miércoles, 20 de agosto de 2014

¡Feliz cumpleaños, niña con vestido de lunares!


Hoy es el día de mi cumpleaños. Este 20 de agosto, veraniego, caluroso, siestero y fiestero, añado un año a la cuenta del haber, sumo otros doce meses como quien apila placenteros libros leídos o dobla con cuidado, en cuatro mitades iguales, recortes de periódicos viejos.

La autora, en su niñez, en una foto de familia.
Como cada año, me sorprende lo rápido que pasa el tiempo, me pregunto cómo es que, apenas doblada la esquina blanca de la Navidad, la primavera se precipitó alborotada y risueña, yendo a parar, sin anunciarse apenas ni darse importancia, en un verano blanco y amarillo; los colores que tenían los estíos de mi infancia.

De mis últimos cumpleaños como adulta recuerdo especialmente el de 2007, en la isla griega de Míkonos, la cena en el restaurante Caprice Sea Satin Market, a la orilla del mar y bajo las aspas protectoras de los blancos molinos. Y, cómo no, el de 2008, en París, que celebré en L’Epoque, en una semiesquina de la Place de la Contrescarpe, en el Barrio Latino. Allí tomé mi último foie de oca, mi postrer pecado carnal. Es un cumpleaños imborrable, porque esa mañana se había estrellado en el aeropuerto de Barajas un avión de Spanair en el que murieron 154 personas.

Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar.
El vértigo del futuro es quizá lo peor de acumular años. Eso, y lo lejos que se van quedando los cumpleaños de veranos eternos, de remolonas tardes de pereza y calor, de niños al anochecer sentados al fresco de las aceras, de juegos en corrillos fingiendo ser un pirata cojo o una Caperucita acechada por un lobo… ¡y hasta un dragón! Rara vez me permito caer por el tobogán de la melancolía, pero en días como éste quisiera saber a dónde se fugaron los castillos en el aire que creamos entonces, dónde habitan los recuerdos de antaño. ¿Seguirán siendo ligeros como las burbujas de La Casera, o pesados como piedras en el zurrón?

Nos quedan las fotos.

Mi cumpleaños de este 20 de agosto va dedicado a esa niña que sonríe con timidez en la foto de arriba a la izquierda, con su abuela María, su hermano Pedro y sus padres, Miguel y Nieves, un día de verano, en una estación balnearia llamada niñez. La adulta que soy hoy le está agradecida. Porque esa niña, tan contenta con su vestido naranja de lunares blancos y sus sandalias de Comunión, ya conocía la aritmética de la felicidad: una cucharadita de optimismo para combatir la desesperanza, una pizca de valentía para perseguir los sueños propios, y doble ración de respeto para convivir con las pesadillas de los otros.


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