jueves, 8 de noviembre de 2018

Otoño de mujeres y poesía en La Mancha


Desde hace veintinueve años, el otoño del pueblo manchego de La Solana, en Ciudad Real, se tiñe de poesía. Inasequible al desgaste del tiempo, a los apretones financieros y a los asaltos digitales, el grupo artístico y literario Pan de Trigo ofrece por estas fechas su particular homenaje a la palabra escrita y leída con la celebración de su certamen poético nacional.

Las mujeres de La Solana, protagonistas del
XXIX certamen poético Pan de Trigo.
 El XXIX certamen de poesía solanero ha tenido este año un claro protagonismo femenino puesto que, tal y como señaló Isabel del Rey, presidenta de Pan de Trigo, la realidad tiene hoy nombre de mujer.
Los premiados con la mantenedora, Isabel Villalta.
Así que ellas fueron las verdaderas estrellas de la constelación poética que nos cobijó el pasado 3 de noviembre: las propias componentes del grupo literario, mayoritariamente femenino; las 55 “olvidadas” por la historia que mostró un vídeo muy ilustrativo; la mantenedora, Isabel Villalta, escritora de Membrilla (Ciudad Real) y ganadora del certamen del año pasado.

La presidenta de Pan de Trigo (izquierda), durante
 el sorteo de una guitarra que se realizó en el evento.
Y, sobre todo, las 31 mujeres solaneras a las que Pan de Trigo quiso hacer visibles en representación de todas las mujeres que, en silencio y prácticamente ninguneadas, sostienen el mundo. Una tras otra, fueron subiendo al escenario profesionales de la enseñanza, empresarias, médicas, deportistas, limpiadoras, cuidadoras, activistas sociales y, por supuesto, amas de casa de todas las edades, que reivindicaron su trabajo y su valor social.

Aurora Gómez, primer premio de poesía; Isidro Catela
 (a su lado), segundo; y Alberto Ramos, premio de prosa.
El certamen poético ha premiado este año tres obras cuyo lirismo hunde sus pies en la realidad. Así, La cena de los perros, un poema lúcido y descarnado de la autora valdepeñera Aurora Gómez Campos, que da vueltas en torno a la cada vez más inusual dignidad del ser humano, logró el primer premio. El segundo galardón fue para Especies protegidas, del salmantino Isidro Catela Marcos, un texto no menos crudo y al tiempo lleno de compasión sobre los estragos del alzheimerAdemás, y por primera vez, Pan de Trigo estrenó un premio de prosa que recayó en el microrrelato Cien rosarios, escrito por el vallisoletano Alberto Ramos Díaz.

Un año más, queda claro que el Pan de Trigo que mantienen vivo un grupo de animosas amantes de la poesía y el arte, sigue fermentando en la sociedad.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Viaje a Canadá (V) y EEUU: Búfalo, Niágara y últimos días en Canadá


(1ª parte Montreal, 2ª parte Quebec, 3ª parte Toronto, 4ª parte Concord y Boston) 

Orchard House (Concord, EEUU), bañada por la luz
a primera hora de la mañana (agosto 2018).
Viernes, 3 de agosto. Nos despedimos de CONCORD temprano pues ese día tocaba ponerse en carretera para viajar de vuelta a Canadá, pero antes paramos a decir adiós a la todavía cerrada Orchard House. El plan original era hacer el viaje hasta Toronto en una jornada, pero el cansancio pudo más y decidimos dormir en BÚFALO (llevábamos recorridos unos 700 kilómetros). Reservamos en el motel University Manor Street que se anunciaba como céntrico, y de hecho estaba en la calle principal, pero claro, las ciudades americanas son inmensas, calles larguísimas, edificios bajos, casas con porches, jardines… Así que estaba céntrico, pero a veinte minutos en coche del centro “real”.

