domingo, 19 de febrero de 2017

La Siria que conocí y que ya no existe

(Más sobre mi viaje a Siria, recuerdos de Alepo y Palmira)

Viajé por Jordania y Siria en el verano de 2007. Entonces no existía una entrada en wikipedia sobre la guerra civil siria, claro, y las ciudades y sitios arqueológicos que durante milenios maravillaron al mundo seguían en pie. 

2007, Teatro romano de Bosra (Siria); hoy destruido.
La guerra estalló en el año 2011 y no ha terminado, por lo cual la barbarie aún puede ser mayor, pero ahora mismo las fotos que hice en 2007 ya no representan lugares reales de Siria sino paisajes esfumados. En la Siria que conocí, por ejemplo, se podía visitar la ciudad de Bosra, con una antigüedad de unos 2.500 años.   


Mosaicos de Bosra (Siria), ¿destruidos?
Fue durante siglos paso obligado de las caravanas procedentes de Arabia, hasta el punto de convertirse en capital del imperio árabe romano. En el centro de Bosra los romanos construyeron un magnífico teatro en el siglo II, hecho con rocas negras de basalto. Al parecer, en este comienzo de 2017 Bosra continúa habitada aunque con graves daños, y el teatro ha sido destruido con bombas de mortero. Imagino por tanto que los mosaicos de esta foto también estarán rotos o desaparecidos. 


Gran Mezquita de Alepo en 2007
(casi destruida en 2013).
La ciudad de Alepo estará irreconocible cuando la guerra acabe. Entre sus célebres monumentos históricos ya tiene destrozada la Gran Mezquita, derruida gran parte de la Ciudadela, muy dañado el zoco y lleno de escombros el centro. En cuanto a la Gran Mezquita, construida a principios del siglo VIII y Patrimonio de la Humanidad, fue reducida a escombros en 2013. Exhibía orgullosa un precioso minarete que ya no existe.
   
Ciudadela de Alepo (Siria) en 2007; hoy dañada. 
En el lugar donde se levanta la Ciudadela de Alepo ha existido una fortaleza desde tiempos de Alejandro Mago, esto es, unos cuatro mil años. De hecho, esta ciudad amurallada es en realidad uno de los castillos más antiguos del mundo, repleto de edificios artísticos. En 2015 perdió una de sus murallas. También el zoco de Alepo muestra graves señales de la guerra, con muchas zonas y edificios medievales destruidos o quemados, en un incendio provocado en septiembre de 2012.


Norias de agua de Hama (Siria) en 2007. Algunas
han sido quemadas durante la guerra.
Había en la ciudad de Hama diecisiete norias de agua imponentes, de veinte metros de ancho, que habían estado removiendo las aguas del río Orontes al menos desde el siglo V a.C. (son mencionadas en esa fecha).  El ruido que hacía su madera al trajinar el agua formaba parte de la experiencia turística de esta ciudad siria. Algunas de ellas han sido quemadas durante la guerra.


Palmira, capital de la reina Zenobia, agosto 2007
(vista panorámica al atardecer, oasis al fondo).
¿Y qué decir de la destrucción masiva que amenaza a Palmira, la capital de la reina Zenobia ? Esta ciudad aramea lleva en pie desde el segundo milenio antes de Cristo y es mundialmente famosa por sus restos arqueológicos grecorromanos, aunque varios sitios ya han sido destruidos, muchos de ellos dañados y se teme que esté siendo pasto de los saqueadores.


Arco de Triunfo de Palmira en 2007,
hoy también dañado por la guerra.
Palmira es un milagro, un vergel en pleno desierto, ha acogido caravanas durante siglos, ha resistido otras guerras, ha ido perdiendo esplendor hasta quedar reducida a un majestuoso esqueleto de columnas, capiteles, tímpanos, templos, tumbas,  esculturas, gradas y escena de un teatro dinamitado... Ha llegado hasta el siglo XXI, ha sobrevivido a la mano de los hombres y a las inclemencias de la naturaleza, pero no parece claro que vaya a resistir a los terroristas de Daesh. Aunque es cierto que algún rayo de esperanza brilla entre tanta destrucción, y estos días dos bustos funerarios de los siglos I y III se están recomponiendo en Roma, tras haber sido destruidas a martillazos. Al menos, estos dos tesoros recobrarán su esplendor, gracias entre otras cosas a las fotografías... aunque estas ya no reflejen la realidad tal como es.

lunes, 13 de febrero de 2017

Trump y Le Pen deberían leer a Kapuscinski y a Heródoto

(Más sobre historia de los griegos y sobre Grecia)

Ryszard Kapuscinski (1932-2007), periodista y escritor.
Estoy leyendo Viajes con Heródoto, el libro donde el periodista y escritor polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007) relata algunos de sus viajes durante los más de cincuenta años que dedicó al periodismo. Me lo regaló mi buen amigo Yiannis Mantas, griego de la isla de Lesbos, excelente periodista y amable anfitrión.

