lunes, 18 de junio de 2018

Mi blog cumple 8 años con un guiño a la niña que fui


(Mi libro La casa de las palmeras en Amazon

'La casa de las palmeras'.
Con 428 entradas y 280.000 páginas vistas, este blog cumple hoy ocho años. Esto quiere decir que también yo estoy cerca de cruzar (el 20 de agosto) la meta de un nuevo año. Se acerca el estío. Enmudece la primavera. Mis dos estaciones favoritas estiran sus manos hasta tocarse, entrelazan las yemas de los dedos, se acarician las palmas. Como cuando yo era niña y el calor sesteaba entre los muros de mi casa blanca.     


*CUANDO YO ERA NIÑA

Cuando yo era niña, el río del pueblo llevaba agua
todos los años, y no solamente los inviernos en
que, como éste, llovía sin descanso. Era un agua
brusca y temible con su corte de barro y peñascos hasta
marzo, y una dócil corriente fresca y juguetona que entretenía
a los renacuajos en primavera y verano.

Mi abuela María.
Cuando yo era niña, vivíamos en las Cadenas con mi abuela María, en una casa blanca en mitad de un campo
al que tardarían años en llegar los carriles asfaltados.

No conocí a mi abuelo José, muerto un año antes de nacer yo, en el mismo día y mes, como si la muerte que tan joven lo reclamó a él se hubiera transformado en la vida que a mí me alumbró. En aquella casa aislada, los vecinos más cercanos eran conejos y culebras, avispas y abejorrucos, algún tejón y un par de zorras que aullaban por los matorrales.

Cuando todavía era niña, pero ya casi niña de escuela,
nos fuimos a vivir con mis abuelos Pedro y Josefa a
la casa de Los Alpargatones, al filo mismo de la carretera
que va al Puente y a Casabermeja. El río estaba allí tan
cerca que, afinando el oído en los días de tormenta, se escuchaba
el golpear del agua contra las piedras. Recuerdo
espiar con alborozo el paso de los coches sobre el asfalto,
trepar a las higueras, esconderme en el huerto y espantar
a las mariposas que se posaban ociosas en claveles, lirios
y rosas.

Cuando ya era niña de escuela, mis padres compraron
la casa de la calle Santa María en la esquina del
Ventorrillo y nos mudamos al pueblo. Mi calle estaba asfaltada,
teníamos agua corriente, luz y tuberías canalizadas,
lo que mis ojos de niña de campo veían como algo
prodigioso. Mi hermano Pedro era pequeño y me tocaba
entretenerlo, así que algunas tardes subíamos a la plaza,
donde estaban la farmacia, la panadería, la tienda y el bar, para
enseguida bajar al Ventorrillo, por entonces campo liso.
Ni una casa había frente a la nuestra, sólo hierba silvestre
y tierra rojiza. Todavía hoy, me asomo a la ventana de la
cocina y creo ver el campo donde ahora se levanta un
barrio de hormigón y cemento.

*Fragmento del relato titulado Cuando yo era niña, de mi libro La casa de las palmeras (Azul como la Naranja, 2013)




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