Museo Albright Knox (Búfalo, EEUU).
Tras coger la habitación nos fuimos directos al museo Albright Knoxque abría gratis hasta las 22 horas por ser primer viernes de mes. Un museo pequeño y muy agradable, con valiosas obras de Cézanne, Ensor, Seurat, Van Gogh o Dalí. Tras el museo fuimos a la zona de ocio nocturno y cenamos en una taquería. Todo el barrio parecía más Nueva Orleans que la idea que yo tenía del norte de Estados Unidos. Vimos muchos coches de policía con sirenas y seguratas en todos los bares.

Al llegar al parking del motel, una mujer fumaba apoyada en un coche (luego vimos que era chófer), una pareja mayor (debían ser los dueños) charlaba en la recepción, unos jóvenes bajaban a llenar la cubitera de hielo (tuvimos cubiteras y cafeteras en todas las habitaciones de hoteles en Canadá y EEUU) y una jauría de mosquitos picoteaba la luz en la puerta de las habitaciones. Como en las películas.

Cataratas del Niágara (parte de EEUU).
Al día siguiente, sábado 4 de agosto, desayunamos deprisa (café, fruta y cruasanes) y nos acercamos hasta las cataratas del NIÁGARA, frontera natural entre Estados Unidos y Canadá. Las vimos desde la parte estadounidense: sin Marilyn Monroe pero rodeados de cientos de turistas llegados de todo el mundo. Hicimos cola para subir hasta el mirador verde desde el cual se aprecia una envidiable vista panorámica de los saltos de agua, y también se coge el ascensor para bajar al pie de las cataratas.

Torre mirador en las cataratas del Niágara.
Nosotros decidimos no subir en el barco ya que había que hacer bastante cola. El día era caluroso, todavía teníamos que cruzar la frontera y llegar hasta Toronto. Así que nos entretuvimos observando durante un rato el ir y venir de los barcos y cómo se movían los puntitos azules de los chubasqueros de los visitantes del lado estadounidense. Los turistas que van en barco en la parte canadiense llevan chubasqueros de color rojo.

Visitantes al pie de las cataratas del Niágara.
Ingresamos en Canadá por la frontera del puente Rainbow, de forma mucho rápida, fácil y barata que cuando, días antes, habíamos cruzado a EEUU (los guardias estadounidenses nos habían parado, fotografiado, tomado las huellas y nos cobraron 50 dólares). En la aduana canadiense únicamente nos preguntaron si transportábamos alcohol o mucho tabaco. Cuando llegamos a Toronto a casa de nuestros amigos caía la tarde y nos esperaba una rica cena y una muy agradable conversación. 

Los siguientes tres días en TORONTO nos los tomamos con más tranquilidad. El domingo, 5 de agosto, paseamos por la bahía, visitamos la galería de arte The Power Plant, comimos en una hamburguesería, vimos el estadio de los Toronto Blue Jays... y descansamos hasta el atardecer, cuando fuimos de pícnic a High Park. El día siguiente estaba reservado para una excursión en coche con nuestro amigo a las cataratas del Niágara. Pero ese lunes, 6 de agosto, era fiesta oficial en el Canadá anglófono, así que había tanta gente queriendo ver las cataratas que ni siquiera pudimos aparcar. En su lugar, fuimos al cercano pueblo de Niagara on the Lake, bonito y pintoresco. 

Galería de Arte de Ontario (Toronto), diseñada
por el arquitecto canadiense Frank Ghery.
El martes, día 7, yo quería visitar la Galería de Arte de Ontario, cuyo edificio diseñó Frank Ghery y con una interesante colección de obras europeas, modernas y contemporáneas. Me gustó mucho el díptico de Andy Warhol sobre Elvis Presley y el arte indígena. En la tienda del museo compramos camisetas con diseños de artistas de las primeras tribus. Para comer elegimos Chinatown y luego tomamos café y deambulamos admirando fachadas y comercios. Toronto es una ciudad realmente multicultural donde se puede hallar queso manchego en St. Lawrence Market y un edificio calcado al Flatiron neoyorquino junto a mansiones de arquitectura europea.

