas y respetado por los señores), murió antes de cumplir los 42 años, sin saborear del todo las mieles de su éxito.

Escaleras a los dormitorios.
Hay muchos guardianes de su legado, pero la entidad más activa y cercana es la casa-museo de Jane Austen en Chawton (Inglaterra), inaugurada en 1947 y el único hogar de la autora que permanece abierto al público. Para que siga siendo así, se acaba de lanzar el Fondo Jane Austencon el que se pretende recaudar 250.000 libras con las que restaurar y proteger la calificación histórica del edificio. Hasta la fecha se han recaudado unas 42.600 libras, alrededor del 17% del objetivo propuesto. 

Mesa de escribir de Jane Austen
(casa-museo Chawton).
Chawton es un sitio de peregrinaje literario y cultural al que cada año acuden más de 35.000 visitantes de todo el mundo. Jane Austen se instaló a vivir allí en 1809, junto a su madre, su hermana Cassandra y la amiga de la familia Martha Lloyd. La casita de ladrillo rojo, cedida por su hermano Edward sin tener que pagar renta, era un sueño hecho realidad para las Austen, por entonces ya desprotegidas por la ley y la costumbre, que dejaba desamparadas a las mujeres viudas y solteras.

Set de novelas de Austen (casa-museo Chawton).
En Chawton la autora escribió y revisó sus novelas, empezando por pulir Sentido y sensibilidad, que fue aceptada por un editor en 1811. El libro se publicó de forma anónima bajo el epígrafe: “By a lady”. Tuvo dos críticas favorables y Jane ganó 140 libras. Las siguientes novelas, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park y Emma, también anónimas, se publicaron bajo la rúbrica: “De la autora de Sentido y sensibilidad”. 

Placa de Thomas Edward Carpenter en Chawton. 
El Fondo Jane Austen se lanzó hace unas semanas, con ocasión de la conferencia conmemorativa que cada año se dedica a Thomas Edward Carpenter, el fundador de esta casa-museo. Carpenter trabajaba como abogado en Londres en la década de 1940 cuando se enteró de la posibilidad de adquirir la casa donde Jane Austen escribió sus novelas. La compró y la donó en memoria de su hijo, Philip John Carpenter, fallecido en combate en la gerra en 1944.

martes, 27 de diciembre de 2016

Triper, la estudiante de Bachiller que tenía un examen al día siguiente y una señora ministra

(Más sobre José María Triper)

Firma invitada: Maite Cabrerizo
@kalores67



Y alguno se preguntará al ver estas dos fotos, ¿qué relación guarda este hermoso poema con los apuntes del campo gravitatorio? Todo y nada. Nada, si uno coloca el poema en el campo de lo inmaterial, de lo subjetivo, en el campo donde alma y corazón se juntan, como bien demuestra el poeta José María Triper Moreno en su nuevo libro, Luz de gas (Sial Ediciones). Nada, si hablar del campo gravitatorio es hablar de física; para los que somos de letras, de la ley de la gravedad. Direcciones y planos que me desnortan.

Y, sin embargo, tienen todo que ver. Detrás de ese poema hay un hombre que ama, que quiere, que cree, que sueña y que comparte. Que regala palabras, que convierte susurros. Detrás de esos apuntes de letra inocente hay una estudiante de Bachiller que tiembla, que no entiende, que formula y reformula hasta memorizar. Mañana tiene examen. Detrás de ese poema hay una presentación; detrás de esos apuntes un examen… mañana. Y mientras el poeta repasa el verso, la estudiante relee la M de masa y la F de qué sabe qué le dijo el profesor de fuerza. Pero eso será mañana. 

El poeta José María Triper.
Hoy toca cantar. Cantar el verso de Triper. Poner su voz a Civilizadamente, el poema del poeta. Y mientras espera las pruebas de sonido, el juego de luces, la llegada de la gente que ella no conoce, la de una ministra de la que ni ha oído hablar, repasa eso de la F y de la M (de masa o de mierda). Los invitados van llegando al increíble teatro Muñoz Seca. Y habla el editor, y los invitados, y los empresarios y una señora ministra que la cantante no conoce. Y mientras ellos hablan, ella repasa. ¿Qué dijo el profesor? No se admiten más de dos fallos. Subraya con el lápiz. No pinta bien. Ni el lápiz ni el examen, que no hay tiempo.

