domingo, 17 de agosto de 2014

Lavinia Fontana y Constance Mayer, pintoras olvidadas

(Más sobre mujeres en la pintura aquí)

El próximo 24 de agosto se cumplen 462 años del nacimiento de la pintora renacentista italiana Lavinia Fontana (1552-1614), hija del también artista Próspero Fontana (1512-1597), un retratista que trabajó para el papa Julio III gracias a la recomendación del mismísimo Miguel Ángel. El gran público conoce hoy poco o nada de esta pintora, incluso los entendidos en arte apenas la citan entre los nombres destacados del Renacimiento, ni entre los del primer Barroco, donde por lo general la encuadran. Y, sin embargo, Lavinia Fontana es una de las primeras pintoras de la época moderna, junto a Sofonisba Anguissola (1532-1625) y Artemisia Gentileschi (1593-1652, célebre por su Judith y Holofernes). 
'Retrato de un hombre sentado hojeando un
libro' (Lavinia Fontana, Museo de Burdeos).
Lavinia Fontana se formó en el taller de su padre y llegó a ser admitida en la Academia de Roma, lo que da idea del alto reconocimiento que logró en vida. La Historia la ha ido sepultando bajo capas de sucesivas novedades, algo que propició el hecho de ser mujer y, por tanto, según los estándares que rigen el mundo desde las primeras cavernas, un ser menor.

Aunque me avergüenza, debo reconocer que descubrí a esta pintora el pasado julio, en el Museo de Bellas Artes de Burdeos, donde se exhibe Retrato de un hombre sentado hojeando un libro. Este cuadro llegó al museo como parte del legado del marqués de Lacaze: 280 pinturas italianas, flamencas,  alemanas y holandesas. No es seguro que el retratado sea el senador Orsini, como la tradición predica, pero sin duda es un humanista acomodado. En la mesa tiene un libro, una pluma, un tintero. A la derecha, en un segundo plano, una sucesión de puertas en las que podemos elucubrar que guarda ricas posesiones.

Autorretrato de Lavinia Fontana.
Lavinia Fontana destaca sobre todo en los retratos, como el suyo propio, Autorretrato tocando la espineta (1577), que se exhibe en Roma y es tenido por su obra maestra. En él vemos a una mujer bella que toca el instrumento musical en compañía de una criada. El detallismo de los ropajes es magistral, así como la pose natural de ambas mujeres y el minucioso interior de la sala. Una composición semejante pintó su contemporánea Sofonisba Anguissola. 

Muy distinta, y lejana en el tiempo, es Françoise Constance Mayer Lamartinière (1774-1821), una pintora francesa del período napoleónico que usaba sus lienzos como tablero de emociones, al mismo tiempo que propagaba la ética republicana nacida de la Revolución. Lamentablemente, es más conocida por su trágica historia de amor con el también pintor Pierre-Paul Proud’hon (1758-1823) que por méritos propios.
Autorretrato de Constance Mayer
(Biblioteca Marmottan).
Como a tantas artistas de todas las épocas, la crítica de su tiempo le negó el puesto que merecía: todos hombres y misóginos, opinaban que una mujer valía para poco más que para pintar cuadros de flores. Pero Constance Mayer se atrevió con todos los estilos, con destreza y singularidad, y consiguió exhibir en los academicistas Salones de París, en 1810 y 1819. Es cierto que, desde mediados del siglo XX, la figura de la artista ha sido objeto de estudio y reivindicación, pese a lo cual la Historia del Arte (con mayúsculas) le otorga un papel menor. El Museo del Louvre, que conserva varias de sus obras, le dedica este verano una pequeña exposición, a modo de desagravio.

Los inicios de la carrera de Mayer los alentó su padre, quien la indujo a formarse con Suvée (1743-1807), hasta que éste se marchó a Roma y la pintora pasó a ser discípula de Greuze (1725-1805) y, más tarde, de Pierre-Paul Proud'hon (su influencia más duradera y dramática). Proud'hon era dieciséis años mayor, tenía cinco hijos y una esposa internada en un sanatorio mental. Constance fue “alumna, amiga, gobernanta de su casa, encargada de sus hijos y amante” de Proud’hon, en este orden cronológico.

'La madre dichosa' (Constance Mayer).
Gracias a que la Sorbona le proporcionó a Mayer un estudio contiguo al de Proud'hon, la pareja, que no podía casarse, vivía junta y pintaba casi junta. A veces él dibujaba o hacía bocetos y ella los pintaba, motivo por el cual la autoría de varios lienzos es controvertida. El drama llegó en 1821, cuando la moribunda esposa de Proud’hon le hizo prometer que jamás se casaría, a lo que el pintor accedió. Mayer se rebanó la yugular con la navaja de afeitar de su amante. Él sobrevivió dos años. Están enterrados, juntos, en el cementerio Père-Lachaise.

'El sueño de la felicidad' (Constance Mayer).
De la pequeña exposición que el Museo del Louvre dedica a Mayer estos días destaco dos obras: La madre dichosa, que adapta el modelo convencional de la Virgen con el niño a los principios racionalistas, según los cuales los hijos debían ser educados en el amor maternal, y no por frías institutrices. Y El sueño de la felicidad, sobre todo, por la conmovedora escena de la derecha: una pareja abrazada y un bebé dormido en el regazo de la mujer. Es irónico que Constance Mayer, que se tuvo que conformar con cuidar a los hijos de su amante (y que moriría desesperada por la cobardía de él), cifrara la felicidad en la familia que nunca tuvo.

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