Esa tarde fuimos en ferry hasta el parque de la isla de Toronto, paseamos bajo la amenaza de tormenta y nos refugiamos de la lluvia en una taberna. Cogimos el último barco de regreso y, antes de zarpar, la tormenta ya descargaba au fuerza, pero eso fue nada comparado con la tromba de agua que cayó sobre la ciudad durante más de dos horas y que dejó trenes parados, túneles inundados, cortes de electricidad... Esos problemas seguían a la mañana siguiente, cuando en nuestro camino a la estación de tren Union Station nos desalojaron del metro y tuvimos que caminar bajo la lluvia hasta que, por suerte, encontramos un taxi.

Llegamos a MONTREAL al atardecer con tiempo suficiente para ir a cenar. De nuevo estábamos en la parte francófona de Canadá, nos alojamos en el mismo hotel, el Saint Denis, en pleno barrio Latino, y fuimos en metro a cenar a la zona del Vieux Montreal. Dimos un agradable paseo de regreso al hotel, temprano, porque el día siguiente era el último que pasaríamos en Canadá y queríamos aprovechar el tiempo.

Barrio de Saint Denis (Montreal).
Comenzamos la mañana del 9 de agosto dando un largo y espléndido paseo por el barrio de Saint Denis, lleno de calles con cientos de restaurantes y decenas de cines, teatros y galerías que recuerdan al Quartier Latin de París. Ideal para pasear entre el río San Lorenzo y el Plateau Mont Royal

Fachadas de porte señorial en Saint Denis (Montreal).
Me enamoré de las fachadas, del civismo de la gente que pasea en bicicleta o circula en moto, y me encantó el contraste multicultural de esta ciudad, donde se puede encontrar desde un karaoke coreano a un teatro que ha cumplido 50 años dedicado a la representación de la dramaturgia de Quebec.

Museo de Arte Contemporáneo de Montreal, fugaz
escenario del libro 'El juego de la luz'  (Louise Penny).
También me fascinó seguir las huellas de Louise Penny, a la que ya había perseguido cuando visité Quebec. En su novela El juego de la luz (editorial Salamandra), el inspector Gamache asiste en el Museo de Arte Contemporáneo a una vernissage que conducirá a un asesinato en el pueblo (ficticio) de Three Pines (pero esa es otra historia que contaré en otro post).

Nos despedimos de Montreal con un paseo junto al río bebiendo café y echando un último vistazo a la plaza Jacques Cartier, corazón del Viejo Montreal, con su indeleble sabor francés. Nuestro avión de Air Transat despegaba a las nueve de la noche y habíamos disfrutado cada minuto de ese último día en tierras canadienses.

lunes, 15 de octubre de 2018

Sorpresas y mucho humor en el último libro de Luis Reyes Blanc: 'Retrato de familia', sobre Albacete y los Blanc