Enrique Cornejo presenta a José María Triper.
Y ya el presentador anuncia la actuación. Los dos tíos y la sobrina sentados en la penumbra aparecen en el escenario. Con permiso del poeta. Por generosidad del poeta. Y la estudiante se olvida unos minutos de la fuerza de la gravedad para cantar entre la guitarra acústica de Luis y el bajo Marleaux de 5 cuerdas sin trastes que llora como un chelo en las manos de Juanjo la canción de un poema que habla del amor del desamor. Ella no sabe mucho de eso. De desamor, que de amor sí, como es el mimo con el que le arropan sus tíos.


El poeta Triper y la ministra Báñez.
“Es el amor que muere, y muere así, civilizadamente”. Y la voz se apaga, y las luces funden a  negro y Cecilia baja y piensa: "Mañana que no se me olvide decir al profe que vino una ministra, lo mismo me aprueba". En un bolsillo del pantalón lleva la letra de Triper, en el otro los apuntes del profesor. Y hace mutis por el foro. Con los aplausos que le regala Triper, con el cariño de un auditorio entregado. Gracias, Cecilia. Gracias, amigo Triper por este regalo.

P.D. Orgullo de tía y de amiga del poeta, ¡claro!


jueves, 15 de diciembre de 2016

¡Esta Navidad, hagamos voto de inutilidad!

(Más sobre la Navidad y sobre sus afanes)

Firma invitada: Luis Fermín Moreno

'La Virgen, el Niño y santa Ana'
(Leonardo da Vinci, Museo Louvre).
Siempre me ha parecido que lo grandioso de la Navidad es que Dios decide hacerse inútil. Un niño recién nacido, un ser humano sin formar, totalmente indefenso y dependiente. Con todo por hacer en el futuro; pero la inacción absoluta en el presente. Esto, que podría parecer un misterio o un capricho más de las alturas, resulta totalmente lógico en estos días, y hasta reconfortante para encarar con ánimo el próximo 2017, que se anuncia rudo y al que muchos auguran un cúmulo imparable de desgracias en forma de populismos, violencias, insultos, pobrezas, victorias madridistas y otras negruras parecidas.


Lo explica muy bien, sin teologías ni menciones divinas, el filósofo italiano Nuccio Ordine en su breve ensayo La utilidad de lo inútil (Acantilado), que, pese a su título, no tiene desperdicio. El libro está compuesto a manera de florilegio de citas de autores como Petrarca, Kant, Leopardi o Calvino, que son, en realidad, otros tantos buenos propósitos. Todos estos aforismos convergen en una única y clara convicción: los amantes de la literatura y del conocimiento tenemos derecho a rechazar cualquier obligación de rendimiento inmediato, cualquier finalidad puramente práctica.

Lo mismo vale para el progreso: la mayoría de los descubrimientos que han hecho avanzar a la humanidad fueron obra de personas animadas simplemente por su curiosidad, escribió en 1939 el pedagogo estadounidense Abraham Flexner. Y Ordine concluye que es precisamente en los periodos de crisis, en los que triunfan “el utilitarismo y el egoísmo más siniestro”, cuando más hay que reafirmar el valor de los actos que ignoran la lógica del aprovechamiento.

Así que, conservemos esto en mente: el pensamiento es más fecundo cuanto más fútil parece. Es su propia gratuidad la que da valor a nuestras vidas. Relajémonos, ignoremos amarguras y exprimamos bien este año que se quieren ya cargar.

Mirar la sombra de las nubes, ¡bendita inutilidad!
¿Cómo? Mirando la sombra de las nubes; no queriendo mal a nadie; poniendo días oasis en nuestras vidas; vagabundeando al ritmo de nuestros humores; aceptando las desgracias para deshacernos de ellas; ejercitando el libre albedrío; olvidando los relojes; fomentando las ideas absurdas; sacando el jugo a la soledad; estando dispuestos a servir; despreciando la comodidad, el dinero y la reputación… 

 Esta Navidad, ¡hagamos voto de inutilidad… para ser útiles!