La historia real del árbol de Navidad
(Más sobre la Navidad aquí y alguna otra historia de un objeto aquí)
Firma invitada: Luis Fermín Moreno
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| María Leszczynska, reina de Francia. |
En 1725, Luis XV de Francia casó
con María Leszczynska (1703-1768), hija del destronado rey polaco Estanislao, por decisión
de su primo y regente, el duque de Borbón. Los franceses de aquel tiempo, incluido
el propio Luis, consideraron esta “mortificante” mesalliance impropia del prestigio y la altura de la monarquía francesa.
Pero el duque tenía prisa por garantizar la descendencia real y no había mucho mejor donde elegir.
La reina María era demasiado tímida,
demasiado simple, demasiado devota, demasiado influenciable… y demasiado poco
sofisticada para lo que se requería en la Francia barroca. No obstante, resultó
ser una elección acertada: además de los 10 hijos que dio a su marido, dejó dos
grandes regalos: la Lorena para Francia y el árbol de Navidad para el resto del mundo occidental.
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| El príncipe Alberto introdujo en Inglaterra la moda del árbol de Navidad (imagen de la revista 'The London Illustrated', 1848). |
En efecto, fue ella la que, en
1738, ordenó plantar el primer abeto navideño en el patio de Versalles. Un
siglo después, en 1840, el príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo, recién matrimoniado con la reinaVictoria, introdujo a su vez la tradición en Gran Bretaña durante su primera
Navidad inglesa. De París y Londres, prescriptoras decimonónicas de moda, pasó
de forma natural al resto de Europa y, claro, a las Américas.
En realidad, el primer árbol de
Navidad históricamente registrado surgió en 1521 en el atrio de la iglesia de la
ciudad alsaciana de Sélestat (por aquel entonces, Alemania) y no tardó en ser
adoptado por los protestantes, que acababan de aparecer en escena, como símbolo
navideño propio por oposición a los belenes católicos. Aunque el abeto navideño
tiene tantas raíces cristianas como paganas.
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| Árbol de Navidad frente a Nôtre-Dame de París. |
En la Europa central, desde la Edad Media en adelante, era costumbre evangelizar al pueblo analfabeto representando en los pórticos de las
catedrales los misterios cristianos y algunas escenas bíblicas. Entre ellas, la
historia de Adán y Eva. Un manzano hacía las veces de árbol prohibido. Además
de manzanas, lo decoraban con obleas a modo de hostias, porque, siguiendo a San Pablo en la epístola a los Corintios, Jesús es el Adán de la nueva humanidad.
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| Abeto navideño en San Pedro (Vaticano, Roma). |
Relacionar el árbol con el
nacimiento de Jesús era, pues, el paso lógico. Pero, como los manzanos no
tenían hábito de fructificar en pleno
diciembre, hubo que echar mano de un abeto, cuyas agujas siempre verdes ya
simbolizaban para los paganos la vida –y, por ende, la inmortalidad- en el
corazón del invierno y de la noche.
Hoy, un sinfín de abetos ilumina las
iglesias, las plazas y los hogares de medio mundo. El árbol ha traspasado las
fronteras religiosas y apenas conserva en su cima la estrella, a semejanza de
la que guió a los Magos, como significante divino. Quizá por eso se ha
convertido en el símbolo de la alegría y la buena voluntad que los seres
humanos compartimos estos días.



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