miércoles, 30 de septiembre de 2015

Amanecer en Villa Adriana: Antínoo, astros y agua

(Más sobre Adriano y magnífica visita virtual a la villa de Tívoli)

Amanecer en Villa Adriana. Eso es lo que habría querido. Ver despuntar el día en la villa romana del emperador Adriano (76-138 d.C.). Asomarme a las aguas en reposo del Pecile para sorprender los primeros rayos de sol justo en el instante en que empiezan a lamer los contornos del estanque. Pasar los dedos por las ramitas del seto que circunda el rectángulo de agua, a cuyo alrededor en el siglo I se celebraban carreras de carros. 

Pecile de Villa Adriana (Tívoli, Italia).
Desde el Pecile, dirigir mi mirada hacia abajo, hacia las piedras y los cimientos de las construcciones que Adriano alzó majestuosas, para en seguida voltear mis ojos hacia el cielo del amanecer y contemplar la retirada de la luna y su corte de astros menguantes. Habría querido pasear hacia el Canopo recordando el pasaje de la novela Memorias de Adriano en el que Marguerite Yourcenar (1903-1987) desvela el amor del emperador por la astrología: "Mi abuelo Marulino creía en los astros (...) Una noche vino a mí, me sacudió para despertarme y me anunció el imperio del mundo con el mismo laconismo gruñón que hubiera empleado para predecir una buena cosecha. (...) Su noticia me conmovió menos de lo que podía creerse: un niño lo espera siempre todo".

Vista frontal del Canopo (Villa Adriana).
De haber entrado en Villa Adriana al amanecer, los primeros haces de luz habrían entibiado mi mejilla izquierda conforme daba los últimos pasos hasta la columnata marmórea del Canopo. Los arquitrabes, las estatuas reconstruidas, los magníficos retratos de Atenea, Ares, Hermes y un cocodrilo rodean el estanque. En tiempos de Adriano aquí había decenas de espléndidas esculturas copiadas a los griegos, entre ellas, el Hermafrodita. Hoy nos queda el reflejo de las piedras en el rostro del agua y el brillo tembloroso que sobre el líquido esparce la brisa al paso del visitante.

El Canopo, la parte más hermosa
de Villa Adriana que sigue en pie. 
Las ruinas de Villa Adriana son hermosas, y quizá sea en el Canopo donde mejor se aprecia el valor de lo imperfecto, la belleza de esas esculturas rotas, casi todas manchadas por el paso de los siglos y casi todas desmembradas, como el apolíneo cuerpo sin cabeza que recibe a las visitas de espaldas, o el dios armado de su escudo, magnífico en su desnudez, que rivaliza en apostura con el joven descabezado. Durante las horas que duró mi estancia en Villa Adriana no pude visitar el Teatro Marítimo, cerrado a cal y canto por unas obras de restauración que a lo peor duran años. Me quedé sin ver el canal en forma de ovillo que encierra una isla y el muro cilíndrico con sus 40 columnas jónicas.


Escultura del Canopo
 (Villa Adriana, Tívoli, Italia).
Cerrado estaba asimismo el pequeño museo de la villa, donde se guardan las pocas obras de arte originales que no se llevaron los coleccionistas. Aquí, en la villa, se encontró y aquí estuvo durante siglos, asombrando con su belleza, el busto de Antínoo que actualmente se exhibe en el museo del Louvre (París). Esta escultura del joven bitinio, el favorito y compañero del emperador Adriano, fue una de las muchas compradas y/o expoliadas de Villa Adriana y esparcidas por galerías y colecciones privadas durante los siglos XVIII y XIX. De la villa se llevaron también los mosaicos de los Centauros (hoy en Berlín) y de las Palomas (en los museos Capitolinos, en Roma).  


Busto de Antínoo hallado en Villa Adriana
(hoy en Museo del Louvre, París) 
En la villa de Tívoli subsiste la Gran Exedra de Antínoo, donde se encontraron muchos fragmentos de esculturas de estilo egipcio, entre las que se halla el Antínoo-Osiris (también hoy propiedad del Louvre parisino). Vestigios que recuerdan Egipto, el país en el que se ahogó Antínoo, al caer o tirarse al Nilo durante uno de sus viajes con el emperador. El amor de Adriano por Antínoo, su obsesión tras la muerte del joven fue tan desmedida, que ordenó a los astrónomos que le dieran su nombre a una parte del cielo. 


