sábado, 30 de agosto de 2014

Viaje a Francia (II): Burdeos, Bergerac, Lascaux, Ussac

(Primera etapa por Francia: Poitiers, St. Savin, La Rochelle y Saintes aquí)

El miércoles, 2 de julio, fue un día consagrado a Burdeos. Primera parada, el Museo de Bellas Artesgratuito, separado en dos alas (una alberga obras de los siglos XV-XVIII y otra del XIX y XX) que se comunican a través de un jardín, entre esculturas.
'Fedra e Hipólito' (izquierda, abajo), en la sala de
pintura época napoleónica (Museo Burdeos). 
Aquí descubrí a la pintora renacentista Lavinia Fontana y obras de la era napoleónica, inspiradas en la mitología griega, como Fedra e Hipólito, de Pierre-Narcisse Guerin o Leandro y Hero, de Jean-Joseph Taillasson. Desde el museo, y tras un paseo por las calles comerciales Porte Dijeaux y St. Remy, fuimos a comer a una terraza en la plaza del Parlamento. Ensalada de ahumados, tartaleta de salmón, el plato provenzal (tomates secos, queso de cabra y berenjenas) con pan de nueces y sidra. ¡Por menos de 40 euros!

Estatua de Jaume Plensa (Burdeos, Francia)
El café lo tomamos en el cercano Café de la Ópera, en el Gran Teatro de Burdeos, en la terraza, viendo el tranvía y la vida pasar. Justo al lado, una monumental escultura del artista catalán Jaume Plensa. Seguimos la ruta turística por Burdeos a pie. En unas tres horas recorrimos la iglesia de San Pedro, la puerta Cailhau, el Gran Campanario, la aguja de Saint Michel (cerrado por obras), para llegar (en tranvía) a la plaza Quinconces, donde planeábamos tomar un refresco, pero cogimos otro tranvía hasta la catedral. Para cuando terminamos la visita del Burdeos monumental eran las 19.30 horas y estábamos, literalmente, molidos. El Café Francés nos acogió bajo sus sombrillas protectoras. En las siguientes dos horas leímos, planeamos la visita del jueves y, sobre todo, observamos caer la tarde.

Iglesia Monolítica
(St. Emilion, Francia).
El jueves, 3 de julio, tuvo un comienzo aciago: nada más salir del hotel nos dimos cuenta de que llevábamos una rueda pinchada. Por suerte, todo se resolvió de forma rápida: un mecánico arregló el neumático y salimos hacia Saint Emilion. Es un pueblo pequeño y demasiado turístico para mi gusto.

Desde la parte alta hay buenas vistas sobre los viñedos, pero ese día hacía calor y la iglesia Monolítica, excavada en la piedra, bajo tierra, estaba cerrada por obras, igual que el campanario. Me pareció que las docenas de restaurantes eran caros para lo que ofrecían. Más por no seguir buscando que por convencimiento, escogimos L’Huitrier, en un patio bajo los árboles. Bien en carnes, mal en pescados, cara la comida y más caro el vino.

Estatua de Cyrano de Bergerac (Bergerac, Francia).
La siguiente parada en el camino fue la ciudad de Bergerac (a 73 kilómetros de Saint Emilion). El centro es pintoresco, con muchos edificios de pan de bois, dos iglesias y una plaza que preside (¡cómo no!) una estatua de Cyrano de Bergerac. Numerosas tiendas vendían foie y vino. Cuando regresábamos hacia el párking, hallamos una terraza y tomamos una coca-cola. Aproveché el relax de la tarde para leer varios capítulos de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, mi reciente adicción.

Regresar de Bergerac a Burdeos nos costó 88 kilómetros y 6,80 euros de la autopista de peaje. Esa noche la temperatura era primaveral y amenazaba lluvia, pese a lo cual cenamos en la terraza de L’Agneau á la Braise, a dos pasos de la plaza de Santa Catalina. El centro de Burdeos era un hormiguero de gente, restaurantes y bares abarrotados, calles repletas de jóvenes, un derroche de vitalidad propio del día (jueves), un optimismo contagioso que denota que Burdeos es una ciudad universitaria, la perla de Aquitania por su riqueza vinícola y su proximidad al mar.

