miércoles, 29 de septiembre de 2010

Huelga en España, lluvia en Londres

La actualidad en España marcha hoy a ritmo de huelga, aunque los periódicos (españoles) no aciertan a ponerse de acuerdo en si se trata de una huelga general o de un paro muy parcial. Mientras, aquí en Londres, la BBC destaca las protestas en Bruselas contra unas medidas de austeridad que son todas como primas hermanas y que están llegando a Europa como ese lobo feroz que tantas veces se anunció pero en el que nunca se creyó. El vídeo que ilustra la noticia, como no podía ser menos, es de los choques entre la policía y algunos exaltados en Barcelona. Se ve que son pocos, pero como arman ruido y han debido quemar un par de coches, la mala imagen de España ya está servida, justo al mismo nivel de la de los griegos hace unos meses y los franceses de segunda generación en las banlieu de París.

En el Reino Unido de la Gran Bretaña, las medidas para apretarse el cinturón están al caer, y los signos son evidentes. El lunes, el Banco de Inglaterra instaba a romper la hucha de los ahorros y empezar a gastar para salvar el país. Y hoy, la BBC nos cuenta cómo hacerlo: comprar coches fabricados en Reino Unido (nada de darle la pasta a los coreanos o alemanes dueños de las firmas automovilísticas más vendidas); salir de vacaciones, pero sin salir del país (idem que con los coches); llenar los depósitos de gasolina y usar el coche sin miedo al agujero de ozono o al boquete en los bolsillos; fumar y beber a placer, porque ya se sabe que nada llena tanto las arcas del Estado como los impuestos sobre alcohol y tabaco. Que tomen nota en Europa… perdón, en el resto de Europa.

La otra celebrity estos días en Londres es Ed Miliband, el flamante nuevo líder de los Laboristas (otrora, socialistas). Superada la batalla fratricida para controlar su partido, Ed Miliband apunta ahora a sus contrincantes, los conservadores de Cameron. Si sorprendentes están siendo sus cambios de opinión en materia económica (una vez ganadas las primarias, ¿no tiene derecho el hombre a reclamar medidas más severas de las que prometió si resultaba elegido?), más sorprendente es que hoy anuncie que se va a casar. ¿Y con quién? Pues con la madre de sus dos hijos (uno de camino), con la que, por una cosa u otra, no había tenido tiempo de casarse hasta ahora. ¿Giro a la derecha, concesión a la conservadora sociedad británica? ¿O falta de tiempo, como él dice? ¿Sería tan inconveniente que el posible primer ministro no estuviera casado con su Primera Dama?

Mi actualidad la marca mi búsqueda online de sitios donde empezar a mandad currículos, aunque sólo sea para ir a las entrevistas de trabajo y practicar mi inglés. Ni qué decir tiene que estoy más perdida que el pulpo Paul en un acuario de Coca-Cola. Las únicas ofertas de empleo que se ven por la calle y en periódicos son para camareros en sitios de comida y bebida fast-food; vendedores a comisión; dependientes tras mostradores de ropa de grandes cadenas textiles; y niñeras, para lo que suelen pedir conocimientos de otro idioma, como el francés y, en ocasiones, español.

Nada a mi alcance, me temo, ya que mi formación universitaria me sobrecualifica para algunos de esos puestos, y la edad me elimina directamente de la carrera por otros. Tampoco pertenezco a una minoría étnica, y las empresas españolas con presencia aquí también se han perforado algunos agujeros en el cinturón. Así que he decidido empezar mandando mi CV a sitios donde no hay vacantes, pero donde me gustaría trabajar. Ni a mí misma me parece una medida inteligente, pero ya iré acotando la búsqueda.
Mientras, sigue lloviendo en Londres, y acabo de descubrir que la vista desde mi ventana es más bonita bajo la lluvia. Y me acuerdo con notalgia de aquellas tardes de mi adolescencia cuando me inspiraba contemplar la lluvia tras los cristales. Como en la canción de Serrat.

