ATERRIZAMOS EN JAPÓN. Domingo,
21 de julio. Con puntualidad suiza, mi compañero y
yo volamos desde Madrid a Zúrich para coger el avión que nos llevó hasta
Tokio-Narita, donde desembarcamos pasadas las 12.30 del lunes, 22 de julio. Sí, llegar a Japón nos costó más de un día (los
vuelos duraron tres y doce horas, respectivamente) por problemas técnicos del
segundo avión y las siete horas de diferencia. De los vuelos, me quedo con la experiencia frente
a las costas de Estonia, donde según el reloj debió anochecer, pero… a la hora del crepúsculo el horizonte fue
esclareciéndose hasta volverse nítido y brillante. La luna seguía allí, colgada
en el absurdo desconcierto de un día sin noche. Sólo la azafata
bajando las ventanillas nos recordó
que lo sensato era tratar de dormir.
 |
Rascacielos al anochecer, desde el piso
45 del Gobierno Metropolitano de Tokio. |
El aeropuerto de Narita es enorme, moderno, pulcro, eficiente,
superorganizado… como casi todo en Japón, así que fue fácil encontrar la
oficina de la compañía de trenes JR, para activar el Japan Rail Pass
(como el europeo Interrail). La chica que nos atendió, en un inglés, no diré malo, diré raro (como el que habla la mayoría de
quienes lo hablan, menos de los que pensábamos), nos reservó los asientos en los dos trenes que debíamos coger para llegar a Miyanoshita.
Gracias a que mi compañero es más fiable que
cualquier GPS, hicimos de forma rápida e indolora el trayecto hasta Shinagawa, donde cambiamos a otro tren hasta Odawara y, desde allí, al convoy de Miyanoshita. Habíamos reservado dos noches en el hotel Fujiya, distinguido y señorial, a cuyo alrededor se
ha construido el pueblo. Desde los botones a los jardineros, los
conserjes, los camareros del bar Victoria, las limpiadoras o las encargadas de
la piscina y del spa público, todo está pensado para experimentar la hospitalidad a la japonesa. Tiene hasta
museo, donde exponen fotos de los aristócratas que se han alojado en este hotel,
empezando por la actual familia imperial.
Mi viaje a Japón duró 21 días, cada uno de los
cuales trajo consigo más de una primera vez.
En Miyanoshita, por ejemplo, vi el primer café donde los clientes bebían
sentados a una mesa, con los pies metidos en el agua, algo habitual en muchas
zonas del Japón más rural. También aquí descubrimos que el spa o baño público
es exactamente eso: cualquiera puede entrar, sea o no cliente del hotel, a
condición de que el baño se haga desnudo, hombres y mujeres por separado. El
establecimiento proporciona toallas, jabón, champú, zapatillas… hasta
maquinillas de afeitar y mascarilla capilar.
 |
Típica postal turística del monte Fuji
desde los lagos de Hakone (Japón). |
La elección de Miyanoshita se debió a que es un punto clave de la región de los lagos de Hakone, a su vez, un enclave estratégico para el avistamiento del escurridizo monte Fuji, el imponente cráter sagrado que sólo se deja ver los
días despejados.
 |
Tapado por las nubes, donde el monte de la derecha
abraza el mar, está el monte Fuji (Hakone). |
Por desgracia, el martes, 23 de julio, amaneció nublado, lo que nos quitó (casi) toda esperanza de ver el monte, pero, aun así, fuimos en autobús hasta Hakone a coger el barco que surca el lago. Dudábamos si subir o no en teleférico, por si el
Fuji era visible desde las alturas, pero las nubes cada vez más negras nos hicieron tomar el barco de vuelta a Hakone. Una vez en tierra, recorrimos a pie unos 500
metros del paseo bajo los cedros centenarios hasta llegar al templo Gongen y su torii en la orilla del lago. De las primeras
veces vividas el día 23, entresaco ese primer torii del primer templo
sintoísta, así como la primera comida en una taberna japonesa. Con tanto viaje en pos del Fuji, eran ya las 15 horas y aún no habíamos comido. La
tormenta empezaba a tronar y nos metimos en el primer local abierto. Ni que
decir tiene que éramos los únicos clientes, la camarera no hablaba inglés y la
carta era la típica para guiris, con los platos dibujados y
fotos en color. Escogimos dos bentos y sake frío. Fue
nuestra primera vez con los fideos soba, de trigo sarraceno, y la primera batalla en serio con los palillos, que
ya serían nuestro gozo y tormento todo el viaje.
