Viaje a Cerdeña (I): Cagliari, Su Nuraxi y Santa Cristina
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| Vista panorámica de Cagliari (Cerdeña). |
Las islas
mediterráneas me han atraído desde siempre, y tras el viaje a Chipre, el pasado enero, este verano le tocó el turno a Cerdeña. El lunes, 20 de julio,
volamos desde Madrid a Cagliari, con Air Europa y previa escala en Roma, sin sufrir
ningún retraso de los que los periódicos aireaban sobre la capital italiana.
Nada más poner el pie en Cerdeña nos recibió una bofetada de calor que nos
perseguiría durante los diez días de vacaciones allí. Aterrizamos sobre las
tres de la tarde en la capital sarda, Cagliari, donde recogimos nuestro coche de alquiler en Europcar (un
Golf). Nos perdimos un par de veces, pero llegamos pronto al B&B Sella del Diavolo, a
cien metros de la playa de Poetto.
| Fregola y colurgionis (platos típicos sardos en el restaurante Ammentos, Cagliari). |
Esa tarde-noche paseamos por el centro
histórico de Cagliari y curioseamos por la
Marina, antes de ir a cenar al restaurante Ammentos, que recomendaba la guía LonelyPlanet como favorito entre
los que sirven comida sarda típica. Queso pecorino y vino blanco para acompañar un delicioso plato de fregola (especie de sémola) con verduras y unos colurgionis (ñoquis de patata con queso) en salsa de tomate. Postre y
moscatel, todo exquisito, por 42 euros.
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| Estatuillas de bronce de la época nurágica (museo arqueológico de Cagliari). |
El martes, día 21, tras desayunar en el
chiringuito a pie de playa del hotel Nautilus, cogimos el coche para ir al
centro de Cagliari. Había muchos turistas caminando bajo el sol, así como en la catedral, en la torre del Elefante y zigzagueando por las empinadas calles del barrio del Castello. Asfixiados de calor ya desde el inicio de la mañana, visitamos el museo
arqueológico (gratis con carné de
prensa) y su interesante colección de estatuillas de bronce de la época
nurágica (desde el año 1700 a.C.).
También me gustaron de manera especial los Gigantes del monte Prama (siglos XI a IX a.C.), unas figuras de la era nurágica esculpidas en piedra calcárea, que representan a boxeadores, arqueros y luchadores, todos con unos enigmáticos ojos de búho y una estatura entre dos y dos metros y medio. Fueron encontrados, hechos pedazos, en enterramientos en el monte Prama, sin que se sepa por qué los destruyeron tan minuciosamente ni cuál era su finalidad exacta. Cerca de las tres de la tarde, tuvimos suerte de poder comer al lado de la catedral, en un bar que no prometía mucho, pero donde nos sirvieron un delicioso plato del día, de colurgionis con mejillones y almejas, con cerveza, por menos de 40 euros. De regreso al hotel, la bulliciosa playa de Poetto nos tentaba, pero el calor y el sopor retrasaron la primera zambullida en aguas sardas hasta el atardecer. De ese baño nos trajimos varias picaduras de mosquitos en piernas y brazos.
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| Uno de los Gigantes del monte Prama (Museo de Cagliari). |
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| Poblado nurágico de Su Nuraxi (Cerdeña). |
Al día siguiente, miércoles, salimos de
excursión para visitar la catedral del arte nurágico en Cerdeña, el poblado de Su Nuraxi (entre los siglos XIII a VI a.C.), que está a unos 65
kilómetros de Cagliari, aunque se tarda una hora en llegar. Las visitas son
guiadas, en inglés e italiano, porque hay que entrar a la torre central por
estrechos pasillos de piedra, húmedos y con poca luz, y en el tramo final hay
que ir agachado para franquear la corta abertura en la pared. Hay un trozo algo
claustrofóbico, pero merece la pena soportar la presión para luego disfrutar de
la espléndida vista del patio central de la estructura y contemplar las cuatro
torres y la muralla defensiva del poblado.
