Hay un París de tejados de pizarra y calles
estrechas por donde pasan a la carrera millones de turistas cada año. Hay un París
de amplios bulevares convertidos en escaparates del lujo y otro París surcado
de barcos que navegan el Sena. Hay un París desde las alturas y también hecho
de túneles; un París que ama los mercados de flores y que cada tarde toma pastis
tras el cristal de una brasserie.
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| Gárgolas de Notre-Dame. |
Un París, en cierto modo, hecho a prueba de turistas,
que se puede empezar a recorrer desde las torres de la catedral de Notre-Dame,
ésas por donde se deslizaba Quasimodo, el encantador jorobado enamorado de la
zíngara Esmeralda.Merece la pena subir los 387 escalones del
flanco norte sólo por ver de cerca las monstruosas gárgolas de piedra y,
despacio, recorrer el pasillo que serpentea hasta la gran campana de
la torre sur (la de Quasimodo) para disfrutar la mejor panorámica de la ciudad
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| Entrada a las catacumbas. |
El mundo subterráneo de catacumbas
y alcantarillas no es apto para claustrofóbicos. En el número 1 de la Place Denfert-Rochereau se forma todos
los días una escuálida hilera de personas que esperan para entrar a las
catacumbas. Un cartel advierte al visitante que deberá bajar casi 300
escalones, a 20 metros de profundidad, para llegar al oscuro y húmedo osario
donde se amontonan cráneos y tibias de más de seis millones de parisinos.
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| Calaveras en las catacumbas. |
La historia se remonta a finales del siglo XVIII,
cuando se exhumaron los restos de los principales cementerios del centro de
París para acabar con la insalubridad que se adueñaba de las calles y diezmaba a la población. Antes de la Revolución, el futuro Carlos
X organizaba fiestas en las catacumbas, y durante la II Guerra Mundial la
Resistencia francesa estableció aquí sus cuarteles. Hoy en día, las catacumbas son fuente de ingresos y una tímida atracción turística. Igual que las cloacas (Égouts), sin duda
uno de los grandes logros de ese barón Haussmann al que tanto debe París. Puestos en fila, los 2.100 kilómetros de cloacas unirían París y
Estambul, aunque el recorrido abierto al visitante se limita a una pequeña
área en torno a la entrada al Quai d'Orsay.
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| Tumba de Allan Kardec en Père Lachaise. |
Un paseo por el París más desconocido no sería
completo sin los cementerios, en particular los de Père Lachaise y
Montparnasse. Molière, Oscar Wilde, Marcel Proust, Sarah Bernhardt, Jim
Morrison o Edith Piaf reposan sobre la colina boscosa del Père Lachaise. Paseos nostálgicos y otoñales con curiosidades a descubrir: la estatua de tamaño natural de Victor Noir
(periodista del XIX asesinado por Pierre Bonaparte) a la que atribuyen poderes
de fecundidad, y el dolmen de la tumba de Allan Kardec, fundador de un
culto espiritista en el siglo XIX.
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| Tumba de Simone de Beauvoir y Sartre. |
El de Montparnasse es el cementerio de los habitantes de
la margen izquierda del Sena, un barrio célebre por albergar la Sorbona, el Panteón, los Jardines de Luxemburgo, los bulevares de Saint Michel y Saint Germaine.
El camposanto de Montparnasse es más pequeño, pero quizá con mayor encanto.
El cenotafio de Charles Baudelaire y las tumbas de Jean Paul Sartre y Simone de
Beauvoir destacan entre los castaños. Aquí está enterrado el argentino Julio Cortázar,
amante de París, inmortalizado en Rayuela.
Dejando atrás el solitario cementerio y cruzando el río sin perder de vista las torres de la catedral, se llega al mercado de flores de la orilla derecha, entre Notre-Dame y el Palacio de Justicia, que los domingos se convierte también en mercado de
pájaros.
Y para reponer fuerzas, nada mejor que dejarse caer por una de las cercanas brasseries y sucumbir a la tentación de sentarse a ver la vida pasar.