Berlín se queda cinco años sin el Altar de Pérgamo
(Más sobre obras de la Antigüedad clásica aquí)
Durante los próximos cinco años, los
turistas que vayan a Berlín no podrán contemplar una de las máximas atracciones
de la capital alemana: el Altar del Museo de Pérgamo, considerado una de las ocho Maravillas
de la Antigüedad. Yo tuve la suerte de admirarlo y de poder subir y bajar por
sus escaleras hace apenas una semana, cuando el cierre de la sala era ya
inminente y había colas diarias para verlo.
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| Altar griego de Pérgamo (Museo de Pérgamo, Berlín). |
Entre la variada oferta de los museos de Berlín, el de Pérgamo es el más visitado y
el de mayor fama internacional. Se llama así precisamente por la obra maestra
que alberga: el Altar griego de Pérgamo (ciudad de la actual Turquía), realizado entre
los años 180 y 159 a. C. en honor a la diosa Atenea, y donde se narra el episodio
mitológico de la lucha entre los dioses y los gigantes.
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| Friso de Atenea (Altar de Pérgamo, Berlín). |
Se trata de una magnífica obra
arquitectónica y escultórica, que apabulla con sus más de cien estatuas, todas
contando su propia historia, todas finamente labradas, todas piezas maestras
que aún hoy dan una lección de cómo esculpir músculos y retorcer torsos en
mármol, cómo estirar un brazo o flexionar una pantorrilla. Al igual que hicieron los arqueólogos franceses e ingleses en Egipto o Grecia, los alemanes, que descubrieron a finales del siglo XIX este imponente altar griego, en seguida atisbaron que las ruinas bien valían los 20.000 marcos que el Imperio Otomano pidió por ellas. El
altar fue trasladado, pieza por pieza, hasta Berlín, donde se exhibió por
primera vez en el año 1930.
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| Gigante de un friso del Altar de Pérgamo (Berlín). |
En los frisos del altar destacan dos dioses
poderosos: Zeus y Atenea, que se giran para mirarse mutuamente en un estilo
parecido al del frontón occidental del Partenón de la Acrópolis de Atenas. Son
relieves realistas y dramáticos, de una evidente sensualidad, en los que el
observador puede leer, como en un libro abierto, la edad y hasta la
personalidad de las figuras de piedra, incluso adivinar su estado emocional. A mí, que soy incapaz de labrar nada con las manos, me fascina cómo los escultores del altar dominaban, hace más de veintiún siglos, las leyes de la anatomía y cómo consiguieron delimitar cada músculo, produciendo efectos que hoy nos siguen dejando (a niños y mayores) con la boca abierta.





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