(Otros libros de Luis Reyes en este blog)
'Retrato de familia' (Almud, 2018).
Con su último libro, titulado Retrato de familia. Una novela de provincias (editorial Almud), el polifacético periodista, corresponsal de guerra y escritor Luis Reyes Blanc presenta al lector un libro de memorias, como todos, subjetivo, y ofrece “una soberana lección de humor, proximidad, complicidad y ternura al recordar las andanzas de sus ancestros”. Así lo define el también periodista Miguel Ángel Valero en una crítica de la obra publicada en diarioabierto.es (que os animo a leer íntegramente) y en su blog personal elblogdevalero.
La saga familiar y la crónica de provincias se entrelazan aquí con mucha habilidad, resultando en un retrato de la España anterior y posterior a la guerra civil. La provincia es la de Albacete, donde el autor nació en 1945, y la familia son los Blanc.
Imagen histórica de Albacete.
Quienes conocemos a Luis Reyes sabemos que es una persona de un gran sentido del humor, así que es lógico que el humor permee las 282 páginas de este libro, donde se explaya en algunos episodios de su infancia, como las dos veces que hizo la Primera Comunión; una a los seis años y otra a los siete años. En esta obra narra la trayectoria de su abuelo, el abogado José María Blanc Rodríguez, alcalde y diputado a Cortes por Albacete.
Luis Reyes Blanc, autor de 'Retrato de familia',
sobre sus propias vivencias y las de otros Blanc.
El retrato de la familia Blanc oscila, como un péndulo, entre lo hilarante y lo ridículo, se mueve entre lo incomprensible y lo simplemente grotesco. La memoria del autor es pródiga en anécdotas y rica en personajes a los que sabe sacarles jugo. También es muy hábil al relatar las peripecias propias y las sufridas; algunas en carne ajena. En la novela cuenta, por ejemplo, “el duelo al sol entre los toreros Montero y Pedrés, que dividieron Albacete en dos mitades irreconciliables. O las malas artes de una directora de la Selección Escolar digna de ocupar un lugar privilegiado entre los que dirigieron los siniestros campos de concentración nazis”, según destaca en su crítica mi buen amigo Miguel Ángel Valero.
El propio autor reconoció, durante la presentación de la novela en Albacete, que se trata de un libro "lleno de sarcasmo, de humor, de sorpresas y paradojas" y que, encima, "tiene la fuerza de lo vivido".

Si la lectura de esta reseña os ha dejado con ganas de leer este y otros libros anteriores de Luis Reyes, os recomiendo especialmente El cardenal infante. Biografía en siete retratos (ediciones Endymion), una exhaustiva obra que cuenta la vida y (casi) milagros del infante don Fernando de Austria, protagonista de algunas de las páginas más suculentas del siglo XVII español. Y también os aconsejo leer Viaje a Palestina (2005).

lunes, 8 de octubre de 2018

Viaje a Canadá (IV) y EEUU: el Concord de ‘Mujercitas’, Sleepy Hollow, Walden Pond y escapada a Boston


(1ª parte: Montreal, 2ª parte Quebec, 3ª parte, Toronto)

El 1 de agosto amanecimos en Concord bajo un cielo nublado, pero nada podía desanimarnos puesto que estábamos de nuevo en el hogar de Louisa May Alcott (1832-1888), autora de Mujercitas, un clásico de la literatura mundial que este año ha cumplido 150 años. Louisa May es una escritora minusvalorada a la que se tilda de "autora infantil" y algo ñoña. Nada más irreal: fue una mujer comprometida con el sufragio femenino y la abolición de la esclavitud, y escribió bajo seudónimo novelas y relatos sobre temas como el adulterio o el incesto.

Orchard House, casa-museo de la autora de
'Mujercitas', Louisa May Alcott (Concord).
 Esa mañana en Concord, nuestra primera visita fue Orchard House, la casa museo donde Louisa May vivió con su padre, Amos Bronson Alcott (1799-1888), su madre (Abigail May) y sus hermanas Anna y May (Elizabeth había muerto el año antes de mudarse). Fue en el primer piso de la casa, en un pequeño escritorio-estantería que su padre fabricó especialmente para ella, donde Louisa May concibió a sus Mujercitas, las cuatro hermanas March, cuyas vidas tanto se parecen a las de las mujeres Alcott reales.


El 80% del mobiliario perteneció a la familia Alcott
(casa-museo de Louisa May Acott en Concord).
Esta era mi tercera visita a Orchard House y, aun así, el corazón se me encogió al traspasar la valla y caminar por el sendero hasta la puerta lateral de ingreso al edificio. La visita es guiada, en el interior están prohibidos los vídeos y fotos, que sí se pueden grabar en el jardín y en la Escuela de Filosofía, donde daba clases el padre de Louisa May, el pedagogo y escritor trascendentalista Amos Bronson Alcott. La guía nos dijo que la casa no ha sufrido cambios estructurales en el último siglo, salvo obras de restauración. El 80% del mobiliario perteneció a la familia y las habitaciones están como entonces.