'Viajes con Heródoto',  obra
de Ryszard Kapuscinski.
Hay muchas razones por las cuales el presidente estadounidense Donald Trump y la ultraderechista francesa Marine Le Pen deberían leer a Kapuscinski y a Heródoto de Halicarnaso (485-426 a.C.), el padre de la historia y el primer reportero profesional que hizo una crónica del mundo que conocían lo griegos. Primero, porque les haría más sabios; segundo, porque pasarían un buen rato; tercero, porque les podría incluso abrir la mente; y cuarto, porque aprenderían que hay muchos mundos, que cada uno es único e importante, que hay que conocerlos porque cada cultura es un espejo en el que se refleja la nuestra.

Hay una quinta razón para Trump y Le Pen: entender que es preferible pasar a la Historia por hacer algo Grande, Beneficioso y Moral, que ser recordados brevemente como personajes que durante unos pocos años empobrecieron el capital humano, cultural y ético de sus países. La Historia es implacable con los mediocres venidos a más.

Caída del Muro de Berlín, en 1989.
Heródoto lleva 2.500 años siendo Historia, estudiado en las universidades, es uno de los nombres claves en la Grecia clásica. Tal vez Kapuscinski no llegue a su altura, por muchas guerras, golpes de Estado y revoluciones que haya cubierto en Asia, Europa y las Américas. Sus reportajes en África en los años sesenta y setenta relataron el fin de los imperios coloniales, aunque quizá tampoco el ser premio Príncipe de Asturias 2003 de Comunicación y Humanidades le asegure un sitio en la Historia dentro de…. digamos noventa años. Pero, hoy por hoy, la obra de Kapuscinski, su forma de contar cómo cruzó por primera vez el Telón de Acero desde su Polonia natal en 1956, su primera misión en India, su afán por traspasar fronteras –físicas, culturales y mentales–, su mirada comprensiva al mundo, le hacen merecedor de estudio y elogio.

Heródoto (485-426 a.C.)
En su equipaje, Kapuscinski siempre llevaba el libro Historia, de Heródoto, que leía, subrayaba y volvía a leer, encontrando siempre una enseñanza, una inspiración, un párrafo revelador. De Heródoto tomó Kapuscinski el ansia de escuchar y comprender al Otro, la fascinación por la otredad. Una otredad que desdeñan Trump y Le Pen, especialmente conocidos por repudiar al diferente, ya sea un blanco como ellos, pero pobre, un emigrante o alguien a quien la vida ha puesto al otro lado del muro. Lo dicho: a Trump y Le Pen les vendría bien leer estas líneas de Heródoto, en las que enumeraba las diferencias entre griegos y egipcios:

[En Egipto] "son las mujeres las que venden, compran y negocian públicamente, y los hombres hilan, cosen y tejen... Allí los hombres llevan la carga sobre la cabeza y las mujeres sobre los hombros. Las mujeres orinan en pie, y los hombres en cuclillas..." Y mientras recopila la larga lista de usos y costumbres egipcios, Heródoto afirma: "Los egipcios por un lado y nosotros, los griegos, por otro, somos tan diferentes y, sin embargo, convivimos bien", y en seguida echa en cara a sus compatriotas griegos su soberbia, engreimiento y sentido de superioridad.


Frontera en la India colonial, años 40.
Las enseñanzas de Heródoto y Kapuscinski son interminables, pero baste por hoy con rescatar dos: primero, que los imperios se repiten y el ser humano apenas ha cambiado con el devenir del tiempo; y segundo, que no hay necesidad de fronteras atificiales, pues la conquista y la defensa se dan entre los soberanos, no entre el pueblo llano.

