'2001, Una odisea...' y 'Blade Runner': películas tótem
Tenía 16 años y estudiaba 3º de Bachillerato. Ese
día, el profesor de Filosofía trasladó la clase al pequeño, humilde y desnudo
salón de actos de mi instituto andaluz de periferia. Apagó las luces, encendió
el proyector y la pantalla se llenó de una música perturbadora y unas imágenes
deslumbrantes, poderosas y magníficas.
Salvo que el alzheimer siegue mis
recuerdos, jamás olvidaré el nudo en el estómago que me causaron los monolitos negros, ni la desazón por la rebelión de HAL 9000, ni el asombro cuando el astronauta se convierte en feto. Fue uno de esos
momentos que me cambiaron por dentro. La película, por supuesto, era 2001, Una odisea en el espacio, del director estadounidense Stanley Kubrick (1928-1999), estrenada en 1968 y con guión del escritor Arthur C. Clarke (1917-2008), basándose en su novela corta El centinela.
Mi profesor de Filosofía estuvo una semana hablándonos de ella, tratando de explicar a aquellos muchachos preuniversitarios el sentido de esa grandiosa metáfora de la existencia, volcado en inculcarnos la importancia de hacernos preguntas, ya que ése es el único camino hacia el conocimiento. Mi profesor insistía en distinguir intuición y razón, nos invitaba a explorar los cimientos de los mitos, las raíces de las leyendas y el descubrimiento de la experiencia. Falló estrepitosamente, claro, y la mayoría entramos en la Universidad sin saber de qué diantres iba esa película o qué era la Filosofía.
He visto decenas de veces 2001, Una odisea en el espacio, y sigo sin entenderla del todo. Lo único que los años han cambiado es que ya no me frustra desconocer las respuestas: hace tiempo que comprendí que las obras de arte son fortalezas inexpugnables ante las que sólo cabe rendirse y disfrutar (si nos es concedido) de un instante de gracia... y de belleza.
La película tiene escenas y diálogos impecables, entre ellos, el conocido "Como lágrimas en la lluvia” (Like tears in the rain), donde el soberbio replicante, que ama la vida por encima de todo, salva a su enemigo (el policía Deckard, interpretado por Harrison Ford) en ese tejado bajo la lluvia donde alza el vuelo una blanca paloma. O el sueño del unicornio, al que los distintos montajes de la película han dado su exacta dimensión. Y todo, arropado por la música de Vangelis .
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| Escena 'Amanecer de la Humanidad', de la película '2001, Una odisea en el espacio' (Ridley Scott). |
Mi profesor de Filosofía estuvo una semana hablándonos de ella, tratando de explicar a aquellos muchachos preuniversitarios el sentido de esa grandiosa metáfora de la existencia, volcado en inculcarnos la importancia de hacernos preguntas, ya que ése es el único camino hacia el conocimiento. Mi profesor insistía en distinguir intuición y razón, nos invitaba a explorar los cimientos de los mitos, las raíces de las leyendas y el descubrimiento de la experiencia. Falló estrepitosamente, claro, y la mayoría entramos en la Universidad sin saber de qué diantres iba esa película o qué era la Filosofía.
He visto decenas de veces 2001, Una odisea en el espacio, y sigo sin entenderla del todo. Lo único que los años han cambiado es que ya no me frustra desconocer las respuestas: hace tiempo que comprendí que las obras de arte son fortalezas inexpugnables ante las que sólo cabe rendirse y disfrutar (si nos es concedido) de un instante de gracia... y de belleza.
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| Rutger Hauer, el replicante Roy Batty de Blade Runner |
Otro peldaño mágico en mi camino a la edad adulta
está ligado a Blade Runner, la película de culto de Ridley Scott (1937),
estrenada en el año 1982 y basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick
(1928-82). Scott ya era un mago de la
ciencia ficción desde que en 1979 estrenó Alien, el octavo pasajero. Pero con Blade Runner dio un salto mortal
hacia delante con pirueta existencial incluida.
Porque en Blade Runner plantea
un mundo en el que se diluye la frontera entre humanos y máquinas (sofisticados replicantes, seres perfectos aliñados en laboratorio con los
mejores ingredientes de la raza humana). Los
replicantes tienen fecha
de caducidad, pero a diferencia de hombres y mujeres, estos seres
artificiales sí conocen el día y hora de su muerte. Y será el pavor, la rabia
y la rebelión contra esa finitud la que llevará a los replicantes, acaudillados
por el simplemente perfecto Rutger Hauer (1944), a declarar la guerra a su Creador.
La película tiene escenas y diálogos impecables, entre ellos, el conocido "Como lágrimas en la lluvia” (Like tears in the rain), donde el soberbio replicante, que ama la vida por encima de todo, salva a su enemigo (el policía Deckard, interpretado por Harrison Ford) en ese tejado bajo la lluvia donde alza el vuelo una blanca paloma. O el sueño del unicornio, al que los distintos montajes de la película han dado su exacta dimensión. Y todo, arropado por la música de Vangelis
Han pasado treinta años desde que se
estrenó Blade Runner y veinte desde la primera vez que yo la vi en cine. Y
todavía hoy me pregunto, como los replicantes y humanos del filme, qué es realidad y qué fantasía; cómo saber si nuestros recuerdos son cien por ciento verdaderos, o
injertos de sueños o memorias de otros; si las
máquinas desarrollan inteligencia emocional; cómo puede tolerarse
una vida de esclavitud; quién dio semejante poder al dinero; dónde están los
límites de la Humanidad.
Como puede ver, querido profesor de Filosofía de 3º
de Bachillerato, al menos yo sí aprendí la lección aquel día. Sigo haciéndome
preguntas.


