sábado, 13 de diciembre de 2014

La historia real del árbol de Navidad

(Más sobre la Navidad aquí y alguna otra historia de un objeto aquí)

Firma invitada: Luis Fermín Moreno

María Leszczynska, reina de Francia.
En 1725, Luis XV de Francia casó con María Leszczynska (1703-1768), hija del destronado rey polaco Estanislao, por decisión de su primo y regente, el duque de Borbón. Los franceses de aquel tiempo, incluido el propio Luis, consideraron esta “mortificante” mesalliance impropia del prestigio y la altura de la monarquía francesa. Pero el duque tenía prisa por garantizar la descendencia real y no había mucho mejor donde elegir.

La reina María era demasiado tímida, demasiado simple, demasiado devota, demasiado influenciable… y demasiado poco sofisticada para lo que se requería en la Francia barroca. No obstante, resultó ser una elección acertada: además de los 10 hijos que dio a su marido, dejó dos grandes regalos: la Lorena para Francia y el árbol de Navidad para el resto del mundo occidental.

El príncipe Alberto introdujo en Inglaterra
la moda del árbol de Navidad (imagen de la
revista 'The London Illustrated', 1848).
En efecto, fue ella la que, en 1738, ordenó plantar el primer abeto navideño en el patio de Versalles. Un siglo después, en 1840, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, recién matrimoniado con la reinaVictoria, introdujo a su vez la tradición en Gran Bretaña durante su primera Navidad inglesa. De París y Londres, prescriptoras decimonónicas de moda, pasó de forma natural al resto de Europa y, claro, a las Américas.  
   
En realidad, el primer árbol de Navidad históricamente registrado surgió en 1521 en el atrio de la iglesia de la ciudad alsaciana de Sélestat (por aquel entonces, Alemania) y no tardó en ser adoptado por los protestantes, que acababan de aparecer en escena, como símbolo navideño propio por oposición a los belenes católicos. Aunque el abeto navideño tiene tantas raíces cristianas como paganas.

Árbol de Navidad frente a Nôtre-Dame de París.
En la Europa central, desde la Edad Media en adelante, era costumbre evangelizar al pueblo analfabeto representando en los pórticos de las catedrales los misterios cristianos y algunas escenas bíblicas. Entre ellas, la historia de Adán y Eva. Un manzano hacía las veces de árbol prohibido. Además de manzanas, lo decoraban con obleas a modo de hostias, porque, siguiendo a San Pablo en la epístola a los Corintios, Jesús es el Adán de la nueva humanidad.

Abeto navideño en San Pedro (Vaticano, Roma).
Relacionar el árbol con el nacimiento de Jesús era, pues, el paso lógico. Pero, como los manzanos no tenían hábito de fructificar en pleno diciembre, hubo que echar mano de un abeto, cuyas agujas siempre verdes ya simbolizaban para los paganos la vida –y, por ende, la inmortalidad- en el corazón del invierno y de la noche.

Hoy, un sinfín de abetos ilumina las iglesias, las plazas y los hogares de medio mundo. El árbol ha traspasado las fronteras religiosas y apenas conserva en su cima la estrella, a semejanza de la que guió a los Magos, como significante divino. Quizá por eso se ha convertido en el símbolo de la alegría y la buena voluntad que los seres humanos compartimos estos días.


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