sábado, 4 de febrero de 2017

El misterioso ángel herido del finlandés Hugo Simberg

(Más sobre pintores, cuadros y museos)
En mi cuenta de twitter (@PepaMonteroM) tengo hace más de un año una sección diaria con el hashtag #cuadrodeldia que, aparte de alegrarme las mañanas por el cálido contacto con el arte y lo bello, me sirve para descubrir pintores, obras y museos del mundo entero.
'El ángel herido' (Hugo Simberg, 1873-1917),
en Ateneum Museum de Helsinki.
Al final de uno de esos pasillos virtuales a los que conducen los incontables tentáculos cibernéticos, me he topado con El ángel herido, de Hugo Simberg (1873-1917). Es un óleo del Ateneum Museum de Helsinki, la obra más famosa del pintor finlandés Simberg, elegida en 2006 como la Pintura Nacional de Finlandia. Un cuadro bellísimo, poético, enigmático y en cierto modo terrible. En el centro de la tela aparece de perfil un ángel herido que es transportado en andas. Tiene los ojos cegados por una venda blanca, la cabeza inclinada, las alas abatidas, rotas y salpicadas de sangre.

El ángel viste una túnica blanca larga de mangas igualmente largas, el rubio pelo le resbala sobre los hombros y se agarra con las manos a los dos palos de su improvisada camilla. En la mano derecha sujeta cinco florecillas silvestres de color blanco. Es un ángel joven de delicadas facciones y rojos labios.
Transportan el ángel dos jóvenes que son su antítesis: los dos muchachos visten prendas sombrías y rudas, sus facciones son toscas, calzan enormes y deformes zapatos. Los dos parecen estar de luto. El de la derecha reta directamente al espectador desde la pintura, con una expresión escrutadora.
Escenario real donde Simberg pintó a su ángel.
Ojalá supiera qué quería decir Hugo Simberg con El ángel herido. Me encantaría penetrar en el secreto que comparten los dos muchachos y la criatura del cuadro, que muy posiblemente tenga que ver con la existencia divina y su colisión con la dimensión humana. La derrota del ángel es evidente; la de los muchachos se intuye.
Una de las modelos que posó como el ángel.
Hugo Simberg empleó muchos años en preparar El ángel caído, como prueban los sketches y fotografías que tomó durante ese largo proceso. Algunos detalles fueron variando; por ejemplo, al principio el ángel iba a ser transportado en un vagón empujado por pequeños diablos. Lo que nunca cambió es que la figura central fue siempre un ángel herido y el escenario, real, el parque Eläintarha de Helsinki. La senda, que discurre a lo largo de la bahía Töölönlahti, permanece allí todavía.
Simberg no explicó el significado detrás de esta pintura. Al contrario, prefería que el espectador extrajera sus conclusiones, pero siempre admitió que era su cuadro favorito, hasta el punto de que, cuando le encargaron los frescos de la Catedral de Tampere, en uno de ellos reprodujo una versión mayor de esta pintura.
Anni Bremer (mujer de Hugo Simberg).
¿Cómo era Simberg en su vida personal? Al parecer, un atento marido y un devoto padre de familia. Conoció a la que sería su mujer, Anni Bremer, cuando era su profesor en el Ateneo. Él tenía 36 años cuando se casaron (en 1910). Tuvieron dos hijos: Tomm y Uhra. La familia acostumbraba a pasar los veranos en la residencia de Niemenlautta, donde se hizo construir un estudio de pintura y donde poseían un pequeño bote de vela en el que solían navegar.
Hugo Simberg, su mujer Anni y su hijo Tomm.
Esa residencia de los Simberg estaba rodeada por el mar en tres de sus costados. El bote se llamaba Refanaut y en los largos días de verano lo usaban para ir de pícnic por las islas cercanas. Simberg no pudo disfrutar mucho tiempo de esa feliz vida, pues una repentina enfermedad le produjo la muerte, el 11 de julio de 1917, cuando solo tenía 44 años.
El ángel de Simberg sigue extendiendo sus alas: está muy presente en la cultura finesa y son muchos los que se empeñan en interpretar su significado. Otros incluso se atreven a darle un final a la historia no contada por Simberg: es lo que hizo en 2007 el grupo Nightwish, en el vídeo musical de su canción Amaranth.


viernes, 27 de enero de 2017

Escapada a Évora: los mejores planes son repentinos

(Más sobre Évora , el Alentejo y escapadas a Portugal)

Dicen que los mejores viajes no se planifican, surgen de modo repentino y se emprenden al instante, no vaya a ser que nos arrepintamos o se nos pasen las ganas. Así surgió mi última escapada de fin de semana, a Évora, en el Alentejo portugués. La decisión no pudo ser más súbita: la tomamos mi acompañante y yo cuando iban a dar las cuatro de la tarde, en el restaurante La sardina de Carranque (Toledo), el pasado sábado, tras disfrutar del circuito de aguas en el Hotel Comendador.