martes, 28 de septiembre de 2010

Multiculturalidad rima con Actualidad

Londres me recibió ayer con frío, viento y un atasco fenomenal ya en Heathrow que sólo fue tolerable gracias al dicharachero chófer iraní que me enviaron desde mi nuevo “hogar” en la zona norte. Como he decidido que en mi segunda estancia londinense voy a hablar hasta con los cubos de basura, yo misma inicié la conversación diciéndole mi nombre. Y, mira por dónde, resultó que el taxista sabía lo que mi (no tan bonito) nombre significaba en su lengua, lo que le sirvió para adoctrinarme un rato sobre la importancia de respetar la herencia familiar, las costumbres de nuestros mayores… ¿He dicho ya que era iraní?

Cuando veía que la conversación derivaba hacia el libertinaje y los derechos de las mujeres, traté de regatear contándole los espléndidos 28 grados que dejé en Madrid, y de paso le dije que era una fanática de los museos. También de eso sabía el señor... y de lo mal que funcionan los transportes en Londres, del paro que crece, de la suciedad de algunos barrios... ¡Tenía la sensación de seguir en Madrid!

Tras tomar posesión de mi habitación (en una residencia que regenta una antigua azafata alemana), salí a comprar el abono mensual de transportes (en una estación sin servicio de trenes los fines de semana y donde las dos taquilleras eran negras) y a inspeccionar la zona (de mayoría irlandesa). Nada excitante hasta llevar 12 minutos andando, pero mejor de lo que me temía, así que, para celebrarlo, entré en un bar a tomar media pinta de Guinness. Los camareros eran italianos y los clientes, estudiantes de variada nacionalidad.

Esta mañana, en mi primer desayuno en este Lodge, conocí a una italiana y a un iraní que hacen sendos máster; y más tarde, ya en la academia en el centro de Londres, a mis dos compañeros de clase: una monja de Sri Lanka con la que ya coincidí en julio, y un chico brasileño. El profesor, Andrea, es de origen italiano, aunque lleva 15 años viviendo y enseñando en Londres. Ningún español en mi grupo.

Tras una breve visita al British Museum, donde tomé esta curiosa foto de una familia judía perfectamente ataviada, cogí de nuevo el metro para volver a casa porque… ¡aquí se cena a las 18 horas! En esta "stylist boutique", el alojamiento incluye desayuno y cuatro cenas, de lunes a jueves, todos los huéspedes sentados a una misma mesa, con candelabros, posavasos y bajoplatos. Eso sí, las habitaciones tienen doscientos metros de alfombra, las cañerías funcionan al modo inglés y cada vez que abres la ventana te entra un bichejo enorme tipo mosquito, inofensivo pero feísimo, que habita en el jardín (sobre el que da mi ventana). He logrado mantener el tono optimista, previa compra de insecticida y mis propios útiles de limpieza.

Ya sabía que las cenas en este país son copiosas, pero imaginaba que siendo nosotros unos humildes estudiantes, éstas serían más “magras”. Pero no: primer plato (sopa de vegetales), segundo (quiche de queso y puerros con pasta y lechuga), postre (pudding), zumos de manzana y naranja y agua. Para el resto de comensales, carne de primero y de segundo. Yo soy la mejor parada, por aquello de no comer carne y tener mi propio menú. Y todo ello, servido por un chico japonés que trabaja aquí a tiempo parcial, para pagarse los estudios. ¿He dicho que la cocinera es polaca? Pues lo es.

El único inglés llegó acabada la cena, a eso de las 18.45. Es un señor de 75 años, de nombre Michael, que viene lunes y martes a darnos (gratis) clases de pronunciación. Hoy nos ha tocado a las nuevas, que somos dos chicas surcoreanas y yo. La francesa, tres italianos y el iraní se han saltado la clase, con la excusa de que son veteranos. El señor nos ha hecho recitar un extracto de “My fair Lady” y luego nos ha invitado a un refresco de bienvenida en el pub de al lado. La anécdota que casi pone broche final a nuestra tarde-noche fue que a una de las surcoreanas, que aparenta tener 15 años, le pidieron el pasaporte para entrar al pub. Y mi sorpresa, ver que lo llevaba encima, porque está harta de que le cierren el paso.

