sábado, 12 de diciembre de 2015

En memoria de Ana María Matute (I)


       (Otros links navideños: Historia del árbol de Navidad y Mujercitas)

            
                           Firma invitada: JAVIER CARAZO AGUILERA
Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente prepara la publicación de su tesis doctoral sobre William Layton (1913-1995).


En la mitad de la mañana del 25 de junio de 2014 un viento helado, gélido, se levantó más allá de las fronteras del Reino de Olar. El viento sopló, aullando fuertemente en sus oídos. El frío penetró entonces en  la piel como un cuchillo afilado. Un temblor, un estremecimiento recorrió los brazos, las piernas, el cuerpo entero de la pequeña Adri (Paraíso inhabitado). Todo justo cuando, al fin, se había atrevido a abandonar los antiguos dominios del Rey Gudú en busca del rebelde Unicornio, que se había vuelto a escapar del tapiz que dominaba la quemada estancia donde había vivido la Reina Ardid (Olvidado Rey Gudú). Pero esta última vez estaba tardando en regresar. Su tía Eduarda ya la había avisado: Los Unicornios nunca vuelven…

Ana María Matute (1925-2014),
la Dama Blanca de esta historia.
¿No? ¿Nunca? ¿De verdad? El mundo de los Gigantes es tan incomprensible, tan cerrado, tan severo… ¿Cómo que no? Ya verían… No era la primera vez que rompía las reglas. Ya lo había hecho antes cuando había atendido al grito de ¡Adrriiiii! que le lanzaba Gavrila, el hijo de la bailarina, una hermosa mujer denostada por todo el vecindario. Gavi la esperaba en el patio interior de la casa junto al maravilloso Zar, ese perro grande y hermoso que saltaba alborozado cuando la veía bajar los peldaños de la escalera interior del servicio a la velocidad del rayo.
Para Adri esas tierras y paisajes donde se encontraba ahora seguían siendo tan extraños como cuando decidió huir de allí tiempo atrás. Su tía Eduarda le había pedido que no se acercase al viejo despacho de la casona donde se arracimaban sin orden ni concierto muchísimos libros, llenos de polvo. Libros en la mesa, en las butacas, en las estanterías. Allí leyó Historia de dos ciudades, el Rey Cuervo, El jardín secreto, cuentos escritos por Andersen, Perrault o los hermanos Grimm, también dos de sus historias favoritas: El anillo prodigioso y La ratita blanca.

El rebelde Unicornio soñado por Matute.
Y fue entonces, ocurrió en ese momento, justo cuando acababa de emocionarse con las tristes peripecias del Hada Angélica antes de ser castigada a vivir mil años como ratita blanca por olvidar su varita mágica. Justo tras descubrir ese día el envés de las acciones de la egoísta Reina Dánamo, arrastrando en su devenir loco e insensato a su hija Irolita y al Príncipe Parcinet, sujeto este último a las oportunidades, aunque limitadas, que emanaban de la posesión de ese anillo prodigioso, el cual te llevaba a reinos increíbles como el de las Estufas o el del Agua (“¡Madre mía cuántos reinos hay aparte de los estudiados en los libros de los Gigantes!”, pensaba Adri). Vio, de repente, cómo el Unicornio, que había abandonado el tapiz francés del salón, entraba por la puerta, atravesaba la estancia, empujaba con el hocico una estantería desvencijada repleta de libros -que Tata María llamaba de Perra Gorda y que tantas lágrimas le hacían soltar siguiendo las desventuras de Juan de Dios, el médico de los pobres- y se introducía, todo lo grande que era, en un pasillo angosto y oscuro con una luz al fondo.

Ruinas góticas.
Perdido el miedo del principio, Adri se aventuró en ese pasadizo que, tras atravesarlo, desembocaba en una llanura donde, a lo lejos, se divisaban las ruinas de un castillo, con una torre que a pesar de estar quemada desprendía con el sol rayos azules. Al principio le dio miedo y retrocedió a la casona, pero al cabo de los días, al ver que no regresaba el intrépido Unicornio al tapiz, se decidió a descubrir ese nuevo paisaje donde parecía que se había instalado. Al llegar al otro lado del túnel secreto, ya en la explanada que se abría ante ella, empezó a oír un murmullo, como un antiguo rumor de agua. Dio unos cuantos pasos y tras unos árboles descubrió un arroyo. Allí, se agachó para beber y es entonces cuando una mujer de cabellos largos se transparentó en el fondo.

El libro preferido de Ana María
Matute, según confesó la autora.
Adri dio marcha atrás, pero una voz suave y envolvente la susurró en los oídos: “¡Ven, ven!...”. Igual que le decía Gavi desde el patio… Adri se acercó y una mano salió del arroyo con una vasija repleta de agua fresca. Adri bebió y, entonces, ese murmullo de viejo manantial le contó las historias que había albergado ese reino a lo largo de muchos, muchos años. Por voz de la Mujer de largos cabellos rubios y dorados supo lo que ocurrió en un terrible mes de las espigas, cuando los desdichados Aranmanoth y Windumanoth estaban buscando el Sur. O, también, la historia del Rey Gudú, ya olvidado en los anales salvo por las espigas, los árboles, las flores y los pájaros. Ellos sí que tienen memoria. Ellos sí que recuerdan. Saben todo. Conocen todo. Sabían lo que sucedió con el Trasgo del Sur y el Hechicero, pobres aficionados que no pudieron prever que Gudú, con el corazón protegido por una cápsula de cristal, no podía amar a nadie, excepto a sí mismo. Conocían todos los detalles, hasta los más nimios, de Gudulín, el niño cruel que quería encontrar una salida para ir al mar, buscaba ir al mar…; de Lontananza; del Rey Volodioso; del Príncipe Contrahecho; de los tiempos en los que Tontina y su fabuloso séquito se instalaron allí, en el Reino de Olar, lugar donde la princesa conoció al Príncipe Predilecto, del que recibió su Primer y Último Beso de Amor, cumpliéndose así la malhadada profecía de una perversa hada; del valiente Lisio…

Linaje del conde Olar.
La Mujer del Agua le entregó el Libro de los Linajes, donde se contenían todas las grandes historias de ese reino, también la del Saltamontes verde, la del Polizón del Ulises, la del Caballito Loco, la de Paulina. Todos ellos arrumbados del mundo opresor y desconsiderado de los Gigantes. A Aranmanoth y Windumanoth, las Damas Grises les dijeron que el Sur no existía. A ella, que los Unicornios nunca vuelven. ¡Ja! Pero allí estaba. Detrás de ella. A su lado. El magnífico Unicornio... Qué sabrán esos Gigantes. Ya se lo había confiado la Mujer del Agua, rememorando el viejo dicho de los Margraves: ¡De Occidente… El olvido!

(Continuará...)

2 comentarios:

  1. Ana María Matute es de mis escritoras preferidas, sus cuentos son tan maravillosos como los del Señor de los Anillos o el de Alicia en el país de las maravillas.

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  2. Si Ana María Matute hubiera sido hombre tendría un puesto mucho más alto en la Historia de la literatura, pero a se sabe que las mujeres tenemos que batallar el triple.

    Saludos y gracias por comentar

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