Louisa May Alcott (Mujercitas) a los 25 años.
Mantuvo a la familia, fue sufragista y abolicionista.
Visitar Orchard House produce la impresión de entrar en la casa de Mujercitas que se ve en las películas. Para mí, las salas más interesantes son la cocina, el despacho de Amos Bronson, el cuarto de Louisa May y el dormitorio de May Alcott Nieriker (1840-1879), con sus dibujos todavía decorando la pared. May, la más joven de las hermanas Alcott, era una artista de gran talento que resultó ser la primera profesora de arte y quien animó a Daniel Chester French a convertirse en escultor. Y lo hizo bien, ya que French llegó a ser uno de los escultores estadounidenses más aclamados de finales del siglo XIX, autor de la estatua de Lincoln en Washington.

Tumba de Louisa May. Yace en Sleepy
Hollow con su familia, muy cerca de sus
amigos Emerson y Thoreau.
Después de empaparnos de nostalgia, llegamos a la casa de Ralph Waldo Emerson (estaba cerrada), gran amigo de los Alcott y eminente pensador trascendentalista. Luego nos detuvimos a comprar regalos en el museo de Concord y de allí, en coche, hasta Sleepy Hollow, donde están enterrados Louisa May, su padre, madre y hermanas (salvo May), dos sobrinos y un cuñado. Entre árboles y bajo tierra yacen, justo al lado de Emerson, Thoreau y Nathaniel Hawthorne (autor de La letra escarlata). Aunque empezaba a llover, nos acercamos a Old Manse (casa de Hawthorne, que había pertenecido a los ancestros de Emerson), donde compramos un libro sobre las hermanas Peabody, primeras mujeres en abrazar el trascendentalismo y defender una reforma social en torno a 1830. Luego almorzamos en Hellen’s. 

North Bridge (Concord).
Después de comer, cogimos el coche para recorrer lugares vinculados a la guerra de independencia, entre ellos, el Minute Man (obra escultórica de Daniel Chester French) y el North Bridge, donde se vivió el primer día de batalla de la guerra de independencia. A continuación, y a contrarreloj, fuimos hasta Walden Pond, donde fue imposible aparcar (eran casi las siete y el parking cerraba a las ocho) y tuvimos que dar media vuelta, de regreso a Concord, hasta hallar una calle donde aparcar y, otra vez, caminar hasta la laguna ¡más de un kilómetro en cuesta!

Walden Pond, laguna donde se va en busca de la
cabaña de Thoreau y se vive una experiencia vital.
Con cansancio y el atardecer en los talones, nos internamos por los senderos hasta donde Henry David Thoreau construyó su cabaña. Nos bañamos solos en la laguna, el agua estaba limpísima y a una temperatura ideal. Apenas se oían ruidos, ni siquiera pájaros, hasta que por megafonía nos urgieron a salir del agua (el baño se prohíbe a partir de las ocho).

Lápida de Elizabeth Pain (1652-1704).
Inspiró 'La letra escarlata' de Hawthorne.
Al día siguiente, jueves 2 de agosto, cogimos el tren a Boston. También era nuestra tercera vez en esta ciudad y, sin prisas, paseamos por el centro (lleno de obras) y entramos en King's Chapel (primera iglesia anglicana de Nueva Inglaterra) y en su camposanto. El suelo de Boston está lleno de tumbas de gente ilustre: los padres de la independencia Adams, Hancock y Paine están en el cementerio Granary... pero mi favorita yace en King's Chapel, se llamaba Elizabeth Pain (1652-1704) y su vida inspiró La letra escarlata, de Hawthorne. 