Constelación de Antínoo.
Así, durante diecinueve siglos, existió la constelación de Antínoo: se hallaba cerca de las constelaciones del Águila y de Acuario, ambas con un hondo significado, ya que el águila es el animal que representa a Ganímedes (el favorito de Júpiter), y la constelación de Acuario es aquella bajo la cual nació Adriano. Hoy no existe la constelación de Antínoo, fue cancelada en el año 1922, después de que los astrónomos revisaran los límites de las constelaciones. Al cabo de 1800 años, las estrellas que pertenecían a ese asterismo volvieron a ser parte de las constelaciones cercanas

Restos de las Grandes Termas
(Villa Adriana, Tívoli, Italia).
Toda la Villa Adriana rezuma el amor de su dueño por el arte, los astros y el agua. Todo el perímetro de las ruinas contiene estos tres elementos. Así sucede con las Grandes Termas, que en sí mismas son un monumento al cuerpo humano y a la sabiduría de la higiene, sin la cual los griegos y los romanos no creían posible lograr un cuerpo sano con el que explorar una mente sana. Vi la formidable carcasa de las termas bajo el sol del mediodía, y no pude dejar de preguntarme cómo serían al amanecer, cuando el sol comience a resbalar desde el agujero de la bóveda por las columnas de ladrillo, hasta rebotar en el suelo donde una vez hubo piscinas repletas de agua.


Plano de Villa Adriana con reconstrucción
de los edificios, termas y jardines.
No entré en Villa Adriana al amanecer, sino bajo el sol cegador del primer domingo de agosto de 2015, bien pasadas las doce. Llegué desde Roma (metro Ponte Mammolo) en un autobús sin aire acondicionado, que tardó casi una hora en recorrer los 23 kilómetros hasta el barrio (en las afueras de Tívoli) donde está la villa. Desde la parada del bus a la entrada del recinto debí caminar unos doscientos metros. Como dentro del área arqueológica no hay más que un par de fuentes de agua, y no llevaba comida, tras la visita estaba hambrienta. Cuando quise regresar a Roma tuve que caminar un kilómetro hasta dar con la parada del autobús, pues el recorrido de regreso se hacía por otra calle. Allí esperé hora y media sentada en el suelo hasta rendirme y admitir que ese autobús no llegaría. Igual que otros turistas italianos y japoneses, optamos por cambiar de acera, abordar el primer autobús que subiera hasta Tívoli (sí, en dirección contraria) y buscar la estación del tren. Fue una decisión acertada, pues en menos de una hora el equivalente a un tren de Cercanías partía hacia Roma. Decir que estaba cansada sería mentir; estaba agotada. Pero ni una sola vez, ni un solo minuto de las largas caminatas, de las esperas o de los viajes en autobús, se me empañó la felicidad por haber pisado Villa Adriana y haber recorrido los senderos por los que tantas veces paseó Marguerite Yourcenar mientras perseguía la sombra del emperador.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Las desdichadas vidas de las Brontë y su hermano Patrick

(Más sobre las hermanas Brontë  y sobre Emily Brontë)

Hay algo de conmovedor en el retrato de una persona real famosa fallecida a la que admiramos, sobre todo si su vida y muerte se produjeron cientos de años antes de que la conociéramos. Es lo que me sucede cuando entro en museos, visito casas o camino por cementerios ligados a escritoras que han marcado mi propia existencia.

Las hermanas Brontë (retratos de Patrick Branwell
 Brontë), en la National Portrait Gallery de Londres.
En la National Portrait Gallery de Londres hay decenas de estos retratos, frente a los cuales pasé incontables horas durante los seis meses que viví en la ciudad del Támesis, en el año 2010. En la sala 24 de la Portrait cuelgan dos retratos de las hermanas Brontë, pintados por su hermano Patrick Branwell Brontë (1817-1848). Uno de los lienzos, ajado y a todas luces imperfecto, muestra a las tres escritoras, Anne (1820-1849), Charlotte (1816-1855) y Emily (1818-1848), alrededor de 1834.

Autorretrato de Patrick Branwell
Brontë a la edad de 23 años.
De Patrick Branwell Brontë se sabe poco. Fue pintor y poeta, el único hijo varón de la familia, y si su nombre se recuerda hoy es por los retratos de sus hermanas. En 1838 Patrick se estableció como retratista profesional y abrió su propio estudio en Bradford, pero nunca logró vivir de su arte y tuvo que trabajar como tutor y en otros empleos de los que acabó siendo despedido. Murió de tuberculosis a los 31 años. Eso es lo que dice la escueta biografía oficial que como pintor le dedica el museo. Ahora bien, mucho más sobre su carácter puede intuirse al observar la pintura de sus hermanas en la sala 24 de la National Portrait Gallery.

