jueves, 23 de abril de 2015

Personaje (*)


Me vigila
un reloj engarzado en pétalos de rosa

Me anestesia
el recuerdo de mañanas cálidas
en primaveras tempranas,
un aroma sutil
residual
a pieles jóvenes
desde el techo de la casa

Me despierta
el rumor falso de pasos
que trastabillan,
el juego casual
efímero
de talles envueltos en lino blanco

Me turban
sus figuras de costado,
el perfil de los rostros
desgastados
que ya no veo

Estoy dentro del cuento
que escribí hace años,
el verano del incendio

Me he convertido
en personaje
Siento cercana la muerte


(*) Poesía inédita. Mi contribución al Día del Libro 2015

martes, 21 de abril de 2015

La araña, la doncella y Orfeo en la Fundación Mapfre

(Más sobre pintores del XIX y la obra de la naif Seraphine Louis)

Quedan trece días para ver la exposición El canto del cisnegratuita en la Fundación Mapfre, con una selección de más de ochenta pinturas académicas francesas de la segunda mitad del siglo XIX. Estarán en Madrid hasta el 3 de mayo, luego volverán al Museo de Orsay de París.

Visité la exposición el pasado fin de semana, y no me impactaron tanto los cuadros de artistas más conocidos (Ingres, Gérôme o Cabanel), o los de otros pintores que he visto últimamente (Alma-Tadema, Gustave Moreau o Puvis de Chavannes), sino pinturas y nombres de los que poco sabía. Eso sí, el primer óleo con el que se recrea la vista al entrar, El manantial (1856), de Jean Auguste Dominique Ingres (1780-1867), es magnífico: una venus de rostro y cuerpo casi adolescentes, con el brazo derecho alrededor de la cabeza sostiene un jarrón del que vierte agua de manantial.

'La araña', de Léon Comerre (1850-1916).
Me gustó mucho La araña, de Léon Comerre (1850-1916), un artista famoso por sus retratos de bellas mujeres. Es una obra abiertamente devota del esplendor femenino pero cargada de irónica malicia, con esa joven que se despereza en el centro de la composición y que intuimos está esperando a que su presa quede enredada en la tela. La araña reúne dos características claves de la pintura academicista francesa: refinamiento y desnudo. 

'La doncella', de Frank Craig (1874-1918).
Muy distinta, pero igualmente turbadora, es La doncella (1907), de Frank Craig (1874-1918), donde una Juana de Arco doncella comanda un ejército de lanzas rojas como la sangre, en una batalla que parece a punto de perder. Es un buen ejemplo del modelo clasicista de pinturas históricas, con tintes incluso religiosos. 

'Vencido', de George Hitchcock (1850-1913).
Me pareció conmovedor y de una belleza casi fatal el cuadro Vencido, de George Hitchcock (1850-1913), donde la derrota del caballero que se retira dando la espalda al espectador se ve sobredimensionada por el delicado manto cromático de tulipanes y jacintos alineados al sol. Hitchcock es famoso por pintar de forma repetida, como un elemento fetiche de su obra, los campos de tulipanes.

'Los cantos de la noche', de Alphonse Osbert (1857-1939).
Del simbolista Alphonse Osbert (1857-1939) me fascinó Los cantos de la noche (1896). Un paisaje nocturno, iluminado de forma difusa por la luna, en una bruma azulada. Personajes de contornos imprecisos, fantasmagóricos, donde el artista expresa una visión metafísica. Osbert defendía la idea de restablecer la armonía entre el hombre y la naturaleza, reconciliar apariencia y espíritu, en una sociedad moderna que no se basara sólo en el progreso técnico y económico.

'El lamento de Orfeo', de Alexandre Séon (1855-1917).
Muy moderno me pareció El lamento de Orfeo (1896), de Alexandre Séon (1855-1917), una alegoría de la pérdida por no ser capaz de resistirse a la tentación. En este cuadro vemos a Orfeo junto a su lira, de vuelta de los infiernos tras fracasar en el rescate de su amada Eurídice. Está sobre la arena de una playa desolada, en medio de un paisaje devastado, vacío de vegetación, fuera del tiempo y del espacio.

