(Viaje a la Costa Azul (I): Menton y Roquebrune)
Francia es un país al que regreso una y otra vez, quizá donde más veces he estado disfrutando de vacaciones o simples escapadas de tres o cuatro días. Además de su gastronomía y de sus vinos, sus museos y ciudades cuajadas de historia, lo que me fascina de Francia es que es una tierra pródiga en arte medieval, un país que ha
sabido conservar intactos cientos de pueblos, cuyo aspecto hoy no dista mucho
del que tuvieron hace setecientos u ochocientos años. Uno de ellos
es Peillon, a sólo 10 kilómetros tierra adentro de Niza y a unos 25 minutos de Mónaco, en la siempre caprichosa y concurrida Costa Azul francesa.
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| Peillon, a 20 minutos de Niza y 25 de Montecarlo. |
Encaramado en una roca, Peillon se recorta en la distancia como un nido de
águilas. Las dos veces que lo he visitado desde el año 2000, he llegado por la mañana, que es cuando más resplandecen las fachadas de
las casas medievales y mejor resaltan los contornos de este escarpado pueblecito. Sin cambios importantes desde la Edad Media, Peillon sólo tiene unas
pocas calles, que hay que recorrer a pie, y donde no hay nada que hacer, salvo mirar, lo que a buen seguro
agradecen las 50 familias que lo habitan. A mí me basta con el placer de deambular por sus callejas tras el rastro del pasado.
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| Terraza de 'L'Auberge de la Madone' (Peillon). |
En Peillon hay tres hoteles, varios hostales y también habitaciones para
alquilar en casas privadas, si bien la mayoría de los visitantes va simplemente a pasar unas horas y después, a comer en L’Auberge de la Madone. Lo más codiciado en este hotel-restaurante es la terraza, desde donde se tiene una vista perfecta del pueblo y del valle. Su especialidad es la cocina nizarda, elaborada con productos
locales.
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| Fuente de piedra en un rincón del medieval Eze. |
Si Peillon resplandece en las primeras horas de la mañana, llegar a Eze al atardecer es toda una experiencia. Este pueblo, suspendido en un
afloramiento rocoso cerca de la Cornisa Media, a 400 metros sobre el mar, es un
ejemplo perfecto de lo que se puede lograr con una cuidada
rehabilitación. Muchas de sus casas medievales son hoy tiendas de artistas de lo exquisito, restaurantes, cafés y hoteles.
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| Terraza panorámica de 'La Chèvre d'Or', en Eze. |
Antes de dejar Eze, recomiendo ir a ver la puesta de sol y tomar un refresco o un vino en la terraza del hotel La Chèvre d’Or. Es algo caro, pero si el bolsillo lo permite, nada mejor que cenar contemplando las vistas inigualables sobre Cap
Ferrat.
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| Villa Ephrussi Rothschild, en Cap Ferrat. |
Precisamente, en la estrecha franja de Cap Ferrat descubrí uno de esos caprichos de la arquitectura que enlaza pasado y presente: la Villa Ephrussi Rothschild, construida por la baronesa Béatrice Ephrussi Rothschild, una
aristócrata que se enamoró de Cap Ferrat nada más
llegar a él, en 1905. Por entonces, era un promontorio rocoso y árido, un sendero de mulos de carga. La baronesa adquirió el terreno y
empezó a construir su villa en 1907, aunque
los trabajos duraron cinco años, porque rechazó una docena de diseños. Finalmente, eligió a Jacques-Marcel Auburtin (1872-1926).
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| Beatrice Ephrussi Rothschild. |
¿Y quién era Béatrice Ephrussi Rothschild (1864-1934)? Hija del barón Alphonse de Rothschild, un banquero famoso por su colección de arte, Béatrice se casó a los 19 años con Maurice Ephrussi, un banquero parisino de origen ruso, quince años mayor que ella y amigo de sus padres. El suyo fue un matrimonio desastroso que pronto se rompió, dejando a la baronesa libre para iniciar una nueva vida, que volcó en el coleccionismo de arte. La villa de Cap Ferrat es su legado más importante.