miércoles, 3 de diciembre de 2014

Navidades blancas, Dickens y Hampton Court


(Más sobre la Navidad y sobre nieve y Hampton Court)

Bola de cristal y nieve navideña.
La imagen comúnmente aceptada en Occidente de que las Navidades son blancas no puede ser más falsa e imprecisa, ya que en uno de los Hemisferios es verano e, incluso en países donde es invierno, como España, Portugal, Italia, Grecia e incluso Francia, las calles, tejados y ciudades apenas se cubren de un manto consistente de nieve. Por no mencionar que en Belén, donde la tradición cristiana sitúa el nacimiento de la Navidad, la nieve es tan exótica como un koala en un fiordo noruego.

Primera edición de 'Un cuento de Navidad'
(Charles Dickens).
Donde sí nevaba, y con mucha frecuencia, era en la Inglaterra de la reina Victoria (1837-1901), tanto en Londres como en el resto del país. Algunos de aquellos inviernos fueron tan crudos que inspiraron al escritor Charles Dickens (1812-1870) su célebre Cuento de Navidad, convertido en el epítome de esa festividad y que fue el libro que contagió la idea de las Navidades blancas por todo el mundo. Ayudado, claro está, por la propaganda gratuita que le conferían los largos tentáculos del Imperio británico, en todo su apogeo.

La reina Victoria de Inglaterra y el príncipe Albert.
Nevaba copiosamente en el siglo XIX (y nieva en el XXI) en Alemania, país de donde era originario el marido de la reina Victoria, el no menos famoso príncipe Albert, a quien se tiene por el inspirador de la tradición de las Navidades blancas. Primero la impuso en sus dominios, es decir, en los palacios de Buckingham y Windsor, desde donde pronto se extendió a todo Londres, al resto de Inglaterra y al mundo occidental.

Palacio de Hampton Court (Inglaterra).

Yo no he pasado ninguna Navidad en Inglaterra, pero hace cuatro años, por estas fechas, disfruté de la nieve prematura en Londres y alrededores. Fue el martes, 30 de noviembre, y me salté las clases para visitar Hampton Court, el encantado palacio de Enrique VIII. Nevaba bastante, hacía un frío terrible y el viento arreciaba cuando me bajé del tren en Hampton (a unos 20 kilómetros de la estación de Waterloo), pero mereció la pena.

Decoración navideña victoriana.
Tantos años después, en ese palacio real, igual que hacen en los museos y tiendas de Londres, para delicia de turistas, cuidan con mimo la iconografía de la Navidad que solemos identificar con la que se forjó en la época victoriana. Los escaparates de los comercios brillan y los estantes palpitan, repletos de todos los objetos necesarios para esas celebraciones que cursan con árboles iluminados; tarjetas de regalo y felicitaciones; bolas y estrellas para colgar de las ramas; mesas engalanadas; apertura de regalos al pie del abeto o del pino; pistas de hielo como la del Victoria & Albert Museum; y comilonas familiares que suelen incluir cordero, asados diversos y marisco.

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