martes, 19 de octubre de 2010

El mar bajo los adoquines

El fin de semana estuve en París, una de mis ciudades eternas desde la lejana niñez, cuando una joven maestra recién llegada a mi pueblo andaluz se empeñaba en enseñarme Geografía y Francés sobre un plano de Metro. La niña que era yo entonces, en una España con una televisión de sólo dos cadenas, sin vídeo, móvil, ordenador, Internet ni videoconsola, estaba lejos de imaginar que en octubre de 2010 viviría en Londres, viajaría a París para pasar el fin de semana, tardaría sólo dos horas, y lo haría en un tren que atraviesa por debajo el Canal de la Mancha.

Salí de St. Pancras International el viernes a las 15.03 y a las 18.15 (la diferencia horaria sólo me gusta si gano tiempo, no si lo pierdo) me bajaba del Eurostar en la Gare du Nord, pero como el avión de mi compañero (él viajaba desde Madrid) iba con retraso, me acomodé en una mesa de la Brasserie Terminus, disfrutando de una cerveza mientras chispeaba tras los cristales. Tardé más de una hora en dejar de sentirme extraña rodeada de gente que hablaba francés, acostumbrada como estoy a la amalgama de lenguas que se oyen aquí en Londres a todas horas.

Nuestro hotel estaba en el Marais, así que esa noche cenamos en el barrio, en un restaurante que hace años nos encantaba, pero cuya calidad ha caído al mismo ritmo que subía la factura. Lo mejor, el vino Retsina, la tapenade de aceitunas y el cuscús.

He estado en París docenas de veces a lo largo de los años, siempre de vacaciones, mirándola con ojos provisionales, recorriéndola a pie, subiendo y bajando a sus torres y azoteas, ya sea las de Notre Dame, la Sainte Chapelle, el Panteón, la Torre Eiffel, el Sacré Coeur o Montmartre. Y siempre, llueva o granice, me guardo unas horas para ir al Louvre, pasear por el Sena y admirar el perfil encantado de la Conciergerie, callejear por St. André y respirar los aires libertarios del más Latino de sus barrios.

Pese a tener poco tiempo, escogí pasar la mañana del sábado en el Louvre, mientras mi compañero se iba de librerías. Y como el carné de periodista no sólo franquea la entrada gratuita sino que te libra de las colas, pronto surcaba las salas de escultura griega y romana, las pinturas renacentistas y el Louvre medieval. Una parada frente al esclavo moribundo de Miguel Ángel... De mis imprescindibles, sólo me faltó el Naufragio de la Medusa, de Gericault.

Me asomé a la sala de la Gioconda. Allí seguía, protegida por cristales, valla y dos guardias, rodeada de decenas de ojos mirones y algo miopes. La pintura más famosa del mundo, tan pequeña en tamaño, en la diana de todos los flashes. ¡Cuán diferente fue el final de la mujer real bajo la sonrisa pintada, la verdadera Gioconda! Su tumba destruida, reducida a escombros, esparcidos sus restos en un vertedero, ya fuera por la desidia, la ignorancia o el nulo olfato para los negocios de quienes pudieron preservarla.

Eso es, al menos, lo que publicaron la semana pasada los periódicos ingleses sobre el triste final de la modelo de Leonardo da Vinci.

Para la comida, escogimos otro clásico: la Brasserie de Saint Severin: ostras y pato para él, salmón para mí, vino tinto de Chinon. Conversación rica y reposada en un ambiente libre de humo y de ruidos que nos dejó cuerpo y alma en un estado propicio para la visita de la iglesia, más un café en la plaza de los Vosgos, seguido de un largo paseo hasta el Pompidou y un par de horas de investigación y lectura en la biblioteca del museo. A veces pienso si no me estaré volviendo un ratón de biblioteca con la excusa de leer cuanto cae en mis manos si está escrito en una lengua extranjera.

A cenar fuimos a la zona de St. André des Arts, hacía frío y era tarde, así que esperamos pacientemente a que nos dieran mesa en La Procope. Demasiada gente y mucho turista, pero el restaurante conserva un raro encanto de sitio añejo sin tener moho de verdad. La única pega: los estresados y gritones camareros y su inclinación a bajar y subir escaleras con bandejas tambaleantes en un precario equilibrio.

El domingo desayunamos frente a las gárgolas de la catedral, en una terraza con calefacción pero por la que corría el aire con entera libertad. Como los parisinos y sus turistas. Dedicamos un rato al interior de Notre Dame de París y nos acercamos de nuevo al Louvre; yo a comprar unos libros y mi compañero a ver unos cuadros . Se hacía tarde y yo tenía antojo de ensalada de chévre chaud en una típica brasserie, que encontramos en una calle paralela a Rivoli. De allí al hotel a por las maletas, un corto trayecto en metro y a la Gare du Nord a montarme en el Eurostar que me devolvió a Londres en dos horas. Desde St. Pancras, aún tardaría hora y media en llegar a mi casa, gracias a la suspensión de la línea Jubilee. ¡Hurra!

El pasado fin de semana, en París había aires de huelga, retrasos y paros constantes en el metro y el RER, carteles llamando a la movilización, una manifestación el domingo, malas caras y quizá menos alegría. Se notaba en el ambiente: la crispación, la protesta, la rabia y hasta la tristeza. Y es que, tantos años después de aquel mayo del 68, aún no hemos sido capaces de encontrar, bajo los adoquines, el mar.