miércoles, 9 de febrero de 2011

Renoir en el Prado: últimos días

El domingo acaba la exposición Pasión por Renoir, que el museo del Prado ha venido dedicando a uno de los pintores impresionistas más famosos y codiciados: Pierre-Auguste Renoir (1841-1919)

Una exposición modesta, ya que, ciertamente, los treinta y un cuadros que integran la muestra saben a poco y, además, se trata de obras que no aportan una visión completa del pintor, al centrarse en su primera época, particularmente los años 80. Sin embargo, merece la pena dedicar al menos media hora a admirar estos cuadros. Primero, porque es improbable que viajemos a Massachussett para verlos en su hogar de adopción (el Sterling & Francine Clark Institute) y segundo, porque en estos lienzos está el germen del estilo Renoir, ese algo indefinible, pero claramente reconocible, que ha hecho de Renoir uno de los pintores más admirados e imitados.

La exposición arranca con dos autorretratos, uno de ellos el Autorretrato (imagen superior) del artista a la edad de 34 años, una impactante imagen en la que destacan los ojos del pintor y el empleo de una paleta de colores que lo acercan a Cézanne.

El deslumbramiento de Renoir por la figura humana, especialmente la femenina, es otro tema central de su obra que se ilustra, por ejemplo, en Muchacha con abanico. Este lienzo, ejemplo de preciosismo y culto a los detalles, asombra por el intrincado dibujo del abanico, el adorno del sombrero y la floreada explosión de colores. En cuadros como éste se aprecia la tendencia del pintor a glorificar la vida burguesa, por lo que ya en vida fue criticado, y es que muy a menudo sus modelos son bellas mujeres y encantadoras jovencitas, casi siempre posando en elegantes salones o interiores de casas, como si el artista las hubiera sorprendido en alguno de su quehaceres diarios: cosiendo, leyendo o mirando al horizonte.

Bañista peinándose muestra la fascinación de Renoir por el desnudo femenino, el encanto no exento de sensualidad que confería a todas sus obras, más visible aún en la alegre y desenfadada muchacha retratada en Bañista rubia, también presente en la exposición. Pese a que a veces se le ha criticado el retratar tan solo la belleza, en cuadros como éste vemos por qué es tan difícil resistirse a Renoir: su influjo es tan contagioso como la alegría que sus cuadros transmiten.

Renoir también desplegó su maestría pintanto, cómo no, los paisajes al aire libre tan queridos al impresionismo. Las obras que el Prado  ha conseguido traer a Madrid comparten una atmósfera entre onírica, romántica y evanescente, efímera como el agua que pasa bajo el Puente de Chatou o la que mece La barca-lavadero de Bas-Meudon.

El recorrido se cierra con varios bodegones y cuadros de flores llenos de luz y color, voluptuosos como Peonías o realistas como Cebollas. Este último era el preferido de Sterling Clark, el coleccionista americano que dedicó 40 años de su vida a atesorar cuantas obras de Renoir pudo conseguir. En 1950, junto a su mujer, fundó el Sterling & Francine Clark Art Institute, el hogar permanente de estos treinta y un cuadros de Renoir, y a donde regresarán a partir del domingo, cuando eche el cierre la exposición en el Prado. Aún quedan cuatro días para disfrutarlos. Luego... se irán.

2 comentarios:

  1. Adiós, Pedro Augusto. Y bienvenido, románico catalán. Afortunadamente, el tiempo pasa... a veces para bien.

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  2. Fui a ver esas obras a Barcelona hace años, así que con gusto repetiré aquí en Madrid. El románico no quita lo impresionista je

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