Las hermanas Brontë (detalle), con rastros del
eliminado autorretrato de Patrick Brontë.
La extensa mancha blanca entre Charlotte y Emily es lo que queda del autorretrato de Patrick, que primero se pintó a sí mismo y luego se borró y trató de reemplazarse colocando una columna sobre su persona. El mal estado del cuadro se debe a que durante años estuvo doblado como una simple tela y metido en un altillo, de donde lo rescató en 1914 la segunda esposa del marido de Charlotte Brontë. Las cicatrices visibles en el retrato de las Brontë son como un trasunto de sus vidas cortas y desgraciadas, no sólo por la penuria económica, sino por la mala salud: Anne murió con veintinueve años, Emily falleció a los treinta y Charlotte no cumplió cuarenta. Las tres fallecieron de tuberculosis, como su hermano. Las tres eran sumamente creativas desde pequeñas, cuando se inventaron dos mundos a los que llamaron Gondal y Angria, sobre los que escribían. Su hermano Patrick, en cambio, era débil, un artista fracasado, alcohólico, al que Emily cuidó hasta el fin. Pero sin él, sin esos retratos, hoy no conoceríamos el aspecto de las escritoras, su forma de peinarse, sus ojos o el tono de su piel.

Emily Brontë a los quince años
(Retrato de Patrick Branwell
Brontë hacia 1833).
La desgracia y hasta el destino trágico, tal y como lo entendían los griegos, unió a Patrick y a Emily, ya que él murió en septiembre de 1848 y ella falleció tres meses después, debido a una tuberculosis por el resfriado que contrajo en el entierro de su hermano. Por eso me conmueve tanto contemplar el retrato que Patrick hizo de Emily en 1833, y que también se exhibe en la sala 24 del museo londinense. Se trata de un pequeño óleo que muestra a Emily de perfil, sus pálidos hombros al descubierto, con toda la lozanía de sus quince años. Me apena saber que cuando ella posaba para los pinceles de su hermano ya había vivido la mitad de su vida. A esa edad, sus quince años, Emily había escrito numerosas poesías que mantuvo en secreto, y apenas dos años antes de morir, en 1846, pudo publicar Cumbres borrascosas, su única novela, hoy tenida por un clásico de la literatura inglesa.

Autocaricatura de Patrick Branwell Brontë
esperando a la muerte.
Esta Emily de quince años estaría lejos de sospechar que pasaría sus últimos años en la casa familiar de Haworth (condado de Yorkshire), cuidando a su hermano, tratando de alejarlo de la bebida y del opio, esperándolo despierta hasta la madrugada. La Emily de quince años no sabía que tendría que vigilar a un Patrick ebrio, soportar su desvarío y ayudarlo a acostarse, noche tras noche. Pero, cosas del destino, durante esas vigilias Emily escribió impactantes páginas de Cumbres borrascosas, el libro que la hizo inmortal.

Placa funeraria de Emily y Charlotte
Brontë en la casa-museo de Haworth.
Toda esa desdicha no se ve en los retratos de las Brontë que se exhiben en la National Portrait Gallery, pero después de contemplarlos y de releer sobre ellas y su obra literaria, es imposible dejar de preguntarse cómo encaraban la cotidianidad, qué rituales seguían frente al papel en blanco, qué las hacía dichosas o qué las sumía en la desgracia. Y es gracias a los pinceles de un mal pintor, su hermano Patrick, por lo que hoy ellas nos parecen cercanas, humanas hasta la médula, y podemos intuir el carácter firme y sobrio de Anne (la menor de las tres), el nostálgico romanticismo de Charlotte (la única que se casó) y el tormentoso sentimiento trágico del amor de Emily.

Las hermanas Bronte fueron en realidad cinco, siendo las vidas de las desconocidas María (la mayor, 1814-1825) y Elizabeth (la menor, 1815-1825) aún más desgraciadas, puesto que murieron siendo unas niñas. Una desgracia de la que no se salvó la madre de las escritoras, María Brontë, muerta en 1821, cuando tenía treinta y ocho años, ni tampoco el padre, el reverendo Patrick Brontë, que falleció en 1861, a la edad de 84 años, después de haber visto morir a toda su familia.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Is there any sex in Jane Austen's novels?

(*To my English readers: I apologize for every mistake. Please be aware I am a Spanish writer) Find more about Jane Austen and her men)

The book What matters in Jane Austen? (by John Mullan, 2012) explores rituals and conventions of Jane Austen's (1775-1817) fictional world in order to reveal "her technical virtuosity and sheer daring as novelist". The chapter eleven is devoted to the issue Is there any sex in Jane Austen?

