sábado, 30 de julio de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (II): Mostar y Sarajevo cautivan

(Primera parte del viaje: cuatro días por Croacia y Montenegro)

Miércoles, 13 de julio. El paisaje, las carreteras, las gentes, la moneda, la arquitectura… todo ha cambiado desde que entramos en Bosnia. Lo hicimos por la frontera de Podštirovnik, casi vacía de coches, en cinco minutos. Sólo el calor es el mismo que en Montenegro. El primer sitio de Bosnia donde paramos es Trebinje, para cambiar moneda (300 euros resultan ser 600 marcos bosnios) y recorrer el centro. Los minaretes de las mezquitas; los cafés en la calle; la abundancia de mujeres con velos y muchas con hijabs; las miradas de la población, que detectan al turista de inmediato; son característicos de un país de mayoría musulmana. Tras ver el puente de Arslanagic, volvimos a la carretera.

Puente de Mostar (2004), volado por Croacia en la
 guerra en 1993 y levantado como el original.
Desde Trebinje a Mostar hay apenas 115 kilómetros, pero se tarda casi dos horas en llegar, pues la vía es de doble sentido y con curvas. Fuimos casi solos todo el tiempo. Una vez en Mostar, encontrar el hotel Villa Milas, a cinco minutos del abigarrado y concurrido centro, y sentarnos a comer en Babylon (terraza colgante sobre el Neretva) nos llevó menos de media hora.

Informal 'playa' bajo el Puente de Mostar (Bosnia).
El Puente de Mostar (Stari Most, databa del siglo XVI) es la gran atracción de la ciudad, y diría que de toda Bosnia. Un símbolo de las guerras yugoslavas, mundialmente famoso cuando los croatas lo volaron, en 1993. El puente que se alza hoy sobre el río es enteramente reconstruido, idéntico al original, Patrimonio de la Humanidad, y fue inaugurado en 2004.

Cementerio delante de una mezquita (Mostar).
Por la noche empleamos casi dos horas en la visita exterior por las mezquitas, más allá del puente, recorriendo la zona de los cafés menos turísticos, la más musulmana. Vimos así otra parte de Mostar, animada con población local, con una rara mezcla de chicas en shorts y mujeres tapadas hasta las cejas. Nos gustaron los cementerios musulmanes delante de las mezquitas, a modo de jardines en plena calle, sencillos, austeros. 


Fieles en el santuario de Medugorje (Bosnia).
La mañana del día 14 amanecimos con lluvia y tormenta. Ese día fuimos a visitar el santuario de Medugorje, donde primero pasamos unos quince minutos metidos en el coche, a la espera de que escampara. La iglesia y la explanada de los peregrinos estaba casi vacía por la tormenta. El Vaticano aún no ha certificado las supuestas apariciones de la Virgen.  


Cataratas y piscina natural de Kravice (Bosnia).
Nuestra siguiente parada fueron las cataratas de Kravice. Desde la entrada del parque, hay un trenecito que recorre cuatro kilómetros hasta el lago-piscina, dando un rodeo por el bosque, pero es más pintoresco bajar a pie, por unas escaleras y una ronda peatonal, y hacer fotos. El agua estaba muy fría, había bonitas libélulas pululando y también mosquitos de considerable tamaño. Tras tomar un refresco en una de las dos terrazas al pie de la piscina natural, subimos por donde habíamos bajado para volver al coche.

Cúpulas de antiguos baños turcos (Pocitelj, Bosnia).
Una vez en la carretera, intentamos comer algo rápido en Pocitelj, un minúsculo y empinado pueblo medieval de apenas tres calles, todo construido en piedra, con una mezquita del siglo XVI, unas curiosas cúpulas del baño turco del XVII, y más puestos de souvenirs abiertos que restaurantes. Decidimos, por tanto, regresar a Mostar y allí comimos, pese a que eran más de las cuatro de la tarde, en una pizzería. Por la noche, bajamos al pie del Neretva y vagabundeamos por la parte de Mostar que nos faltaba.

