martes, 9 de agosto de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (III): Belgrado, joya por descubrir


El domingo, 17 de julio, dejamos atrás Sarajevo (capital de Bosnia) rumbo a Belgrado (capital de Serbia) por carreteras en buen estado y bien señalizadas (como todas las de este viaje por las antiguas repúblicas yugoslavas), pero de doble sentido, lo que implica una velocidad media de 70-80 kilómetros. Así que los escasos 300 kilómetros se volvieron cuatro horas y media de ruta. Acertamos al cruzar la frontera en Zvornik: dos casetas y tres coches, trámites muy ágiles.

Majestuoso, con solera, hotel Moskva (Belgrado, Serbia).
La lluvia que nos había despedido en Sarajevo nos recibió en Belgrado, aunque pronto escampó. Llegamos directos al magnífico hotel Moskva, en sí mismo un edificio protegido cargado de historia. Lo inauguró en 1908 el rey Petar I Karadjordjevic y es una de las perlas del estilo Secesión. El hotel es precioso por dentro y por fuera, moderno, acogedor, con gusto y clase, el acceso al spa es gratuito y los desayunos, impresionantes.

Cruce de los ríos Sava y Danubio (Belgrado).
Belgrado es una ciudad histórica encajonada entre los ríos Sava y Danubio. Moderna, bulliciosa y llena de librerías, una señal indiscutible de su intensa vida cultural. Tiene todos los ingredientes para convertirse en un destino de moda (los bajos precios y la animación nocturna son otros alicientes), algo reseñable pues hace sólo dieciséis años que reanudó relaciones diplomáticas con Europa y Estados Unidos, rotas por las guerras yugoslavas de la década de 1990. Se ven muy pocos turistas en Belgrado, y es una lástima porque la ciudad es muy interesante y necesita divisas.

Fortaleza Kalemegdan (Belgrado).
La moneda serbia es el dinar, que cambiamos en la primera oficina que vimos. Dimos un largo paseo por la zona comercial, peatonal, que conduce hasta la fortaleza Kalemegdan, un complejo a orillas del Danubio, donde están las tumbas de los héroes nacionales de la antigua Yugoslavia y se divisa el cruce de los dos ríos. Cañones, carros de combate expuestos al aire libre, torreones, vista panorámica, hasta un zoo hay en el recinto de la ciudadela.

Barrio Skandarlija (el Montmartre de Belgrado).
Desde allí paseamos hasta el barrio de Skandarlija, en el casco antiguo, al que llaman el Montmartre de Belgrado por sus calles empinadas de adoquines, casi todas las fachadas con grafitis y trampantojos, lleno de restaurantes típicos donde se cena oyendo las serenatas un tanto repetitivas de músicos folclóricos.

Catedral de San Sava (Belgrado).
A la mañana siguiente desayunamos en la terraza a pie de calle del hotel. Las nubes se retiraban casi por completo y el sol empezaba a calentar a ritmo balcánico. Esa jornada tocaba visita turística, a pie, con la primera parada en la catedral ortodoxa de San Sava (aún en construcción). El exterior del templo está acabado y es apabullante (es la iglesia de culto ortodoxo más grande de Europa), aunque el interior está todavía tristemente desnudo. No sé cuántos años tardaré en volver a Belgrado, pero apuesto a que para entonces la catedral continuará a medio terminar.


Interior de San Sava, en construcción (Belgrado).
Proseguimos el paseo por la parte de edificios oficiales del Gobierno serbio, de la banca y de las embajadas, hacia la estación de tren, donde esperábamos encontrar prensa extranjera (no fue así). Nos topamos con los antiguos tranvías rojos y atravesamos un par de calles con señoras mayores que vendían ropa interior exponiéndola en los capós de los coches aparcados. Me recordó al mercado callejero improvisado a la salida del metro del hotel Cosmos en el Moscú de 1992. Lástima no haber hecho fotos, pero me dio pudor.

Propaganda llamando a la mujer al ejército (Belgrado).
Nos montamos en el tranvía para regresar al caso antiguo, comercial y, como ya he dicho, peatonal. Tentada por las rebajas, hice varias compras a precios estupendos en tiendas de marcas occidentales y luego fuimos a comer, sin rumbo fijo. Como eran más de las 15 horas temíamos no encontrar nada decente, pero hallamos un café-restaurante, con terraza, repleto de belgradenses.


Terraza-restaurante en el casco antiguo (Belgrado).
Es sorprendente cómo los lugareños se toman su tiempo, al punto de que pueden tardar dos horas con un solo café, sin parar de hablar. La vida transcurre a ritmo lento, parecen no tener prisa, y eso que la mayoría de quienes beben y comen en la terraza son ejecutivos de chaqueta, corbata y camisa clara de manga larga. Tengo que recordarme a mí misma que estos serbios entre los que me siento en julio de 2016 son hijos, parientes, o incluso ellos mismos pudieron estar disparando contra civiles bosnios en el cerco de Sarajevo o en Kosovo. Hace menos de veinte años.

Centro de Belgrado visto desde el barrio de Zemun. 
Esa tarde sacrificamos el spa por visitar el barrio de Zemun, al otro lado del Danubio. El que fuera pueblo pesquero independiente hasta el año 1934, hoy forma parte de Belgrado, su calle principal es un bulevar lleno de restaurantes y su cementerio es curioso, con lápidas repletas de fotos de los fallecidos. La parte más pintoresca es la que rodea la torre Gardos, un laberinto de callejones estrechos, empedrados y mal señalizados, en cuesta casi todos, donde apenas caben dos coches. Yo cometí la "locura" de meterme con el coche por allí de noche y fue un milagro el que saliera sin ninguna abolladura. De hecho, si nuestro coche de alquiler resultó ileso fue gracias a los dos conductores de sendos vehículos con los que me tropecé, que con buena voluntad maniobraron para que pudiera pasar yo. Mi agradecimiento infinito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario