Viaje por Japón (y V): isla de Miyajima, Osaka y Tokio
(Viaje por Japón (IV): Kioto, Himeji, Osaka, Hiroshima)
Nada más desembarcar en la isla-santuario de Miyajima
salieron a recibirnos ciervos que caminaban en libertad por las
calles. Había carteles con advertencias en varios idiomas prohibiendo alimentarlos, pese a lo cual muchos visitantes (no sólo niños) les ofrecían
golosinas mientras les hacían fotos. Los ciervos son inofensivos, pero testarudos,
y a menudo se empeñan en seguir a los
paseantes, a quienes suelen empujar con la cabeza. Nosotros, tras dejar las maletas en el ryokan Kinsui Besso y comer en una taberna típica (ostras fritas y anguila con arroz), fuimos hasta el torii para admirarlo de
cerca.
La marea estaba baja y docenas de personas deambulaban alrededor de los soberbios postes, levantaban la vista para contemplar los maderos anaranjados y se mojaban los pies en la bahía frente a Hiroshima, como si de un ritual se tratara. A Mijayima se va en busca de relax, a disfrutar de la naturaleza, del mar, de los baños públicos y la gastronomía. Por eso, el santuario Itsukushima, construido
sobre las aguas, fue la única obligación turística que cumplimos.
Al día siguiente, 6 de agosto, cruzamos de nuevo la
bahía para regresar a Osaka, donde nos esperaba el hotel Hearton Nishi Umeda, junto a la estación de tren y frente al Observatorio
Flotante. Osaka fue el gran descubrimiento del viaje a Japón: sabía poco
de esta ciudad moderna, donde la vista se agota entre rascacielos, la prisa es
moneda y reina el espíritu consumista. Pero me gustó tanto que
modifiqué la ruta prevista para pasar en ella un día extra.
De noche, el barrio de Dotonbori parece sacado
de un fotograma de la película Blade Runner. Los anuncios de neón gigantes
colonizan cada centímetro de las fachadas, ya sean reclamos de restaurantes o
publicidad de tiendas de ropa, coches, perfumes o cosmética. Grupos de chicas y
chicos vestidos a la última, maquillados y enganchados a sus móviles de última
generación recorren las calles. Muchos van de compras y otros curiosean antes
de escoger taberna, bar, restaurante o pachinko para divertirse.
El segundo día en Osaka hicimos un crucero por la
bahía. Edificios altos, sin llegar a rascar las tripas del
cielo, oficinas, alguna fábrica, el castillo… todo visto
desde el barco parecía más entrañable, de espaldas a la prisa de la gran ciudad. En el barco conversamos con una
pareja canaria que también viajaba a su aire por Japón, un indicio más de que, por suerte, el turismo de agencia y autobús aún no ha calado en el país del Sol Naciente. Pasamos esa tarde en Dotonbori: comimos, tomamos café en un salón de té muy cool
y compramos abanicos para regalar. Era noche cerrada cuando regresamos al
hotel. Las maletas deshechas esperaban ser recompuestas. A nuestro
viaje sólo le quedaban una noche y dos días.
El jueves 8 de agosto madrugamos para llegar a
Tokio. Nos alojamos
en el mismo hotel que a la llegada, el Villa Fontaine, y esta vez nos tocó habitación en el piso noveno, con vistas espléndidas sobre la megaurbe.
Por fin visitamos el jardín que hay entre Shiodome y la bahía, un paseo
agradable pese al calor y a las cansinas cigarras entonando su estridente melodía.
Para la tarde, mi compañero de fatigas y yo decidimos separarnos.
Yo quería comprar ropa en Uniqlo (conocí esta marca nipona cuando vivía en Londres y me
encantaron sus prendas modernas a bajos precios) y él descansar, así que me marché sola
hasta Shibuya. Sólo me extravié una vez, en el metro, y un señor mayor amabilísimo
vino a rescatarme. Una vez en Shibuya,
merodeé por las calles, como siempre, repletas de gente, con algo de tristeza.
Era mi última noche en Tokio y en Japón, y no quería que el viaje terminara.