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| Arena dorada y dunas en la playa de Piscinas (Cerdeña). |
Al finalizar la visita de Su Nuraxi dudábamos si ir hasta la playa de Piscinas, a unos 70 kilómetros, pues para llegar a esta costa paradisíaca hay que hacer los últimos 9 kilómetros por una pista de tierra en mal estado. Y, en efecto, esos 9 kilómetros finales nos parecieron 90, aunque los dimos por válidos ya que pudimos bañarnos en sus aguas prístinas, deleitar la vista con las dunas y rebozar los pies en la arena, además de comer ensalada de arroz y helados en uno de los dos chiringuitos, con insuperables vistas de tierra, mar y cielo. Esa noche cenamos en Antica Cagliari, un local típico sardo, pero demasiado turístico y con comida de peor calidad que la del Ammentos de la primera noche. Un paseo hasta la plaza Yenne nos descubrió la Cagliari nocturna de los jóvenes, repleta de terrazas.
El jueves, 23 de julio, dijimos adiós a Cagliari y partimos rumbo a Olbia. La primera parada la escogimos gracias a los carteles de la carretera que anunciaban sitios de interés. Así descubrimos Santa Cristina, un santuario nurágico con un pozo sagrado, que data del siglo XI a.C. Quedan asimismo los restos del poblado circundante, que aún conserva una torre circular y dos edificios anexos.
La entrada al recinto arqueológico cuesta 5 euros, que pagamos muy a gusto, por visitar a nuestras anchas el pozo, al que se baja por 24 escalones, y meter los dedos en su agua algo verdosa. La luz se filtra hasta el fondo por una abertura en el techo. Hacía demasiado calor para recorrer el extenso perímetro del recinto, pero sí nos detuvimos en la terraza de la cafetería, a la sombra, para refrescarnos y leer un rato. Yo acababa de comenzar la novela Algo que brilla como el mar, de la japonesa Hiromi Kawakami.
La segunda parada ese día fue en Nuoro, una ciudad en el interior montañoso de la isla, donde queríamos ver la casa museo de la escritora Grazia Deledda (1871-1936), la segunda mujer en ganar el Nobel (1929). Pero varios contratiempos al aparcar y la amenaza de lluvia nos disuadieron, así que volvimos a la carretera, donde nos cayó una tromba de agua. Cuando dejó de llover, paramos a repostar (el diésel, carísimo, a 1,5 euros), y ya directos al hotel Demar, en
las afueras de Olbia, que escogimos por estar bien comunicado con el centro de la ciudad y el norte de la isla.
Al anochecer paseamos por el corso Umberto I, la principal arteria de Olbia, cuajada de tiendas de ropa, artesanía, cafés y restaurantes. Justo enfrente del ayuntamiento se halla uno de los bares más famosos de Olbia, In Vino Veritas, muy frecuentado a la hora del cóctel y del aperitivo. La temprana cena en un restaurante tradicional, rodeados de japoneses y franceses, puso punto y final al día.
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| Pozo sagrado de la época nurágica (Santa Cristina, Cerdeña). |
La entrada al recinto arqueológico cuesta 5 euros, que pagamos muy a gusto, por visitar a nuestras anchas el pozo, al que se baja por 24 escalones, y meter los dedos en su agua algo verdosa. La luz se filtra hasta el fondo por una abertura en el techo. Hacía demasiado calor para recorrer el extenso perímetro del recinto, pero sí nos detuvimos en la terraza de la cafetería, a la sombra, para refrescarnos y leer un rato. Yo acababa de comenzar la novela Algo que brilla como el mar, de la japonesa Hiromi Kawakami.
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| Casa-museo de la premio Nobel Grazia Deledda (Nuoro, Cerdeña). |
Al anochecer paseamos por el corso Umberto I, la principal arteria de Olbia, cuajada de tiendas de ropa, artesanía, cafés y restaurantes. Justo enfrente del ayuntamiento se halla uno de los bares más famosos de Olbia, In Vino Veritas, muy frecuentado a la hora del cóctel y del aperitivo. La temprana cena en un restaurante tradicional, rodeados de japoneses y franceses, puso punto y final al día.









Algo que brilla como el mar, la historia de Midori Edo, está entre mis próximos libros, aunque me temo que empezaré a leerlo en Madrid. Bssssssss
ResponderEliminarA mí me encantó la novela, en mi opinión, la mejor de Kawakami después de 'El cielo es azul, la tierra blanca'.
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