domingo, 24 de octubre de 2010

Frío, cielo azul, festival

He pasado casi todo el día en la biblioteca Paul Hamlyn del British Museum, ese espacio confortable y recoleto al que se accede atravesando la tienda, conforme se entra por Great Russel Square. Pocos turistas llegan hasta aquí, aunque cualquiera puede coger un volumen de las estanterías, sentarse en las cómodas sillas y ponerse a leer, además de consultar los fondos del museo en los ordenadores. La clave, como en el resto de museos gubernamentales, es “gratis” para todos.
Ya he dicho que los libros de arte son mi perdición, y como voy al British dos o tres veces a la semana, es raro el día que no pierdo la noción del tiempo ojeando volúmenes en esta biblioteca. Quizá por eso hoy se me ha hecho raro llegar con mi portátil y ponerme a trabajar en mis escritos, mi novela y mis relatos cortos; esos proyectos que traje madurados desde España y que deberían encontrar su cauce definitivo en Londres: un ancho cauce, no un liviano reguero de agua residual.
A las cuatro y media de la tarde y sin apenas batería, mi VAIO se ha puesto a hibernar, con lo que decidí  echarme a la calle, pasear un rato hasta la parada del autobús (como cada fin de semana, mi estación de metro y casi toda la línea Jubilee no funcionan) y despejarme la cabeza de tanta amalgama de letras. Tras horas acurrucada en el calor de la biblioteca, me sorprendió el frío de la calle, aunque era el frío que ha hecho toda la semana, el frío que escarcha Hyde Park cada mañana, el frío que, pese a todo, a mediodía se vive con gozo, porque el cielo sigue azul, no llueve y la niebla aún no se ha pegado al costado del río.
El sonido de unos tambores me llevó hasta Bloomsbury Square, donde hasta mañana se celebra un festival de musica intercultural, con mesas en el parque, casetas de comida y bebida, libros de segunda mano, artesanía y actividades para niños (lo normal en todo pueblo o barrio español en los meses de verano). Y la gente, pese al frío, sentada en las sillas a la intemperie; las narices rojas asomando sobre las bufandas; los guantes, gorros y abrigos como reyes absolutos de esa pasarela urbana y desenfadada que es Londres, capital cosmopolita y cultural.
Porque, como dicen quienes viven aquí desde hace años, estos gélidos días de precioso cielo azul son de una rareza tan extraordinaria en Londres, que no disfrutarlos en la calle sería tan absurdo como no plantar rosas porque nacen con espinas que pueden pinchar.

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