martes, 26 de julio de 2016

Viaje a la ex Yugoslavia (I): Croacia y Montenegro

(Más Mediterráneo: Costa Amalfitana, las islas de Sicilia y Chipre)

Visité Croacia hace diecinueve años, apenas dos años después del fin de la guerra que la convirtió en Estado independiente. Las heridas del conflicto eran evidentes en calles y edificios destruidos y hasta en letreros de ¡Peligro, minas! en Plitvice. Incluso así era un país deslumbrante.

Tejados rojos, muralla y mar, estampa
típica de Dubrovnic (Croacia).
Este mes de julio he vuelto a Croacia como punto de partida y final de etapa, en un tour de quince días por lo que fue Yugoslavia. Aterrizamos en Dubrovnic, ciudad Patrimonio de la Humanidad, el sábado, día 9, a la una de la tarde. Nos reciben el calor y la cola para cambiar dinero, pues Croacia ingresó en la Unión Europea pero no en el euro. No es un país barato, pero salvo Dubrovnic y Split, los precios son más bajos que en Madrid. La moneda croata es la kuna, y para convertirla hay que dividirla entre siete. Por ejemplo, el autobús al centro cuesta 40 kunas; unos 5,7 euros.

En la ciudad amurallada de Dubrovnic
se rueda la serie 'Juego de Tronos'.
El bus llega en media hora hasta Pile Gate, justo en la puerta de la muralla, donde hay información turística, taxis, tiendas y decenas de guías que, en todos los idiomas, venden excursiones, paseos a pie, en kayak, salidas en barco hacia calas solitarias... Cogimos un taxi (100 kunas) al hostel Villa Paola di Rosa, que fue un convento. Nos recibe una monja que chapurrea español y nos sorprende la amplia habitación, con balcón al patio central, sin tele pero con wifi súper rápido. Un hotel recomendable, a quince minutos del centro peatonal, eso sí, hay que bajar muchos escalones, por callejuelas encaladas de blanco, llenas de flores.

Playa de piedra en un saliente rocoso en la
muralla de Dubrovnic (Croacia).
Atravesar el foso y franquear la muralla de Dubrovnic es una experiencia indescriptible. Por muchos turistas, guías y vendedores de fruslerías que hayas de evitar, el recinto medieval, íntegramente cercado por el muro de piedra salvo la parte que da al mar, es de una belleza inusual. Calles de mármol, edificios renacentistas y barrocos, el Adriático a sus pies, el convento franciscano, la sinagoga, el Palacio del Rector, la torre del reloj, San Blas, la columna de Roland, la fuente de Onofrio... Todo en la majestuosa Dubrovnic parece un decorado, pero es a la inversa: en esta ciudad fortificada de tejados rojos se graba Juego de Tronos.

Eran casi las cuatro de la tarde y estábamos hambrientos, así que comimos lo que pudimos en una terraza en la calle principal, sólo apta para guiris o quienes vayan a deshoras. Luego paseamos, tomamos café en el puerto y, al caer la tarde, hicimos el tour por las murallas. Para cenar, probamos en D'Vino unos vinos de la tierra. Yo me decidí por un trío de blancos de Dalmacia, mi compañero de fatigas prefirió un tinto local, más unas dolmades y una tabla de quesos. Todo exquisito, por 227 kunas.

Fortaleza Lovrijenac, vista desde el café-restaurante
Dubravca, en Dubrovnic (Croacia).
Empezamos el domingo, 10 de julio, con un copioso desayuno-brunch en Dubravka, en su terraza panorámica cara al mar. Cesta de panes, mermeladas, zumo, café, te, tortilla con tomatitos y mozzarela, huevos con queso gratinado. Un placer de dioses por 148 kunas. Esa mañana visitamos el monasterio franciscano, la sinagoga, la catedral y el Palacio del Rector. Tras varias horas de tournée, fuimos a Troubador (jazz en vivo) y comimos en la taberna (konoba) Ribar, en un callejón entre la muralla y el puerto, a la sombra de los muros y con el frescor de un gran ventilador. Muy buen precio (260 kunas por rissotto de gambas, calamares a la plancha, vino, café y postre) y excelente wifi.

De cerca, la torre Micena (Dubrovnic) apabulla.
Esa noche nos animamos a efectuar un pequeño recorrido exterior de la muralla, admiramos de cerca el torreón Micena y cenamos en el puerto, en Lokanda Peskarija, en espera de los fuegos artificiales con los que se celebraba el inicio del festival de verano Libertas.

El lunes, 11 de julio, empezó nuestra ruta en coche por la ex Yugoslavia. Recogimos en el aeropuerto un Hyundai blanco, y con él enfilamos hacia Montenegro. Tardamos unos veinticinco minutos por una carretera buena, pero como casi todas, de doble sentido. En la frontera croata piden pasaporte y datos del vehículo; en la montenegrina sólo el pasaporte.

Kotor, ciudad amurallada Patrimonio
de la Humanidad (Montenegro).
Cruzar ambas fronteras nos llevó unos veinte minutos y entramos en Montenegro, una república que ni siquiera pertenece a la UE pero cuya moneda es... ¡el euro! La primera parada fue Risan, para ver unos mosaicos romanos. La entrada cuesta 4 euros y no son gran cosa, el más curioso es el del dios Hipnos. En una terraza arbolada, frente a la bahía, tomamos unas cervezas arrullados por las cigarras. Un tercio de Jelen y una caña de barril por 2,80 euros (lo más barato hasta entonces). De allí me llevé dos picaduras de algún insecto.

Comida frente a la catedral de Kotor (Montenegro).
Llegamos a nuestro destino, Kotor, a las dos de la tarde. Nos costó hallar los apartamentos Bjelica porque no tienen letrero, pero se nos pasó el apuro al ver el bonito apartamento y la enorme terraza frente a la bahía. Si en Croacia hacía calor, en Montenegro aún más. Aun así, caminamos diez minutos hasta el centro, amurallado y Patrimonio de la Humanidad, y comimos en una terraza.

Catedral de Kotor (Montenegro),siglo XII.
Con el estómago lleno, visitamos la catedral, del siglo XII (es más bonita por fuera que por dentro), y recorrimos las callejuelas y placitas, siguiendo con la vista alzada cómo la serpenteante muralla medieval se encaramaba por el monte. Kotor es tan turística o más que Dubrovnic y está llena de cruceristas, que pululan por doquier. 

El martes, día 12, salimos a explorar Montenegro: primero en coche hasta Petrovac, a unos 40 kilómetros por la carretera de la costa, bastante saturada de coches.

Bonita y plácida playa de Petrovac (Montenegro).
En Petrovac hicimos lo que se hace en las playas, es decir, tomar refrescos frente al mar, leer (en mi caso, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de mi japonés favorito, Haruki Murakami), comer bajo un enrejado de parra (queso en aceite, pescado, pulpo a la brasa, vino, por 39 euros), y sestear, instalados en un murete bajo un árbol, a diez metros del agua.

Ciudadela de Budva (Montenegro).
Por la tarde, de regreso a Kotor, nos detuvimos en Budva, otra ciudadela amurallada junto al mar, surcada por calles y casas de piedra, igualmente turística y calurosa. Estuvimos allí menos de dos horas, pues temíamos encontrar caravana para llenar a nuestro apartamento.

También esa noche paseamos hasta el centro de Kotor para despedirnos de la ciudad (y, por fortuna, de sus cruceristas), con unas cervezas y una improvisada y tardía cena a base de pizza y patatas fritas.

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