'What matters in Jane Austen?
by John Mullan (Bloomsbury).
Yes, there is. At the end of Northanger Abbey, we can sense that Isabella Thorpe slept with Frederick Tilney, maybe thinking that sooner or later he was going to marry her. In Mansfield Park, Heny Crawford likely persuaded Maria Bertram to have sex with him, and certainly Lydia Bennet (Pride and Prejudice) had lots of sexual intercourses with Wickham for almost a mont before their marriage. Another example: in Sense and Sensibility we are told that Willoughby has eloped with the sixteen-year-old Eliza from Bath. She dissapears for eight months before Colonel Brandon, her guardian, finds her: she has a baby, and she and her child are "removed... into the country". In this novel the reader learn that acceptance of gentlement's sexuals indiscretions was widespread.

Public bathing at Bath, the city where
 Lydia allows herself to be seduced by Wickham
There are several men in Austen's stories who do want a wife for reasons beyond financial calculation. It's the case of Robert Ferrars marrying Lucy Steel "speedily" because he wants her; that was also the implicit situation of a young Mr. Bennet chosing Mrs. Bennet by her beauty (having made a mistake, he lived with it); and it's almost certainly the case of John Knightley (Emma), oppenly irritated by most of his wife's preoccupations. Why did he marry her? Presumably because of physical attraction; their five children after only seven years of marriage might be evidence of this.

Collin Firth, the best Mr. Darcy ever filmed.
Jane Austen's novels acknowledge men's sexual needs, but it is hard to know what to think of the men with whom her heroines are finally paired and married, for example, the world-famous Mr. Darcy. In general, critics of her fictional works states that "in Austen, as in the eighteenth-century novels from which she learned, pre-marital sex happens because a young woman gets into the hands of a rakish man, not because two people simply cannot resist each other" (John Mullan).

Thomas_Lefroy (1776-1869)
inspiration for Jane Austen's
iconic Mr. Darcy.
Naturally, none of Austen's heroines would have sex before marriage, but those practices were not unimaginable to her. Even her more naive character (Jane Bennet, from Pride and Prejudice) knows that sex before marriage happens, though she is determined to believe otherwise ("My father and mother believe the worst, but I cannot think so ill of him").

Last but not least, Jane Austen and her readers lived in an era of considerable sexual licenses among the elite: the Prince Regent and his brothers the Duke of York, the Duke of Clarence (later King William IV) and the Duke of Kent (Queen's Victoria father) were famous for their sexual irregularities.

Austen's heroine Emma is well known for his habit to evade a truth by indulging in a fancy. This applies also to sexual affairs in her neighbourhood, as we can see when she dreamt about Frank Churchill's adoptive father ("Half a dozen natural children, perhaps"). Maybe these "dreams" are the way for Jane Austen to require the reader to recognise what she has sometimes been accused of denying; that humans are driven by sexual appetites.

sábado, 5 de septiembre de 2015

Viaje a Cerdeña (II): travesía a Bonifacio, Palau, Gigantes de Arzachena, Golfo Aranci, Olbia

(Parte I del viaje a Cerdeña: Cagliari, Su Nuraxi, Santa Cristina)

El viernes, 24 de julio, después de desayunar salimos de Olbia en coche rumbo al norte, hasta Santa Teresa se Gallura, en cuyo puerto cogimos el ferry que va a Bonifacio (en la isla vecina de Córcega).

Ferry a su llegada a la costa de Bonifacio (Córcega). 
Desde el norte de Cerdeña al sur de Córcega hay apenas una hora de travesía en barco, así que la tentación de pasar un día en la isla francesa era irresistible. Era nuestro tercer viaje a Córcega y a Bonifacio, pero esta vez llegábamos por mar. La subida desde el puerto a la ciudad amurallada la hicimos andando a pleno sol, y fuimos directamente al restaurante U Castillecuya comida y preciosas vistas sobre los acantilados y las Bocas de Bonifacio son espectaculares.

Vista de las Bocas de Bonifacio desde la terraza
del restaurante U Castille.
Cada vez que hemos ido a Córcega hemos visitado Bonifacio y comido en este pequeño local, en el que mi compañero y yo tenemos una de las anécdotas más divertidas y a la vez entrañables de nuestros viajes, protagonizada por una pareja de chicos muy singular. Las cuatro mesas de la terraza estaban ocupadas, por supuesto, pero nos dieron una con buenas vistas.

Raviolis con marisco y dúo de gambas
(restaurante U Castille, Bonifacio).
En U Castille comimos un plato que llaman dúo de gambas (grandes gambones) y raviolis con marisco y vino blanco corso Andriella. De postre, queso con mermelada de higos. La cuenta rozó los cien euros. Cuando terminamos de comer eran más de las cuatro y media de la tarde, los turistas empezaban a abandonar la parte alta de Bonifacio, y pudimos pasear a gusto por la muralla frente al mar y hasta comprar algunos regalos en la tienda de un artesano que convierte las conchas marinas en pendientes, pulseras y piezas decorativas.