De la actualidad periodística, destaco este bonito abrazo fraternal del derrotado David (Miliband), que sigue robándole protagonismo al triunfador Ed, flamante nueva cara del Laborismo británico. Y los medios, antes de que el nuevo líder eche a andar y pueda precipitarse en sus fracasos o éxitos, ya están preguntándose si no habrá ganado el hermano equivocado.

Por su parte, el Banco de Inglaterra parece haber dado con la receta para vencer a esta tozuda crisis económica y financiera: fundirse los ahorros. No es tiempo de guardar bajo el colchón, sino de gastarse lo atesorado. ¿No nos decían justo lo contrario hace unos pocos años? Que los compre quien los entienda.

lunes, 20 de septiembre de 2010

La Taberna del Museo (Británico)

Dentro de una semana estaré de nuevo en Londres, seguramente saliendo de mis primeras horas de clase en la escuela de inglés, junto a decenas de estudiantes llegados de Japón, Corea del Sur, Arabia Saudí, Emiratos, Italia, Brasil… Una amalgama de lenguas y culturas tratando de aprender el único idioma que en los últimos decenios hemos consagrado como universal. Como todos ellos, de 9 a 12 y cada mañana de lunes a viernes, seré una aplicada estudiante de inglés en una ciudad que temo gris y nublada, lluviosa, muy distinta de la soleada y cálida Londres que viví de mayo a julio.

Pero... al mal tiempo, buena cara.

No recuerdo quién dijo aquello de “Siempre nos quedarán los bares” (yo añadiría “y los museos y las librerías”), pero hoy que en mi pequeño pueblo de Málaga también llueve, el cielo no es tan distinto del londinense y yo estoy harta de hacer listas mentales con ropa, papeles y cosas que no pueden faltarme en la maleta, me quedo con los bares. Uno que conocen bien las hordas de turistas españoles que entran y salen del British Museum; un pub con historia que servía un más que aceptable “kidney pie” (pastel de riñones) hasta que, hace años, la enfermedad de las vacas locas amedrentó a media Europa.

The Museum Tavern, o lo que es lo mismo, la Taberna del Museo (Británico, por supuesto). La mención más antigua a este pub-cantina tradicional se remonta al año 1723, aunque por entonces se llamaba “Dog and duck” (“Perro y pato”), debido a la abundante caza que se practicaba en los estanques y pantanos de los alrededores. Cuando, en 1759, abrió sus puertas el British Museum, justo enfrente, el pub adoptó su nombre actual, rentabilizando su privilegiada ubicación. En 1855, también aprovechando la remodelación de la calle, el pub se amplió hasta su tamaño actual. La barra y el artesonado de madera labrada de techo y paredes se añadieron en 1889, y todavía hoy se conservan en buen estado, igual que varios de los espejos originales y ventanas emplomadas.

Tampoco ha cambiado su vocación de cantina, y hoy sigue ofreciendo comida y bebida a los ingenuos turistas que se empeñan en recorrer el museo en dos horas y, por supuesto, acaban muertos de cansancio. A mediodía, los oficinistas son la clientela mayoritaria, mucho hombre de traje gris y mediana edad y mujeres de falta recta. La comida es algo cara, pero las pintas de Guinness y su gran variedad de ales (cervezas de mayor graduación alcohólica que las lager y de sabor más complejo) hacen del Museum Tavern una parada imprescindible en los alrededores de Holborn-Bloomsbury.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La moda en el siglo V a.c

Tengo muy abandonada la sección "Historia de un objeto", que espero retomar con más vigor cuando regrese a Londres, a finales de mes. Mientras tanto, y para ir entrenándome en sacudirme la pereza estival, organizo archivos y almaceno fotos, recuperando de paso objetos como éste:

Bote de perfume con amazona en traje pantalón (Grecia, 470 a.C)
Hay quien dice que las modas son tan efímeras que cuando las modelos se descalzan, recién bajadas de la pasarela, las ropas que visten ya han caducado. Y está comprobado que las modas son cíclicas y hasta que todo está ya inventado. O así lo parece, sobre todo cuando examinamos con atención los objetos que encontramos en calles, plazas, museos y palacios.