Pinturas rupestres originales de Lascaux.
Viernes, 4 de julio. De nuevo nos ponemos en ruta, chispea cuando tomamos la autopista hacia Montignac, donde está el sitio arqueológico de Lascaux II, es decir, la reproducción de una parte de la cueva de Lascaux original, considerada la Capilla Sixtina del arte rupestre. La visita es guiada y con hora fija, la entrada (14 euros) se compra en Montignac y luego hay que recorrer varios kilómetros en coche hasta el centro de visitantes, en mitad de un bosque, donde hay una tienda y un par de cubiertas bajo las cuales esperar turno. Es un paraje bonito, solitario, minimalista.

La gruta de Lascaux auténtica está cerrada al público desde 1963, para preservar las pinturas, que tienen entre 17.000 y 15.000 años de antigüedad. En apenas una veintena de años que estuvo abierta la cueva, la alarma cundió ya que la simple respiración de la gente empañaba los colores. Así que, a cien metros de la original, construyeron una réplica idéntica en tamaño, materiales, temperatura e iluminación, que es donde se contemplan hoy los increíbles trazos rojizos, amarillos y ocres de los toros, caballos y ciervos prehistóricos, a la misma distancia sobre sus cabezas que en el sitio original.


Centro de visitantes Lascaux II (Dordoña, Francia).
Entrar en la falsa gruta es, con todo, una experiencia imborrable. Hace frío y es estrecha, resbaladiza, pero basta una mirada a las paredes y, sobre todo, al techo, para cortar el aliento. ¿Qué clase de hombres o mujeres pintaron, y con qué propósito, esos increíbles animales? ¿En qué se subían para llegar al techo, cómo se protegían del frío intenso? ¿Perdieron la visión después de meses, quizá años, decorando las paredes, sumidos en la semioscuridad? ¿Cómo perfeccionaron la perspectiva de las figuras, gracias a la cual esos toros y caballos nos observan, asombrosamente vigorosos, desde lo alto? No se pueden hacer fotos ni vídeos.  

Cueva original de Lascaux, la Capilla Sixtina
del arte rupestre (Dordoña, Francia).
Tras visitar Lascaux nos acercamos a Le Thot, sólo aconsejable si se dispone de mucho tiempo, o se viaja con niños. Es una especie de mezcla entre parque temático y zoológico. Aprovechando el tirón rupestre, han montado una reserva de animales y también exhiben varios facsímiles de pinturas que no se ven en Lascaux II. Destacan dos por su singularidad: la figura humana del Pozo (el único hombre pintado en la gruta original) y la única escena de caza (o violenta) de la cueva.

Caía la tarde cuando llegamos a Ussac, donde teníamos reservadas dos noches en el Auberge Saint Jean, uno de esos alojamientos que tanto abundan en Francia, fácilmente accesibles desde autovía, que se escoge como punto para explorar los alrededores. Muy cerca de Ussac está la ciudad de Brive-la-Gaillarde, y allí fuimos a cenar. Francia acababa de perder en el Mundial de Fútbol y las calles se vaciaban de decepcionados forofos futboleros. Cenamos en el café-restaurante Amédélys, en la terraza en la calle: unos deliciosos mejillones y rissotto de gambas. Comenzó a llover antes de terminar de cenar, algo que debe ser habitual, pues los camareros tardaron menos de tres minutos en reubicarnos a todos bajo el toldo.

(Continuará)

2 comentarios:

  1. Buen artículo. Seguro que merece la pena realizar este viaje

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  2. Si duda, es un viaje que vale la pena por la vertiente cultural, paisajística y gastronómica.
    Saludos

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