Casa de Bonifacio donde Carlos V pasó
 tres noches, 3-6 de octubre de 1541.
Muy cerca, descubrimos dos edificios, uno frente al otro, con connotaciones históricas: en uno vivió Napoleón (del 22 de enero al 3 de marzo de 1795) y en otro pernoctó el emperador Carlos V del 3 al 6 de octubre de 1541.

Nuestro día en Bonifacio, en Córcega y en Francia llegó a su fin. A las seis y media de la tarde cogimos el ferry de regreso a Cerdeña, y nada más desembarcar en Santa Teresa de Gallura recogimos el coche del párking y enfilamos hacia Palau. Allí, tras un ligero paseo por el corazón en fiestas de la ciudad, cenamos pizza en una terraza muy populosa y compartimos un carpaccio de pulpo. Palau es una ciudad costera animada, con un turismo familiar, que en verano se llena de gente que va y viene a la vecina isla de la Maddalena. Por la noche, junto al puerto se despliegan puestos de artesanía realmente bonitos, de los que me traje dos monederos de piel labrada. Esa noche aún nos faltaban por hacer los cuarenta kilómetros de distancia entre Palau y Olbia. A esas horas y sin apenas luna, la carretera parecía más una sucesión de curvas asfaltadas que una carretera. Tardamos casi una hora en llegar a Olbia, y fuimos directos al hotel Demar

Tumba de gigantes de Li Lolghi (1200 a.C.)
Al día siguiente, sábado 25 de julio, tocaba visitar más restos de la civilización nurágica (1700 a.C.), en concreto, las tumbas de los gigantes de Arzachena, la más famosa de las cuales es Coddu Vecchiu (desde 1700 a.C.) a la que se llega por una carretera bien señalizada y sin baches relevantes. También nos gustó mucho la necrópolis megalítica de Li Muri (4000 a.C), con cuatro cementerios redondos en forma de discos concéntricos. Por último, visitamos la tumba de gigantes de Li Lolghi (1200 a.C.) más modesta que la de Coddu Vecchiu. Los tres sitios arqueológicos están próximos entre sí, y se recorren en poco más de hora y media, con un billete conjunto de 7,5 euros. Los tres ofrecen información en español, en folletos que hay que devolver al terminar la visita.

Costa Esmeralda, hacia Golfo Aranci (Cerdeña).
La siguiente parada programada de ese día era el lujoso y renombrado Porto Cervo, cuajado de yates enormes cuyas cubiertas, mástiles y velas proclaman “mi dueño o el que me alquila es asquerosamente rico”. Me pareció un bluff de sitio, el ambiente que resulta si se mezcla Puerto Marina (Benalmádena), Marbella y un  lujoso centro comercial. Nuestra idea era comer en Porto Cervo, pero cambiamos de planes rápidamente. Mientras tomábamos una cerveza negra Guinness a pie de puerto (en Nelson), escogimos una nueva ruta.

Playa en Costa Aranci, a los pies
del restaurante Spigola (Cerdeña).
Llegamos a Golfo Aranci bien pasadas las tres de la tarde. En la guía Lonely Planet recomendaban el restaurante Spigolaen la playa, y allí comimos (muy bien), en el interior, en una mesa con ventanales abiertos al mar. Mejillones a la marinera, espaguetis con almejas y frégola con almejas, vino blanco, tiramisú y café. Todo por 64 euros. Después de la comida, un chapuzón en la playa a los pies del restaurante nos despejó y revitalizó.


Corso Umberto I, la vía peatonal más famosa
y el mejor escaparate de Olbia (Cerdeña).
Por la noche, ya de regreso en Olbia, dimos una larga caminata por el paseo marítimo y buscamos un par de restos arqueológicos que el plano señalaba en el centro de la ciudad. Olbia es lo suficientemente grande para tener varias zonas de ambientes diferenciados, y lo bastante pequeña para recorrerla a pie, sin prisas, contemplando las bonitas fachadas señoriales, los modernos escaparates, los amplios jardines que se adivinan tras altas tapias encaladas…. Nos despedimos de Olbia en el bar-restaurante de la primera noche: In Vino Veritas, y después compramos chucherías en un puesto artesanal de la calle, tomamos helado y paseamos otro rato. La temperatura esa noche era ideal, olía a verano y a mar, soplaba una brisa ligera, todo a nuestro alrededor estaba en paz.