 |
Interior del templo sintoísta de Hakone Gongen
(Lagos de Hakone, Japón). |
Nada más comer, en cuanto pusimos los pies en la
calle, empezó a caer un fino aguacero que pronto se hizo tormenta, con
lluvia torrencial y aparato eléctrico incluido. Por supuesto, no teníamos
paraguas, así que nos cobijamos en el porche trasero de un hotel, donde
pasamos casi una hora sentados, mojándonos los pies según soplara el viento y
contemplando cómo los rayos zigzagueaban entre montes, iluminaban el lago y
a ratos coloreaban el agua. Recordé que estábamos en una
isla del Pacífico. Mi primera tormenta en ese océano.
La última noche en Miyanoshita disfrutamos a
conciencia de la piscina del hotel, del jacuzzi, la sauna y el spa público. Curiosidades: las mujeres japonesas usan bañador en vez de biquini; niños y mayores juegan con colchonetas y flotadores en la piscina; los
pocos turistas occidentales eran franceses e italianos,
ningún español; el pub del pueblo cerraba a las 22.30, fuimos a ver el
ambiente, que tuvimos que poner nosotros, porque no había nadie más.
Eso sí, elegimos una tapa al azar, en una pizarra escrita en japonés, resultó
ser gindara (bacalao negro). Un descubrimiento.
 |
| Lluvia en Ginza (Tokio). |
El
miércoles, 24 de julio, dejamos Miyanoshita para ir a Tokio, la ciudad sobre la que tenía más expectativas. No
fue lo esperado… sino mucho mejor: empezando por el hotel Villa Fontaine, siguiendo por el paseo a
pie hasta el lujoso barrio de Ginza, con lluvia incluida en la terraza del café Doutor y el primer sushi en un japonés en la
estación de Tokio. Por la noche, ruta por el barrio de Roppongi, famoso por sus locales de ocio (entre ellos,
Heartland, donde los extranjeros suelen ir a ligar con japonesas) y por su elegante complejo comercial. El diseño del conjunto es refinado, con materiales como el papel
washi, el bambú y la madera. Hay un museo, un observatorio, cafés y librerías
diseminados en varios niveles, zonas con bancos y fuentes, esculturas al aire libre... Y todo, envuelto en el parpadear
incesante de los neones.
 |
Metro elevado entre rascacielos (estación de
Shiodome, Tokio). |
A la mañana siguiente, jueves, 25, disfrutamos en el hotel del primer desayuno bufé japonés: sopa de miso, ensalada, huevos,
tofu, pescado y una extensa lista de alimentos que iban cambiando según el día,
pero en lo esencial era… muy abundante y rico. No faltaban los cruasanes,
yogures, cereales, zumos, etc, para los más tradicionales.
 |
Antiguo puesto de guardia (Jardines del Palacio
Imperial de Tokio, Japón). |
Visitamos los jardines del Palacio Imperial temprano (el interior está vedado porque allí vive
la familia real) y, aun así, nos acompañó el incesante canto de las
cigarras, a ratos en duelo con el graznido de lo que parecían cuervos. Para mí, sin duda, el sonido de Japón.
 |
Tradicionales rickshaw (ahora taxis turísticos,
barrio de Asakusa, Tokio). |
Escogimos el barrio de Asakusa para comer y pasar la tarde. Allí curioseamos por sus tiendas de artesanía, algunas de las cuales recuerdan a las de la época Edo; nos descalzamos para entrar en el templo de Sensoji; admiramos las linternas colgantes de Kaminari-ji y nos entretuvimos con el ir y venir de los primeros rickshaw o taxis a dos ruedas, de los que tiran jóvenes briosos.
Cuando el cansancio nos venció, decidimos regresar al hotel en un barco que surca la bahía de Tokio, desde el cual se contempla el célebre puente Rainbow, una estructura imponente que transporta coches, peatones y trenes hasta la
isla artificial de Odaiba, muy fácil de localizar por la noria gigante.
(Continúa el viaje: Nikko y el Tokio de Shibuya y Ueno)
Comentarios
Publicar un comentario