Museo Isabella Stewart (Boston).
Nuestra siguiente escala, el Museo de Bellas Artes, nos resultó gratuita con carné de prensa (la entrada normal vale 25 dólares). Tienen una amplia colección de arte contemporáneo, asiático, europeo, americano y mundo antiguo. La pena fue que no pudimos ver La gran ola de Kanagawa ni el Fuji rojo  (Hokusai) porque no los exponían. Muy cerca se levanta el Museo Isabella Stewart Gardner, fundado por Isabella Stewart Gardner (1840-1924), con una colección maravillosa dentro de un edificio que es un palacio con un patio central veneciano. Un oasis de buen gusto, refinamiento y obras de todos los periodos. Solo pagamos una entrada de 15 dólares (con el carné de prensa el otro pasó gratis).

La langosta de Maine es una de las especialidades
que preparan en Quincy Market (Boston).
Tras la visita cultural, nos fuimos acercando en metro hacia la estación de tren para la vuelta a Concord. Antes nos detuvimos en el histórico Quincy  Market, en uno de cuyos locales probamos las ostras y un par de tapas de atún y cangrejo. El mercado estaba a rebosar de gente; algunos turistas, pero la mayoría clientes habituales recién salidos de las oficinas que comían langosta de Maine, uno de los platos más típicos. 

Música en el hotel-restaurante Colonial Inn (Concord).
El regreso a Concord en tren fue plácido: lloviznaba y cuando nos bajamos en la estación nos recibió un brillante arcoíris. Esa última noche en Concord nos despedimos cenando en el histórico Colonial Inn (pastrami y pasteles de cangrejo) con música en directo tocada por un grupo local.

(Seguirá... Búfalo, cataratas del Niágara y regreso a Canadá)

jueves, 4 de octubre de 2018

Viaje a Canadá (III) y EEUU: Toronto y en ruta hacia Concord, al reencuentro con los Alcott y 'Mujercitas'


(1ª parte del viaje a Canadá: Montreal y 2ª parte: Quebec

QUEBEC-TORONTO. El domingo 29 de julio tocaba decir adiós a Quebec. Tras desayunar en el hotel y comprar paté, embutidos y vinos en el Vieux Marché, cogimos el tren que nos llevó a Toronto en 8,5 horas (previo trasbordo en Montreal).


Tren Quebec-Toronto con lectura de Louise Penny.
El tren de Via Rail tenía wifi aunque funcionaba mal, así que me dediqué a leer con fruición El juego de la luz (Louise Penny)donde el inspector Gamache investiga un crimen que salpica a su amiga Clara Morrow. Tal vez porque llevábamos cuatro días en la zona francófona de Canadá, me sorprendió que, nada más trasbordar en Montreal, ya no se escuchaba hablar en francésLos quebequeses, que son bilingües, cambian de idioma apenas salen de su país. Por fin llegamos a Toronto bien entrada la noche. Nuestros anfitriones nos habían explicado cómo funciona el sistema de tokens del metro (3 dólares) y que el mismo billete sirve para el autobús, siempre que sea el mismo trayecto. Felizmente, en menos de una hora estábamos en su apartamento regando el encuentro con vino, embutido quebequés y queso manchego.

TORONTO Y PROBLEMAS AL APARCAR. El lunes, 30 de julio, iniciamos la mañana dando un largo paseo por el Beltline,un sendero de siete kilómetros que discurre a través de una línea ferroviaria de cercanías construida en el siglo XIX.


Universidad de Toronto, en pleno centro de la ciudad.
Para llegar hasta el centro cogimos el metro y, una vez allí, echamos a andar sin rumbo. El calor era soportable, lo que nos animó a atravesar el campus de la universidad (un remanso de paz), acercarnos hasta el museo Rohn y no agobiarnos con la marea de gente, coches, bicis y neones que es la plaza Dundas (la Times Square de Toronto).

Viejo ayuntamiento de Toronto.
Me gustó el contraste entre el viejo y el nuevo ayuntamiento, y casi me lastimé el cuello de tanto mirar las cumbres de los rascacielos y admirar sus destellos de luz y color. A la hora de comer nos acercamos al centro comercial Eaton Centre, donde pudimos apreciar que Toronto es una capital cosmopolita y multicultural de verdad, con una población en la que resulta imposible distinguir a inmigrantes de segunda o tercera generación, pues su integración es enorme.

