(Más sobre Siria y Jordania aquí)
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| Castillo de Crac de los Caballeros (Siria). |
Después de visitar Maaloula, el
viaje por Siria y Jordania, en agosto de 2007, me llevó a Crac de los Caballeros, una imponente fortaleza de la
época de los cruzados y el castillo mejor conservado de Oriente Medio. Fue construido por los templarios de Trípoli, y parecía impensable
que el recinto, rodeado por muros que cobijaban a 3.000 personas,
cayera bajo asedio. Pero cayó, en 1271, y Europa lo vivió como una gran desgracia.
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| Mezquita de Alepo (Siria). |
De la siguiente etapa en el
camino, Alepo, me gustó todo. Si las bombas no
lo han destruido, tendrá todavía un casco antiguo Patrimonio de la
Humanidad; una ciudadela del siglo XIII; un zoco bullicioso donde comprar especias y
joyas, pañuelos de seda y niqabs, calzado de segunda mano y antigüedades de
verdad. Nuestro hotel, el Chahba Cham Palace, estaba algo alejado, y la primera noche fuimos paseando hasta el centro, poniendo a prueba el sentido de la orientación de mi compañero. Llegamos a la explanada de la mezquita, deambulamos un rato y descubrimos un bar-restaurante-cacharrería con terraza en una bonita plaza.
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Lámina de Corán comprada
en el zoco de Alepo (Siria). |
Después de tomar una copa, cogimos un taxi para volver al hotel. En Damasco ya habíamos tenido experiencias con taxistas que no sabían inglés, para lo cual siempre llevábamos una tarjeta en árabe con las direcciones y un plano. Pero el taxista de Alepo no entendía inglés ni sabía leer el plano, y a los pocos minutos mi compañero se percató de que nos llevaba en dirección contraria. Tras dar la vuelta y pararse en otro hotel a preguntar por el nuestro, tuvo que ser mi acompañante quien guiara al taxista. Así llegamos al hotel, muertos de la risa por lo absurdo de la situación. Lo curioso es que en ningún momento sentimos miedo ni desconfianza. Ni esa
noche, ni ninguna de las que pasamos en Siria y en Jordania. Del zoco de Alepo me traje varios
recuerdos, entre ellos, una página de un Corán iluminada con miniaturas iraníes y varios pañuelos de seda.
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| Columna de Simeón el Estilita (Siria). |
Cerca de Alepo, en Qala’at Samaan, es donde la leyenda sitúa el emplazamiento de
la columna de Simeón el Estilita (390-459), el riguroso santo asceta que
decidió hacer penitencia, durante 37 años, subido en una pequeña plataforma
sobre una columna. Es el anacoreta que hizo aún más famoso Luis Buñuel con su
película Simón del desierto (1965). Otra visita imprescindible en Siria son las ruinas helenísticas de Afamia, conocida como la ciudad de las
mil columnas, que sorprenden aún más por estar en mitad del campo, sin
acordonar ni proteger.
Nos despedimos de Siria en la mítica Palmira, el reino de Zenobia (245-272), uno de los recintos arqueológicos más impresionantes del mundo y un oasis de belleza en
mitad del desierto. Zenobia decía ser descendiente de
Cleopatra VII, la también legendaria reina de Egipto. Parece muy dudoso, pero
los historiadores están de acuerdo en que era una gobernante culta, amante de
las artes, políglota y valiente.
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| Arco de Triunfo de Palmira (Siria). |
En Palmira hay muchas cosas que ver: el Templo de Bel, la célebre
Columnata (una de las más bellas del mundo clásico), el Valle de las Tumbas, el
Ágora y el Teatro, del siglo II, así como el Tetrapilon. Palmira se construyó
gracias a la existencia de un rico oasis de palmeras, lo que la convirtió en sitio de paso del comercio caravanero, al
unir las rutas de India, China y Mesopotamia con las del Mediterráneo.
Nuestro hotel, el Semiramis, estaba a unos minutos a pie de
las ruinas, espectaculares a la luz de la Luna. Así las recorrimos, el rostro azotado por un viento que barría la arena y hacía difícil tomar fotografías, ya que constantemente se taponaba el objetivo. Fue impresionante pasar bajo la enorme puerta de piedra de Adriano, el emperador romano que veneraba la Grecia Antigua con un amor tal, que tuvo que
dejar huellas de su paso por todo Oriente.
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| Torres-tumba de Palmira (Siria). |
Otras construcciones características de Palmira son las torres-tumba donde se enterraba a las familias ricas durante la época clásica de la ciudad. Aunque en la Palmira de hoy apenas queda rastro de la mítica Zenobia, paseando por las ruinas de lo que fue su reino es fácil comprender por qué la llamaban la Cleopatra siria.