Es el caso de este bote de perfume, fabricado en Atenas alrededor del año 470 a.C., y que muestra a una amazona. Las míticas amazonas eran un grupo de mujeres guerreras, que los griegos de hace 25 siglos creían que vivían al norte del mar Negro. A diferencia de las mujeres griegas, las amazonas eran representadas vistiendo pantalón masculino, blusa de manga larga y una pieza de armadura que les cubría el cuerpo desde el cuello hasta la cintura. La figura de esta amazona (dibujada en negro sobre fondo blanco de alabastro) lleva también un escudo con una tela estampada y un carcaj de flechas.

Este objeto puede contemplarse en el British Museum (Londres), en una vitrina de la sala dedicada a la cerámica griega. ¡Quién sabe si algún diseñador no le habrá echado el ojo a alguna pieza!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Escápate a... "La Estacada"

Inauguro sección, que ya aviso no será diaria y puede que ni siquiera semanal, con la idea de recoger, comentar y recomendar esos hoteles, restaurantes, ciudades o parajes en los que he estado y a los que no me importaría regresar. Sin orden pero con bastante concierto, más agenda que cajón desastre, escapadas de fin de semana a sitios (más o menos) cercanos.


Escápate a... "La Estacada"

Hotel, restaurante, bodega y spa (lo que las guías de viaje llaman complejo enoturístico), La Estacada se levanta en medio de 300 hectáreas de viñedo cerca de Tarancón (Cuenca), a sólo 45 minutos de Madrid. Es un sitio ideal para pasar un fin de semana relajado, el clásico lugar donde es fácil aparcar el estrés junto al coche y dedicarse al dulce placer de hacer… nada. Eso sí, con wifi gratuito en todo el hotel, para quienes llevan el business tan adherido como una segunda piel.

El relativo aislamiento del hotel puede ser un hándicap para atraer clientela, y quizá por eso han diseñado un paquete fin de semana (viernes y sábado) muy goloso: alojamiento y desayuno; gimnasio; circuito spa de 90 minutos; visita a la bodega; degustación de vino; consumo de minibar y pista de pádel, a precio de bolsillo joven.

La piscina de verano climatizada, el párking gratuito, la prensa diaria y la tienda abierta hasta altas horas, invitan a no coger el coche si no es para volver a casa. No obstante, los amantes de las piedras y las ruinas, entre las que me cuento, tienen cerca el monasterio de Uclés, declarado Monumento Nacional en 1931. Su mezcla de estilos plateresco, herreriano y barroco, su patio con aljibe, la iglesia, la sacristía mayor y las fachadas exteriores son paradas obligatorias. Y un poco más lejos, tanto en la carretera como en los siglos, está el yacimiento arqueológico de Segóbriga, o más bien las ruinas de este importante asentamiento romano en el que las excavaciones siguen abiertas.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (VI)

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Viene de Francia de ida y vuelta (V)
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Habíamos reservado nuestro último día en Francia para pasarlo con una pareja amiga en su casa de veraneo en el pueblecito de Err, a escasos kilómetros de la frontera y de Puigcerdá. Teníamos cita para comer a la una y media, por lo que dejamos Perpignan de buena mañana, con la idea de visitar antes la abadía benedictina de Saint Michel de Cuxa.

La carretera se nos dio bien, y a las diez y media franqueábamos la puerta de entrada a la Cripta de la Virgen, un oscuro y húmedo edificio circular donde lo primero que apabulla es la rotundidad de un pilar central de siete metros de circunferencia, sobre el que gira la bóveda. Hice varias fotos, pero al estar prohibido el flash y no siendo yo una fotógrafa consumada, ninguna tiene la calidad necesaria. Delante de la cripta, el subterráneo paseo de los peregrinos nos condujo al precioso claustro de mármol rosa.