La mañana del 9 de agosto era la última en Tokio y
queríamos aprovecharla. Fuimos primero en taxi hasta Tokio Station a dejar las
maletas en consigna y nos acercamos andando a la cafetería del Museo Mitsubishi. De allí nos trasladamos a
Ginza, donde dimos un paseo bajo el crudo sol hasta hartarnos y coger
de nuevo el metro para ir a Roppongi Hills. Sin ser muy conscientes, estábamos despidiéndonos de
los barrios tokiotas que más nos habían encandilado. En Roppongi nos topamos con una vieja conocida: la araña de Louise Bourgeois que vimos años atrás en la Tate Gallery de
Londres y en el Guggenheim de Bilbao.
Dejamos Kioto en la mañana del 5 de agosto para
dirigirnos a nuestro destino de esa tarde-noche: la isla de Miyajima, a la que llegamos tras cambiar de tren, primero en
Osaka y después en Hiroshima, y cruzar la bahía en ferry. Desde el barco
admiramos el célebre torii rojo, que según la marea se ve sumergido en el mar o
enterrado en el barro.
![]() |
| A los pies del torii de Miyajima con la marea baja. |
![]() |
| Santuario de Itsukushima (Miyajima), construido sobre el agua. |
![]() |
| Osaka vista desde el Observatorio Flotante. |
![]() |
| Noche en el barrio de Dotonbori (Osaka). |
![]() |
| Crucero por la bahía de Osaka (Japón). |
![]() |
| Jardín entre Shiodome y la bahía de Tokio. |
![]() |
| Taxis de bonitos colores en Shibuya (Tokio). |
Sin salir de Shibuya, pero cuatro horas más tarde y cargada con dos bolsas de ropa, acudí a la cita con
mi compañero en Tower Records, en cuya
cafetería tomamos cerveza y picamos algo. Allí compré el DVD de un
anterior concierto del grupo coreano Superjunior, que había actuado el sábado 27 y domingo 28 de
julio en el Tokio Dome, con lleno total y entradas agotadas. Algunos fines de semana pongo el DVD en casa y me traslado con la mente a esa tarde de verano en Japón.
![]() |
| Araña de Louise Bourgeois en Roppongi Hills (Tokio). |
A las 14 horas comenzamos a desandar el camino que
nos dejaría en el aeropuerto de Narita a las 16
horas. No habíamos podido sacar la tarjeta de embarque, pero aun así
logramos buenos asientos en el avión de Tokio a Beijing (3 horas y 20 minutos) y algo peores en el de Beijing a Madrid (11 horas y media). Despegamos de Narita pasadas
las 19.30 horas y hubo tormenta eléctrica todo el vuelo a Beijing, lo
que me puso de los nervios, pese a lo cual no aparté los ojos de
los fogonazos rojos que encendían el cielo cada pocos segundos. Fue impresionantemente bello.
En Beijing hicimos escala de dos horas y, por fin,
treinta minutos después de la media noche, despegamos hacia Madrid en un avión
de Air China repleto de españoles. Me sorprendió (y molestó) oír
hablar en mi idioma, tanto y a la vez, después de veinte días rodeada de voces
y acentos que, de un modo extraño, se me habían vuelto familiares. Debería
estar acostumbrada porque siempre me pasa lo mismo cuando el viaje termina. La
desazón y la tristeza me duran unas pocas horas, a veces unos días, porque,
invariablemente, jamás quiero dejar de viajar, ni que se acaben las vacaciones. Este verano, en Japón, lo sufrí de una manera especial.










Muy buenas recomendaciones para viajar por Japón.
ResponderEliminarLa isla de Miyajima es espectacular!
Si os interesa más información del Japón como excursiones, actividades, rutas, curiosidades culturales y mucho más. Os recomiendo mi blog viajando por japón.
Enhorabuena por el blog es muy interesante.
Saludos
Gracias por pasarte por mi blog
EliminarTe devolveré la visita
Japón me ha encantado, ha sido como una revelación jaja
Saludos
La informacion que brindas en este post, es corta pero precisa, breve pero util, no necesitar hablar de mas para hacer que nos entren ganas y fuerzas de viajar por japon y eso es muy bueno, te felicito
ResponderEliminar