domingo, 14 de febrero de 2016

Amor entre ruinas: los enamorados de Burne-Jones


El amor romántico se resiste a morir, y quien tenga dudas, que eche un vistazo a las legiones de admiradores de Mr. Darcy, a las ventas millonarias de los libros de las hermanas Brontë o a las incontables reediciones de la poesía pasional, llena de exaltaciones del alma, de Byron (1788-1824) o de Tennyson (1809-1892).

'Amor entre ruinas' (Edward Burne-Jones), en
la mansión Wightwick, en Wolverhampton.
Yo fui una entusiasta romántica en mi juventud, de las románticas de manual: suspiraba viendo la lluvia tras los cristales, penaba por amores incomprendidos más imaginarios que reales; escribía poemas almibarados; escuchaba músicas deprimentes… Al llegar a la Universidad casi me había curado, pero las enfermedades de niñez dejan secuelas, y en mi caso sucumbí al romanticismo en el año 1999, cuando descubrí a los PrerrafaelitasEl primer culpable de mi ataque de tardorromanticismo fue Edward Burne-Jones (1833-1898), cuyas obras vi por primera vez en una exposición temporal en el Museo de Orsay, en París, y que desde entonces me incitó a explorar otros autores como John Everett Millais (padre de la mítica Ofelia), Dante Gabriel Rossetti o William Holman Hunt.

Si tuviera que elegir un solo cuadro de Burne-Jones sería el llamado Amor entre ruinas, que es una mezcla perfecta de elementos griegos y latinos que tan bien se le daba a Burne-Jones. La pintura está inspirada en el poema del mismo nombre de Robert Browning (1812-1889), y todo en ella es reseñable: desde el precioso relieve sobre la puerta (parte izquierda del cuadro) a la intensa expresividad de los dos amantes. La obra está cargada de una atmósfera de melancólica quietud, y parece como si los jóvenes escucharan el eco de una música lejana, de un tiempo anterior al de la decadencia y la ruina.

'Cupido encuentra a Psyche'
(Edward Burne-Jones), en Londres.
De Burne-Jones me fascinan sus paisajes de la Edad Media, las brumas que envuelven a doncellas y caballeros, los temas mitológicos, los jardines de rosas, las evocaciones del pasado, los relatos legendarios. De sus pinceles brota un halo de intangible belleza que va definiendo el contorno de los cuerpos, delineando los rostros de mujeres y hombres, coloreando vestidos, capas, túnicas, o simplemente asalmonando la piel desnuda. Todo ello se aprecia en el cuadro Cupido encuentra a Psyche, donde resalta el color azul intenso, casi antesala del añil.    

'Canción de amor' (Edward Burne-Jones),
en el museo Metropolitan de Nueva York.
Las obras de Burne-Jones están dedicadas por completo a lo imaginario, y quizá por eso despierta tanta fascinación con su serie de óleos de la saga artúrica, además de cautivar con los cuadros consagrados a la leyenda de la Rosa, una suerte de cuento de la Bella Durmiente (en la colección Farringdon, en Oxfordshire). También primoroso es el óleo Canción de amor, repleto de nostalgia por un pasado idealizado que quizá nunca existió.

'La escalera de oro'
(E. Burne-Jones), en la
Tate Gallery de Londres.
Algunas obras individuales, como La escalera de oro (Tate Gallery de Londres), le costaron más años de realización que sus series. En esta pintura, de tres metros de altura, la atención queda prendida en los pliegues de los vestidos (recuerdan a esculturas de Fidias, 490-431 a.C.), en la osada arquitectura de la escalera y en los cabellos de las jóvenes. A menudo se compara a Burne-Jones con los pintores del Quattrocento Sandro Botticelli (1445-1510) y Andrea Mantegna (1431-1506), y una de las razones es la composición que usa en este cuadro: una escalera de forma espiral y jóvenes imbuidas de carácter columnario, trazadas para acentuar las formas sinuosas, con lo que se combinan las artes de la pintura y la arquitectura.

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