viernes, 27 de enero de 2017

Escapada a Évora: los mejores planes son repentinos

(Más sobre Évora , el Alentejo y escapadas a Portugal)

Dicen que los mejores viajes no se planifican, surgen de modo repentino y se emprenden al instante, no vaya a ser que nos arrepintamos o se nos pasen las ganas. Así surgió mi última escapada de fin de semana, a Évora, en el Alentejo portugués. La decisión no pudo ser más súbita: la tomamos mi acompañante y yo cuando iban a dar las cuatro de la tarde, en el restaurante La sardina de Carranque (Toledo), el pasado sábado, tras disfrutar del circuito de aguas en el Hotel Comendador.

Intervención urbana en la plaza del templo
romano de Diana (Évora, Portugal).
Hecho lo más difícil, faltaba –claro está– recorrer los 500 kilómetros que median entre Carranque y Évora, esa pequeña, encantadora ciudad lusa, a la que se llega por autovía hasta la frontera de Badajoz, y después en autopista de peaje (5,65 euros). Era mi cuarta visita a Évora y la segunda que nos alojábamos en Albergaria do Calvario. Este hotel –mi favorito de Évora– está justo al lado de la puerta este de la muralla, sus muros son blancos y su decoración tradicional, tiene un patio con plantas ideal en primavera y verano, y una oferta de desayuno ecológico a precio imbatible puesto que va a incluido en el alojamiento. ¡Ah! El personal es amabilísimo, habla un perfecto castellano, ofrecen bebidas y snacks a la llegada, facilitan información práctica y planos… El hotel tiene parking gratuito y wifi ultrarrápido. 

Imagen nocturna del templo romano
de Diana (siglo I), en Évora (Portugal).
Llegamos a Évora cuando ya había anochecido y nos fuimos directos a cenar a Fialho, uno de los restaurantes más típicos y afamados de Évora, algo así como el Lucio de la Cava Baja de Madrid. Llegar temprano, al filo de las ocho, nos permitió coger la única mesa libre sin reserva y degustar sin prisa los aperitivos de queso viejo, pulpo en salsa, aceitunas y paté de sardina (típicos en el Alentejo). Como segundos, arroz con liebre y atún a la alentejana. Tras la cena, un paseo hasta la plaza peatonal del Giraldo, el templo romano de Diana, la fachada de la catedral y las callejuelas empedradas de la judería, para volver temprano al hotel.

Leyenda en el dintel de la Capilla de los Ossos.
El domingo, 22 de enero, desayunamos copiosamente en el hotel, en una salita frente al patio ajardinado. Me encantó el zumo de zanahoria natural y los huevos fritos, que no suelo tomar pero que estando de viaje siempre se me antojan. Dejamos el coche en el garaje del hotel y emprendimos la visita turística, donde no podía faltar la iglesia de San Francisco y la capilla de los Ossos (siglo XVI).

Capilla de los Ossos (Évora, Portugal). 
Esta capilla tiene la particularidad de estar recubierta íntegramente, de suelo a techo, por huesos y calaveras humanas. En esa capilla se reunían los monjes para orar y reflexionar sobre la brevedad de la vida y la eternidad de la muerte. Sobre el dintel de entrada, esta leyenda: "Los huesos que aquí estamos, por los tuyos esperamos". Se calcula que hicieron falta unos 5.000 esqueletos para decorar esta capilla. Con el mismo ticket de entrada se puede visitar un pequeño museo con cuadros y esculturas, sobre todo de los siglos XVII y XVIII, muy interesantes. 

Vista diurna del templo de Diana (Évora, Portugal).
Pasear por las calles de Évora es un placer en sí mismo. Hay restos romanos en varios puntos de la ciudad, aunque el más famoso es, por supuesto, el templo de Diana, del siglo I. Enfrente siempre me sorprende el curioso y enorme bidón de agua, en la esquina de la plaza y del mirador con vista panorámica. Hay también un quiosco de bebidas con terraza, el mejor sitio para contemplar el templo romano y un espacio de los más codiciados en primavera y verano.

Plaza del Giraldo (Évora, Portugal).
Terminamos el paseo en la plaza del Giraldo, en una terraza al sol mientras leíamos el Diario de Noticias. La mañana de domingo se desperezaba lenta, unos pocos turistas iban de aquí para allá, pero la mayoría eran lugareños afanados en sus quehaceres. Un  nutrido grupo de hombres mayores conversaban junto a los arcos del café, de pie tomando el sol, en lo que supongo era su tertulia de todas las mañanas.

Sobre la una de la tarde fuimos a recoger el coche e iniciamos el regreso hacia España. Antes de cruzar la frontera, nos detuvimos en Elvás para dar una vuelta, comer en la Adega Regional (un restaurante popular, de platos copiosos y sabrosos a muy buen precio) y pasear. Nos quedamos con las ganas de visitar la fortaleza de la colina y tampoco logramos hacer buenas fotos de los pilares del imponente acueducto romano. Así que tendremos que volver en otra ocasión. A ser posible, con la misma -y espero que idéntica- afortunada improvisación.

4 comentarios:

  1. Gracias Pepa por hacernos partícipes de tan encantadores lugares y de tus deliciosos escritos ,que fluyen en mi imaginación , haciéndome disfrutar de una apacible y refrescante lectura. Besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me encanta escribir, me encanta viajar y me encanta compartirlo con todos vosotros. Vuestro disfrute es mi mejor recompensa. Gracias por estar ahí, al lado.

      Eliminar
  2. No conozco Évora guarri, pero me han entrado muchas ganas de ir gracias a ti. En Elvás he estado comiendo varias veces con Julio y su familia, y efectivamente muy bien, la última vez en Año Nuevo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Évora tiene un color y un sabor especial, es pequeña pero repleta de historia y de arte, apacible, poco turística, se come de maravilla, la gente es encantadora... y en los campos a su alrededor hay cientos de menhires, dólmenes, cromeleques impresionantes... Una maravilla!!!

      Eliminar