Busto colosal de 3.000 años del rey hitita Suppiluliuma
(Más Historia de un objeto aquí)
En los dos últimos siglos el mundo ha ido descubriendo que, pese a vivir en la lejanísima Edad del Bronce, las ciudades hititas eran monumentales, como prueban las ruinas de Hattusa y su Puerta de los Leones, de cierto parecido a la que daba acceso a Micenas, en el Peloponeso griego. Usaban jeroglíficos y produjeron un notable cuerpo legislativo, lo cual no les impidió ser un pueblo guerrero que transitó por la Historia amenazando y siendo amenazado. En una de sus guerras se anexionaron el reino de Mittani y plantaron cara a Tutankamón.
Desde su
hieratismo, y con la característica barba común a pueblos como los vecinos asirios, el monarca
hitita mira de frente con los ojos bien abiertos, como si acabara de despertar
de un sueño de miles de años y no diera crédito a lo que procesan sus pupilas.
Aún no he estado en Turquía ni en Egipto, quizá los dos únicos sellos legendarios que faltan en mi pasaporte. Desconozco por tanto las tierras donde habitaron los faraones Tutankamón o Nefertiti. Tampoco he visitado Anatolia (la actual Turquía), cuna de los hititas, una civilización mítica que dominó esas tierras desde 1900 a.C, y que desapareció setecientos años
después, alrededor de 1200 a.C., sin dejar rastro.
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| Cabeza colosal del rey hitita Suppiluliuma hallada en Hatay (Turquía). |
La Historia había
engullido a los hititas hasta que, en el año 1834 de nuestra era, el arqueólogo Charles Félix Tesier
(1802-1871) descubrió las ruinas de la antigua capital de su imperio, Hattusa. Emergieron a la luz entonces su lengua (la indoeuropea, aunque también utilizaban la cuneiforme), los restos de su arquitectura grandiosa y los nombres y hazañas de los grandes reyes Telipinu, Mursili, Suppiluliuma, Hattusili, así como la mucho menos conocida esposa de este último,
la reina Puduhepa.
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| Puerta de los Leones de Hattusa (antigua capital hitita, en la actual Turquía). |
En los dos últimos siglos el mundo ha ido descubriendo que, pese a vivir en la lejanísima Edad del Bronce, las ciudades hititas eran monumentales, como prueban las ruinas de Hattusa y su Puerta de los Leones, de cierto parecido a la que daba acceso a Micenas, en el Peloponeso griego. Usaban jeroglíficos y produjeron un notable cuerpo legislativo, lo cual no les impidió ser un pueblo guerrero que transitó por la Historia amenazando y siendo amenazado. En una de sus guerras se anexionaron el reino de Mittani y plantaron cara a Tutankamón.
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| Plano de la mítica Troya, cantada por Homero. |
¡Si serían épicos los hititas, que tuvieron como aliada a la misma Troya (1800-1250 a.C.) cuando se produjo la campaña que narra Homero en La Ilíada! En el reino
legendario de los hititas, los soberanos se hacían llamar Mi
Sol, como los faraones, y al igual que aquellos adoptaron el símbolo
del disco solar.
El monarca hitita por excelencia fue Suppiluliuma (1344-1322 a. C.), gran militar y estratega, que se enfrentó con éxito a los egipcios y organizó los territorios conquistados en dos virreinatos (uno para cada hijo) que funcionaban como frontera oriental del imperio. También guerreó contra los asirios.
El monarca hitita por excelencia fue Suppiluliuma (1344-1322 a. C.), gran militar y estratega, que se enfrentó con éxito a los egipcios y organizó los territorios conquistados en dos virreinatos (uno para cada hijo) que funcionaban como frontera oriental del imperio. También guerreó contra los asirios.
La figura de Suppiluliuma fue grandiosa, pero sobrestimó
su poder cuando la viuda del faraón Tutankamón, en son de paz, le pidió que le enviara a uno de
sus hijos para convertirse en el nuevo gobernante egipcio. El vástago de Suppiluliuma nunca llegó a tierras del Nilo, pues fue asesinado durante su
viaje, motivo por el cual los hititas declararon otra guerra. Al final, como a menudo enseña la Historia, los poderosos también
tienen pies de barro, y así el gran rey hitita no murió en el campo de batalla,
sino a causa de una epidemia de viruela contagiada por los prisioneros de guerra
egipcios.
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| Darren Joblonkay, descubridor del busto colosal de Suppiluliuma. |
La última
aparición estelar del mítico Suppiluliuma se produjo en agosto del año pasado, cuando el aprendiz de arqueólogo Darren
Joblonkay, de tan sólo 23 años, encontró una colosal cabeza de piedra en
las excavaciones de Hatay (Turquía). La escultura, a sus bien conservados 3.000
años de antigüedad, tiene una inscripción jeroglífica en la espalda que la
identifica como Suppiluliuma I y presenta al monarca desde la cintura. Mide
casi metro y medio de altura, lo que sugiere que la longitud total del cuerpo
alcanzaría los 3,5 metros.
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| Rostro con rasgos de hieratismo en la estatua del rey hitita Suppiluliuma. |
Es una estatua impresionante,
bellísima, que los turistas de paso por Anatolia podrán admirar pronto en el Museo Arqueológico de Hatay. De momento, los arqueólogos ya la han etiquetado como un perfecto ejemplo de la sofisticación que lograron las culturas de la Edad de Hierro al este del Mediterráneo tras el colapso de los imperios de la Edad de Bronce, a finales del segundo milenio a.C.
¡Casi nada!
¡Casi nada!







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