Viaje a Portugal (III): Sintra, capricho del Romanticismo
(Más sobre Portugal aquí)
No pudo ser.
Para cuando llegamos a Monserrate, era muy tarde, no encontramos hueco en el
párking y el cuerpo nos pedía clemencia. Así que decidimos seguir la carretera
hasta la playa Das Maças y probar
suerte en un chiringuito junto al mar. Fue un acierto: comimos sardinas a la
brasa y calamares, un poco de vino y hasta postre, descansamos y nos relajamos
viendo el chapotear de los críos en el agua y el ir y venir de las olas del
mar.
Desde la entrada, por el Terrero de las Cruces, hasta la Puerta de la Muerte, la iglesia, el claustro o la cueva de Fray Honorio, todo rezuma paz y lejanía del mundo terrenal. Pero nosotros sí teníamos una existencia terrenal que atender, así que regresamos a Sintra. Nos esperaban unas maletas que hacer, una cena que decidir y un último paseo por las calles sinuosas y silenciosas de la ciudad lusa romántica por excelencia. La niebla tapaba ya el Castillo de los Moros, fiel guardián de Sintra.
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| Muralla del Castillo de los Moros, en Sintra. |
El quinto día de nuestras vacaciones en Portugal, el
25 de julio, amaneció impregnado en
restos de neblina, que es como se despiertan sus habitantes el noventa y nueve por
ciento de las mañanas. El que luego bautizaríamos como el Día de la Gran Paliza
empezó con la ascensión al Castillo de los Moros, una fortificación militar del siglo IX, construida
por los musulmanes para vigilar la costa, con una impresionante
panorámica de los bosques y palacios de Sintra.
El castillo es hoy un yacimiento en activo y una ruina romántica para deleite de los turistas. Lo mejor para llegar
hasta aquí es dejar el coche en el primer párking y caminar unos 300 metros,
mucho más agradables si se toma el sendero entre los árboles. Ya dentro del
recinto, una muralla bordea el promontorio rocoso y ofrece una
hermosa vista del vecino Palacio da Pena. Eso sí, hay que prepararse para subir
y bajar escalones y llevar agua y sombrero. ![]() |
| Tritón en una puerta del Palacio da Pena (Sintra). |
El Día de la Gran Paliza continuó con la visita al
Palacio da Pena. Al salir del Castillo de los Moros, decidimos no
mover el coche: eran algo más de la doce, había mucho tráfico en la estrecha
carretera y ya se veían hileras de vehículos tratando de entrar y salir de los
tres párking. Nos tocó, por tanto, andar otros 200 metros cuesta
arriba, bajo el sol del mediodía y con el cansancio de un castillo a las
espaldas.
El Palacio da Pena es un edificio extravagante, un
capricho arquitectónico del siglo XIX que se hizo a su gusto Fernando de Sajonia-Coburgo
(1819-85), el consorte de la reina María II (1819-53). Las guías lo
definen como el máximo exponente de la arquitectura romántica en Portugal, y es
cierto que parece un castillo encantado, como recién despertado de un sueño,
con su mezcla de estilos y elementos decorativos. Me hice una foto bajo el
formidable Tritón esculpido en una de las arcadas y recorrí el camino de ronda
antes de entrar en el palacio interior, que contiene los restos más valiosos
del edificio: un claustro manuelino del siglo XVI y la capilla original del
antiguo monasterio de frailes Jerónimos.
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| Claustro interior del Palacio da Pena (Sintra). |
El Palacio da Pena está rodeado por varias hectáreas
de parque, con fuentes, grutas y senderos, pero nosotros no tuvimos tiempo de
recorrerlo. Eran casi las 15 horas y aún nos faltaba bajar el medio kilómetro
hasta el párking y desandar la carretera hasta Sintra. Nuestra
intención era comer algo rápido en el Palacio de Monserrate y visitar las estancias que el poeta Lord Byron (1788-1824) cantó en su poema El peregrinaje de Childe Harold.
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| Playa das Maças, próxima a Sintra. |
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| Terrero de las Cruces, entrada al Convento de los Capuchos (Sintra). |
La última visita del día fue quizá la más bonita: el
Convento de los Capuchos, edificado en el año 1560 en medio de un paraje aislado y
solitario, un ejemplo en piedra de los ideales de fraternidad y pobreza con los
que vivían los frailes franciscanos. Hoy el sitio está deshabitado y es una ruina,
romántica como todo en Sintra. Se lo conoce también como el Convento del
Corcho, porque las paredes interiores de las celdas, el salón del coro y la
biblioteca están revestidas de corcho para aislarlas del frío, ya que los frailes vivían en el más absoluto ascetismo.
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| Pasillo en penumbra del Convento de los Capuchos (Sintra). |
Desde la entrada, por el Terrero de las Cruces, hasta la Puerta de la Muerte, la iglesia, el claustro o la cueva de Fray Honorio, todo rezuma paz y lejanía del mundo terrenal. Pero nosotros sí teníamos una existencia terrenal que atender, así que regresamos a Sintra. Nos esperaban unas maletas que hacer, una cena que decidir y un último paseo por las calles sinuosas y silenciosas de la ciudad lusa romántica por excelencia. La niebla tapaba ya el Castillo de los Moros, fiel guardián de Sintra.