Fuente Sebilj, corazón del barrio turco (Sarajevo).
El día 15 partimos rumbo a Sarajevo: llovía y tardamos dos horas en hacer 125 kilómetros, la carretera es buena, pero en cuanto tropiezas con algún vehículo lento, la velocidad cae a 70 por hora. Llegamos con lluvia y sufrimos media hora de atasco hasta el hotel Villa Melody. Sarajevo nos encantó: es más turística, elegante y moderna de lo que parece, y bastante más barata que Madrid. Pese a la lluvia, caminamos al barrio turco y la fuente Sebilj, construida en 1753, el punto más emblemático del casco antiguo. Medio empapados, dimos con el restaurante Konyali, que ofrece platos bosnios y turcos (sin alcohol). Éramos los únicos turistas, pero un camarero con buen inglés nos aconsejó pizza al estilo turco (fina y muy alargada) y un plato con cordero típico.

Comida turca en Konyali (Sarajevo, Bosnia).
Con la lluvia aún en los talones, paseamos por el bazar. Todo el barrio Bascarsija es un decorado de fachadas de preciosa factura otomana, cafés, platerías y hasta un caravasar. A Sarajevo se la llama la Jerusalén de Europa y es una ciudad multicultural. Esto se constata en la coexistencia de religiones. Hay cuatro mezquitas principales (Gazi Husrev Bey, de 1531; Ferhadija, la del Emperador y la Ali Pasha), una catedral ortodoxa (segunda religión de Bosnia), una catedral católica y una sinagoga. Recorriendo la calle Ferhadija (peatonal del siglo XVI) se llega al monumento a la Llama Eterna, donde se abre la ciudad nueva y abundan los edificios de la época austrohúngara.

Puente Latino: aquí mataron al archiduque  Francisco
 Fernando en 1914 y se inició la I Guerra Mundial.
El sábado, 16 de julio, apenas llovía y dedicamos la mañana al turismo intensivo. El ayuntamiento (antigua Biblioteca, destruida en la guerra); la iglesia de San Antonio de Padua; el Puente Latino, donde el 28 de junio de 1914 asesinaron al archiduque Francisco Fernando (heredero al trono austro-húngaro) y su esposa, lo que hizo estallar la I Guerra Mundial; y la catedral católica fueran las cuatro primeras visitas.

Memorial a los niños muertos durante el asedio de
cuatro años de Serbia a Sarajevo (Bosnia).
Tras una breve pausa para reponer fuerzas, curioseamos por el moderno centro comercial BBI antes de darnos de bruces con las señales de la guerra. Justo frente al BBI se alza un discreto memorial a los niños muertos en el asedio, en forma de fuente de color verde; fue inaugurado en 2010 y contiene en unos cilindros de metal los nombres de 521 víctimas, mientras se verifican otras 500. En esa zona son muy numerosas las rosas de Sarajevo, unas curiosas manchas rojas diseminadas por el cemento, con las que la ciudad recuerda los sitios donde cayeron bombas y proyectiles. En Sarajevo murieron más de 11.000 personas durante el cerco de los serbios de casi cuatro años.

La Avaz Twist Tower (Sarajevo) tiene
un mirador panorámico en el piso 35. 
Pasito a pasito, llegamos hasta la Avaz Twist Tower, que domina el distrito financiero con su original diseño, además de ofrecer las mejores vistas panorámicas. Subir a la cafetería, en el piso 35, es gratuito, y el mirador cuesta un simbólico marco. En la cafetería comimos un sándwich y disfrutamos de Sarajevo desde las alturas, con el único pero del humo del tabaco, pues en Bosnia, como en Montenegro y Serbia, se fuma en todos sitios.

Esa noche nos dimos un homenaje gastronómico en Pod Lipom, un restaurante histórico del Barrio Turco, algo así como el equivalente al madrileño Casa Lucio. El comensal internacional de más renombre es Bill Clinton, y así lo recuerda el orgulloso dueño, que sonríe junto al expresidente estadounidense en una foto que cuelga de la pared.

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