De nada vale lamentarse, y la historia del arte está jalonada de destrucciones, robos y desmantelaciones varias (los frisos del Partenón ateniense, las momias, efigies y obeliscos egipcios...), pero entristece pensar que lo mejor de este claustro románico del siglo XII fue vendido, arrancado columna a columna, transportado y reensamblado en Nueva York para lucir en el Museo de los Claustros, donde también se exhibe parte del claustro de St Guilhem le Desert. Como quiera que sea, las columnas y capiteles que aún quedan en Saint Michel de Cuxa son de tal belleza que dedicamos un buen rato a descifrar sus figuras vegetales y zoomorfas. Vimos bastantes leones esculpidos, otros animales inciertos y figuras de aspecto orientalizante, una de las cuales ha sido identificada como Gilgamesh, un personaje de la mitología babilónica.

Al entrar en la iglesia, de piedra desnuda y sobria, nos topamos con una pareja de italianos con los que, ¡casualidades de la vida!, ya nos habíamos tropezado dos días antes, cuando los cuatro (por separado) visitábamos el castillo de Carcassonne. También ahora los cuatro (por separado) salimos a contemplar la torre del siglo XI, que se recorta contra el verdor de los montes circundantes en un silencio sólo roto por las pisadas de cada nuevo visitante.

Desandando el camino, atravesamos la cripta de nuevo para salir por la tienda, donde compramos un llavero y vino de la zona que aún no hemos degustado.

La carretera hasta Err es estrecha, llena de curvas y en afilada pendiente, lo que sumado a los numerosos camiones largos, larguísimos, nos obligó a una velocidad media de 50-60 kilómetros/hora. Salí ganando yo, porque al conducir en casi caravana pude admirar un soberbio paisaje que, por momentos, recordaba a Despeñaperros (Jaén), sobre todo cuando vimos el Tren Amarillo, que cruza turistas por los Pirineos en un viaje de vértigo.

Llegamos a Err diez minutos antes de lo previsto. El Puigmal seguía alzándose majestuoso sobre el pueblo; el riachuelo corría y resonaba contra los cantos de piedra; la casa de nuestros amigos era tan bonita como la recordaba; y ellos, más acogedores que nunca.

Nos llevaron a comer al pueblo de Urús, en la provincia de Girona. La frontera en esta zona es una línea política de lo más arbitraria, pues hace franceses a unos municipios y catalanes a otros, aunque los separen unos pocos kilómetros. Todo en la carta de Fonda Cobadana sonaba apetecible, y la decisión final recayó en un crujiente de manitas de cerdo, muslo de pato, ensalada, pescado y rissotto de ceps, más postre compartido y vino. ¡Delicioso! La invitación puso la guinda al pastel, pero la próxima vez, nos toca.

Regresamos a Err para pasar la sobremesa poniéndonos al día. Mis planes de volver a Londres a finales de mes; sus recientes vacaciones en Escocia; la vuelta al trabajo de ellos dos; sus paseos por el monte buscando setas; la visita de un vecino amabilísimo al que conocimos en un viaje anterior... Sin darnos cuenta, se hacía de noche y aún no habíamos ido a nuestro hotel en Llívia, por lo que decidimos acercarnos a tomar posesión de nuestra habitación antes de regresar (sí, otra vez) a Err invitados a cenar. Tortilla, ensalada y setas (cocinadas por el vecino de nuestros amigos), todo un festín.

La noche era fresca, estábamos tan bien en la terraza, tan a gusto en tan agradable compañía, que sólo el sentido común y el largo viaje del día siguiente para volver a Madrid, nos dieron fuerzas para despedirnos de nuestros amigos e irnos a dormir.

