domingo, 19 de junio de 2011

Herculano, Paestum... Ruinas y mar en la costa amalfitana

Oigo por la ventana abierta al calor de la tarde madrileña el helicóptero que vigila el final de la marcha indignada hacia la plaza de Neptuno. Toda mi simpatía para ese movimiento.

Hace una semana, a estas horas estaba en el aeropuerto de Nápoles, devolviendo el coche de alquiler con el que recorrimos durante tres días la costa amalfitana. Era mi tercera visita a la zona, la cuarta de mi compañero de fatigas, para cumplir con el ritual de cada cinco años: viajar hasta Ravello, escuchar un concierto en Villa Rufolo y comer y/o cenar en uno de los restaurantes sobre los acantilados al mar.

Frescos policromados de Herculano.
La escapada amalfitana empezó el viernes, tras volar a Nápoles y recoger el coche de alquiler en el aeropuerto. Primera parada: Herculano, para comer y visitar las ruinas de la ciudad hermana de Pompeya, sepultada igual que aquélla por la erupción del Vesubio del año 79. No hubo escapatoria para los patricios y aristócratas romanos esa lejana tarde, pero, gracias a las toneladas de ceniza y lava caídas entonces sobre Herculano, podemos hoy ver los edificios y calles de piedra casi intactos.

El Vesubio entre nubes con Herculano en primer plano.
Herculano es menos famosa que Pompeya, pero no por eso menos majestuosa, y pasear entre los restos escultóricos, mosaicos rotos y pinturas murales es una experiencia altamente recomendable.

Los templos de Poseidón y Hera en Paestum.
Paestum fue la feliz casualidad de este viaje. ¡Y eso que tardamos más de tres horas en llegar allí desde Minori! Las estrechas carreteras de la costa, una mañana neblinosa y un atasco en la autopista después... los tres templos dóricos de Paestum aguardaban bajo el sol. 
El museo arqueológico guarda las metopas, frisos, esculturas, sarcófagos y objetos preciosos encontrados en los imponentes templos griegos. Yo me quedo con los mosaicos del buceador lanzándose desde su trampolín, que en realidad es la tapa de un sarcófago, con la particularidad de que las pinturas estaban en la cara interna de la piedra. Arte funerario de hace casi 2.400 años.

Barcos en el puerto de Amalfi.
Amalfi, la ciudad que da nombre a toda la costa, es un bullicioso puerto de mar lleno de turistas, sobre todo por la mañana, cuando zarpan los barcos para Capri, Sorrento o Positano. Tiene su encanto, pese a todo, deambular por las callejuelas de Amalfi. Y, por supuesto, hay que subir -casi escalar- a la catedral árabe-normanda, por la recompensa de admirar el bonito interior y por las vistas exteriores al monte rocoso que cae, casi vertical, sobre el mar.

Escalinata de la catedral árabe-normanda de Amalfi.

Ravello merece entrada aparte en este blog. Y para muestra, la vista espectacular desde esta balaustrada de villa Cimbrone.

El Tirreno a los pies de villa Cimbrone, en Ravello.