domingo, 13 de noviembre de 2016

Viajes con Murakami y un sombrero Panamá

(Más sobre Murakami y viaje a Croacia y Bosnia)

Murakami, premio Hans Christian Andersen, visitó
la casa del cuentista en Copenhague (octubre 2016).
Libros y viajes son tan consustanciales como el mar y la sal. O como la tierra y el polvo. Lo son, al menos, para mí. Últimamente en un par de viajes me ha acompañado el japonés Haruki Murakami en edición de bolsillo, sin que la lectura tuviera nada que ver con el paisaje. En un reciente tour por los Balcanes me sumergí en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.


Puerto de Dubrovnic (Croacia).
Una terraza en el puerto de Dubrovnik, el pasado mes de julio, fue el primer sitio donde nos reencontramos Murakami y yo después de meses. Junto a Murakami, el Panamá de mi compañero de fatigas. Un tipo de sombrero que, en el noventa por ciento de los casos, no se elaboran en Panamá, sino en Ecuador. Así las cosas, que los cuatro viajáramos juntos por los Balcanes no es tan extraño. Esa mañana, 9 de julio, habíamos aterrizado en Dubrovnik, punto de partida –y también final de etapa– de un tour de quince días por lo que fue Yugoslavia

Chriringuito en la playa de Petrovac (Montenegro).
El martes, 12 de julio, pertrechada con mi ejemplar de El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, pasé varias horas en Petrovac, una ciudad playera en la vecina república de Montenegro. Dediqué tiempo a la lectura en un chiringuito en la playa y también en un restaurante bajo una parra. Desde luego, nada que ver con las dos historias alternas de la novela: una ambientada en una ciudad amurallada llamada "el fin del mundo" y la otra en la ciudad conocida como "el país de las maravillas". Por la tarde, de vuelta a Kotor, nos detuvimos en la ciudad amurallada de Budva y no pude evitar fantasear con los personajes de Murakami.

Avaz Twist Tower
(Sarajevo, Bosnia).
El calor agobiante nos acompañó los tres días que pasamos en Mostar y la lluvia le tomó el relevo durante los tres que dedicamos a Sarajevo. Los minaretes y mezquitas; los cafés y zocos, la vida en las calles; la abundancia de mujeres con velos y muchas con hijabs; el enclave musulmán en el corazón de Europa que es Bosnia-Herzegovina nos gustó incluso más de lo esperado. Pasado y futuro se dan la mano en Sarajevo, y nada mejor que subir al mirador de la Avaz Twist Tower para divisarlo. La vista panorámica desde la cafetería del piso 35 permite comprobar cuán fácil les resultó a los serbios tirotear y bombardear a miles de habitantes de Sarajevo durante cuatro años de asedio.

Músicos en un restaurante del barrio
de Skandarlija (Belgrado, Serbia).
Los habitantes de Belgrado -la capital de Serbia- son mayoritariamente jóvenes y con ganas de desperezarse, dejar atrás la mala fama de su país, ganada a pulso por sus tropelías en la guerra. Basta caminar de día por la zona comercial peatonal para notar ese bullicio. Por la noche, un paseo por el barrio de Skandarlija, con sus calles adoquinadas y empinadas, sus fachadas llenas de grafitis y trampantojos, sus terrazas y restaurantes, basta para tener la sensación de haberse trasladado a Montmartre.

Frente al Órgano del Mar (Zadar, Croacia)
De regreso a Croacia por el norte, y tras una noche de descanso en Zagreb, el viaje nos llevó hasta Zadar. Recorrimos por segunda vez las ruinas romanas y las iglesias de un centro parapetado tras gruesos muros, y nos detuvimos para escuchar el Órgano del Mar. Es uno de los tres órganos de tubo del mundo que son tocados por el batir de las aguas. Al entrar y salir el aire por unos orificios, emite vibraciones y produce sonidos. Estuvimos un rato sentados en el paseo, mecidos por el relajante murmullo, y luego en un chiringuito próximo. Leímos y bebimos a salvo del calor mientras Murakami hacía penar a su protagonista, que debía nadar por un río subterráneo bajo la ciudad de Tokio.

Catedral de Sibenik (Croacia).
Durante la siguiente parada de nuestro viaje, en Sibenik, respiré aliviada al saber que las siniestras criaturas llamadas tinieblos habían dado una tregua al joven informático y a la joven gorda vestida de rosa. Murakami puede ser asfixiante incluso sin proponérselo. Interrumpida la lectura, desde mi sillón frente a la catedral de Santiago (siglo XV), admiré las estatuas de Adán y Eva, ambos flanqueados por sendos leones; los cuatro rodeados por más de ochenta bustos de la época.

Desayuno en la terraza del hotel
Júpiter
(Split, Croacia).
Split y su fascinante Palacio de Diocleciano son mucho más que unas ruinas romanas legendarias, una joya arquitectónica o una de las sedes Patrimonio de la Humanidad más impresionantes. Split es un abigarrado centro turístico, una colmena repleta de abejas -unas pocas, laboriosas obreras, la inmensa mayoría, zánganas de vacaciones-, un puerto para cruceros de todo el Mediterráneo; una inmensa bodega y una nutrida cocina. Split, un 20 de julio al atardecer, tiene decenas de cruces tan atestados como el de Shibuya. Desde luego, yo me encontré con cientos de personas, más de las que se topó el informático de Un despiadado país de las maravillas, cuando al fin emergió de las entrañas de Tokio. 


Plaza principal de Trogir (Croacia).
La atmósfera en Trogir, las primorosas calles de piedra de la ciudad y el sol abrumador no podían ser más opuestos a la gélida ciudad amurallada de El país de las maravillas por el que me llevaba Murakami: personas confinadas tras un muro inexpugnable, gentes que no recuerdan nada del exterior, que han perdido su sombra y con ella sus recuerdos. Destacando sobre los demás, un lector de viejos recuerdos que lee los cráneos de unas bestias (unicornios) con ayuda de una bibliotecaria; un lector empeñado en dibujar un mapa para huir con su sombra moribunda.

Pasado y presente enlazados por una frágil cuerda en la novela de Murakami. Pasado y presente ante mis ojos en la bella ciudad dámata de Trogir. 

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