Las griegas (II): Aspasia de Mileto y Olimpia de Macedonia
(Más sobre mujeres griegas en Las griegas (I))
Aspasia de Mileto y Atenas (siglo V a.C.) es una de
las escasas griegas cuya notoriedad ha llegado hasta hoy. Y no sólo por haber sido la compañera de Pericles (495-429 a.C.) durante dos
décadas y haberle dado un hijo, sino por su capacidad de retórica y su brillante
conversación, que convirtieron su casa en un centro intelectual de Atenas en la
época clásica. Sus tertulias eran célebres por reunir a prominentes escritores
y pensadores, entre ellos, el mismísimo Sócrates. Fue y es una figura
controvertida: elogiada por unos como una mujer progresista y
avanzada a su tiempo, y reducida por otros a simple cortesana de
Pericles y de otros atenienses eminentes.
La historia de amor entre Aspasia y el forjador de la Atenas clásica ha inspirado a novelistas y poetas de los últimos siglos, en particular a los románticos del siglo XIX y a algunos autores de novela histórica del XX, como Lydia Child, Walter Savage o Giacomo Leopardi. Pero la huella más indeleble de Aspasia es haber sido maestra de hombres y mujeres (aún más inaudito), a quienes enseñaba retórica y filosofía. Su influencia llegó al punto de que Sócrates, un habitual de sus tertulias, fue de los pocos autores clásicos en defender que las mujeres debían ser educadas. Toda una lección subversiva en el siglo V a.C.
Las griegas, incluso las que eran libres y tenían estatus de ciudadanas, eran tratadas como figuras de segunda categoría social. Eso
no se aplica a Olimpia (375-315 a.C.), la madre de Alejandro Magno (356-323 a.C.), esposa de Filipo II de Macedonia (382-336 a.C.) y urdidora de complots históricos. Fue una mujer fuerte e inteligente, que no
pudo evitar que el rey Filipo tomara otras esposas y tuviera otros hijos, pero
desde luego se las ingenió para que esas mujeres estuvieran subordinadas
a ella y todos sus hijos varones quedaran detrás de Alejandro en la sucesión
al trono de Macedonia. Olimpia alimentó desde la cuna las ansias de poder de su
hijo Alejandro: le contaba que su padre real no era Filipo, sino el propio
Zeus; le decía que su noble linaje lo emparentaba con Aquiles, y de hecho, Alejandro llevaba siempre consigo una copia de La Ilíada, de Homero.
A Olimpia se la asocia con el misticismo rayano en la superchería, y de ella se decía que se introducía en las procesiones llevando enormes serpientes semidomesticadas
que, "irguiéndose frecuentemente desde la hiedra y los cestos mistéricos y
enroscándose en torno a los tirsos y coronas de las mujeres, provocaban el
espanto entre los hombres”. Separar la leyenda de la historia es difícil, pero es evidente que Olimpia fue casi tan grande como su hijo, Alejandro Magno.
La muerte de las mujeres griegas durante o después del parto era muy frecuente. Las
muchachas eran prometidas en matrimonio tan pronto como era posible y las
casaban inmediatamente después de alcanzar la pubertad, para aprovechar al
máximo su potencial reproductor. Si no eran diosas, reinas o viudas de reyes,
sus posibilidades de alcanzar la fama por sus propios méritos eran casi nulas.
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| 'Pericles y Aspasia en el estudio de Fidias' (óleo de Héctor Le Roux). |
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| 'Los griegos', de Paul Cartledge. |
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| Moneda con la efigie de Olimpia, la madre de Alejandro Magno. |
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| Mosaico con Alejandro Magno y Hefestión dando caza a un león. |
Pero, aunque Olimpia lo hizo todo y lo dio todo para
que su primogénito fuera, en verdad, Grande, Magno, su relación estuvo llena de
desencuentros. Ella fue una madre manipuladora que jamás dejó de interferir en política, tan sedienta de poder
y gloria como cualquier hombre de su época. La prueba es que, una vez muerto
Alejandro, no dudó en usar la fuerza militar y en ordenar el asesinato de
rivales para tratar de sentarse en el trono. Fracasó, fue condenada a muerte y en 316 a.C. murió a manos de parientes
de sus víctimas.
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| 'Griega leyendo un papiro' (jarra de agua de cerámica, 440 a.C.). |







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