Intervención urbana en la plaza del templo
romano de Diana (Évora, Portugal).
Hecho lo más difícil, faltaba –claro está– recorrer los 500 kilómetros que median entre Carranque y Évora, esa pequeña, encantadora ciudad lusa, a la que se llega por autovía hasta la frontera de Badajoz, y después en autopista de peaje (5,65 euros). Era mi cuarta visita a Évora y la segunda que nos alojábamos en Albergaria do Calvario. Este hotel –mi favorito de Évora– está justo al lado de la puerta este de la muralla, sus muros son blancos y su decoración tradicional, tiene un patio con plantas ideal en primavera y verano, y una oferta de desayuno ecológico a precio imbatible puesto que va a incluido en el alojamiento. ¡Ah! El personal es amabilísimo, habla un perfecto castellano, ofrecen bebidas y snacks a la llegada, facilitan información práctica y planos… El hotel tiene parking gratuito y wifi ultrarrápido. 

Imagen nocturna del templo romano
de Diana (siglo I), en Évora (Portugal).
Llegamos a Évora cuando ya había anochecido y nos fuimos directos a cenar a Fialho, uno de los restaurantes más típicos y afamados de Évora, algo así como el Lucio de la Cava Baja de Madrid. Llegar temprano, al filo de las ocho, nos permitió coger la única mesa libre sin reserva y degustar sin prisa los aperitivos de queso viejo, pulpo en salsa, aceitunas y paté de sardina (típicos en el Alentejo). Como segundos, arroz con liebre y atún a la alentejana. Tras la cena, un paseo hasta la plaza peatonal del Giraldo, el templo romano de Diana, la fachada de la catedral y las callejuelas empedradas de la judería, para volver temprano al hotel.

Leyenda en el dintel de la Capilla de los Ossos.
El domingo, 22 de enero, desayunamos copiosamente en el hotel, en una salita frente al patio ajardinado. Me encantó el zumo de zanahoria natural y los huevos fritos, que no suelo tomar pero que estando de viaje siempre se me antojan. Dejamos el coche en el garaje del hotel y emprendimos la visita turística, donde no podía faltar la iglesia de San Francisco y la capilla de los Ossos (siglo XVI).

Capilla de los Ossos (Évora, Portugal). 
Esta capilla tiene la particularidad de estar recubierta íntegramente, de suelo a techo, por huesos y calaveras humanas. En esa capilla se reunían los monjes para orar y reflexionar sobre la brevedad de la vida y la eternidad de la muerte. Sobre el dintel de entrada, esta leyenda: "Los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos". Se calcula que hicieron falta unos 5.000 esqueletos para decorar esta capilla. Con el mismo ticket de entrada se puede visitar un pequeño museo con cuadros y esculturas, sobre todo de los siglos XVII y XVIII, muy interesantes. 

Vista diurna del templo de Diana (Évora, Portugal).
Pasear por las calles de Évora es un placer en sí mismo. Hay restos romanos en varios puntos de la ciudad, aunque el más famoso es, por supuesto, el templo de Diana, del siglo I. Enfrente siempre me sorprende el curioso y enorme bidón de agua, en la esquina de la plaza y del mirador con vista panorámica. Hay también un quiosco de bebidas con terraza, el mejor sitio para contemplar el templo romano y un espacio de los más codiciados en primavera y verano.

Plaza del Giraldo (Évora, Portugal).
Terminamos el paseo en la plaza del Giraldo, en una terraza al sol mientras leíamos el Diario de Noticias. La mañana de domingo se desperezaba lenta, unos pocos turistas iban de aquí para allá, pero la mayoría eran lugareños afanados en sus quehaceres. Un  nutrido grupo de hombres mayores conversaban junto a los arcos del café, de pie tomando el sol, en lo que supongo era su tertulia de todas las mañanas.