Gracias a los dos por vuestra simpatía, cariño y amistad.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (V): Perpignan y Torreilles

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Viene de Francia de ida y vuelta (IV): a Perpignan
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Francia de ida y vuelta (V): Perpignan y Torreilles Playa


La mañana del miércoles la pasamos entre librerías (mi compañero de viajes y su desmedido gusto por la literatura en francés) y caminatas por los vericuetos de la vieja y noble ciudad de Perpignan. De buena mañana, un largo paseo partiendo de la plaza del Teatro y atravesando el barrio árabe, me hizo ver la cara menos turística de una ciudad que, como todas, tiene sus problemas de habitabilidad y algo más que paredes desconchadas.

El Palacio de los Reyes de Mallorca, al final de ese paseo, me tentaba con su aspecto de fortaleza gótica y el recorrido de sus murallas, pero las dos horas de visita que anunciaba el folleto me hicieron desistir. No tenía tiempo de hacerle los honores a tan vetusta construcción.

Regresé a la catedral de St Jean por el camino más recto y corto. Parte del interior estaba en obras y mal iluminado, pero aun así pude disfrutar en una relativa quietud de la altura de sus bóvedas góticas, del órgano renacentista, de las vidrieras y de la placidez de deambular por las capillas ajena al calor de la calle.

La lástima fue no poder visitar el claustro-cementerio de la iglesia (el más extenso y antiguo de Francia), cerrado al público en agosto y, en lugar de turistas, ocupado por hileras de sillas y gradas donde se acomodan los espectadores que por las noches disfrutan de los espectáculos del festival de verano.

Donde sí pude entrar fue en la Casa Xanxo, construida en el año 1507 por un rico comerciante de la ciudad, que ha sobrevivido a los siglos sin sufrir grandes alteraciones (la casa, no el comerciante).

La visita es gratuita y dura poco más de 15 minutos. Son particularmente curiosas las esculturas talladas a modo de gárgolas en una puerta, una de las cuales muestra la cabeza de Jesucristo con la corona de espinas. El jardín de palmeras está algo descuidado, pero conserva su encanto; y en el piso superior, la gran maqueta de Perpignan en los siglos XVII-XVIII me entretuvo unos minutos tratando de situar en ese mapa gigantesco lo poco que yo conocía de la ciudad moderna. Sigo teniendo problemas con los mapas y planos; eso no ha cambiado desde que me vine de Londres.

Todavía pude recorrer sin prisa durante un rato el centro de Perpignan, pasar por el arco bajo los rotundos muros del Castillet, cuya fachada de ladrillo albergó hasta una prisión del Estado y hoy cobija un museo de tradiciones y artes populares.

A la una de la tarde y con las librerías cerradas hacía media hora, me reuní en la FNAC con mi compañero para coger el coche rumbo a la playa. La amable señorita de la Oficina de Turismo me había recomendado esa mañana el pueblo de Torreilles, y allí nos fuimos con hambre de mar y de pescado.

Torreilles tiene un párking enorme y gratuito que te deja muy cerca del borde del mar. La playa, limpísima, mide cuatro kilómetros de arena finísima y alterna las zonas familiares con las suaves dunas, todo en un entorno “salvaje”, por supuesto, no urbanizado. Ya quisiéramos en España tener muchos sitios así.

Comimos en L’Ovalie Beach, un restaurante-bar de copas-chill-out según las horas del día, con un menú en el que todo sonaba bien y a buen precio. Compartimos ensalada, parrillada de pescado y vino, que para eso a dos pasos nos esperaban las hamacas del propio restaurante. Entre chapuzón y chapuzón, nos entretuvimos mirando a los niños (y no tan niños) que participaban en un concurso de castillos de arena. Todo en una placidez tan relajante que a punto estuve de quedarme dormida.

Al día siguiente, teníamos cita en el pueblecito de Err con una pareja amiga a la que conocimos en un viaje a Siria y Jordania. Así que esa noche en Perpignan decidimos tomárnoslo con calma, y sin pasar por el hotel ni quitarnos del todo la sal del pelo, fuimos a la Lonja del Mar a tomar un helado sentados plácidamente viendo la vida pasar.

