domingo, 31 de diciembre de 2017

‘Mujercitas’ en el cine (y III)

Firma invitada:
Luis Fermín Moreno

A priori, una novela de 500 páginas tan rica como Mujercitas posee materia prima para varias películas de dos horas de duración muy diferentes unas de otras. Pero sucede que las versiones fílmicas se parecen más entre sí de lo que se asemejan a la novela original y así, a través de la imagen, se ha acabado construyendo una versión paralela del mundo de las cuatro hermanas March.

'Mujercitas', una de las grandes novelas de EEUU.
La segunda mitad del libro de Louisa May Alcott dedica numerosas páginas a la vida conyugal de Meg y John. Para Alcott, el matrimonio no era precisamente un cuento de hadas y quizá por ello su protagonista Meg, una vez casada, vive en un hogar modesto con dificultades para que reinen el orden y la limpieza. Al principio, el perfeccionismo de la joven esposa impide a la pareja asentarse en una rutina vivible. Después, absorbida por sus mellizos, Meg desatiende a John y el lector aprecia que, sin los consejos de la madre, las cosas acabarían mal. Son peligros reales que Alcott trata sin concesiones sobre el fondo, pero con una buena dosis de humor. Alcott juzga los deberes de Meg tan dignos de interés como la muerte de Beth, el viaje de Amy o las tormentas de Jo.

En el cine, Meg casi deja de existir cuando se convierte en la señora Brooke. A diferencia de la novela, las películas sostienen la ficción de que el matrimonio es el último acto de la vida, antes de la muerte. Las tres adaptaciones terminan con la entrada triunfal de Friedrich Bhaer, el futuro marido de Jo, en la casa de los March, y eluden el último capítulo del libro, en el que Alcott dibuja el balance de las tribulaciones de la familia hasta el sesenta cumpleaños de la madre. Louisa veía absurdo sobrestimar el matrimonio y no le faltaban cosas que decir sobre su funcionamiento. Pero los cineastas no le dieron voz ni palabra en este asunto.

Jo March y el profesor Bhaer ('Mujercitas', 1994).
Las películas ponen el acento en las aventuras prenupciales de los personajes, con lo que algunos anacronismos se hicieron indispensables desde la primera versión. Por ejemplo, en las tres películas, Jo va a la ópera sola con el profesor Bhaer, mientras que en la novela les acompaña, lógicamente, una carabina. Todas las películas dan al flirteo entre Jo y su futuro marido una tonalidad más erótica que la novela. No hay película sin intento de beso y es en la reticencia al beso donde se halla la referencia a las rígidas costumbres victorianas. En este aspecto, hay una diferencia de grado, que no de naturaleza, entre Armstrong y sus predecesores.

La actual Orchard House se conserva casi idéntica a
como era en la época en que Louisa May Alcott vivió
en ella y donde transcurre su novela 'Mujercitas'. 
Un tercer cambio estándar aportado por el cine a Mujercitas concierne a la cronología del acercamiento entre Jo y el profesor. En el libro, Jo va a Nueva York para evitar la declaración de amor de Laurie. Presintiendo que éste no es el marido que necesita, ella intenta evitar la pena a su amigo. Desde su llegada a la casa de la señora Kirke, Jo se interesa por el intelectual alemán que vive allí. Cuando deja Nueva York para pasar el verano con su familia y Laurie le pide matrimonio, ella lo rechaza con pleno conocimiento de causa pues el encuentro con Bhaer le confirmó las aspiraciones confusas que sentía desde antes.

Jo y Laurie (ilustración de 1868).
En cambio, en las adaptaciones fílmicas Jo parte a Nueva York para consolarse de haber roto el corazón de Laurie. Las otras pruebas sufridas por Jo (la decisión de tía March de llevar a Amy a Europa en su lugar, el declive de la salud de Beth) se asocian así en general a su estancia neoyorquina y provocan una conclusión abrupta. Las películas insisten en la vulnerabilidad de la joven provinciana y concentran en su estancia en Nueva York todo el marasmo que la Jo de la novela vive mucho más prosaica y triste en Concord durante los meses previos y posteriores a la muerte de Beth.


De adaptación en adaptación, el profesor Bhaer se convierte en un hombre cada vez más seductor. Mientras que en la primera versión el actor Paul Lukas componía un profesor enternecedor pero ridículo, en la segunda Rossano Brazzi encarna a un relamido.

Sobre estas líneas, Gabriel Byrne encarna al profesor
Bhaer en 'Mujercitas' en 1994, con Winona Ryder.
Foto superior: el Bhaer de 1949, Rossano Brazzi,
es un verdadero relamido.
Por su parte, el Bhaer de los años 90, interpretado por Gabriel Byrne, es guapo, artístico y viril. ¿Por qué esta evolución? La novela Mujercitas se publicó en dos partes, en años consecutivos. Los lectores de la primera parte querían que Jo se casara con Laurie, y aunque Alcott, que se negaba al principio, acabara casando a su heroína, Bhaer siempre fue un intruso a ojos de los fans del libro. Pero como a Hollywood le gustan las parejas chispeantes, la imagen del profesor mejora en cada película. La tercera versión exagera proponiendo al irresistible Byrne, pero al menos es la primera vez que vemos al personaje como lo ve una Jo que se derrite de amor.
 

Examinar con lupa las adaptaciones de una obra literaria conduce inevitablemente a revelar mil divergencias que al lector le parecen gratuitas o irritantes, rara vez excelentes. En el caso de Mujercitas, que no perderá nunca su engañosa etiqueta de libro para niñas, el mayor peligro de una adaptación es caer en el sentimentalismo y, en cada intento, hay que temer lo peor. Dos de las tres versiones supieron evitarlo y encontraron soluciones inteligentes para explicar en imágenes la saga de las hermanas March. 

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