'Expulsión del paraíso', de Franz von Stuck (1863-1928). 
También de pérdida y ceder a la tentación habla Franz von Stuck (1863-1928) en La expulsión del paraíso (hacia 1890), obra deudora de la mitología y cargada de simbología. Un ángel implacable expele a los proscritos Adán y Eva, culpables de comer del Árbol del Paraíso. El pecado, tan recurrente en la obra de Stuck, y su más cruel consecuencia.

sábado, 11 de abril de 2015

Caminito del Rey y Torcal, maravillas de piedra en Málaga

(Más sobre El Torcal y los dólmenes de Antequera)

El Caminito del Rey, en el centro de la provincia de Málaga, ha sido restaurado tras veinticinco años de abandono y ya es posible transitar por él a pie, en una visita de emoción y vértigo asegurados. Construido sobre el río Guadalhorce a inicios del siglo XX para unir los dos extremos de un salto hidrológico, el Caminito lo inauguró Alfonso XIII en 1921. De ahí su nombre.

Caminito del Rey al paso por El Chorro (Málaga).
Se trata de una senda que en total mide 7,7 kilómetros y se tarda en hacerla entre cuatro y cinco horas. Buena parte del sendero discurre por pasarelas, estrechas y elevadas, que serpentean entre afilados bloques de piedra. Ya está abierto el plazo de reservas para visitas de junio a septiembre, en esta web donde se puede seleccionar el día, así como la zona de entrada (Álora o Ardales). Recorrer el Caminito es gratis, pero con restricciones, por la complicada orografía y el relativo peligro que entraña. Sólo se admiten 600 personas al día, en grupos de cincuenta cada media hora.

Caminito del Rey (ruta frecuentada por escaladores).
Uno de los tramos más espectaculares se interna por El Chorro (Álora), donde se contemplan las impresionantes gargantas abiertas por el río Guadalhorce en las calizas y dolomías jurásicas; unas gargantas de piedra de hasta 300 metros de alto y diez de ancho. En la zona de El Chorro se halla también el desfiladero de los Gaitanes y su puente colgante Ignacio Mena, una de las grandes atracciones del paraje. En esta área pueden verse algunas de las estampas paisajísticas más bellas que ofrece el recorrido de las pasarelas (2,9 kilómetros de longitud), que es lo que elige la mayoría de los visitantes.

Pasarela escarpada (Caminito del Rey).
Las pasarelas atraviesan el Caminito del Rey en sentido lineal, no circular, lo que significa que si el visitante entra por Ardales (al norte) sale por El Chorro-Álora (al sur), y viceversa, si bien hay autobuses para volver al punto de inicio. Parte del sendero discurre por una pasarela muy estrecha, que asciende y desciende, con suelo de madera y que da la sensación de andar colgado por un desfiladero.

Sierra jurásica de El Torcal (Málaga, entre
Antequera y Villanueva de la Concepción).
Otra maravilla de piedra en la provincia de Málaga es la sierra jurásica de El Torcal, entre Antequera y Villanueva de la Concepción. Sin ningún género de dudas, El Torcal es un prodigio de la naturaleza, un monumento a la paciencia del viento y de la lluvia, que durante unos doscientos millones de año han estado lamiendo y erosionando las rocas calcáreas, creando caprichosas figuras esculpidas en piedra.

Mirador de las Ventanillas (sierra de El Torcal,
entre Antequera y Villanueva de la Concepción).
Recorrer a pie las rutas trazadas en el suelo es como internarse en un paisaje de ensueño, algo así como atravesar la puerta del armario que conduce a Narnia o vagar por el País de las Maravillas. Es impresionante la Ruta de las Amonitas, un recorrido guiado por senderos donde se encuentran las figuras pétreas más famosas: el Tornillo, el Sombrerillo y el Cofre, así como numerosas huellas de fósiles de amonitas.