Rascacielos (barrio financiero, Toronto).
Toronto es también una capital llena de contrastes, con una arquitectura que simultanea edificios de cristal y acero en mezclas ingeniosas. Nos llevamos una sorpresa al hallar una obra de Santiago Calatrava en la galería central de Brookfield Placey resultó que ahí mismo era donde teníamos que recoger nuestro coche de alquiler. Los trámites fueron rápidos y en seguida conducíamos de vuelta a casa, donde obtuvimos online el obligado permiso para aparcar en la calle.

Turistas en la cristalera de la torre CN (Toronto).
La última visita del día fue la impresionante y vertiginosa torre CN, a 553 metros de altura, la más alta de América y la quinta más alta del mundo. El suelo se balancea levemente y te sientes ¡en las nubes! La entrada es cara (43 dólares) y los souvenirs prohibitivos, pero las vistas son inmejorables.
Vimos anochecer, tomamos un vino y hasta nos atrevimos a sentarnos en el piso de vidrio (pequeña zona acristalada donde se ve directamente el suelo). 

Esa noche, al bajar la basura, nuestro amigo descubrió que nos habían multado (30 dólares) por aparcar con el morro del coche mirando en sentido contrario, o por estar separado de la acera; no lo tenemos claro. ¡Y la multa ha llegado a España en tiempo récord! 

EN COCHE HACIA CONCORD (EEUU) El martes, 31 de julio, nos pusimos en ruta hacia Concord (Massachussett, EEUU), donde pasaríamos cuatro días. A las 7 de la mañana dejamos atrás Toronto rumbo a la frontera, donde cambiamos euros en el área de servicio de la parte canadiense. Los estadounidenses (¡faltaría más!) nos detuvieron en el control, nos hicieron aparcar y entrar en una oficina para tomarnos las huellas, hacernos la foto de rigor y cobrarnos unos 50 dólares. Cumplido el ritual, nos dejaron entrar en Estados Unidos deseándonos un feliz día. Rodando por EEUU comprobamos que la gasolina es muy barata (con 25 dólares llenábamos el depósito del Kia) y la velocidad máxima es muy, pero que muy baja; entre obras, circunvalaciones de ciudades y demás... nos salió una velocidad media de 90 kilómetros/hora. Aunque paramos cuatro o cinco veces en áreas de servicio, los 885 kilómetros entre Toronto y Concord se nos hicieron eternos y tardamos 12 horas en llegar al hotel, Best Western Concord Inn.


El letrero marca el sitio del Árbol de Jethro, donde los
colonos compraron a los indios tierra y fundaron Concord.
 
Esta era nuestra tercera visita a la ciudad de Concord, hogar de Louisa May Alcott (1832-88), autora de  Mujercitas, que vivió aquí con sus padres y hermanas en Orchard House. Los Alcott eran amigos de Henry D. Thoreau (su Walden atrae cada año miles de visitantes al bosque y la laguna de Walden) y de Ralph Waldo Emerson. Todos ellos, junto a Nathaniel Hawthorne (La letra escarlata), hicieron de Concord un rico centro literario a mediados del XIX. Pero Concord había entrado en la historia antes. Fue fundada en 1635, cuando los colonos compraron a los indios 6 millas de terreno junto al Árbol de Jethro. Y en 1775 libró parte de la batalla de Lexington, primer conflicto de la guerra de independencia.

Hotel Colonial Inn, fundado en 1716.
Nosotros esa noche solo queríamos reencontrarnos con el Concord de nuestras dos anteriores visitas (2011 y 2003) y disfrutar de un paseo hasta Orchard House. Pasamos por el Colonial Inn, la cafetería Helen's... y cenamos en Main Street Café: hamburguesa vegetariana para mí y una "con todo" para mi compañero de fatigas; muchas patatas, mostaza, kétchup ¡puro estilo americano!