martes, 13 de junio de 2017

Fontevraud, la increíble Leonor de Aquitania y una abadesa del siglo XVII al frente de una multinacional


En 1101, ¡ahí es nada, hace más de novecientos años!, el excéntrico predicador Robert de Arbrissel fundó en Francia la abadía real de Fontevraud, en los confines de las provincias de Poitou, Anjou y Turena, con un orden muy singular: acogía a hombres y mujeres e incluía a personas de todos los estratos sociales. Fontevraud nació así como una ciudad ideal, un lugar de exaltación de la fe mediante la oración y el trabajo; pero también como un lugar de diversidad social y de género, a cuyo frente estaba una mujer, una abadesa, con autoridad sobre cuatro prioratos.

Marie-Gabrielle de Rochechouart y Renée y Louise
de Borbón, ilustres abadesas de Fontevraud.
Durante los siete siglos en los que la abadía funcionó como tal, hubo 36 abadesas, casi siempre miembros de la nobleza y en ocasiones de sangre real. Quizá la más famosa es Marie-Gabrielle de Rochechouart (1645-1704), que reinó en Fontevraud en el siglo XVII, nombrada abadesa cuando solo tenía veinte años por el rey Luis XIV. Mujer cultivada, convirtió la abadía en una especie de corte, en un relevante centro de influencia espiritual e intelectual. Bajo su gobernanza, la abadía de Fontevraud funcionó como una gran empresa e incluso podríamos decir que como una multinacional, ya que ella no solo decidía sobre una centena de prioratos en Francia, sino que también designaba otros varios prioratos en Inglaterra y en España. Esta peculiar mujer falleció en 1704, trae detentar el poder durante treinta años.

Se da la circunstancia de que, a partir del siglo XVII, las abadesas podían vivir fuera de la clausura, en el palacio abacial, donde recibían a sus invitados, príncipes y princesas que se desplazaban hasta Fontevraud para visitar a sus parientes. En alrededor de dos siglos existieron cinco abadesas de la familia Borbón, entre ellas, Renée y Louise de Borbón, tía y prima, respectivamente, de Francisco I.

Leonor de Aquitania, doblemente reina, junto a su
según marido y carcelero, Enrique II Plantagenet
(estatuas yacentes, abadía real de Fontevraud).
Se podrían escribir cientos de libros únicamente con las historias de todas esas damas que decidieron retirarse en Fontevraud para dejar descansar el alma y meditar, empezando por la reina Leonor de Aquitania (1124-1204) o las hijas de Luis XV. Muchas damas de la corte, reinas y princesas prefirieron recluirse en esta abadía antes que someterse a la tiranía de los hombres. Al menos, en Fontevraud el poder estaba en manos de las mujeres.

Si hay una persona decisiva en la existencia de Fontevraud es Leonor de Aquitania, la mujer doblemente reina que escogió esta abadía como retiro para sus últimos años de vida y como panteón de su familia real, los Plantagenet. Así, desde 1189, Fontevraud se convirtió en una necrópolis real donde todavía hoy se conservan las estatuas yacentes de la propia Leonor, de su marido Enrique II; de su hijo Ricardo Corazón de León; de su nuera Isabel de Angulema.

Leonor fue una de las mujeres más excepcionales y controvertidas de la Edad Media: duquesa de Aquitania, primero reina de Francia y posteriormente de Inglaterra, madre de diez hijos, luchó por su dignidad, sus intereses y los de sus descendientes, llegando a sufrir la reclusión ordenada por su segundo marido.

Grabado con la antigua disposición
de las estatuas yacentes (Fontevraud).
Esta increíble mujer del siglo XII arrastra su buena dosis de leyenda negra. Fue acusada de tener relaciones sexuales con su tío y muy criticada por divorciarse de un rey, el francés Luis VII, para casarse con su enemigo, el inglés Enrique II Plantagenet. Su segundo marido la encarcelaría durante años pero ella nunca dejó de maquinar en su contra. A la muerte de Enrique II, Leonor viajó por toda Inglaterra para obligar a los barones a jurar lealtad a su hijo Ricardo Corazón de León. Cuando tenía ochenta años, Leonor vino a España a conocer a su nieta, Blanca de Castilla, y personalmente la llevó hasta París, donde la casaría con el monarca francés Luis VIII.

Además de intrigante y urdidora de alianzas matrimoniales, era una mujer culta, brillante, amaba las artes y la poesía. Fue en el siglo XII más moderna de lo que lo son hoy muchas mujeres del muy digital siglo XXI.





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