Villanueva de la Concepción y Málaga al fondo,
vistas desde la sierra de El Torcal
Por libre pueden hacerse las rutas amarilla y roja, pero con precaución, la cobertura de móvil es casi inexistente y los senderos estrechos, pedregosos y resbaladizos. Desde el mirador de las Ventanillas se disfruta de una soberbia vista panorámica: al fondo, el pueblo blanco y apacible de Villanueva de la Concepción, al este, la sierra de Tejada y al sur, la costa de Málaga. En días claros y luminosos se ven los barcos surcar el mar.

domingo, 5 de abril de 2015

Mi entrevista a Jostein Gaarder, el hombre que pregunta

(Leer también Diez años de mi entrevista a Mercedes Salisachs)

El 24 de diciembre de 2004 publiqué en La Gaceta de los Negocios una entrevista con Jostein Gaarder (1952), el célebre escritor noruego cuyo libro El mundo de Sofía (1991) lleva más de veinte años siendo un best-seller internacional. Gaarder tenía entonces 52 años, aunque parecía algo mayor, hablaba un inglés fluido, vestía sobrio a la par que elegante. Se decía y se comportaba como un hombre modesto, al que la fama no se le había subido a la cabeza.

Entrevista a Jostein Gaarder (La Gaceta
de los Negocios, diciembre 2004).
Han pasado casi diez años y medio de esta entrevista, y desde entonces Jostein Gaarder ha escrito varios libros más, sin que ninguno haya rozado ni de lejos el éxito de ventas y de critica que logró con El mundo de Sofía. No creo que ese fracaso le importe demasiado en lo personal, y dudo que sus ojos hayan perdido el brillo de la ilusión que reflejaban esa tarde de diciembre de 2004, cuando me confiaba que su principal empeño era que los más jóvenes leyeran, se hicieran preguntas y tomaran conciencia de los grandes enigmas del universo. 

Jostein Gaarder en una imagen de 2008.

Y es que para Gaarder hacer y hacerse preguntas tiene una importancia vital. "Para mí es irrelevante la adscripción política o religiosa, lo fundamental es no perder nunca la curiosidad", me decía en 2004. Cuando le pedí escoger entre optimismo y pesimismo, el prestidigitador de la palabra que es Gaarder me respondió: "esperanza". Sin esperanza, contestó, "no vale la pena luchar, sin esperanza la gente se vuelve apática". Por supuesto, como entrevistadora, tenía que saber cuál sería la pregunta que él mismo haría si el genio de la lámpara le concediera una sola respuesta. "La que me he planteado toda la vida, la que no voy a dejar de plantear: ¿qué es este universo?", respondió sin dudar un instante. 

Gaarder tenía once años cuando se topó con su primera pregunta sin respuesta. Estaba hablando con su padre y quiso saber qué había más allá de las estrellas. Su padre le dijo que más estrellas. "Sí, ya lo sé, pero ¿qué hay más allá de esas estrellas?", insistió el niño. El adulto admitió que no lo sabía. "Y es cierto que no los sabemos", reconocía el Gaarder de 52 años, "pero no es cierto que no hay respuestas, es que hay que seguir buscándolas", 

'El mundo de Sofía', best-seller
mundial de Jostein Gaarder.
Antes de hacerse mundialmente famoso, Jostein Gaarder enseñaba Filosofía en un instituto de Bergen y escribía cuentos en su tiempo libre, hasta que su peculiar visión del saber filosófico, que plasmó en El mundo de Sofía, le permitió dedicarse de lleno a escribir. Su libro tótem ha vendido 15 millones de ejemplares, pero él no ha parado de narrar y fabular. Una de sus últimas obras lleva por título una pregunta (¿Hay alguien ahí?) y narra la visita a la Tierra de un niño o reptil extraterrestre. Una especie de Principito para que la gente contemple su propio planeta con la frescura con que lo haría un extraterrestre. En el año 2012 publicó Me pregunto..., donde reúne cincuenta cuestiones filosóficas universales que siempre le acompañan; una suerte de manual para estimular la reflexión entre padres e hijos. 

El autor noruego Jostein Gaarder, en una foto reciente. 
Gaarder es un hombre muy, muy rico, y como buen noruego se avergüenza de su riqueza (Noruega es una sociedad igualitaria) así que hace años creó la fundación ecologista Sofía, que concede un premio anual de 100.000 dólares a un proyecto en defensa del medio ambiente. El galardón hace énfasis (¡cómo no!) en una pregunta: ¿cómo es el cambio de conciencia que necesitamos?. Y, aunque su último libro hasta la fecha, La Tierra de Ana, no lleva por título un pregunta, sí lanza la alarma sobre el destino de nuestro planeta. "Podemos llegar a un punto de no retorno", advierte Gaarder.