Sobre la una de la tarde fuimos a recoger el coche e iniciamos el regreso hacia España. Antes de cruzar la frontera, nos detuvimos en Elvás para dar una vuelta, comer en la Adega Regional (un restaurante popular, de platos copiosos y sabrosos a muy buen precio) y pasear. Nos quedamos con las ganas de visitar la fortaleza de la colina y tampoco logramos hacer buenas fotos de los pilares del imponente acueducto romano. Así que tendremos que volver en otra ocasión. A ser posible, con la misma -y espero que idéntica- afortunada improvisación.

martes, 10 de enero de 2017

Retratos que apresan el alma

(Más sobre pintoras y sobre retratos)

Me gustan mucho las pinturas de retratos. Me enfrento a ellas como quien intenta resolver un enigma y salgo conmovida de su contemplación, sobre todo cuando se trata de fallecidos hace siglos. Siento que un retrato embalsama a su modelo del mismo modo que el tejido recubre a su momia o la madera pintada maquilla la belleza hierática que yace en el sarcófago.


Retrato de una dama. Detalle (Hans Baldung
 Grien, 1484-1545), en Museo Thyssen Madrid.
El retrato de un muerto apresa el alma del que vivió. ¿Quién fue, qué sentía mientras posaba, por qué se hizo retratar?, son preguntas lógicas ante cualquier retrato. La curiosidad humana no tiene límites, y a mí en seguida me surgen interrogantes: ¿fue feliz?, ¿tuvo posibilidad de elección?, ¿fantaseó con la posteridad?, ¿temía a la muerte o le asustaba más la vida?, ¿habría cambiado su collar, el vestido o el traje; habría usado bastón o descruzado las piernas de haber sabido que equis años o siglos después yo estaría escudriñando su retrato en un museo? Imposible saberlo. 

'Magdalena penitente' (El Greco,
en el Museo de Bellas Artes Budapest).
Los ojos y las manos son mis partes favoritas de cualquier retrato. Sostener la mirada frente al pintor o al espectador, o rehuirla me parecen gestos igual de significativos, y la colocación y el cuidado de las manos lo dicen todo del retratado y del retratador. El Greco es mi pintor de manos favorito, con su peculiar forma de dibujar los dedos largos y huesudos, pálidos casi siempre, que parecen llamas vivas que se expanden y arrastran a los cuerpos hacia la acción. 


'Cristo resucitado'. Detalle (Bramantino).
En cuanto a ojos, los del Cristo resucitado, del pintor y arquitecto italiano Bramantino (1465-1530), son sobrecogedores, en sus pupilas se puede ver a la muerte, sin máscara. Esos ojos se han asomado al Más Allá y lo que han visto es pavoroso. Eso es lo que me transmite este retrato, propiedad del Museo Thyssen de Madrid. Su autor nos legó uno de los Cristos resucitados menos triunfantes de la muerte que se puedan encontrar; un Cristo con heridas en manos y rostro, aunque sin sangre ni señales de violencia en el cuerpo.

'La condesa de Vilches' (Federico
de Madrazo, en Museo del Prado).
La condesa de Vilches (1822-1874), obra de Federico de Madrazo, es el epítome del retrato romántico español y la obra más emblemática de las colecciones del siglo XIX del Museo del Prado. Sus ojos, su nariz, sus labios, su frente, su peinado…todo en ella es perfecto y apacible. Es una de las  pinturas frente a la cual me pregunto si fue feliz. Sabemos que fue una relevante figura de la vida cultural de Madrid en el siglo XIX, organizaba obras de teatro y veladas literarias muy frecuentadas por artistas e intelectuales Probó suerte como escritora  y publicó dos novelas: Ledia y Berta. Era amiga de Federico de Madrazo, y por eso pagó por este retrato 4.000 reales, la mitad de lo que el artista solía cobrar.

'Niño con un cesto de frutas' (Caravaggio).
Los ojos vivos, negros y penetrantes del Niño con un cesto de frutas que pintó Caravaggio retan al espectador con tanta carga sensual como la que muestran sus hombros desnudos o la prodigalidad de las frutas que aprieta contra su pecho. Caravaggio demuestra cuán poco importa si los retratados son conocidos o imposibles de identificar, guapos o feos, altos o bajos, visten costosos ropajes, se cubren con harapos o se exhiben en toda su desnudez. Lo que importa es la emoción.

'La Gioconda' (Leonardo da Vinci).
Los ojos sin cejas de La Gioconda resultan tan enigmáticos como su sonrisa o la identidad de la retratada, comúnmente aceptada como Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo. Lo cierto es que es el cuadro más famoso del mundo, la joya del Museo del Louvre de París, la última gran obra de Leonardo da Vinci y una de las pocas que tenía consigo cuando murió en su mansión cerca de Amboise. Cuando miro sus ojos, veo a un hombre, no a una mujer. Pero eso no le resta un ápice de magnetismo ni de belleza casi, casi sobrenatural.