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El viaje continúa aquí

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Francia de ida y vuelta (IV): a Perpignan

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Viene de Francia de ida y vuelta (III)
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Francia de ida y vuelta (IV)

El martes muy temprano dejamos la Cité de Carcassonne con rumbo a St. Guilhem le Desert, a hora y media aproximadamente, cerca de Montpellier. No es que nos pillara de camino precisamente, pero habíamos ido a St. Guilhem hacía años, cuando llovía y el cielo estaba oscuro, y nos apetecía verlo con una luz nueva.

Desviándonos en Narbonne, hicimos una breve parada en la abadía de Fontfroide con la sana intención de desayunar rodeados de montañas. Resultó que el café-restaurante no abría hasta las 12, con lo que hubimos de conformarnos con los plátanos y galletas que llevábamos en el coche. Nos fuimos cuando arrancaba la primera visita guiada (obligatoria), lo que nos hizo recordar la vez que nosotros hicimos cola ante las magníficas portadas de la abadía cisterciense. Esta vez no teníamos tiempo.

El pueblo y el monasterio de St. Guilhem deben su nombre a Guilhem, un militar primo de Carlomagno que dejó las armas para fundar, en el año 804, un solitario monasterio en el perdido valle de Gellone. Y aquí siguen, el pueblo y el monasterio, aunque lo recóndito de su situación no impide hoy que miles de turistas abarroten a diario sus callejuelas esquivas y torcidas.

Nada más entrar en el monasterio, nos sorprende la iglesia abacial, su interior oscuro, sin más decoración que la piedra desnuda; la estilizada altura de sus bóvedas; la cripta vestigio de la anterior iglesia carolingia; la arqueta relicario con huesos de St Guilhem. Y, sobre todo, impresiona el claustro de sólidos muros y firmes capiteles.


Y rodeándolo todo, vigilando desde arriba,los riscos escarpados donde brillan al sol los restos de un castillo y de una ermita, a los que hay que subir andando (y hasta trepando) una empinada cuesta. Yo preferí caminar llano, hacia el Circo del Fin del Mundo (Infernet), apenas media hora que me supo a gloria porque tanto a la ida como a la vuelta comí moras silvestres y un par de higos.

La comida la hicimos en la terraza del restaurante La Table d’Aurore, bajo los árboles y en una mesa contigua a otras que se asomaban vertiginosamente a una de las gargantas que circundan el pueblo. Tomamos una formule (menú del día a la francesa) con ensalada, pescado y berenjenas con queso fundido. Nos supo a gloria después de nuestro frustrado desayuno en Fontfroide.

Ya en ruta hacia Perpignan, salimos de la autopista para ver la fortaleza de Salses, pero estaban a punto de cerrar y decidimos tomar unas fotos del exterior y anotarla para nuestra próxima estancia en Francia.

Llegamos a Perpignan al atardecer, el hotel estaba a las afueras y aunque tenía piscina y estábamos cansados, nos pudieron más las ganas de pasear por el centro. Dejamos el coche en el párking Aragó y recorrimos las calles durante un rato. También era nuestra tercera vez en Perpignan, así que todo tenía un aire familiar y acogedor. La catedral de St Jean, la Lonja, la plaza de Cataluña, el Castillet…

Había muchos españoles, lo que no extraña ya que la frontera se encuentra a pocos kilómetros, y las calles y muchas tiendas están rotuladas en catalán y francés, que para algo Perpignan fue la capital de la Cataluña francesa desde el siglo X hasta mediados del XVII.

No pensábamos cenar, pero la oferta de ostras a muy buen precio en una de las terrazas sedujo a mi compañero de (no tantas) fatigas, y rematamos la noche cenando más de lo que nuestra línea aconsejaba y seguramente también más de lo que nuestras cuentas bancarias desearían, pero...¡hacía una noche tan bonita en Perpignan!

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