Niza y Cannes son el rostro de
la Costa Azul francesa, dos ciudades cargadas de
historia, famosas por el glamour de sus visitantes, estrellas
de cine, pintores, aristócratas y nuevos ricos que desde principios del siglo
XX pusieron de moda sus playas y sus bares.
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| Fortín de Menton, hoy casa-museo de Jean Cocteau. |
Pero también hay otra Costa Azul, una Riviera francesa de menos relumbrón
aunque de igual encanto. Ciudades que se solazan a pie de playa, como
Menton, y pueblos de interior encaramados en la roca y suspendidos sobre el
mar, como Roquebrune. Fui por primera vez a Menton en el año 2000, y quedé prendada de esta pintoresca ciudad, casi en la frontera
con Italia. Un sitio
privilegiado es el fortín del siglo XVII, donde trabajó el poeta, artista y
realizador cinematográfico Jean Cocteau, director de La Bella y la Bestia. Hoy en día, el fortín alberga su casa-museo.
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| Cementerio Viejo de Menton, con vistas al Mediterráneo. |
Un paseo imprescindible por Menton es el que discurre entre las tumbas del Viejo Cementerio, donde reposan centenares de aristócratas
ingleses y rusos que llegaron el siglo XIX al entonces pueblecito pesquero, con
la esperanza de curar su tuberculosis. La mayoría no lo logró, aunque se
aseguró eternas vistas privilegiadas sobre el puerto y la luz del Mediterráneo. Mucho menos luctuosas, las terrazas de la Promenade du Soleil ofrecen también
una visión soberbia del mar, mientras que los visitantes más bulliciosos trotan por la calle peatonal St. Michel, de coloridas tiendas y cafés al aire libre.
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| Roquebrune y Cap Martin desde el castillo. |
Roquebrune es un perfecto ejemplo de esos pueblos medievales que descansan en las
estribaciones de los Alpes Marítimos, donde la piedra recubre las fachadas de
hiedra y pavimenta unas calles repletas de árboles y flores. Situado a sólo
cinco kilómetros al noroeste de Mónaco, Roquebrune tiene un bonito castillo que se yergue sobre la imponente península
contigua de Cap Martin. Levantado a finales del siglo X, el castillo se creó a
partir del donjon de una fortaleza
que en sus orígenes rodeaba la ciudad. La visita al castillo está amenizada con una evocación medieval, planta por planta: sala de armas, guardia, ceremonias, cocinas y habitaciones señoriales.
En Roquebrune hay mucho que ver: desde un olivo de mil años, al château que se contruyó el
arquitecto Le Corbusier, cerca del cual aguarda la tumba que él mismo diseñó, y
en la que está enterrado. Callejuelas estrechas, talleres de artistas, iglesias y, sobre todo, espléndidas vistas sobre el Mediterráneo, son la guinda de cualquier paseo por el pueblo.
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| Fachada y terraza de 'La Roquebrunoise'. |
Un restaurante donde comí en el año 2000, y que sigue abierto hoy, La Roquebrunoise, tiene en las especialidades de la Provenza su mejor reclamo. Desde la terraza se ve el torreón medieval del castillo; un sitio especial donde comer mientras se observa cómo se recortan
contra el cielo los tejados de las antiguas mansiones señoriales.